29-N: las elecciones del amor y el desamor

«Mientras hablemos de querencias y aborrecimientos, se pasan por alto y sin leer los programas de gobierno y la doctrina ideológica». «Mientras hablemos de querencias y aborrecimientos, se pasan por alto y sin leer los programas de gobierno y la doctrina ideológica».  

Las historias de amor a troche y moche solo se propagaron por doquier cuando Ramón Areces colgó en las tiendas de El Corte Inglés unos carteles con corazoncitos para conmemorar la festividad de San Valentín.

El amor en tiempos de precampaña electoral no tiene el aroma de una colonia de Yves Saint Laurent, como las que venden en los grandes almacenes para regalo de enamorados. Nada hay más viejo en política que la pretensión de haber descubierto el amor.

Cuando el PSOE difundió la imagen de Pedro Sánchez besando superficialmente a su esposa Begoña Gómez –con mucho menos glamour que el besazo de Glenn Ford a Rita Hayworth– bajo el lema ‘La fuerza del amor’, creyó estrenar una emoción que ya fue de Adán y Eva. Reponía, en realidad, una función con larga gira. Barack Obama ya había convertido sus muestras públicas de afecto hacia Michelle en capital emocional, un barniz de humanidad sobre la retórica de la esperanza. Los “sesudos” asesores de Sánchez no han inventado la pólvora, ni el beso.

Si Obama usó la ternura como adorno de un programa político; el kirchnerismo –una verdadera peste para Argentina como todo el peronismo– la elevó a doctrina. Y la frase exacta que hoy luce el PSOE ya le sirvió a Cristina Fernández de Kirchner en su reelección de 2011, abrazada al nostálgico recuerdo de Néstor.

Argentina, que a comienzos del siglo XX figuraba entre los países más prósperos del planeta, sabe lo que cuesta sustituir las instituciones por la devoción al caudillismo personal: estadísticas oficiales intervenidas, controles cambiarios, una inflación convertida en clima y una justicia que era enemiga cuando condenaba y aliada cuando absolvía. Es decir, como en España, donde ahora los jueces han sido elevados a villanos por Sánchez.

Al kirchnerismo sus devotos lo llaman peronismo de izquierdas; los argentinos juiciosos tienen para ello un nombre menos lírico: decadencia. Y lo inquietante es que el PSOE no ensaya un eslogan, sino una deriva: culto al líder, apelación a «la gente» frente a unas élites de contorno variable, suspicacia hacia jueces y periodistas, vida privada ofrecida –y los besos– como argumento.

Con péndulo veloz, además: del «partido del amor» al «soy zurdo y orgulloso» ante Milei en cuestión de días. Por cierto, Milei podría haberse quedado tan ricamente en la Casa Rosada y no venir a España a dañar los intereses electorales de la derecha.

El Partido Popular tampoco ha querido dejar el territorio de los amores sin ocupar. Preguntado en la Cadena SER por si se considera feminista, Alberto Núñez Feijóo respondió: «Cómo no voy a ser feminista si me he criado en mi casa con muchas más mujeres que hombres». Su cariño hacia las féminas de su hogar es elogiable; lo desafortunado fue ofrecerlo como credencial. El feminismo no se hereda por convivencia: es una posición irrenunciable sobre derechos, brechas y leyes que favorezcan la igualdad efectiva de la mujer.

Más a la derecha, Vox profesa una pasión de otro género: el amor con documento de identidad. Santiago Abascal reclama que «las ayudas sociales tienen que ser prioritariamente para los españoles» y anuncia «una gran auditoría» de las nacionalidades concedidas; en Avilés defendió la «remigración» –en suma, el amor a que los inmigrantes ilegales salgan de España por donde entraron–. O sea, que se vayan al cuerno, donde deberían recalar los invasores de Ceuta, sí o también.

La izquierda a la izquierda del PSOE ofrece, por su parte, el espectáculo de los amores contrariados, un evidente desamor con divorcio incluido. Frente Amplio y Podemos han consumado su ruptura tras reprocharse mutuamente intransigencias y llamadas sin responder. Ada Colau canta el ‘Romance de la otra’ picoteando la bata de cola como doña Concha Piquer.

Rufián y Montero, en cambio, han formalizado su idilio con actos conjuntos –próximos protagonistas de la campaña de San Valentín en El Corte Inglés–, lo que ha movido a Míriam Nogueras, de Junts, a lamentar que «para algunos, la prioridad es obedecer y aliarse con partidos españoles». Nogueras piensa que Rufián es un rufián.

Pero la pasión, el amor excelso, se vive en Valladolid. Óscar Puente tildó al alcalde, Jesús Julio Carnero, de «trilero de cuarta, miserable, facha, Indolecio» –juego de palabras con doblete en alusión a la indolencia que atribuye al alcalde y de paso meter en la danza al asesor Indalecio Escudero, a quien el PSOE denomina «alcalde B»–; Carnero respondió con lo de «al maquinista del Pisuerga le espero en Valladolid» e igualmente refirió como «la copia del puto amo» o «sanchismo en estado puro». Dos hombres incapaces de soportarse, unidos por un trazado ferroviario que ninguno suelta: eso es fidelidad y amor, no como el de los carteles de la campaña de Sánchez.

Mientras hablemos de querencias y aborrecimientos, se pasan por alto y sin leer los programas de gobierno y la doctrina ideológica. Al ideario solo se refiere Cayetana Álvarez de Toledo, que es la única parlamentaria «british». Las elecciones del 29-N no van de besos, ni de «haz la maleta y vete a casa con tu madre». En noviembre, el mes de don Juan Tenorio, nos jugamos los destinos de España.

 El Español – Castilla y León

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