Durante años, los liberales se han contado una historia reconfortante: si el populismo gobierna mal, acabará pagando su incompetencia en las urnas. La realidad lleva tiempo desmintiéndolos. Gobiernan mal, erosionan las instituciones, pero vuelven a ganar. Así lo analizan Daniel Brieba y Andrés Velasco en su artículo ‘The Populist Playbook: Why Identity Trumps Policy and How Democrats Can Adapt’ , donde sostienen que la política se ha desplazado de la gestión de políticas públicas a la construcción de identidades políticas.El error de fondo es creer que los votantes actúan como consumidores racionales , comparando programas y resultados. No es así (tampoco con los consumidores, como sostiene Akerlof). La evidencia es abrumadora: la gente vota primero con quién se identifica y solo después ajusta sus ideas para que encajen con ese bando. La política empieza en el espejo.El populismo lo ha entendido mejor que nadie. Su oferta no es una reforma fiscal ni una política industrial, sino algo más básico y más poderoso: pertenencia, dignidad, estatus y agravio. Un «nosotros» claro frente a un «ellos» difuso, pero siempre culpable. El populista puede fallar en casi todo, menos en eso. Por eso Trump gana votos de mujeres a las que desprecia o de minorías a las que insulta. Por eso líderes con malos datos económicos conservan mayorías sólidas. No es que sus votantes no vean la realidad; es que priorizan otra cosa. La identidad pesa más que nada.Frente a esto, la respuesta liberal ha sido doblemente errónea. Primero, insistir en que bastan mejores políticas. Segundo, aceptar el marco del adversario como si el problema fuera la falta de soluciones . En ambos casos se pierde, porque se juega en el terreno equivocado. La alternativa no es renunciar a la identidad, sino disputarla. No con la versión tóxica del populismo, sino con una mejor. Un patriotismo liberal que no se base en la sangre, la religión o el resentimiento, sino en una idea sencilla: formamos parte de una comunidad de destino y nos debemos lealtad cívica. Por eso el llamado globalismo es el gran enemigo del populismo de derechas.Ese patriotismo no puede ser abstracto ni tecnocrático. Vive en instituciones y valores, pero también en experiencias compartidas, símbolos cotidianos y gestos reconocibles. Y, sobre todo, debe ser verosímil. No hay relato de comunidad que sobreviva si convive con desigualdades humillantes, territorios abandonados o ciudadanos tratados como irrelevantes.Aquí está la trampa final del populismo: promete respeto simbólico donde el sistema ha fallado en ofrecerlo. Si los liberales no entienden que la igualdad no es solo distributiva, sino también relacional –quién cuenta, quién es escuchado, quién importa–, como nos ha demostrado la emocionante misa de Huelva , seguirán perdiendo elecciones aun teniendo razón. La política no se decide solo con políticas. Se decide con relatos de pertenencia. El populismo lo sabe. Los liberales, todavía no. jmuller@abc.es Durante años, los liberales se han contado una historia reconfortante: si el populismo gobierna mal, acabará pagando su incompetencia en las urnas. La realidad lleva tiempo desmintiéndolos. Gobiernan mal, erosionan las instituciones, pero vuelven a ganar. Así lo analizan Daniel Brieba y Andrés Velasco en su artículo ‘The Populist Playbook: Why Identity Trumps Policy and How Democrats Can Adapt’ , donde sostienen que la política se ha desplazado de la gestión de políticas públicas a la construcción de identidades políticas.El error de fondo es creer que los votantes actúan como consumidores racionales , comparando programas y resultados. No es así (tampoco con los consumidores, como sostiene Akerlof). La evidencia es abrumadora: la gente vota primero con quién se identifica y solo después ajusta sus ideas para que encajen con ese bando. La política empieza en el espejo.El populismo lo ha entendido mejor que nadie. Su oferta no es una reforma fiscal ni una política industrial, sino algo más básico y más poderoso: pertenencia, dignidad, estatus y agravio. Un «nosotros» claro frente a un «ellos» difuso, pero siempre culpable. El populista puede fallar en casi todo, menos en eso. Por eso Trump gana votos de mujeres a las que desprecia o de minorías a las que insulta. Por eso líderes con malos datos económicos conservan mayorías sólidas. No es que sus votantes no vean la realidad; es que priorizan otra cosa. La identidad pesa más que nada.Frente a esto, la respuesta liberal ha sido doblemente errónea. Primero, insistir en que bastan mejores políticas. Segundo, aceptar el marco del adversario como si el problema fuera la falta de soluciones . En ambos casos se pierde, porque se juega en el terreno equivocado. La alternativa no es renunciar a la identidad, sino disputarla. No con la versión tóxica del populismo, sino con una mejor. Un patriotismo liberal que no se base en la sangre, la religión o el resentimiento, sino en una idea sencilla: formamos parte de una comunidad de destino y nos debemos lealtad cívica. Por eso el llamado globalismo es el gran enemigo del populismo de derechas.Ese patriotismo no puede ser abstracto ni tecnocrático. Vive en instituciones y valores, pero también en experiencias compartidas, símbolos cotidianos y gestos reconocibles. Y, sobre todo, debe ser verosímil. No hay relato de comunidad que sobreviva si convive con desigualdades humillantes, territorios abandonados o ciudadanos tratados como irrelevantes.Aquí está la trampa final del populismo: promete respeto simbólico donde el sistema ha fallado en ofrecerlo. Si los liberales no entienden que la igualdad no es solo distributiva, sino también relacional –quién cuenta, quién es escuchado, quién importa–, como nos ha demostrado la emocionante misa de Huelva , seguirán perdiendo elecciones aun teniendo razón. La política no se decide solo con políticas. Se decide con relatos de pertenencia. El populismo lo sabe. Los liberales, todavía no. jmuller@abc.es
AJUSTE DE CUENTAS
La misa de Huelva enseña que la igualdad no sólo es distributiva sino también relacional
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