Los nuevos obreros

Un operario de la construcción trabaja en una calle de Barcelona.

Un bar cercano a mi casa colgó hace un tiempo un cartel en la puerta: “Se necesita trabajador/a con papeles”. Los cerca de 150.000 inmigrantes que se calcula podrán acceder en Cataluña a la regularización impulsada por el Gobierno probablemente contribuirán a cubrir esa necesidad. Después, pasarán a formar parte de ese paisaje laboral fragmentado, heterogéneo e invisibilizado que caracteriza al mercado de trabajo actual. De ahí la sensación, tan extendida, de que la clase obrera ha desaparecido.

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 Reconocer la clase trabajadora es el primer paso para que la representación política vuelva a tener anclaje en la realidad social  

Un bar cercano a mi casa colgó hace un tiempo un cartel en la puerta: “Se necesita trabajador/a con papeles”. Los cerca de 150.000 inmigrantes que se calcula podrán acceder en Cataluña a la regularización impulsada por el Gobierno probablemente contribuirán a cubrir esa necesidad. Después, pasarán a formar parte de ese paisaje laboral fragmentado, heterogéneo e invisibilizado que caracteriza al mercado de trabajo actual. De ahí la sensación, tan extendida, de que la clase obrera ha desaparecido.

No es así. Lo que ha ocurrido es que el obrero industrial clásico en nuestro imaginario —el de la mina, la fábrica o la siderurgia— ha dejado de ser la figura dominante. El predominio del sector servicios, de la logística, de los cuidados y de las plataformas digitales ha transformado profundamente el trabajo. De una alta homogeneidad ocupacional y cultural hemos pasado a un mosaico de situaciones laborales: personas asalariadas, falsas autónomas, freelances, becarias, temporales. El trabajo se ha fragmentado, externalizado y dispersado. También se ha debilitado la identidad laboral, que en muchos casos es hoy frágil o incluso negativa. La precariedad dificulta la identificación de los obstáculos estructurales y, con ello, la posibilidad de un “nosotros” compartido.

Pero la clase obrera no ha desaparecido. Ha salido de las fábricas, ha perdido sus viejas formas de organización, y ahora está entre nosotros sosteniendo la vida cotidiana. La clase obrera contemporánea cuida, limpia, reparte, repara, transporta, atiende. Produce bienestar antes que mercancías. Las personas inmigrantes son la nueva clase obrera. Las mujeres que cuidan son la nueva clase obrera. También lo son muchos autónomos y autónomas que viven en una precariedad estructural.

Y, sin embargo, estas personas que trabajan en servicios esenciales —para el hogar, para la hostelería, para la logística urbana— siguen ausentes del imaginario obrero clásico. Riders, kellys o cuidadoras no se reconocen en la figura del obrero industrial masculino, estable y sindicalizado. Tampoco el lenguaje sindical tradicional, centrado en convenios, centros de trabajo o carreras laborales, nombra adecuadamente su experiencia. El resultado es una ruptura de la mediación: quienes trabajan no se ven representados, y quienes deberían representar no aciertan a verlos.

Desde la psicología social sabemos que no hay acción colectiva sostenida sin identificación. La representación política solo funciona cuando existe correspondencia entre la experiencia vivida y los marcos simbólicos disponibles. Cuando esa correspondencia falla, emerge la desafección. No por apatía, sino por falta de reconocimiento.

Por eso no podemos permitir que la nostalgia de un mundo del trabajo que ya no existe bloquee la acción del sujeto político. La crisis sindical y de la izquierda no deriva de la desaparición de la clase obrera, sino de la incapacidad para generar identificaciones sociales coherentes con las experiencias laborales del presente. La clase trabajadora sigue aquí, aunque no se parezca al recuerdo que la izquierda tiene de ella. Reconocerla es el primer paso para que la representación política vuelva a tener anclaje en la realidad social y desarrolle su capacidad transformadora.

Sara Berbel Sánchez, doctora en psicología social y asesora estratégica

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