Hasta hace apenas tres años, Roberto Vannacci era un nombre casi desconocido fuera de los círculos militares. Un general condecorado, curtido en misiones internacionales, con una carrera impecable en las Fuerzas Armadas italianas. Hoy es todo lo contrario: un fenómeno mediático, un símbolo de la ultraderecha radical y, desde esta semana, el protagonista de una fractura política que sacude a la derecha italiana.De 56 años y ya retirado, Vannacci fue jefe de la Brigada Paracaidista Folgore, una de las unidades de élite del Ejército italiano, y ha participado en misiones de paz en los Balcanes, Libia, Afganistán e Irak. Su ascenso en la política ha sido tan rápido como explosivo. En el verano de 2023, publicó por su cuenta ‘El mundo al revés’ , un ensayo que se convirtió en superventas y en un terremoto político.En sus páginas atacaba sin filtros a inmigrantes, homosexuales, feministas, ecologistas y a lo que llamaba la «dictadura de las minorías». Una de sus frases más repetidas condensaba el tono provocador del libro: «Queridos homosexuales, no sois normales, haceos a la idea» .Noticia Relacionada estandar No El rostro de un ángel y su parecido a Meloni: así era el dibujo antes y después de la restauración África Albalá El autor de los trabajos negó desde el primer momento haber querido retratar a la primera ministra italianaLejos de hundirlo, el escándalo lo catapultó. Destituido de su cargo en el Ejército por desacreditar a las instituciones, Vannacci pasó de militar disciplinado a tribuno antisistema. Su transformación encajó perfectamente con las necesidades de una Liga en declive. Matteo Salvini , líder de un partido que había perdido terreno frente a Hermanos de Italia, lo reclutó como rostro duro capaz de recuperar votos por la derecha.No solo lo convirtió en candidato estrella a las europeas de 2024, sino que lo nombró vicesecretario del partido. La apuesta parecía arriesgada, pero los números le dieron la razón a corto plazo: Vannacci obtuvo más de medio millón de votos preferenciales, uno de los resultados más altos del país .Sin embargo, el experimento tenía un problema de fondo. Dentro de la Liga convivían dos almas cada vez más incompatibles: la de los empresarios del norte, pragmáticos y dependientes de la mano de obra extranjera, y la de los sectores radicales seducidos por el discurso identitario y autoritario del general.Vannacci nunca intentó integrarse. Corría su propia carrera, hablaba directamente a su público y marcaba agenda con propuestas como la «reemigración» masiva de inmigrantes. La ruptura era cuestión de tiempo.El salto al vacíoEsta semana, Vannacci anunció su salida de la Liga para fundar Futuro Nacional, un partido situado explícitamente a la derecha de la actual coalición del Gobierno. En sus redes sociales escribió que «amo mi patria y quiero seguir combatiendo por ella lejos de enredos, compromisos de conveniencia e intrigas». El mensaje fue casi mesiánico: «Seguiré mi camino solo para cambiar Italia». Salvini respondió con amargura, hablando de decepción y de falta de honor y lealtad del militar.Las encuestas le dan a Vannacci, de momento, entre un 2% y un 4% de intención de voto. No es una cifra espectacular, pero resulta revelador que un sondeo del Istituto Piepoli señale que el 26% de los italianos confía en él. Ese contraste entre baja intención de voto y alta confianza indica un potencial latente considerable.Y, sobre todo, son votos que salen principalmente del bloque de derechas: de la Liga, pero también de Hermanos de Italia, el partido de Giorgia Meloni , en cuyo entorno hay preocupación. La primera ministra sabe que el riesgo es doble: perder apoyos por la derecha si Vannacci crece, o enfrentarse a un Salvini ya debilitado por la ruptura, que podría volverse más imprevisible dentro del Gobierno para recuperar protagonismo.Desde que llegó al poder, Meloni había logrado algo poco común en Europa: mantener unida una coalición que mezcla europeístas moderados, soberanistas duros y populistas anti-UE. La salida de Vannacci es el primer fragmento que se desprende de ese bloque.Además, el general representa una extrema derecha radical, abiertamente nostálgica, con guiños constantes al imaginario fascista y posiciones filorrusas que chocan con la línea oficial del Gobierno de Meloni sobre Ucrania. Su nuevo partido puede convertirse en un altavoz permanente que acuse al Ejecutivo de tibieza en inmigración, seguridad o valores identitarios. El programa es reconocible: reemigración de inmigrantes, defensa de la italianidad de sangre, rechazo de la «ideología de género», y reivindicación del cristianismo, de Dante, del Imperio romano.Soldado fanfarrón y líder populistaEl general cultiva una estética épica: disfraces de centurión romano, vídeos con música de ‘Gladiator’, poses heroicas en redes sociales. Al mismo tiempo, sabe manejar los códigos del populismo moderno. Se deja ver en programas de televisión, en pódcasts extravagantes, en escenas cuidadosamente diseñadas para viralizarse. Ha puesto su nombre a un puro, ha protagonizado sesiones de fotos en playas y banquetes políticos, y comenta cualquier polémica cultural que pueda alimentar su imagen de rebelde contra el sistema.Sin embargo, detrás del espectáculo hay una estrategia clara: ocupar el espacio de una ultraderecha sin complejos que considera insuficiente a la derecha tradicional. Vannacci habla de una Italia al borde del estallido, una nación amenazada por inmigrantes, burócratas europeos y élites progresistas. Su mensaje conecta con sectores desencantados, incluso con parte del abstencionismo. Ha abandonado el grupo de Patriotas por Europa, donde militan Vox , Viktor Orbán , Marine Le Pen , para ir por libre, aunque podría acercarse a formaciones como la AfD alemana.Vannacci nunca fue hombre de partido. Usó la Liga como plataforma, como quien toma un taxi para llegar más rápido a su destino. Y ahora se ha bajado del coche sin pagar la carrera.Para Salvini, la salida del general es una humillación política. Para Meloni, Vannacci es una mina flotante que puede erosionar su flanco derecho y obligarla a endurecer aún más su discurso para no perder terreno en temas como inmigración, seguridad o identidad. Hasta hace apenas tres años, Roberto Vannacci era un nombre casi desconocido fuera de los círculos militares. Un general condecorado, curtido en misiones internacionales, con una carrera impecable en las Fuerzas Armadas italianas. Hoy es todo lo contrario: un fenómeno mediático, un símbolo de la ultraderecha radical y, desde esta semana, el protagonista de una fractura política que sacude a la derecha italiana.De 56 años y ya retirado, Vannacci fue jefe de la Brigada Paracaidista Folgore, una de las unidades de élite del Ejército italiano, y ha participado en misiones de paz en los Balcanes, Libia, Afganistán e Irak. Su ascenso en la política ha sido tan rápido como explosivo. En el verano de 2023, publicó por su cuenta ‘El mundo al revés’ , un ensayo que se convirtió en superventas y en un terremoto político.En sus páginas atacaba sin filtros a inmigrantes, homosexuales, feministas, ecologistas y a lo que llamaba la «dictadura de las minorías». Una de sus frases más repetidas condensaba el tono provocador del libro: «Queridos homosexuales, no sois normales, haceos a la idea» .Noticia Relacionada estandar No El rostro de un ángel y su parecido a Meloni: así era el dibujo antes y después de la restauración África Albalá El autor de los trabajos negó desde el primer momento haber querido retratar a la primera ministra italianaLejos de hundirlo, el escándalo lo catapultó. Destituido de su cargo en el Ejército por desacreditar a las instituciones, Vannacci pasó de militar disciplinado a tribuno antisistema. Su transformación encajó perfectamente con las necesidades de una Liga en declive. Matteo Salvini , líder de un partido que había perdido terreno frente a Hermanos de Italia, lo reclutó como rostro duro capaz de recuperar votos por la derecha.No solo lo convirtió en candidato estrella a las europeas de 2024, sino que lo nombró vicesecretario del partido. La apuesta parecía arriesgada, pero los números le dieron la razón a corto plazo: Vannacci obtuvo más de medio millón de votos preferenciales, uno de los resultados más altos del país .Sin embargo, el experimento tenía un problema de fondo. Dentro de la Liga convivían dos almas cada vez más incompatibles: la de los empresarios del norte, pragmáticos y dependientes de la mano de obra extranjera, y la de los sectores radicales seducidos por el discurso identitario y autoritario del general.Vannacci nunca intentó integrarse. Corría su propia carrera, hablaba directamente a su público y marcaba agenda con propuestas como la «reemigración» masiva de inmigrantes. La ruptura era cuestión de tiempo.El salto al vacíoEsta semana, Vannacci anunció su salida de la Liga para fundar Futuro Nacional, un partido situado explícitamente a la derecha de la actual coalición del Gobierno. En sus redes sociales escribió que «amo mi patria y quiero seguir combatiendo por ella lejos de enredos, compromisos de conveniencia e intrigas». El mensaje fue casi mesiánico: «Seguiré mi camino solo para cambiar Italia». Salvini respondió con amargura, hablando de decepción y de falta de honor y lealtad del militar.Las encuestas le dan a Vannacci, de momento, entre un 2% y un 4% de intención de voto. No es una cifra espectacular, pero resulta revelador que un sondeo del Istituto Piepoli señale que el 26% de los italianos confía en él. Ese contraste entre baja intención de voto y alta confianza indica un potencial latente considerable.Y, sobre todo, son votos que salen principalmente del bloque de derechas: de la Liga, pero también de Hermanos de Italia, el partido de Giorgia Meloni , en cuyo entorno hay preocupación. La primera ministra sabe que el riesgo es doble: perder apoyos por la derecha si Vannacci crece, o enfrentarse a un Salvini ya debilitado por la ruptura, que podría volverse más imprevisible dentro del Gobierno para recuperar protagonismo.Desde que llegó al poder, Meloni había logrado algo poco común en Europa: mantener unida una coalición que mezcla europeístas moderados, soberanistas duros y populistas anti-UE. La salida de Vannacci es el primer fragmento que se desprende de ese bloque.Además, el general representa una extrema derecha radical, abiertamente nostálgica, con guiños constantes al imaginario fascista y posiciones filorrusas que chocan con la línea oficial del Gobierno de Meloni sobre Ucrania. Su nuevo partido puede convertirse en un altavoz permanente que acuse al Ejecutivo de tibieza en inmigración, seguridad o valores identitarios. El programa es reconocible: reemigración de inmigrantes, defensa de la italianidad de sangre, rechazo de la «ideología de género», y reivindicación del cristianismo, de Dante, del Imperio romano.Soldado fanfarrón y líder populistaEl general cultiva una estética épica: disfraces de centurión romano, vídeos con música de ‘Gladiator’, poses heroicas en redes sociales. Al mismo tiempo, sabe manejar los códigos del populismo moderno. Se deja ver en programas de televisión, en pódcasts extravagantes, en escenas cuidadosamente diseñadas para viralizarse. Ha puesto su nombre a un puro, ha protagonizado sesiones de fotos en playas y banquetes políticos, y comenta cualquier polémica cultural que pueda alimentar su imagen de rebelde contra el sistema.Sin embargo, detrás del espectáculo hay una estrategia clara: ocupar el espacio de una ultraderecha sin complejos que considera insuficiente a la derecha tradicional. Vannacci habla de una Italia al borde del estallido, una nación amenazada por inmigrantes, burócratas europeos y élites progresistas. Su mensaje conecta con sectores desencantados, incluso con parte del abstencionismo. Ha abandonado el grupo de Patriotas por Europa, donde militan Vox , Viktor Orbán , Marine Le Pen , para ir por libre, aunque podría acercarse a formaciones como la AfD alemana.Vannacci nunca fue hombre de partido. Usó la Liga como plataforma, como quien toma un taxi para llegar más rápido a su destino. Y ahora se ha bajado del coche sin pagar la carrera.Para Salvini, la salida del general es una humillación política. Para Meloni, Vannacci es una mina flotante que puede erosionar su flanco derecho y obligarla a endurecer aún más su discurso para no perder terreno en temas como inmigración, seguridad o identidad.
Hasta hace apenas tres años, Roberto Vannacci era un nombre casi desconocido fuera de los círculos militares. Un general condecorado, curtido en misiones internacionales, con una carrera impecable en las Fuerzas Armadas italianas. Hoy es todo lo contrario: un fenómeno mediático, un símbolo de … la ultraderecha radical y, desde esta semana, el protagonista de una fractura política que sacude a la derecha italiana.
De 56 años y ya retirado, Vannacci fue jefe de la Brigada Paracaidista Folgore, una de las unidades de élite del Ejército italiano, y ha participado en misiones de paz en los Balcanes, Libia, Afganistán e Irak. Su ascenso en la política ha sido tan rápido como explosivo. En el verano de 2023, publicó por su cuenta ‘El mundo al revés’, un ensayo que se convirtió en superventas y en un terremoto político.
En sus páginas atacaba sin filtros a inmigrantes, homosexuales, feministas, ecologistas y a lo que llamaba la «dictadura de las minorías». Una de sus frases más repetidas condensaba el tono provocador del libro: «Queridos homosexuales, no sois normales, haceos a la idea».
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Lejos de hundirlo, el escándalo lo catapultó. Destituido de su cargo en el Ejército por desacreditar a las instituciones, Vannacci pasó de militar disciplinado a tribuno antisistema. Su transformación encajó perfectamente con las necesidades de una Liga en declive. Matteo Salvini, líder de un partido que había perdido terreno frente a Hermanos de Italia, lo reclutó como rostro duro capaz de recuperar votos por la derecha.
No solo lo convirtió en candidato estrella a las europeas de 2024, sino que lo nombró vicesecretario del partido. La apuesta parecía arriesgada, pero los números le dieron la razón a corto plazo: Vannacci obtuvo más de medio millón de votos preferenciales, uno de los resultados más altos del país.
Sin embargo, el experimento tenía un problema de fondo. Dentro de la Liga convivían dos almas cada vez más incompatibles: la de los empresarios del norte, pragmáticos y dependientes de la mano de obra extranjera, y la de los sectores radicales seducidos por el discurso identitario y autoritario del general.
Vannacci nunca intentó integrarse. Corría su propia carrera, hablaba directamente a su público y marcaba agenda con propuestas como la «reemigración» masiva de inmigrantes. La ruptura era cuestión de tiempo.
El salto al vacío
Esta semana, Vannacci anunció su salida de la Liga para fundar Futuro Nacional, un partido situado explícitamente a la derecha de la actual coalición del Gobierno. En sus redes sociales escribió que «amo mi patria y quiero seguir combatiendo por ella lejos de enredos, compromisos de conveniencia e intrigas». El mensaje fue casi mesiánico: «Seguiré mi camino solo para cambiar Italia».
Salvini respondió con amargura, hablando de decepción y de falta de honor y lealtad del militar.
Las encuestas le dan a Vannacci, de momento, entre un 2% y un 4% de intención de voto. No es una cifra espectacular, pero resulta revelador que un sondeo del Istituto Piepoli señale que el 26% de los italianos confía en él. Ese contraste entre baja intención de voto y alta confianza indica un potencial latente considerable.
Y, sobre todo, son votos que salen principalmente del bloque de derechas: de la Liga, pero también de Hermanos de Italia, el partido de Giorgia Meloni, en cuyo entorno hay preocupación. La primera ministra sabe que el riesgo es doble: perder apoyos por la derecha si Vannacci crece, o enfrentarse a un Salvini ya debilitado por la ruptura, que podría volverse más imprevisible dentro del Gobierno para recuperar protagonismo.
Desde que llegó al poder, Meloni había logrado algo poco común en Europa: mantener unida una coalición que mezcla europeístas moderados, soberanistas duros y populistas anti-UE. La salida de Vannacci es el primer fragmento que se desprende de ese bloque.
Además, el general representa una extrema derecha radical, abiertamente nostálgica, con guiños constantes al imaginario fascista y posiciones filorrusas que chocan con la línea oficial del Gobierno de Meloni sobre Ucrania. Su nuevo partido puede convertirse en un altavoz permanente que acuse al Ejecutivo de tibieza en inmigración, seguridad o valores identitarios. El programa es reconocible: reemigración de inmigrantes, defensa de la italianidad de sangre, rechazo de la «ideología de género», y reivindicación del cristianismo, de Dante, del Imperio romano.
Soldado fanfarrón y líder populista
El general cultiva una estética épica: disfraces de centurión romano, vídeos con música de ‘Gladiator’, poses heroicas en redes sociales. Al mismo tiempo, sabe manejar los códigos del populismo moderno. Se deja ver en programas de televisión, en pódcasts extravagantes, en escenas cuidadosamente diseñadas para viralizarse. Ha puesto su nombre a un puro, ha protagonizado sesiones de fotos en playas y banquetes políticos, y comenta cualquier polémica cultural que pueda alimentar su imagen de rebelde contra el sistema.
Sin embargo, detrás del espectáculo hay una estrategia clara: ocupar el espacio de una ultraderecha sin complejos que considera insuficiente a la derecha tradicional. Vannacci habla de una Italia al borde del estallido, una nación amenazada por inmigrantes, burócratas europeos y élites progresistas. Su mensaje conecta con sectores desencantados, incluso con parte del abstencionismo. Ha abandonado el grupo de Patriotas por Europa, donde militan Vox, Viktor Orbán, Marine Le Pen, para ir por libre, aunque podría acercarse a formaciones como la AfD alemana.
Vannacci nunca fue hombre de partido. Usó la Liga como plataforma, como quien toma un taxi para llegar más rápido a su destino. Y ahora se ha bajado del coche sin pagar la carrera.
Para Salvini, la salida del general es una humillación política. Para Meloni, Vannacci es una mina flotante que puede erosionar su flanco derecho y obligarla a endurecer aún más su discurso para no perder terreno en temas como inmigración, seguridad o identidad.
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