La gran pasión social y religiosa en la Semana Santa de la pequeña Zamora: se espera superar los 200.000 visitantes

La procesión de la Buena Muerte baja por la calle Balborraz, una de las más emblemáticas de la ciudad, el lunes 30 de marzo.

Un casi desértico lunes por la noche ordinario en la tranquila Zamora (61.000 habitantes) y la abarrotada madrugada del Lunes Santo solo coinciden, paradójicamente, en el silencio. El primero lo aporta la quietud cotidiana de una ciudad pequeña; el segundo lo exigen las procesiones de Semana Santa para sentir la solemnidad entre teas iluminando rostros encapuchados y semblantes boquiabiertos. Se detiene el tiempo entre el gentío, respetuoso y sentido. Se apaga el rumor de las voces, dejan de chascar las pipas, los niños paran de jugar, se escucha el Jerusalem o La muerte no es el final. Silencio entre creyentes y paganos, entre nativos y turistas, entre habitantes y fugitivos forzados por la falta de oportunidades que retornan en vacaciones. Zamora evidencia sus contrastes con Cristos a hombros: alcalde de Izquierda Unida (IU) y calles tomadas por pasos, sinfines de ateos enrolados en rígidas cofradías y una ciudad unida por su patrimonio cultural, religioso y económico.

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La procesión de La Tercera Caída llega a la Plaza Mayor de Zamora. Los cofrades de la Buena Muerte cruzan por las calles del casco antiguo de Zamora, este lunes. Los festejos católicos zamoranos aglutinan a gran parte de la ciudad, creyentes o no, en un rito clave para los negocios y la visibilidad  

Un casi desértico lunes por la noche ordinario en la tranquila Zamora (61.000 habitantes) y la abarrotada madrugada del Lunes Santo solo coinciden, paradójicamente, en el silencio. El primero lo aporta la quietud cotidiana de una ciudad pequeña; el segundo lo exigen las procesiones de Semana Santa para sentir la solemnidad entre teas iluminando rostros encapuchados y semblantes boquiabiertos. Se detiene el tiempo entre el gentío, respetuoso y sentido. Se apaga el rumor de las voces, dejan de chascar las pipas, los niños paran de jugar, se escucha el Jerusalem o La muerte no es el final. Silencio entre creyentes y paganos, entre nativos y turistas, entre habitantes y fugitivos forzados por la falta de oportunidades que retornan en vacaciones. Zamora evidencia sus contrastes con Cristos a hombros: alcalde de Izquierda Unida (IU) y calles tomadas por pasos, sinfines de ateos enrolados en rígidas cofradías y una ciudad unida por su patrimonio cultural, religioso y económico.

El impacto financiero se palpa en los quioscos, habitualmente faltos de chavales ávidos de volquetes de pipas y regalices, bares desbordados y bullicio callejero. Las sillas toman la ciudad para acomodarse para las horas de espera contemplando los lentos y emotivos recorridos de cada cofradía. Hay mantas para cuando caiga la noche, se han preparado víveres y bebidas, se forjan amistades con los desconocidos contiguos, se cuzea o cotillea sobre aquel o aquella que cuánto hacía que no se veía.

Cuatro mujeres esperan sentadas en las escaleras de piedra del ayuntamiento, nuevas amigas, cada tándem con sus mejores galas generacionales. A la derecha, Ilda Diez, de 85 años, y Marisa Tejedor, de 77. A la izquierda, Patricia Cabandilla, de 28, y Beatriz Espinosa, de 29. Allí han coincidido y cuajado amistad, alianza para moñear, o discutir, con unas señoras que les quitaban la visibilidad. “¡La de Zamora es única, más ordenada, es un lujo!”, exclama Diez; Espinosa confiesa su ateísmo pero, privilegiada zamorana que trabaja y vive en casa, acude cada año: “No soy creyente pero vengo por el ambiente, es una tradición bonita de ver”. Las mayores, con poco pinta de izquierdistas, aplauden al alcalde, Paco Guarido, el único regidor de IU en una capital de provincia, con apoyo socialista: “¡No es católico pero es muy bueno, entró con mucho débito y ahora hay dinero!”. Aparte de su labor económica, valoran que desde que tomó el mando en 2015 cumplió su promesa de apartar a la corporación de los actos de Semana Santa o que sus concejales, si procesionaban, no lucieran la medalla del Ayuntamiento. Él renunció al juramento del Silencio, plegaria que antes vertían los alcaldes y ahora una personalidad elegida por los religiosos.

Máximo respeto como baluarte emocional de su urbe pero con distancia institucional, explica Guarido: “La relación con los sectores de la Semana Santa es buena, con una separación institucional palmaria desde que estoy yo, tanto a los cofrades como a los católicos o agnósticos les ha caído bien, alguien tenía que dar el paso”. El Ayuntamiento, añade, subvenciona a las asociaciones de Semana Santa y cofinancia junto a la Diputación y a la Junta de Castilla y León (PP) un nuevo museo de la Semana Santa, necesario para exhibir el arte sacro lucido estos días: “Luego cada uno en su interior sabe qué hacer con su espíritu”.

La corporación ofrece buses lanzadera para desahogar el colapsado centro y celebra la buena meteorología de esta semana, crucial para que los hoteles se hayan llenado y las tiendas y restaurantes echen humo como los incensarios que emanan un aroma reconocible durante todos estos festejos. El último año de climatología favorable, recuerda, rebasaron los 200.000 visitantes; en 2026 esperan superarlo y la afluencia que va palpando apunta a tal registro: “No he visto una cosa igual desde hace años”. Mismas expectativas cumplidas por Rufo Martínez, presidente de la cofradía del Silencio, feliz con la “intensidad” zamorana hacia la Pasión y su “motor económico y social en este rincón olvidadizo de España, la falta de visibilidad de Zamora es histórica”. “El alcalde tiene sus convicciones, las puso sobre la mesa hace muchísimos años, y hay que reconocer que ha cumplido siempre con la Semana Santa para preparar la ciudad y la colaboración económica en todo lo que se ha pedido, hay respeto mutuo”, reivindica el cofrade.

El centro, masificado, exige imaginación para contemplar los pasos. Las terrazas cotizan, los chavales se aúpan a alféizares de edificios públicos, los portales se convierten en refugios. Un grupillo de chicas y chicos de entre 15 y 17 años afirma ser creyente y que asisten cada año “porque es una tradición, de toda la vida” y que en otras ciudades en las que viven o visitan no existe esa pulsión hacia la Semana Santa: “En Zamora estamos todos volcados”. Ángel, de 65 años, lleva varias horas esperando junto a la plaza Mayor donde hacia las 11 de la noche se cantará La muerte no es el final al concluir la procesión de la Tercera caída, nuevamente entre el silencio. “Todos los zamoranos vemos las procesiones, es una tradición que la gente ha aceptado desde pequeños”, indica. A los pies del edificio de la Policía, en esa misma plaza, espera Sandra Ruiz, gerundense de 22 años y de ascendencia zamorana, primera vez ante el festejo y admirada por la solemnidad: “Hablan mucho de la de Sevilla pero esta es muy bonita”.

Los capirotes negros se sustituyen por capuchas y trajes blancos, la luz del atardecer se remplaza por teas ungidas en pez, en un lento y sobrio caminar por la icónica calle de Balborraz, descenso fotografiado por grandes reporteros nacionales e internacionales que ocupan los mejores balcones, el de encima del animoso bar La Perla como gran deseado. Los muchachos que jugaban a las cartas se ponen de pie y observan. “Chhhhh”, se chista a los chismosos cuando asoman las antorchas por las estrechas vías zamoranas, pies descalzos o en sandalias sobre los adoquines, penitencia para unos y disfrute para los testigos, tan cerca del fuego que amaga con chamuscarles las cejas. La procesión del Cristo de la Buena Muerte transita por lugares icónicos de Zamora: Balborraz, la muralla o las múltiples muestras del rico románico. Se canta el Jerusalem como un conjuro. Algún nene bosteza y amaga con dormirse entre la devoción, creyente o no, de quienes los portan a hombros como los cofrades a las varias cruces que desfilan de madrugada bajo la luz naranja rumbo, a las tres de la mañana, al silencio reverencial entre la multitud.

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