La memoria antifranquista, cortocircuitada

Un agente hace guardia en la puerta de la Jefatura Superior de Policía, en la Via Laietana. Barcelona.

Felipe González recordaba que cuando le presentaron a quien se ocuparía de su seguridad en Sevilla –donde asistía al funeral de su suegro en enero de 1983– reconoció al comisario Vadillo, el mismo que lo había detenido en 1974. “¿Qué hay Vadillo? ¿Cómo estás?”, le preguntó. El policía palideció: “¿Me reconoce?”, a lo que el presidente del Gobierno respondió, “¡Pues claro! Pero tranquilo, me alegro de verte”. El comportamiento de Felipe González respondía al patrón dominante no solo en la izquierda, sino también en el nacionalismo periférico. El temor reverencial a provocar al viejo aparato del Estado propiciaba esa deliberada amnesia, generosa con pasados franquistas en aras de la reconciliación y temerosa de la amenaza golpista. No fue hasta el periodo de Zapatero cuando tímidamente se desperezó la memoria democrática. Llovieron muchas acusaciones. Las “paguitas”, los viejos “revanchismos” o la “traición al espíritu de la transición” se emplearon como arma arrojadiza contra quienes pretendían encontrar a sus abuelos asesinados en las cunetas. Lo hizo una derecha poblada de descendientes de “caídos por Dios y por España”, esos que lucían correajes y que –además de dar prebendas a los suyos– eran expertos en “paguitas retroactivas”, pues por ley de 14 marzo de 1942 los contendientes de las decimonónicas guerras carlistas tuvieron derecho a pensiones extraordinarias y al grado de teniente del Ejército. Se les consideró “defensores de las tradiciones patrias y precursores del Movimiento Nacional”.

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 A la amnesia y al miedo se suman ahora las trabas administrativas a la hora de acceder a ayudas a las entidades pro derechos humanos de Cataluña  Un agente hace guardia en la puerta de la Jefatura Superior de Policía, en la Via Laietana. Barcelona.

Felipe González recordaba que cuando le presentaron a quien se ocuparía de su seguridad en Sevilla –donde asistía al funeral de su suegro en enero de 1983– reconoció al comisario Vadillo, el mismo que lo había detenido en 1974. “¿Qué hay Vadillo? ¿Cómo estás?”, le preguntó. El policía palideció: “¿Me reconoce?”, a lo que el presidente del Gobierno respondió, “¡Pues claro! Pero tranquilo, me alegro de verte”. El comportamiento de Felipe González respondía al patrón dominante no solo en la izquierda, sino también en el nacionalismo periférico. El temor reverencial a provocar al viejo aparato del Estado propiciaba esa deliberada amnesia, generosa con pasados franquistas en aras de la reconciliación y temerosa de la amenaza golpista. No fue hasta el periodo de Zapatero cuando tímidamente se desperezó la memoria democrática. Llovieron muchas acusaciones. Las “paguitas”, los viejos “revanchismos” o la “traición al espíritu de la transición” se emplearon como arma arrojadiza contra quienes pretendían encontrar a sus abuelos asesinados en las cunetas. Lo hizo una derecha poblada de descendientes de “caídos por Dios y por España”, esos que lucían correajes y que –además de dar prebendas a los suyos– eran expertos en “paguitas retroactivas”, pues por ley de 14 marzo de 1942 los contendientes de las decimonónicas guerras carlistas tuvieron derecho a pensiones extraordinarias y al grado de teniente del Ejército. Se les consideró “defensores de las tradiciones patrias y precursores del Movimiento Nacional”.

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