
Hotel libre de humos, reza el cartel, pero no pone nada de los alrededores, grises, nocivos, con un olor que se cuela por las ventanas, las puertas y cualquier resquicio. La nube oscura que empaña los cielos y emponzoña el sur de Ávila actúa sobre Cebreros (3.500 habitantes), donde dos mujeres y un hombre abrazan a Jesús Martín, gerente del hotel El Castrejón, en el jardín. Algunas lágrimas de agradecimiento resbalan sobre la tela de las mascarillas al despedirse: les ha dado cama y comida gratis y se han sentido queridos en un momento doloroso. Los desalojados de El Tiemblo que reposan como pueden en el polideportivo de Cebreros han recibido macarrones, paella, embutido, pan, café, fruta, agua y refrescos gracias a Martín, obcecado en dar de comer al hambriento y albergar a quien o lo ha perdido todo o ni siquiera ha podido ir a casa a comprobarlo. Allí duermen también los bomberos, a quienes mima aunque él apenas ha pegado ojo. El ahora duele, pero de qué subsistirá esta comarca que respiraba gracias al turismo de la naturaleza y el sector primario: “Me preocupa lo que viene después”.

Jesús Martín y Ángeles Sánchez alojan y alimentan gratis a los afectados por el fuego en el incendio de Ávila
Hotel libre de humos, reza el cartel, pero no pone nada de los alrededores, grises, nocivos, con un olor que se cuela por las ventanas, las puertas y cualquier resquicio. La nube oscura que empaña los cielos y emponzoña el sur de Ávila actúa sobre Cebreros (3.500 habitantes), donde dos mujeres y un hombre abrazan a Jesús Martín, gerente del hotel El Castrejón, en el jardín. Algunas lágrimas de agradecimiento resbalan sobre la tela de las mascarillas al despedirse: les ha dado cama y comida gratis y se han sentido queridos en un momento doloroso. Los desalojados de El Tiemblo que reposan como pueden en el polideportivo de Cebreros han recibido macarrones, paella, embutido, pan, café, fruta, agua y refrescos gracias a Martín, obcecado en dar de comer al hambriento y albergar a quien o lo ha perdido todo o ni siquiera ha podido ir a casa a comprobarlo. Allí duermen también los bomberos, a quienes mima aunque él apenas ha pegado ojo. El ahora duele, pero de qué subsistirá esta comarca que respiraba gracias al turismo de la naturaleza y el sector primario: “Me preocupa lo que viene después”.
El teléfono impide hablar cinco minutos seguidos con el hostelero. Lo llaman vecinos de pueblos de la zona, algunos pidiéndole techo y otros información; él contacta con socios para coordinar qué demonios hacer a corto plazo con los grupos que le habían contratado viajes organizados por los alrededores con base en Cebreros. El hombre, de 70 años, tacha de la lista: El Tiemblo está chamuscado, también San Martín de Valdeiglesias (Madrid), pues metemos El Escorial (Madrid), siempre quedará el museo de Adolfo Suárez en Cebreros o Arenas de San Pedro (Ávila) o Toledo o Segovia o… “Intentamos luchar para sobrevivir y reflotar, hay que sacar esto como sea”, suspira, inquieto por sus cuentas. El acento suave de este señor menudo, canoso, de vivos ojos azules, contrasta con el tono medio de la zona, a la que llegó desde El Puerto de la Cruz (Tenerife) en 2022. Otro mundo. Aquí se ha encontrado con el cariño de la gente, que recurre a su hotel cuando vienen familiares de visita siempre que no esté lleno por viajeros del Imserso. El incendio da cierta tregua tras abrasar el entorno de este y otros pueblos. Por fin se pueden bajar revoluciones y mirar hacia atrás con calma, repasando lo sucedido.

Sus vehículos subieron y bajaron hacia el pabellón local para abastecer al máximo a los allí evacuados, incluidos estos periodistas, a quienes se niega a cobrar la cena del domingo por más que se le insista. “Que no, que no”, rechaza. La crisis del fuego comenzó el jueves y desde entonces a su recepción llega un hormigueo de conocidos, fundamentalmente de El Tiemblo (4.600 habitantes). Hay historias duras de personas que lo han perdido todo y aún no se lo han contado a los parientes más sensibles para irlos preparando para el disgusto, otros tendrán que reconstruir los daños desde pensiones mínimas o ayudas por desempleo. Solo queda la solidaridad, añade, emocionado: “¿Les vas a cobrar? Hay que poner entre todos. Hemos ido levantando esto dando calidad y buen servicio, cooperando con el pueblo y con la gente mayor”. Esa implicación la muestra también con los bomberos, que tienen en El Castrejón todo lo que buscan: cama cómoda, ducha, comida caliente y algo de tregua. El menú de noche, a elegir entre puré de calabaza, patatas revolconas o entremeses de primero y de segundo cachopo, hamburguesa de Black Angus, emperador o alitas de pollo. Un poco de vino con gaseosa, algo dulce de postre y mañana será otro día.
Martín calcula que apenas ha dormido un puñado de horas desde que comenzó la tragedia. La adrenalina tardará en desaparecer y solo entonces se podrá evaluar en condiciones qué se necesita, qué ayudas hay a su alcance, cómo organizarse para resucitar el negocio. Puede haber un efecto rebote de altruismo social con estas empresas afectadas y que tan bien se han portado con los vecinos, pero los daños de un incendio duran décadas. Hay preguntas clave: ¿Quién va a veranear o querer ver paisajes carbonizados? ¿Por qué pisar ceniza cuando hay otros parajes hermosos en otros lados? Aquí confían en la proximidad de patrimonio natural o histórico que puede disfrutarse teniendo Cebreros como cuartel general.

Ángeles Sánchez, también de 70 y socia de Ángel Martín, habla de “estado de shock”. Ella aún no ha salido del municipio pero se teme lo peor cuando se mueva y vea el horizonte abrasado, humeante, quizá con alguna reproducción: “El impacto ambiental es enorme, el fuego ha destruido todo el paisaje, la gente está desolada”. “Lo poco que he visto me pone los pelos de punta”, detalla, admirando la “capacidad de trabajo fuera de lo normal” de Martín, quien prepara un lote de avituallamiento para el pabellón y llena termos de café para los brigadistas que vayan allí a repostar. La mujer detalla que el hostelero regenta dos hoteles que ha abierto para quien lo necesite “gratis o a precios ridículos, ayudando desinteresadamente”. Habrá que ver qué pasa con la inversión en gestionar este verano la piscina municipal y su bar aledaño, ahora cubiertos de ceniza y probablemente cerrados una temporada. El golpe sigue doliendo y le cuesta hacer memoria y describir exactamente lo padecido estos días de horror y esa angustia que atenaza los nervios: “Esto es para vivirlo, no es lo mismo que verlo por la televisión”.
Feed MRSS-S Noticias
