Jorge Guales vio llegar el carrito de comida. Iba en el vagón 7 del Iryo y el tren se había parado. El personal pasó a su lado, ofreciendo bebidas y aperitivos. Estaba tranquilo. Lo siguiente fue el impacto: “El golpe, el estruendo durísimo”. Intenta reconstruir lo que pasó después. Le cuesta. Algunos pasajeros se golpearon contra los asientos y varios objetos cayeron al suelo. Acababan de vivir en primera mano el accidente de Urda, aunque no eran conscientes todavía de lo que significaba. Lo veía y lo oía todo, pero está borroso. Él, colombiano de 53 años, miró por la ventana y vio el humo. Se levantó. La puerta estaba abierta. Salió y ayudó a salir a otras personas. Una vez fuera, caminaron juntos por una zanja y varios vecinos rompieron una valla para que pudieran pasar. Se giró y ahí estaban los vagones destrozados. Acababa de salir ileso de uno de ellos.
El estruendo del choque entre los vagones permanece en la memoria de quienes salieron con vida y ahora intentan ordenar los recuerdos dispersos del impacto, la evacuación, la ayuda de los vecinos o la angustiosa búsqueda de sus seres queridos
Jorge Guales vio llegar el carrito de comida. Iba en el vagón 7 del Iryo y el tren se había parado. El personal pasó a su lado, ofreciendo bebidas y aperitivos. Estaba tranquilo. Lo siguiente fue el impacto: “El golpe, el estruendo durísimo”. Intenta reconstruir lo que pasó después. Le cuesta. Algunos pasajeros se golpearon contra los asientos y varios objetos cayeron al suelo. Acababan de vivir en primera mano el accidente de Urda, aunque no eran conscientes todavía de lo que significaba. Lo veía y lo oía todo, pero está borroso. Él, colombiano de 53 años, miró por la ventana y vio el humo. Se levantó. La puerta estaba abierta. Salió y ayudó a salir a otras personas. Una vez fuera, caminaron juntos por una zanja y varios vecinos rompieron una valla para que pudieran pasar. Se giró y ahí estaban los vagones destrozados. Acababa de salir ileso de uno de ellos.
Minutos antes, Juliana Rozo, de 33 años, pensaba en otro tren en la presentación que tenía que hacer en Sevilla. Repasaba lo que diría y cómo. Inicio, nudo y desenlace. A su lado, en el vagón 2 del AVE, recuerda a varios pasajeros dormidos y otros, como ella, que adelantaban algo de trabajo: “El golpe nos obligó a agarrarnos a los asientos. Algunas personas se golpearon con las bandejas abiertas”.
Ese mismo golpe lo sintió Inés Piñeros, que estaba parada en el tren de delante, el del Iryio. Se había cambiado de sitio unos momentos antes, en el penúltimo vagón del tren que estaba parado. Iba con dos amigas y quería estar cerca para charlar. “Tengo una herida en el abdomen y se está recuperando, pero todavía con mucho susto”, contaba después desde el hospital Gregorio Marañón, en Madrid.
Del fuerte golpe entre los dos trenes hablan también Iñaki García, Andrea Martínez, Alberto Pérez, Juan Antonio Villanueva, los dos primeros pasajeros del Iryio y los dos últimos del AVE. Unos y otros mencionan un “pum” que no olvidan. Es lo que más se repite entre los relatos de los supervivientes del choque de trenes en Toledo, en el que ya han muerto al menos 68 personas y más de 50 han resultado heridas. Es una sensación grabada en sus cabezas y sus cuerpos. Para muchos, reconstruir lo que han vivido es complicado y les vienen retazos de los minutos anteriores al impacto y de los minutos que lo siguieron, caóticos, llenos de miedo e incertidumbre. A algunos les cuesta poner palabras a lo que acaban de vivir y les resulta más sencillo rememorar las sensaciones. Un cuerpo que les rozó, un chillido, la luz del exterior.
García, de 60 años, iba en el coche 2 de Iryio. Rodó por el suelo y, de pronto, sintió que todo quedó en suspenso. Abrió los ojos y estaba boca abajo. “No te da tiempo a pensar nada. Lo único que quieres es agarrarte para poder sujetarte de alguna forma”, relata.
En paralelo, en un tren que tendría que llegar unos minutos más tarde a Sevilla, Pérez y Villanueva viajaban en la parte trasera del AVE de Renfe. La secuencia que narran se parece, son casi idénticas: tren parado, anuncio por megafonía de que estarán quietos unos minutos, vuelta a rodar y, en cuestión de segundos, colisión, ruido, gritos, cuerpos, pisotones. Martínez, de 31, viajaba por trabajo a Sevilla, bebía café y repasaba los apuntes para una reunión. Quería tenerlo todo listo. Recuerda poco y le es difícil seguir el hilo cronológico de lo que pasó después. “Estaba ahí… lo vi todo. Todavía estoy en shock”, dice. Unos voluntarios los llevaron a todos al pabellón de Urda.

Allí, a unos ocho kilómetros del lugar del accidente, se identificó a los viajeros que fueron llegando. Primero, nombre y apellidos, DNI, tren y vagón. Después, valorar el estado psicológico y las heridas, si las había. “Hacen el triaje, los mandan a un lado y a otro, depende de la gravedad de la situación”, explicó Óscar Jiménez, de los servicios de emergencia. Unos 70 u 80 efectivos de distintas agrupaciones de Castilla-La Mancha estaban repartidos por varios puntos.
El pabellón es un pabellón de uso. Conserva las canastas, el marcador y las gradas, pero la pista se fue llenando de sillas blancas para los viajeros y de colchonetas con mantas para quienes necesitaran tumbarse. Junto a una de las paredes hay largas mesas blancas de plástico con botellas de agua, pan y otros alimentos. Personal de emergencias, Cruz Roja y Protección Civil se movía entre los afectados, de un lado a otro, sin parar. La luz entraba por los ventanales altos de la cancha.
Juan Quesada, de 65 años, esperaba sentado a que sus familiares fueran a recogerlo. Viajaba por trabajo a Sevilla en el vagón 6 del AVE y tiene heridas en la cabeza. Una enorme venda blanca le cubre el cráneo y está un poco aturdido: “Se te pasa la vida en un segundo sin darte cuenta”. Allí también estaba Mauro, de 28 años, y que viajaba en el Iryo con su jefe. Tenía la cara visiblemente hinchada, cubierta de vendas y ensangrentada, y se encontraba todavía conmocionado por lo ocurrido. Según su relato, el tren llevaba entre 10 y 15 minutos parado, cuando sintió un fuerte impacto y el convoy comenzó a dar vueltas. “He sentido varios golpes”, dice todavía afectado por la violencia del accidente.
Desde las once de la mañana hasta después de comer, las horas pasaron en el pabellón entre revisiones médicas y esperas. A algunos supervivientes les pusieron suero. A otros les ofrecieron un bocadillo o un café. Quienes necesitaban atención hospitalaria aguardaban su traslado, mientras los demás, como Quesada, esperaban a que alguien viniera a recogerlos. Todavía conmocionados, buscaban dónde cargar el móvil, intentaban contactar con los suyos y averiguar qué había pasado. Ellos lo habían vivido, pero verlo en las noticias también les impactaba. Los vecinos llegaron a toda prisa con botellas de agua y comida.
También familiares que no habían conseguido contactar con los suyos. Un hombre buscaba desesperado a Almudena, su compañera de trabajo. “No sé nada, no sé nada”, repetía. Fue al pabellón por si alguien podía ayudarlo a localizarla, porque igual ella estaba en shock o había perdido el teléfono; aventuraba. Cada poco, los enfermeros se subían a las sillas y llamaban por su nombre a personas que no encontraban sus familias. Eran momentos de alegría contenida, reencuentros felices y amargos.
Rosa María Domínguez, vecina de la zona, se enteró del accidente a las nueve de la mañana, cuando acudió al centro médico y lo encontró vacío. En cuanto supo lo que había ocurrido, regresó a casa para recoger gasas, suero y todo el material sanitario que pudo, después de escuchar que faltaban medicamentos. “Hemos empezado a venir todos a ayudar y nos hemos organizado como hemos podido, trayendo sábanas, mantas, agua… Era impresionante, una película de terror”, cuenta.

Entre llantos, maletas desperdigadas y pasajeros heridos, los vecinos se volcaron en asistir a las víctimas, aunque muchos no tenían experiencia sanitaria. Domínguez atendió, entre otras personas, a una mujer embarazada de siete meses que viajaba desde Sevilla y que solo había sufrido algunas contusiones leves. Como no podía regresar por sus propios medios, le facilitaron un teléfono para contactar con un conocido de la zona que la acercó, mientras su marido viajaba desde Sevilla para recogerla. Sus hijos también se sumaron a las labores de ayuda: uno colaboró en el restaurante y otro hizo de traductor para los pasajeros extranjeros. “Hemos hecho entre todos un montón, ayudando también a la policía”.
Llegada a Madrid
Algunos viajeros se marcharon con sus familiares y otros regresaron en autobús hacia Madrid, de donde muchos, unas ocho horas antes, habían salido. El destino para una parte de ellos fue el hospital Gregorio Marañón y para otra la estación de Atocha, donde les esperaban sanitarios del servicio madrileño de urgencias y un grupo de psicólogos, que llevaban allí todo el día atendiendo a familiares de los fallecidos y los heridos de ambos trenes.
En uno de los flancos laterales del edificio se montó sobre las 10.30 un punto de atención, blindado por la policía ―hasta seis furgones custodian la zona― y abierto las 24 horas. Es el mismo protocolo que pusieron en marcha en enero, cuando ocurrió el accidente ferroviario en Adamuz, Córdoba. Entonces, debido a la hora ―los primeros autobuses llegaron de madrugada―, la vuelta de los supervivientes fue más caótica. Esta vez el dispositivo funcionó como un reloj y era imposible acceder a la zona. Algunos de los autobuses llegaban con pasajeros de otros trenes que no se han visto involucrados en el choque y otros sí traían a personas que viajaban en los accidentados, con heridas leves o ilesas.
Antes del regreso de los supervivientes, hasta allí fueron llegando poco a poco familiares, sin saber si su primo, hermano, novia, padre, hija, amigo estaría o no en ese autobús que sabían que iba camino de Madrid. Igual que pasó en Urda (Toledo). Alguno, antes de saber a dónde dirigirse, daba vueltas por la estación, con el móvil en la mano y refrescando las páginas web de varios periódicos al mismo tiempo. Pascual Galera, subdirector general de Protección Civil de la Comunidad de Madrid, lo resumió: “Llegan con mucho nerviosismo”. Aunque la mayoría decidió desplazarse hasta Toledo, en busca de quien ya les había respondido al teléfono o con la esperanza de que esa respuesta llegara lo antes posible.

Feed MRSS-S Noticias
