
La maestra Sarai Sánchez, de 35 años, ha descubierto qué es lo imprescindible en la vida. Cuando los agentes de la Guardia Civil tocaron a las dos de la madrugada del domingo a la puerta de su vivienda en Vall d’Uixó (Castellón, 32.242 habitantes) para desalojarla por el incendio que en un día ha engullido 4.300 hectáreas, ella y su pareja, Pedro López, de 31, tuvieron claro qué incluirían entre sus pertenencias innegociables: un perro y un conejo. “Soy muy sentimental. Por eso, esta noche lo he pasado mal”, esboza Sánchez con una media sonrisa sobre una cama plegable en el modular polideportivo de Moncofa (Castellón, 8.339 habitantes). La cancha de baloncesto de la instalación, de 700 metros, se ha reconvertido a la velocidad de la luz en una suerte de hospital de campaña para acoger a 240 de los 17.000 desplazados por las llamas que, desde el sábado, desafían a 19 municipios. “Vi como el fuego avanzaba hacia mi casa”, apunta inquieto López, que estudia para convertirse en técnico de emergencias sanitarias.
Los 17.000 desplazados por los incendios que ya han consumido 4.300 hectáreas en Castellón se debaten entre la incertidumbre de cuándo regresarán a sus viviendas y el pavor de que las llamas transformen 19 municipios en un paisaje lunar
La maestra Sarai Sánchez, de 35 años, ha descubierto qué es lo imprescindible en la vida. Cuando los agentes de la Guardia Civil tocaron a las dos de la madrugada del domingo a la puerta de su vivienda en Vall d’Uixó (Castellón, 32.242 habitantes) para desalojarla por el incendio que en un día ha engullido 4.300 hectáreas, ella y su pareja, Pedro López, de 31, tuvieron claro qué incluirían entre sus pertenencias innegociables: un perro y un conejo. “Soy muy sentimental. Por eso, esta noche lo he pasado mal”, esboza Sánchez con una media sonrisa sobre una cama plegable en el modular polideportivo de Moncofa (Castellón, 8.339 habitantes). La cancha de baloncesto de la instalación, de 700 metros, se ha reconvertido a la velocidad de la luz en una suerte de hospital de campaña para acoger a 240 de los 16.000 desplazados por las llamas que, desde el sábado, desafían a 19 municipios. “Vi como el fuego avanzaba hacia mi casa”, apunta inquieto López, que estudia para convertirse en técnico de emergencias sanitarias.
A José Carlos Martos —gorra gris, barba recortada y camiseta azul de Decathlon— el fuego también le asomó a un dilema vital. Cuando a las ocho de la tarde del sábado, los uniformados le pidieron que abandonara su casa en el barrio de Toledo de Vall d’Uixó —un distrito levantado hace siete décadas con el sudor de la inmigración manchega y andaluza— este hombre pausado de 51 años planteó que, o se llevaba con él a su perro Roky, o no le sacaban de la vivienda ni con una grúa. Al final, ganó el pulso a la autoridad. “Es lo único que tengo”, señala con la mirada fija al animal. Atenazado por las prisas y los efluvios del humo, el hombre pausado se olvidó el móvil. Y ahora teme que su casa haya sido engullida por este fuego presuntamente intencionado e incontrolado.
A las afueras del polideportivo, a 500 metros de las canchas transformadas en improvisado albergue, el sol cae a plomo. Luis Segarra, de 67 años, jubilado de la azulejera Keraben —uno de los motores que propulsa la economía castellonense— ha salido a tomar el fresco. Tras una noche de tensión desaforada y desconcierto, él y su mujer, Virginia, de 65, están más relajados. Aunque confían en que las llamas no consuman su vivienda unifamiliar de Alfondeguilla (881 habitantes), temen que la catástrofe transforme su idílico municipio de montañas esculpidas en un paisaje lunar. “Pensamos que el fuego se ha parado en El Mirador de Castro, que está a un kilómetro”, estima Virginia. “Esperamos volver pronto”, asiente ante una mesa su vecino, Enrique Insua, hondureño de 59 años que compatibiliza el trabajo en el campo con la construcción.
La periodista de TVE Gemma Guzmán también salió ayer escopetada junto a su marido y dos hijos de Alfondeguilla cuando, a las 20.05 horas, el repiqueteo de las campanas se solapó con un Es Alert, una alerta masiva que se coló en su móvil para instar a la evacuación. Así se percató de la amenaza silenciosa del fuego. “Cogimos una bolsa, dos mudas y los juguetes de los niños”, explica Guzman. El pueblo se vació en media hora.
A sus 56 años, Francisco Doñate presume de conocer cada palmo de las montañas de la comarca de La Plana Baixa. Y, por eso, a este trabajador de la cerámica apasionado de la caza la secuencia de las llamas le trae malos recuerdos. “En los 80 ya pasó lo mismo. Un señor de Eslida [pueblo de 815 habitantes en el corazón de la Sierra de Espadán] pegó fuego al monte. Hemos tardado mucho en recuperarnos y ahora esto…”, lamenta cabizbajo este vecino de Vall d’Uixó.
La primera noche en el polideportivo del fuego —que ya operó en 2020 como improvisado hospital de campaña durante el covid— ha sido una balsa de aceite. “Sólo hemos tenido que atender a una chica con autismo y dar diazepam a personas que no podían dormir”, apunta la concejala de Turismo de Moncofa Illenia Begnozzi.
A 10 kilómetros de la instalación deportiva, en el puesto de mando que coordina la crisis, una suerte de epicentro logístico en el que se distribuyen a los 450 efectivos y 20 medios aéreos que pugnan contra la desgracia, circula un temor: que se cumpla la regla de los tres 30. Una maldición que convierte en inextinguible a cualquier incendio, según una fuente de la Generalitat. Y es que, cuando coinciden temperaturas de más de 30 grados, vientos superiores a 30 kilómetros y una humedad relativa de menos del 30%, los trabajos para sofocar la catástrofe se trasmutan en una odisea. Sarai, Pedro, José Carlos, Luis, Virginia y Francisco sólo quieren volver a sus casas.
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