Aranceles, misiles y chatos de vino

En mi pueblo no se habla de geopolítica, se habla de si el mundo se ha vuelto loco y nadie ha avisado. Aquí, sin embargo, hay una ventaja: la distancia. En mi pueblo no se habla de geopolítica, se habla de si el mundo se ha vuelto loco y nadie ha avisado. Aquí, sin embargo, hay una ventaja: la distancia.  

En el bar de Antonio, donde el calendario sigue marcando un año que nadie se ha molestado en arrancar, las guerras de Trump se discuten con la misma gravedad que el tiempo de la cosecha o el precio del gasoil, que no para de subir.

Aquí, en este pueblo de Castilla y León, fronterizo y alejado de los centros de poder y las ciudades, donde el viento tiene más memoria que los políticos, las noticias llegan con retraso, pero el juicio, ese, llega puntual, como el agua del Duero.

—Otro lío ha montado el americano —dice Antonio, secando un vaso que ya estaba seco—. Como si no tuviera bastante con su propio corral.

Trump, desde la distancia, parece menos presidente y más personaje de verbena: uno de esos que suben al escenario, prometen fuegos artificiales y terminan quemando la caseta. Sus guerras —comerciales, culturales, verbales, militares— aquí se entienden como se entienden las tormentas de verano: mucho ruido, cuatro truenos, y a ver quién recoge luego las piedras.

A Juan Manuel, que no ha salido del pueblo en treinta años pero opina como si tuviera despacho en Washington, le preocupa lo del comercio.

—Si sube los aranceles, ¿quién nos compra el vino? —pregunta, aunque su viña produce más nostalgia que litros, casi abandonada a su suerte y al jabalí.

Nadie le responde, pero todos asienten. Porque en este rincón donde apenas queda escuela, donde la farmacia abre cuando puede y el autobús pasa cuando quiere, cualquier guerra lejana termina siendo un asunto doméstico.

Aquí no se habla de geopolítica, se habla de si el mundo se ha vuelto loco y nadie ha avisado.

La televisión del bar escupe titulares como quien tira migas a las palomas en la plaza. Palabras grandes: conflicto, tensión, estrategia, Oriente Medio, golfo. Pero en la mesa, lo que importa es más sencillo: si el precio del pan sube, si el hijo de Teresa tendrá que emigrar, si el verano vendrá duro y seco otra vez.

—Antes las guerras eran guerras —dice José, que recuerda cosas que probablemente no vivió—. Ahora son broncas de patio de colegio, pero con misiles. Y que Dios nos coja confesados, aunque creyente no lo es mucho, y practicante, menos, salvo cuando los entierros.

Y quizá tenga razón. Desde aquí, las guerras de Trump parecen más una discusión interminable que un conflicto con principio y final, ahora que hablan de tregua. Una especie de teatro donde los actores cambian, pero el guión siempre incluye amenazas, orgullo y un público que no ha comprado entrada pero paga igual.

En el pueblo, sin embargo, hay una ventaja: la distancia. No solo la geográfica, sino la emocional. Aquí, donde el tiempo va más despacio y las urgencias son otras, las guerras de Trump se observan como se observa una tormenta en el horizonte: con cierta preocupación, sí, pero también con la esperanza de que pase de largo.

Porque al final, en la España profunda —tan profunda que a veces parece olvidada, como la carretera de entrada al pueblo y Las Arribes—, las verdaderas batallas siguen siendo las de siempre: llenar la despensa, mantener la casa en pie, y conseguir que el silencio no pese demasiado.

Trump podrá declarar todas las guerras que quiera. Aquí, mientras tanto, Antonio seguirá sirviendo vinos, Manuel seguirá opinando, y el calendario seguirá sin cambiar de página. Y quizá, solo quizá, esa sea la forma más sensata de resistencia. ¡Ay!

 El Español – Castilla y León

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