Belle and Sebastian, tú a Glasgow y yo a California

Un momento de la actuació de Belle and Sebastian en Valencia.

Qué distinta fue la última visita de Belle and Sebastian a Valencia. Rebobinemos: 12 de marzo de 2004 en el Palacio de Congresos, solo un día después de la masacre en Madrid, en un ambiente enrarecido, entre fúnebre e inquietante. Y con ellos en fase de transición. Pudo no haberse ni celebrado. Hoy en día son unos clásicos indiscutibles, y lo más maravilloso de su eterno idilio con los escenarios españoles (la elección del sustantivo no es casual: su líder, Stuart Murdoch, conoció a su mujer en un FIB) es que incluso un disco tan delicado, sutil, intimista, artesanalmente indie – de la vieja escuela – como fue el totémico If You’re Feeling Sinister (1996) pueda ser celebrado con cierta algarabía entre varios miles de personas. Nunca lo hubiéramos imaginado cuando, en aquella era preinternet, sus canciones alimentaban gradualmente su runrún para engrandecer el aura de quienes veíamos como la última gran esperanza del pop independiente británico antes de casi perder su razón de ser: ese que se nutría de las enseñanzas de The Smiths, Nick Drake o los Love de Arthur Lee. Años después, la banda escocesa ampliaría su foco y se empaparía de sonoridades californianas, soul a lo Motown y ritmos disco en una evolución encomiable, pero anoche celebraron su versión más prístina y virginal en una de las noches más concurridas del FAR, el ciclo de conciertos que se celebra durante julio en la Marina Norte de Valencia, y por el que aún han de pasar Rubén Blades, ZZ Top o Rodrigo Cuevas.

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Xoel López, durante su actuación. La banda escocesa volvió a Valencia, 22 años después, para celebrar el 30 aniversario de su emblemático segundo álbum, con el gallego Xoel López completando el programa doble  

Critica
Crítica

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La banda escocesa volvió a Valencia, 22 años después, para celebrar el 30 aniversario de su emblemático segundo álbum, con el gallego Xoel López completando el programa doble

Un momento de la actuació de Belle and Sebastian en Valencia.María carbonell

Qué distinta fue la última visita de Belle and Sebastian a Valencia. Rebobinemos: 12 de marzo de 2004 en el Palacio de Congresos, solo un día después de la masacre en Madrid, en un ambiente enrarecido, entre fúnebre e inquietante. Y con ellos en fase de transición. Pudo no haberse ni celebrado. Hoy en día son unos clásicos indiscutibles, y lo más maravilloso de su eterno idilio con los escenarios españoles (la elección del sustantivo no es casual: su líder, Stuart Murdoch, conoció a su mujer en un FIB) es que incluso un disco tan delicado, sutil, intimista, artesanalmente indie – de la vieja escuela – como fue el totémico If You’re Feeling Sinister (1996) pueda ser celebrado con cierta algarabía entre varios miles de personas. Nunca lo hubiéramos imaginado cuando, en aquella era preinternet, sus canciones alimentaban gradualmente su runrún para engrandecer el aura de quienes veíamos como la última gran esperanza del pop independiente británico antes de casi perder su razón de ser: ese que se nutría de las enseñanzas de The Smiths, Nick Drake o los Love de Arthur Lee. Años después, la banda escocesa ampliaría su foco y se empaparía de sonoridades californianas, soul a lo Motown y ritmos disco en una evolución encomiable, pero anoche celebraron su versión más prístina y virginal en una de las noches más concurridas del FAR, el ciclo de conciertos que se celebra durante julio en la Marina Norte de Valencia, y por el que aún han de pasar Rubén Blades, ZZ Top o Rodrigo Cuevas.

Para cualquiera que haya visto a Belle and Sebastian en directo unas cuantas veces, el rescate de aquel inolvidable disco es de muy de agradecer, aunque el despliegue de su setlist carezca (inevitablemente) de uno de los factores esenciales de la música en vivo: el interrogante por saber qué vendrá después, la genuina sorpresa. Pero rompe la rutina de shows precedentes, concebidos casi siempre como selección de puntos álgidos de su discografía. Y permite apreciar de nuevo el rango expresivo de un álbum inagotable por muchas escuchas que genere: el emotivo crescendo de “The Stars of Track and Field”, el dinamismo indie de “Me and the Major”, el magnético estribillo de “Like Dylan in the Movies”, el lirismo desbocado de “Get Me Away From Here, I’m Dying” o el intimismo sereno de “The Fox In The Snow”.

Todo un universo de jóvenes aspiraciones creativas y deseos de trascendencia, inseguridades personales, zozobras emocionales (¿quién no las tuvo entre los veinte y los treinta, al menos?) y filias juveniles lucidas con orgullo: los cimientos de un cancionero casi siempre ejemplar, tramado con la ausencia de postureo y el genuino interés por los clásicos que siempre ha lucido la escuela pop de Glasgow.

Ya en el tramo final y en lo que podría considerarse un bis largo (que en el conjunto del bolo me supo a poco: en total no fueron más de catorce canciones, y no sonaron “Another Sunny Day” o “I Want The World To Stop”), asomó la veta más expansiva de su sonido, la que corresponde a su producción posterior, con el siempre entusiasta Stuart Murdoch fundiéndose con el público y luego haciendo subir a bailar a los veinte o treinta “espontáneos” de turno – muchas caras conocidas – al ritmo de “The Boy With The Arab Strap”, antes de despedirse con la soleada “I Didn’t See It Coming”.

Ambiente de celebración colectiva, en definitiva (me recordó en eso a la esperadísima visita de Wilco a Burjassot en 2022), para una noche cuya primera mitad había protagonizado el gallego Xoel López, un músico cuyo descorche de carrera – cuando era Deluxe – no discurrió lejos del primer argumentario de Belle and Sebastian (pasado mod, letras en inglés, filiación indie pop), pero ya con los discos a su nombre orientó el radar a los sonidos latinoamericanos (el folk andino, la chacarera, la cumbia o la trova) en un loable ejercicio de equilibrismo estilístico. Anoche lo destiló con soltura, sintetizando lo mejor de una carrera cuyo último capítulo es el reciente Oniria Popular (2026).

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