Censos improvisados en el barrio de El Príncipe tras la llegada de cientos de menores: “Esto rompe cualquier parámetro”

En Ceuta, hay cosas que funcionan en sentido contrario al orden habitual: aquí, los de arriba se llevan la peor parte de cualquier crisis, mientras que los de abajo pueden, si quieren, aislarse de ella. Arriba es la barriada de El Príncipe Alfonso, que sigue cargando con la vitola de ser el barrio más peligroso de España, un trazado laberíntico de endiabladas callejuelas al que desde hace años se compara con las favelas brasileñas. Pero estos días, con la ciudad aún conteniendo el aliento tras el cruce de frontera masivo, El Príncipe no responde a esa imagen prefabricada de miseria y narcotráfico. Sus calles, caóticas, bullen en un trasiego hacendoso: mujeres limpiando inmensas ollas de latón en los portales, migrantes haciendo cola frente a garajes para recibir comida y ropa, hombres repartiendo papeles para que decenas de niños sin padres apunten sus nombres. Desde que hace ya casi una semana 72.000 migrantes cruzaran a nado la frontera, esta barriada fue el afluente por el que desembocaron la mayoría de ellos. Muchos, por pura inercia, corriendo descalzos por la empinada calle San Daniel, que conecta con El Tarajal. Y otros, muchos más, empujados por la Policía, que los fue dispersando hacia este barrio a golpes.

Migrantes duermen en las calles de un polígono junto a la barriada de El Príncipe.

Seguir leyendo

Un grupo de jóvenes, este lunes en Ceuta. Cuatro menores migrantes caminan por el paseo marítimo de Ceuta.  En la periferia de la ciudad, los vecinos se hacen cargo de los menores migrantes que cruzaron a nado y que las autoridades no saben dónde ubicar  

En Ceuta, hay cosas que funcionan en sentido contrario al orden habitual: aquí, los de arriba se llevan la peor parte de cualquier crisis, mientras que los de abajo pueden, si quieren, aislarse de ella. Arriba es la barriada de El Príncipe Alfonso, que con su trazado laberíntico sigue cargando con la vitola de ser el barrio más peligroso de España, un trazado laberíntico de endiabladas callejuelas al que desde hace años se compara con las favelas brasileñas. Pero estos días, con la ciudad aún conteniendo el aliento tras el cruce de frontera masivo, El Príncipe no responde a esa imagen prefabricada de miseria y narcotráfico. Sus calles, caóticas, bullen en un trasiego hacendoso: mujeres limpiando inmensas ollas de latón en los portales, migrantes haciendo cola frente a garajes para recibir comida y ropa, hombres repartiendo papeles para que decenas de niños sin padres apunten sus nombres. Desde que hace ya casi una semana 72.000 migrantes cruzaran a nado la frontera, esta barriada fue el afluente por el que desembocaron la mayoría de ellos. Muchos, por pura inercia, corriendo descalzos por la empinada calle San Daniel, que conecta con El Tarajal. Y otros, muchos más, empujados por la Policía, que los fue dispersando hacia este barrio a golpes.

“Siempre lo hacen, desde hace años es así. En cuanto cruzan la frontera, nos los dispersan hasta aquí, como diciendo ‘ala, para vosotros, que son moros’”, dice Abdellah Mustafa, presidente de la barriada de Sidi Embarek. “Pero lo de ahora rompe cualquier parámetro”, constata. Abdellah recuerda las hileras de gente que huía de la policía, que hace tiempo que no penetra ni en los perímetros de la barriada. “Eran como sombras, corrían por las calles y no se podía ni andar, una avalancha”, recuerda. Hubo enfrentamientos, mucho caos y alguna situación límite. “Pero parece que lo único que se ve es eso, a lo único que se le da bola. Por supuesto que si te entran de golpe miles de tíos hambrientos, la gente se asusta, y hay problemas. Pero lo otro no se hace viral”, se lamenta. “Lo otro” no queda registrado, pero salta a la vista. La mayor parte de la barriada está, seis días después, movilizada para contener, gestionar y digerir una crisis que, aunque en el corazón noble de la ciudad parece que toca a su fin, aquí arriba continúa. Ya han regresado a Marruecos cerca de 70.000 personas, según las autoridades; los que quedan se reparten entre la playa del Trampolín, en su mayoría subsaharianos, y El Príncipe, mayoritariamente marroquíes. Y menores.

Como Waif Chadidi, de Restinga. Tiene 16 años y las gafas rotas por la travesía a nado. Da vueltas en círculo, buscando a alguien que le diga en dariya dónde ir. Estos días ha dormido en el cementerio, en la playa y en las inmediaciones de las naves del polígono, donde las autoridades acogen provisionalmente a los menores que cruzaron el mar. Pero no hay sitio para él. “Me han dicho que pregunte aquí, en El Príncipe”, dice, con la voz agotada. Los vecinos le señalan en dirección a la iglesia de San Ildefonso, donde una multitud de varias decenas de niños de todas las edades se arremolina pidiendo a gritos un boli. Llevan pequeños papeles blancos en la mano, donde escriben sus nombres y los que tienen, también su número de teléfono.

Sobre una marea de cabezas diminutas, sobresale el cráneo brillante de Ahmed Enfed-dal, el presidente de la Asociación de Vecinos de la barriada del Príncipe. Es un hombre desbordado, con los ojos ribeteados en rojo, que bracea entre el bullicio y trata de dirigir la marea: “Apuntad vuestros nombres y cualquier dato para identificaros, no quedan más bolis”, chilla. Hace dos días decidieron hacer un censo oficioso de todos los niños que deambulaban por la barriada, porque la afluencia no cesaba. Llevan más de mil papelitos blancos con nombres, con historias, sin horizonte. Los van almacenando como pueden, en cajas dentro de un edificio anexo a la iglesia, y esperan la ayuda que la Cruz Roja les ha prometido para gestionarlo. Pero de momento, están solos. Las autoridades continúan preparando instalaciones “allí abajo” para acogerlos, pero aquí arriba no hay alternativa para ellos. Muchos vecinos, frustrados ante la imagen de críos y adolescentes vagando por las callejuelas, han acabado por acogerlos en sus casas. Les dan ropa, comida, pero no saben cómo proporcionarles algo de esperanza. “Yo ya he descongelado todo lo que tenía de reserva de comida, no me queda ni un pollo”, dice Raiba, una vecina de la calle Agrupación Norte, que tiene a dos de ellos durmiendo junto a sus hijos. Nadie saca pecho aquí, se respira una atmósfera de solidaridad al borde del quiebre. “Dicen que todos estos menores, una vez los registren las autoridades, los reubicarán aquí, en polideportivos, pero todo está por confirmar”, explica Uzman Bersabé, vecino y portavoz de la asociación Al Ambar.

Todos recuerdan lo vivido en 2021, la anterior entrada masiva en Ceuta, y esto ahora es como reabrir la cicatriz a machetazos. “También entraron muchísimos menores, y también les dimos cobijo, tenemos callo. Sabemos que aquí arriba estamos abandonados por los que mandan, pero es que de verdad que se está volviendo imposible”, se lamenta Bersabé. Entonces él también acogió a varios menores, que después fueron trasladados a centros en la Península, como espera que les suceda a los que ahora revolotean a su alrededor. “Me cago en todos los putos políticos”, dice María, una vecina de una calle anexa. Se muerde el labio atrapando la rabia, y escupe: “Se salvan porque aquí arriba no vienen a tocarme la puerta con la papeleta [electoral], porque sino me iban a oír”. Junto a ella, dos mujeres más aplacan los ánimos, mostrando en su móvil los vídeos que han grabado de las grandes perolas de comida que han preparado para los niños. Hay cuscús, lentejas, guisos de ternera burbujeantes.

De pronto, el ajetreo se quiebra en seco y se hace el silencio. Una mujer con una chilaba púrpura lleva al límite la garganta para avisar a la barriada: “¡Viene la Policía!”, vocifera. Abdellah avisa que lo más probable es que sea una falsa alarma, porque no se recuerda cuándo fue la última vez que un agente puso los pies aquí. Lo es. Minutos después, dos niños descalzos aparecen corriendo por la avenida principal, sorteando las motos y los coches. Los perseguían los agentes y han acabado en El Príncipe, que suma dos vidas más de las que hacerse cargo, mientras se pregunta cuánta tragedia puede asumir una dermis urbana que ya es del color del colapso.

 Feed MRSS-S Noticias

Noticias Relacionadas