De la gorra del ‘Azor’ en Lugo a las botellas de un caso sin resolver en Vigo: la vida ‘vintage’ de los restos del franquismo

El anticuario Carlos Rodríguez, propietario de Colisevm Antigüedades de Lugo, muestra varias gorras del Franquismo, entre ellas el lepanto del Azor.

En pie tras un mostrador con un teléfono de madera, una radio, la bitácora en bronce del “último bacaladero de Terranova” y figuritas pastoriles de Lladró, el anticuario y librero Carlos Rodríguez pide 360 euros por el lepanto de un tripulante del Azor. El marino que había servido en el yate de Franco llegó un día con el gorro blanco, un poco sobado, a su tienda en Lugo y se lo vendió. Es, posiblemente, uno de los escasos objetos relacionados con el solaz marítimo del dictador que sobreviven.

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Carlos Rodríguez muestra fotografías históricas de militares de la guerra y la dictadura que han llegado a su tienda de Lugo. Nostálgicos y coleccionistas rastrean en Galicia almonedas, mercadillos y anticuarios a la caza de símbolos y objetos que se multiplican por el vaciado de casas de la última generación que vivió la Guerra Civil  

En pie tras un mostrador con un teléfono de madera, una radio, la bitácora en bronce del “último bacaladero de Terranova” y figuritas pastoriles de Lladró, el anticuario y librero Carlos Rodríguez pide 360 euros por el lepanto de un tripulante del Azor. El marino que había servido en el yate de Franco llegó un día con el gorro blanco, un poco sobado, a su tienda en Lugo y se lo vendió. Es, posiblemente, uno de los escasos objetos relacionados con el solaz marítimo del dictador que sobreviven.

El propio barco que disfrutó Franco durante 26 años y que dio para tantos episodios (incluido un accidente con cinco muertos en la bahía de La Concha) acabó sirviendo de reclamo, cada vez más ineficaz, ante un motel-restaurante de Burgos. Pero eso fue después de que estallara el escándalo en 1985 por sacarlo a pasear Felipe González y que la Armada se previniera de más presidenciales tentaciones subastándolo para su desguace siete años más tarde. Un desguace que no llegó hasta la segunda década de este siglo, cuando se lo compró —un cascarón ya herrumbroso y saqueado— al hostelero Lázaro González el artista Fernando Sánchez Castillo. Entonces, el creador sí lo desguazó, y redujo sus 46 metros de eslora a bloques prensados de aluminio que hoy se conservan en Cáceres. Al conjunto de amasijos resultante, tan cubista como la obra de Picasso, lo bautizó Síndrome de Guernica.

Carlos Rodríguez, propietario de Antigüedades Colisevm de Lugo, acude a ferias por toda Galicia muchos fines de semana y sabe bien lo que puede pedir por las cosas. Son citas en las que coinciden vendedores de objetos con historia, “antigüedades si tienen más de cien años; vintage, las de menos” —aclara— entre las que curiosamente proliferan los faroles de barco, las básculas y los molinillos de café, pocos de origen español, la mayoría alemanes y, en no pocas ocasiones, del Tercer Reich. También abundan las botellas de gaseosa, de marcas locales insospechadas y desde cinco euros, pero una que escasea y se cotiza no llevaba originalmente dentro agua carbonatada y edulcorada, sino aceite de oliva.

Las botellas de Reace (a un precio de entre 48 y 100 euros en páginas de internet) andan casi desaparecidas, y encierran todavía dentro una crónica negra sin resolver y uno de los negocios oscuros del régimen franquista. El caso Reace (Refinería del Noroeste de Aceites y Grasas) fue un escándalo de corrupción que estalló en los silos de la zona portuaria de Guixar (Vigo) en 1972, por la desaparición en el mercado negro de más de cuatro millones de kilos de aceite de oliva estatal, valorado en cerca de 168 millones de pesetas del momento (1.009.700 euros). Después de destaparse el fraude hubo siete muertes, jamás aclaradas, de testigos e implicados en muy extrañas circunstancias. En 1974, la Audiencia de Pontevedra celebró un juicio en el que se puso esmero en proteger la figura de Nicolás Franco, hermano del dictador y miembro del consejo de administración de Reace, para que no acabase salpicado por el aceite turbio. El tribunal lo presidía Mariano Rajoy Sobredo, padre del expresidente del Gobierno, y el fiscal era Cándido Conde-Pumpido Ferreiro, padre del exfiscal general del Estado y hoy presidente del Constitucional.

José Luis Mediavilla, propietario de Almoneda Vigo, rebusca entre sus botellas vintage cuando se le pregunta por Reace. Recuerda el caso, pero no conserva ninguno de esos envases serigrafiados en rojo. Para compensar, tiene un mundo de insignias, condecoraciones, botonaduras y elementos militares de la época, además de abundantes libros, manuales y revistas falangistas, destinadas a moldear la esposa y el ama de casa perfecta, según las doctrinas de Pilar Primo de Rivera. Por 2,50 pesetas, en el mostrador de Almoneda Vigo, la revista Mujer ofrece “100 figurines” con “toda la moda de primavera y verano”. Sorprende que hubiera público interesado en estrenar vestido en abril de 1938, con el país sepultado por la guerra.

Teresa, Medina o Revista para la Mujer son algunas de las cabeceras de gran tirada y en algún caso larga vida (Teresa, de 1954 a 1977) que más se mueven en la compraventa de segunda mano, la mayoría de las veces procedentes del vaciado de casas heredadas, un filón del que se nutren anticuarios y mercadillos. El mensaje, frase a frase, consigna a consigna, iba calando en los distintos estratos sociales con publicaciones que inculcaban cómo debían las mujeres servir a la patria: siempre empezando por servir al marido. “Déjale hablar primero: recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos”, “los intereses de las mujeres son triviales comparados con los de los hombres”, defendía en 1958 la Sección Femenina de la Falange en sus lecciones de economía doméstica. “No le pidas explicaciones”, “recuerda que es el amo”. “Quítale los zapatos al llegar a casa”. “Si necesitas aplicarte crema y rulos, espera a que esté dormido”, pues puede resultarle “chocante”. “Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes”.

“Es ley de vida… es la pescadilla que se muerde la cola”, contesta Eulogio Quintana, dueño de La Pequeña Tienda de Antigüedades, también en Vigo, cuando se le pregunta por los objetos de los que se deshacen hijos y nietos porque no los quieren ver en casa. El ciclo se repite generación tras generación. Quintana es especialista en mueble francés y hasta enero tendrá la tienda cerrada porque su zona, la Avenida de Madrid, está invadida por las trincheras de unas obras del Gobierno. Pero entre delicadas vitrinas y baúles también vende otro tipo de objetos que él, mejor que “vintage” prefiere llamarlos “históricos”. “Esas cosas digamos que… provocativas no las pongo en el escaparate”, cuenta sobre los objetos fascistas. “Tengo, por ejemplo, una cartilla de racionamiento, con sus cupones recortables, que por la cara de atrás tienen la imagen de Franco y Hitler”, una celebración del hito de la entrevista de Hendaya.

Sus compradores, explica, no suelen ser nostálgicos ideológicos del franquismo o el nazismo, sino coleccionistas que aman los enseres que hablan del pasado. “Tenía una revista del corazón del día en que murió Franco… y se fue para Mongolia, porque al cliente, que recaló aquí” de viaje por Europa, ”buscando mueble francés, le pareció curiosa”, recuerda. “Otra vez estaba limpiando un farol de estación. Descubrí que, bajo una capa de pintura, conservaba una inscripción con el topónimo de un pueblo de Alemania que desapareció en un bombardeo de la II Guerra Mundial. Me lo compró por internet un señor con nombre alemán que vivía en Madrid… es posible que su familia fuera de aquel pueblo que ya no existe”.

En Lugo, al tiempo que se fueron retirando las placas con el yugo y las flechas que marcaban desde 1954 las viviendas de protección oficial, en algunos anticuarios se llegaron a vender por 150 euros. “Hay caprichosos para todo”, zanja Carlos Rodríguez, que lleva 35 años vendiendo antigüedades y tiene fotos hasta de la Guerra de Cuba o de Millán Astray en dromedario. “Tengo un libro encuadernado en piel con las firmas de todos los republicanos que se fueron para Uruguay, pero no lo vendo por menos de 4.000 euros”, advierte. “Yo siempre digo que aquí tengo polilla de toda Galicia, y que cada cosa está esperando a la persona que la aprecie… Aunque en realidad se venden, sobre todo, tonterías”, lamenta. Hay gente que busca “sellos, o monedas”, dice: “de las de Franco están saliendo muchas ahora, y las republicanas me las piden, sobre todo, desde Cataluña”, informa. Por la puerta de Colisevm entran también clientes muy jóvenes: “chiquitos que vienen preguntando por ‘monedas de los nazis”, cuenta el anticuario, y que “protestan porque las vendo a 20 o 30 euros, y es que no hay conocimiento del valor de las cosas”. Cuando se le pregunta qué connotación darán a esas monedas los adolescentes amamantados por las redes sociales, Rodríguez sentencia: “A los chicos les hace falta leer más libros. Y saber que todo lo pasado es historia”.

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