La portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz, afirmó esta semana que el sistema de pensiones, tal como está, «va a colapsar», porque fue diseñado para una pirámide de población que ya no existe y quienes trabajan no alcanzan a cubrir a quienes cobran pensión, y que hay que afrontarlo «con valentía y diciéndole la verdad a la gente». Craso error, pues en política se medra mintiendo, y el Gobierno no tardó en replicarle.La ministra Elma Saiz ha contestado que hay más afiliados que nunca, que la ratio de cotizantes por pensionista (2,51) es la más alta desde 2011, que la hucha cerrará el año con 20.000 millones y que la AIReF ha certificado que cumplimos holgadamente la regla pactada con Bruselas. Y es cierto que nadie duda de que el mes que viene se pagarán las pensiones, pero que un gasto se pague no significa que sea sostenible, sino sólo que alguien lo está pagando.Aun con récord de empleo, la Seguridad Social ingresa unos 152.000 millones de euros en cotizaciones y gasta unos 207.000 en prestaciones contributivas: un agujero de más de 50.000 millones anuales que se tapa con deuda y transferencias del Estado. Las cotizaciones apenas cubren, pues, el 73% del gasto, tal como denunciaba Muñoz, y eso en el mejor momento del ciclo y antes de que se jubile el grueso del baby boom.Igual de engañosa es la hucha. Sus 20.000 millones proceden casi íntegramente del Mecanismo de Equidad Intergeneracional, una cotización adicional que en 2025 recaudó unos 4.700 millones; pero ese mismo año el Estado tuvo que prestar a la Seguridad Social otros 10.004 millones, con lo que su deuda con el Estado supera ya los 130.000 millones. Es decir, la Seguridad Social se endeuda al doble de ritmo del que ahorra, como quien pide prestados 10.000 euros, mete 4.700 en la hucha y se jacta de su solvencia. La hucha no mide la salud del sistema, sino cuánto se ha encarecido el trabajo para disimular su enfermedad.Tampoco el aval de la AIReF es lo que parece. La regla sólo exige que el gasto medio en pensiones hasta 2050, descontados los nuevos ingresos arbitrados por el Gobierno, no supere el 13,3% del PIB, y se cumple por apenas tres décimas: el gasto bruto alcanza el 14,6% y, tras ese descuento, se queda en el 13%. Pero no se pregunta cómo se financia ese gasto, que excede con mucho lo que recaudan las cotizaciones; de ahí que la presidenta de la AIReF reconozca que «puede cumplirse la regla, aunque aumente la deuda». Y aumentará: hasta el 123% del PIB en 2050, con las pensiones como principal motor.Si en algo erró Muñoz, fue en el verbo: los sistemas de reparto no colapsan, sino que se ajustan. Tradicionalmente, recortando las prestaciones; con Sánchez, endosando el ajuste a todos los demás, ya sea mediante más cotizaciones, que encarecen la contratación mientras el salario bruto medio real sigue donde estaba en 2018, ya mediante un presupuesto cada vez más volcado en pensiones y menos en sanidad, dependencia, infraestructuras o defensa.La ministra, en suma, no ha refutado a Muñoz: la ha confirmado. Unas pensiones que sólo pueden pagarse con más deuda, más cotizaciones y menos servicios públicos no son sostenibles: son un parásito que, para sobrevivir, necesita ir devorando todo lo demás. La portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz, afirmó esta semana que el sistema de pensiones, tal como está, «va a colapsar», porque fue diseñado para una pirámide de población que ya no existe y quienes trabajan no alcanzan a cubrir a quienes cobran pensión, y que hay que afrontarlo «con valentía y diciéndole la verdad a la gente». Craso error, pues en política se medra mintiendo, y el Gobierno no tardó en replicarle.La ministra Elma Saiz ha contestado que hay más afiliados que nunca, que la ratio de cotizantes por pensionista (2,51) es la más alta desde 2011, que la hucha cerrará el año con 20.000 millones y que la AIReF ha certificado que cumplimos holgadamente la regla pactada con Bruselas. Y es cierto que nadie duda de que el mes que viene se pagarán las pensiones, pero que un gasto se pague no significa que sea sostenible, sino sólo que alguien lo está pagando.Aun con récord de empleo, la Seguridad Social ingresa unos 152.000 millones de euros en cotizaciones y gasta unos 207.000 en prestaciones contributivas: un agujero de más de 50.000 millones anuales que se tapa con deuda y transferencias del Estado. Las cotizaciones apenas cubren, pues, el 73% del gasto, tal como denunciaba Muñoz, y eso en el mejor momento del ciclo y antes de que se jubile el grueso del baby boom.Igual de engañosa es la hucha. Sus 20.000 millones proceden casi íntegramente del Mecanismo de Equidad Intergeneracional, una cotización adicional que en 2025 recaudó unos 4.700 millones; pero ese mismo año el Estado tuvo que prestar a la Seguridad Social otros 10.004 millones, con lo que su deuda con el Estado supera ya los 130.000 millones. Es decir, la Seguridad Social se endeuda al doble de ritmo del que ahorra, como quien pide prestados 10.000 euros, mete 4.700 en la hucha y se jacta de su solvencia. La hucha no mide la salud del sistema, sino cuánto se ha encarecido el trabajo para disimular su enfermedad.Tampoco el aval de la AIReF es lo que parece. La regla sólo exige que el gasto medio en pensiones hasta 2050, descontados los nuevos ingresos arbitrados por el Gobierno, no supere el 13,3% del PIB, y se cumple por apenas tres décimas: el gasto bruto alcanza el 14,6% y, tras ese descuento, se queda en el 13%. Pero no se pregunta cómo se financia ese gasto, que excede con mucho lo que recaudan las cotizaciones; de ahí que la presidenta de la AIReF reconozca que «puede cumplirse la regla, aunque aumente la deuda». Y aumentará: hasta el 123% del PIB en 2050, con las pensiones como principal motor.Si en algo erró Muñoz, fue en el verbo: los sistemas de reparto no colapsan, sino que se ajustan. Tradicionalmente, recortando las prestaciones; con Sánchez, endosando el ajuste a todos los demás, ya sea mediante más cotizaciones, que encarecen la contratación mientras el salario bruto medio real sigue donde estaba en 2018, ya mediante un presupuesto cada vez más volcado en pensiones y menos en sanidad, dependencia, infraestructuras o defensa.La ministra, en suma, no ha refutado a Muñoz: la ha confirmado. Unas pensiones que sólo pueden pagarse con más deuda, más cotizaciones y menos servicios públicos no son sostenibles: son un parásito que, para sobrevivir, necesita ir devorando todo lo demás.
La portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz, afirmó esta semana que el sistema de pensiones, tal como está, «va a colapsar», porque fue diseñado para una pirámide de población que ya no existe y quienes trabajan no alcanzan a cubrir a quienes … cobran pensión, y que hay que afrontarlo «con valentía y diciéndole la verdad a la gente». Craso error, pues en política se medra mintiendo, y el Gobierno no tardó en replicarle.
La ministra Elma Saiz ha contestado que hay más afiliados que nunca, que la ratio de cotizantes por pensionista (2,51) es la más alta desde 2011, que la hucha cerrará el año con 20.000 millones y que la AIReF ha certificado que cumplimos holgadamente la regla pactada con Bruselas. Y es cierto que nadie duda de que el mes que viene se pagarán las pensiones, pero que un gasto se pague no significa que sea sostenible, sino sólo que alguien lo está pagando.
Aun con récord de empleo, la Seguridad Social ingresa unos 152.000 millones de euros en cotizaciones y gasta unos 207.000 en prestaciones contributivas: un agujero de más de 50.000 millones anuales que se tapa con deuda y transferencias del Estado. Las cotizaciones apenas cubren, pues, el 73% del gasto, tal como denunciaba Muñoz, y eso en el mejor momento del ciclo y antes de que se jubile el grueso del baby boom.
Igual de engañosa es la hucha. Sus 20.000 millones proceden casi íntegramente del Mecanismo de Equidad Intergeneracional, una cotización adicional que en 2025 recaudó unos 4.700 millones; pero ese mismo año el Estado tuvo que prestar a la Seguridad Social otros 10.004 millones, con lo que su deuda con el Estado supera ya los 130.000 millones. Es decir, la Seguridad Social se endeuda al doble de ritmo del que ahorra, como quien pide prestados 10.000 euros, mete 4.700 en la hucha y se jacta de su solvencia. La hucha no mide la salud del sistema, sino cuánto se ha encarecido el trabajo para disimular su enfermedad.
Tampoco el aval de la AIReF es lo que parece. La regla sólo exige que el gasto medio en pensiones hasta 2050, descontados los nuevos ingresos arbitrados por el Gobierno, no supere el 13,3% del PIB, y se cumple por apenas tres décimas: el gasto bruto alcanza el 14,6% y, tras ese descuento, se queda en el 13%. Pero no se pregunta cómo se financia ese gasto, que excede con mucho lo que recaudan las cotizaciones; de ahí que la presidenta de la AIReF reconozca que «puede cumplirse la regla, aunque aumente la deuda». Y aumentará: hasta el 123% del PIB en 2050, con las pensiones como principal motor.
Si en algo erró Muñoz, fue en el verbo: los sistemas de reparto no colapsan, sino que se ajustan. Tradicionalmente, recortando las prestaciones; con Sánchez, endosando el ajuste a todos los demás, ya sea mediante más cotizaciones, que encarecen la contratación mientras el salario bruto medio real sigue donde estaba en 2018, ya mediante un presupuesto cada vez más volcado en pensiones y menos en sanidad, dependencia, infraestructuras o defensa.
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La ministra, en suma, no ha refutado a Muñoz: la ha confirmado. Unas pensiones que sólo pueden pagarse con más deuda, más cotizaciones y menos servicios públicos no son sostenibles: son un parásito que, para sobrevivir, necesita ir devorando todo lo demás.
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