La conversación sobre la inteligencia artificial ha dejado de ser teórica. A la velocidad a la que está transformando sectores enteros, los marcos tradicionales ya no alcanzan para explicar lo que está ocurriendo. La computación se ha convertido en un insumo directamente vinculado al crecimiento del negocio: cada euro invertido en capacidad genera retorno de manera inmediata . Por eso las grandes tecnológicas están volcando cantidades inéditas en centros de datos, chips y energía, reinvirtiendo prácticamente todo lo que generan para seguir ampliando su infraestructura.La IA ha pasado de automatizar tareas puntuales a permitir la aparición de agentes capaces de trabajar de manera continua. Y eso afecta de lleno a los sectores intensivos en trabajo cualificado: servicios legales, fiscales, inmobiliarios o sanitarios están viendo cómo el mercado empieza a descontar que una parte relevante de su actividad puede replicarse o escalarse con máquinas.Noticia Relacionada el quinto en discordia opinion Si A pesar del Gobierno José Ramón Iturriaga la tasa de paro en 2025 cae al 9,9%, la más baja en 17 años. Importa recordar que España sólo ha tenido una tasa por debajo del 10% en tres de los últimos 45 añosLa expansión del cómputo ha inaugurado un patrón industrial completamente nuevo: las llamadas «fábricas de tokens», infraestructuras pensadas para transformar energía y chips en la materia prima de los modelos de IA. La demanda crece tan rápido que no existe exceso de capacidad. El límite no está en la tecnología, sino en el capital necesario, los permisos y la disponibilidad energética.A medida que los modelos ganan potencia, el valor se desplaza hacia la infraestructura. El software tradicional empieza a ver cuestionada su posición: si el código puede producirse casi sin fricción, su valor tiende a comprimirse. Al mismo tiempo, la capacidad para generar aplicaciones y automatizaciones se multiplica, abriendo la puerta a que cualquier persona —y millones de agentes digitales— creen software de forma continua.El impacto no se queda en el mundo digital. La conducción autónoma, la robótica humanoide o incluso la infraestructura espacial viven ya sus propias curvas de aceleración. El vehículo autónomo se perfila como un activo monetizable; los robots humanoides emergen como respuesta a sociedades envejecidas; y no es descabellado pensar en centros de datos que, con el tiempo, acaben extendiéndose más allá de la Tierra.En conjunto, la IA está redibujando valoraciones, modelos de negocio y jerarquías industriales. Y la gran pregunta para los mercados es qué empresas seguirán teniendo sentido económico en un mundo donde la inteligencia deja de ser un recurso escaso y pasa a estar disponible casi sin límites.Crecimiento potencialEl Banco de España ha elevado su estimación de crecimiento potencial al 2%, desde el 1,3% anterior. Puede parecer un ajuste menor, pero cambia la velocidad a la que la economía puede expandirse sin generar tensiones inflacionistas. Esta cifra, que no es directamente observable, se construye a partir de empleo potencial, acumulación de capital y productividad.El principal motor del repunte es el aumento del empleo potencial, impulsado por la demografía, la mayor actividad y la reducción de la Nairu. Cuando esta tasa baja, la economía es capaz de crear más empleo sin presionar los precios. A ello se suma una mejor composición del capital —más inversión eficiente y productiva— y un avance, todavía moderado pero sostenido, de la productividad total de los factores.Estos elementos desmontan la idea de que el crecimiento español sea puramente extensivo. Aunque el empleo sigue siendo clave, el progreso coordinado de trabajo, capital y productividad apunta a una economía más equilibrada y con mayor recorrido estructural. Si esta tendencia se consolida, el país podría transitar hacia un crecimiento más estable y menos dependiente de shocks externos.El lenguaje corporalEn el análisis empresarial, los números cuentan una historia, pero la gestualidad muchas veces cuenta otra. El tono, la mirada, la postura… todo transmite información difícil de fingir. Tras años de hablar con ejecutivos de todo tipo, uno aprende a interpretar esas señales tanto como un balance o una cuenta de resultados.La banca es el mejor ejemplo reciente. No hace tanto, sus primeros espadas vivían en tensión constante; bastaba una conversación para notar el peso de la narrativa que les había convertido en la piñata del mercado. Hoy, en cambio, un café con cualquier consejero delegado sirve casi como terapia: los mensajes son constructivos, los gestos los acompañan y la sensación general es que tienen que contener cierto optimismo por prudencia, no por falta de convicción.El cambio es notable. Tras una larga travesía, hoy todo encaja: la economía acompaña, los tipos de interés ayudan y, además, la IA promete ser un viento de cola para el sector. Incluso algunos de los retos estructurales del país —como la jubilación de los ‘boomers’— pueden jugar a su favor, al ser un segmento especialmente rentable.Aun así, las sensaciones positivas están lejos de la euforia. Quizá lleguemos a ella —somos humanos, al fin y al cabo—, pero por ahora se vive un momento de calma optimista que todavía no se refleja en las valoraciones del sector. Y lo mejor es que no parece haber razones para pensar que la angustia que les acompañó durante tanto tiempo vaya a volver nunca. La conversación sobre la inteligencia artificial ha dejado de ser teórica. A la velocidad a la que está transformando sectores enteros, los marcos tradicionales ya no alcanzan para explicar lo que está ocurriendo. La computación se ha convertido en un insumo directamente vinculado al crecimiento del negocio: cada euro invertido en capacidad genera retorno de manera inmediata . Por eso las grandes tecnológicas están volcando cantidades inéditas en centros de datos, chips y energía, reinvirtiendo prácticamente todo lo que generan para seguir ampliando su infraestructura.La IA ha pasado de automatizar tareas puntuales a permitir la aparición de agentes capaces de trabajar de manera continua. Y eso afecta de lleno a los sectores intensivos en trabajo cualificado: servicios legales, fiscales, inmobiliarios o sanitarios están viendo cómo el mercado empieza a descontar que una parte relevante de su actividad puede replicarse o escalarse con máquinas.Noticia Relacionada el quinto en discordia opinion Si A pesar del Gobierno José Ramón Iturriaga la tasa de paro en 2025 cae al 9,9%, la más baja en 17 años. Importa recordar que España sólo ha tenido una tasa por debajo del 10% en tres de los últimos 45 añosLa expansión del cómputo ha inaugurado un patrón industrial completamente nuevo: las llamadas «fábricas de tokens», infraestructuras pensadas para transformar energía y chips en la materia prima de los modelos de IA. La demanda crece tan rápido que no existe exceso de capacidad. El límite no está en la tecnología, sino en el capital necesario, los permisos y la disponibilidad energética.A medida que los modelos ganan potencia, el valor se desplaza hacia la infraestructura. El software tradicional empieza a ver cuestionada su posición: si el código puede producirse casi sin fricción, su valor tiende a comprimirse. Al mismo tiempo, la capacidad para generar aplicaciones y automatizaciones se multiplica, abriendo la puerta a que cualquier persona —y millones de agentes digitales— creen software de forma continua.El impacto no se queda en el mundo digital. La conducción autónoma, la robótica humanoide o incluso la infraestructura espacial viven ya sus propias curvas de aceleración. El vehículo autónomo se perfila como un activo monetizable; los robots humanoides emergen como respuesta a sociedades envejecidas; y no es descabellado pensar en centros de datos que, con el tiempo, acaben extendiéndose más allá de la Tierra.En conjunto, la IA está redibujando valoraciones, modelos de negocio y jerarquías industriales. Y la gran pregunta para los mercados es qué empresas seguirán teniendo sentido económico en un mundo donde la inteligencia deja de ser un recurso escaso y pasa a estar disponible casi sin límites.Crecimiento potencialEl Banco de España ha elevado su estimación de crecimiento potencial al 2%, desde el 1,3% anterior. Puede parecer un ajuste menor, pero cambia la velocidad a la que la economía puede expandirse sin generar tensiones inflacionistas. Esta cifra, que no es directamente observable, se construye a partir de empleo potencial, acumulación de capital y productividad.El principal motor del repunte es el aumento del empleo potencial, impulsado por la demografía, la mayor actividad y la reducción de la Nairu. Cuando esta tasa baja, la economía es capaz de crear más empleo sin presionar los precios. A ello se suma una mejor composición del capital —más inversión eficiente y productiva— y un avance, todavía moderado pero sostenido, de la productividad total de los factores.Estos elementos desmontan la idea de que el crecimiento español sea puramente extensivo. Aunque el empleo sigue siendo clave, el progreso coordinado de trabajo, capital y productividad apunta a una economía más equilibrada y con mayor recorrido estructural. Si esta tendencia se consolida, el país podría transitar hacia un crecimiento más estable y menos dependiente de shocks externos.El lenguaje corporalEn el análisis empresarial, los números cuentan una historia, pero la gestualidad muchas veces cuenta otra. El tono, la mirada, la postura… todo transmite información difícil de fingir. Tras años de hablar con ejecutivos de todo tipo, uno aprende a interpretar esas señales tanto como un balance o una cuenta de resultados.La banca es el mejor ejemplo reciente. No hace tanto, sus primeros espadas vivían en tensión constante; bastaba una conversación para notar el peso de la narrativa que les había convertido en la piñata del mercado. Hoy, en cambio, un café con cualquier consejero delegado sirve casi como terapia: los mensajes son constructivos, los gestos los acompañan y la sensación general es que tienen que contener cierto optimismo por prudencia, no por falta de convicción.El cambio es notable. Tras una larga travesía, hoy todo encaja: la economía acompaña, los tipos de interés ayudan y, además, la IA promete ser un viento de cola para el sector. Incluso algunos de los retos estructurales del país —como la jubilación de los ‘boomers’— pueden jugar a su favor, al ser un segmento especialmente rentable.Aun así, las sensaciones positivas están lejos de la euforia. Quizá lleguemos a ella —somos humanos, al fin y al cabo—, pero por ahora se vive un momento de calma optimista que todavía no se refleja en las valoraciones del sector. Y lo mejor es que no parece haber razones para pensar que la angustia que les acompañó durante tanto tiempo vaya a volver nunca.
La conversación sobre la inteligencia artificial ha dejado de ser teórica. A la velocidad a la que está transformando sectores enteros, los marcos tradicionales ya no alcanzan para explicar lo que está ocurriendo. La computación se ha convertido en un insumo directamente vinculado al crecimiento … del negocio: cada euro invertido en capacidad genera retorno de manera inmediata. Por eso las grandes tecnológicas están volcando cantidades inéditas en centros de datos, chips y energía, reinvirtiendo prácticamente todo lo que generan para seguir ampliando su infraestructura.
La IA ha pasado de automatizar tareas puntuales a permitir la aparición de agentes capaces de trabajar de manera continua. Y eso afecta de lleno a los sectores intensivos en trabajo cualificado: servicios legales, fiscales, inmobiliarios o sanitarios están viendo cómo el mercado empieza a descontar que una parte relevante de su actividad puede replicarse o escalarse con máquinas.
La expansión del cómputo ha inaugurado un patrón industrial completamente nuevo: las llamadas «fábricas de tokens», infraestructuras pensadas para transformar energía y chips en la materia prima de los modelos de IA. La demanda crece tan rápido que no existe exceso de capacidad. El límite no está en la tecnología, sino en el capital necesario, los permisos y la disponibilidad energética.
A medida que los modelos ganan potencia, el valor se desplaza hacia la infraestructura. El software tradicional empieza a ver cuestionada su posición: si el código puede producirse casi sin fricción, su valor tiende a comprimirse. Al mismo tiempo, la capacidad para generar aplicaciones y automatizaciones se multiplica, abriendo la puerta a que cualquier persona —y millones de agentes digitales— creen software de forma continua.
El impacto no se queda en el mundo digital. La conducción autónoma, la robótica humanoide o incluso la infraestructura espacial viven ya sus propias curvas de aceleración. El vehículo autónomo se perfila como un activo monetizable; los robots humanoides emergen como respuesta a sociedades envejecidas; y no es descabellado pensar en centros de datos que, con el tiempo, acaben extendiéndose más allá de la Tierra.
En conjunto, la IA está redibujando valoraciones, modelos de negocio y jerarquías industriales. Y la gran pregunta para los mercados es qué empresas seguirán teniendo sentido económico en un mundo donde la inteligencia deja de ser un recurso escaso y pasa a estar disponible casi sin límites.
Crecimiento potencial
El Banco de España ha elevado su estimación de crecimiento potencial al 2%, desde el 1,3% anterior. Puede parecer un ajuste menor, pero cambia la velocidad a la que la economía puede expandirse sin generar tensiones inflacionistas. Esta cifra, que no es directamente observable, se construye a partir de empleo potencial, acumulación de capital y productividad.
El principal motor del repunte es el aumento del empleo potencial, impulsado por la demografía, la mayor actividad y la reducción de la Nairu. Cuando esta tasa baja, la economía es capaz de crear más empleo sin presionar los precios. A ello se suma una mejor composición del capital —más inversión eficiente y productiva— y un avance, todavía moderado pero sostenido, de la productividad total de los factores.
Estos elementos desmontan la idea de que el crecimiento español sea puramente extensivo. Aunque el empleo sigue siendo clave, el progreso coordinado de trabajo, capital y productividad apunta a una economía más equilibrada y con mayor recorrido estructural. Si esta tendencia se consolida, el país podría transitar hacia un crecimiento más estable y menos dependiente de shocks externos.
El lenguaje corporal
En el análisis empresarial, los números cuentan una historia, pero la gestualidad muchas veces cuenta otra. El tono, la mirada, la postura… todo transmite información difícil de fingir. Tras años de hablar con ejecutivos de todo tipo, uno aprende a interpretar esas señales tanto como un balance o una cuenta de resultados.
La banca es el mejor ejemplo reciente. No hace tanto, sus primeros espadas vivían en tensión constante; bastaba una conversación para notar el peso de la narrativa que les había convertido en la piñata del mercado. Hoy, en cambio, un café con cualquier consejero delegado sirve casi como terapia: los mensajes son constructivos, los gestos los acompañan y la sensación general es que tienen que contener cierto optimismo por prudencia, no por falta de convicción.
El cambio es notable. Tras una larga travesía, hoy todo encaja: la economía acompaña, los tipos de interés ayudan y, además, la IA promete ser un viento de cola para el sector. Incluso algunos de los retos estructurales del país —como la jubilación de los ‘boomers’— pueden jugar a su favor, al ser un segmento especialmente rentable.
Aun así, las sensaciones positivas están lejos de la euforia. Quizá lleguemos a ella —somos humanos, al fin y al cabo—, pero por ahora se vive un momento de calma optimista que todavía no se refleja en las valoraciones del sector. Y lo mejor es que no parece haber razones para pensar que la angustia que les acompañó durante tanto tiempo vaya a volver nunca.
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