Durante las últimas semanas, en el contexto de la guerra que sacude Oriente Próximo –y con los precios del petróleo por encima de los 100 dólares el barril de Brent–, se ha escuchado mucho la expresión «independencia energética». Se trata de un mantra del Gobierno que, sobre todo, pone el foco en las energías renovables y la potencial capacidad que tiene España para no depender en esta materia de terceros países. La realidad, sin embargo, es que desde que llegó Pedro Sánchez a La Moncloa nos hemos vuelto más sumisos al oro negro.En 2025, según la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (Cores), el consumo de producto petrolíferos en España fue de 60,1 millones de toneladas. Esto supuso un 1,4% más que el ejercicio anterior. Supone, por sí solo, un problema. Por categorías, aumentó un 7% la demanda de gasolinas y casi un 5% la de queroseno.El gran problema surge al echar la vista atrás. En 2018, según datos de Cores, el consumo de productos relacionados con el petróleo fue de 59,9 millones de toneladas. Es decir, en ocho años la dependencia se ha mantenido tal cual. El matiz que se podría poner es que el consumo energético total, que incluye los procesos electrificados, ha ido en aumento y por tanto el porcentaje de los productos refinados sería menor. Sin embargo, la dependencia para ciertas cuestiones demuestra haber ido en aumento y, lo más relevante, es que el consumo no ha descendido.Noticia relacionada general No No Las aerolíneas se rebelan contra los combustibles verdes en plena escalada de precios Antonio Ramírez CerezoY eso que esta cuestión ha sido una de las principales preocupaciones del actual Gobierno. En el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima ( Pniec ), en el apartado de ‘Reducción de la dependencia energética exterior’, el documento consignaba que «España presentaba en el año 2019 una ratio de dependencia energética del 73%, debido a la preponderancia de los combustibles fósiles en el mix energético (carbón, petróleo y gas), ya que nuestro país no cuenta con volúmenes apreciables de producción nacional de estos combustibles».Además, el plan de energía deja claro que «esta dependencia en energía primaria tiene importantes repercusiones económicas. Así, en el año 2019, el saldo del comercio exterior de energía fue desfavorable para nuestro país por valor de más de 26.000 millones de euros». Aseguraba el plan que se iba a reducir «la ratio de dependencia energética por medio de la disminución de la importación de combustibles fósiles, en especial el carbón y el petróleo». La ratio puede haberse moldeado por el impacto de la electrificación, pero el consumo de productos petrolíferos se ha mantenido inalterable .Gran preocupación españolaEn el contexto de esta nueva crisis ha quedado claro que la cuestión de la dependencia energética en materia de combustibles fósiles preocupa –y mucho– al Gobierno. De hecho, la responsable política del ramo se ha pronunciado estos días sobre el asunto.En concreto, la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen , ha asegurado que la dependencia de los combustibles fósiles hace «más vulnerable» al país.Para el Gobierno ha sido una prioridad aumentar el parque renovable, pero la reducción de emisiones no ha llegado de la misma maneraAagesen ha llamado a «aprender» y extraer «lecciones» de las situaciones vividas, como el apagón del pasado abril o el conflicto de Oriente Próximo, para reforzar la apuesta por la energía renovable. «La dependencia de combustibles fósiles, la dependencia de aquello donde no tenemos autonomía, es lo que nos hace más vulnerables», aseguraba en un evento público. Sin embargo, la tasa de dependencia de las importaciones de energía, medida como la proporción de las compras netas en el consumo interno bruto de energía se mantiene elevada. La tasa alcanzó el 68% en España en 2024, por encima de la media de la UE, el 57%. Es decir, la estrategia del Gobierno se ha basado en el aumento del desarrollo de energías renovables, pero ha fallado en desprenderse de dicha dependencia.Qué falla y por quéBien es cierto que el Gobierno ha puesto de su parte. Pero, por el momento, algunas cuestiones no cuajan. En el año 2018 el consumo de gasolinas era de 5 millones de toneladas, una cifra que ahora mismo llega hasta los 7 millones. Esto demuestra que, en parte, la apuesta por el vehículo eléctrico por el momento no consigue reducir esa dependencia de los hidrocarburos.Desde hace años ha estado activo del Plan Moves , que ha resultado ser un dinamizador para la venta de coches eléctricos, pero de igual modo se han seguido vendiendo automóviles con motores de combustión interna, aunque sean de carácter híbrido. De hecho, según los últimos datos del sector se trata de la tipología más vendida. En todo caso, son vehículos que necesitan de productos petrolíferos, por eso no se llega a notar el descenso.Pero no ha sido el único condicionante para que el petróleo y sus derivados sigan fluyendo en España. Entre 2018 y 2019, la economía española creció moderadamente, lo que aumentó el transporte de mercancías y el uso del transporte privado. Asimismo, el turismo y los desplazamientos internos también crecieron, incrementando la demanda de gasolina y diésel, a pesar de la promoción de vehículos eléctricos y transporte público.Y hay más cuestiones que perjudican los intereses de España pese al avance las energías renovables. La penetración de vehículos eléctricos y del transporte ferroviario sigue siendo baja frente al parque automovilístico. Gran parte de la industria y del transporte pesado aún depende casi exclusivamente de combustibles fósiles. Entre 2018 y 2021, la volatilidad del petróleo influyó en el consumo, y al no producirlo, España depende de importaciones. Aunque los vehículos sean más eficientes, el ‘efecto rebote’ limita la reducción de consumo. Sectores como la aviación, el transporte marítimo, la agricultura intensiva y la industria química son difíciles de descarbonizar y continúan siendo los principales consumidores de petróleo. Durante las últimas semanas, en el contexto de la guerra que sacude Oriente Próximo –y con los precios del petróleo por encima de los 100 dólares el barril de Brent–, se ha escuchado mucho la expresión «independencia energética». Se trata de un mantra del Gobierno que, sobre todo, pone el foco en las energías renovables y la potencial capacidad que tiene España para no depender en esta materia de terceros países. La realidad, sin embargo, es que desde que llegó Pedro Sánchez a La Moncloa nos hemos vuelto más sumisos al oro negro.En 2025, según la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (Cores), el consumo de producto petrolíferos en España fue de 60,1 millones de toneladas. Esto supuso un 1,4% más que el ejercicio anterior. Supone, por sí solo, un problema. Por categorías, aumentó un 7% la demanda de gasolinas y casi un 5% la de queroseno.El gran problema surge al echar la vista atrás. En 2018, según datos de Cores, el consumo de productos relacionados con el petróleo fue de 59,9 millones de toneladas. Es decir, en ocho años la dependencia se ha mantenido tal cual. El matiz que se podría poner es que el consumo energético total, que incluye los procesos electrificados, ha ido en aumento y por tanto el porcentaje de los productos refinados sería menor. Sin embargo, la dependencia para ciertas cuestiones demuestra haber ido en aumento y, lo más relevante, es que el consumo no ha descendido.Noticia relacionada general No No Las aerolíneas se rebelan contra los combustibles verdes en plena escalada de precios Antonio Ramírez CerezoY eso que esta cuestión ha sido una de las principales preocupaciones del actual Gobierno. En el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima ( Pniec ), en el apartado de ‘Reducción de la dependencia energética exterior’, el documento consignaba que «España presentaba en el año 2019 una ratio de dependencia energética del 73%, debido a la preponderancia de los combustibles fósiles en el mix energético (carbón, petróleo y gas), ya que nuestro país no cuenta con volúmenes apreciables de producción nacional de estos combustibles».Además, el plan de energía deja claro que «esta dependencia en energía primaria tiene importantes repercusiones económicas. Así, en el año 2019, el saldo del comercio exterior de energía fue desfavorable para nuestro país por valor de más de 26.000 millones de euros». Aseguraba el plan que se iba a reducir «la ratio de dependencia energética por medio de la disminución de la importación de combustibles fósiles, en especial el carbón y el petróleo». La ratio puede haberse moldeado por el impacto de la electrificación, pero el consumo de productos petrolíferos se ha mantenido inalterable .Gran preocupación españolaEn el contexto de esta nueva crisis ha quedado claro que la cuestión de la dependencia energética en materia de combustibles fósiles preocupa –y mucho– al Gobierno. De hecho, la responsable política del ramo se ha pronunciado estos días sobre el asunto.En concreto, la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen , ha asegurado que la dependencia de los combustibles fósiles hace «más vulnerable» al país.Para el Gobierno ha sido una prioridad aumentar el parque renovable, pero la reducción de emisiones no ha llegado de la misma maneraAagesen ha llamado a «aprender» y extraer «lecciones» de las situaciones vividas, como el apagón del pasado abril o el conflicto de Oriente Próximo, para reforzar la apuesta por la energía renovable. «La dependencia de combustibles fósiles, la dependencia de aquello donde no tenemos autonomía, es lo que nos hace más vulnerables», aseguraba en un evento público. Sin embargo, la tasa de dependencia de las importaciones de energía, medida como la proporción de las compras netas en el consumo interno bruto de energía se mantiene elevada. La tasa alcanzó el 68% en España en 2024, por encima de la media de la UE, el 57%. Es decir, la estrategia del Gobierno se ha basado en el aumento del desarrollo de energías renovables, pero ha fallado en desprenderse de dicha dependencia.Qué falla y por quéBien es cierto que el Gobierno ha puesto de su parte. Pero, por el momento, algunas cuestiones no cuajan. En el año 2018 el consumo de gasolinas era de 5 millones de toneladas, una cifra que ahora mismo llega hasta los 7 millones. Esto demuestra que, en parte, la apuesta por el vehículo eléctrico por el momento no consigue reducir esa dependencia de los hidrocarburos.Desde hace años ha estado activo del Plan Moves , que ha resultado ser un dinamizador para la venta de coches eléctricos, pero de igual modo se han seguido vendiendo automóviles con motores de combustión interna, aunque sean de carácter híbrido. De hecho, según los últimos datos del sector se trata de la tipología más vendida. En todo caso, son vehículos que necesitan de productos petrolíferos, por eso no se llega a notar el descenso.Pero no ha sido el único condicionante para que el petróleo y sus derivados sigan fluyendo en España. Entre 2018 y 2019, la economía española creció moderadamente, lo que aumentó el transporte de mercancías y el uso del transporte privado. Asimismo, el turismo y los desplazamientos internos también crecieron, incrementando la demanda de gasolina y diésel, a pesar de la promoción de vehículos eléctricos y transporte público.Y hay más cuestiones que perjudican los intereses de España pese al avance las energías renovables. La penetración de vehículos eléctricos y del transporte ferroviario sigue siendo baja frente al parque automovilístico. Gran parte de la industria y del transporte pesado aún depende casi exclusivamente de combustibles fósiles. Entre 2018 y 2021, la volatilidad del petróleo influyó en el consumo, y al no producirlo, España depende de importaciones. Aunque los vehículos sean más eficientes, el ‘efecto rebote’ limita la reducción de consumo. Sectores como la aviación, el transporte marítimo, la agricultura intensiva y la industria química son difíciles de descarbonizar y continúan siendo los principales consumidores de petróleo.
Durante las últimas semanas, en el contexto de la guerra que sacude Oriente Próximo –y con los precios del petróleo por encima de los 100 dólares el barril de Brent–, se ha escuchado mucho la expresión «independencia energética». Se trata de un mantra del Gobierno … que, sobre todo, pone el foco en las energías renovables y la potencial capacidad que tiene España para no depender en esta materia de terceros países. La realidad, sin embargo, es que desde que llegó Pedro Sánchez a La Moncloa nos hemos vuelto más sumisos al oro negro.
En 2025, según la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (Cores), el consumo de producto petrolíferos en España fue de 60,1 millones de toneladas. Esto supuso un 1,4% más que el ejercicio anterior. Supone, por sí solo, un problema. Por categorías, aumentó un 7% la demanda de gasolinas y casi un 5% la de queroseno.
El gran problema surge al echar la vista atrás. En 2018, según datos de Cores, el consumo de productos relacionados con el petróleo fue de 59,9 millones de toneladas. Es decir, en ocho años la dependencia se ha mantenido tal cual. El matiz que se podría poner es que el consumo energético total, que incluye los procesos electrificados, ha ido en aumento y por tanto el porcentaje de los productos refinados sería menor. Sin embargo, la dependencia para ciertas cuestiones demuestra haber ido en aumento y, lo más relevante, es que el consumo no ha descendido.
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Antonio Ramírez Cerezo
Y eso que esta cuestión ha sido una de las principales preocupaciones del actual Gobierno. En el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (Pniec), en el apartado de ‘Reducción de la dependencia energética exterior’, el documento consignaba que «España presentaba en el año 2019 una ratio de dependencia energética del 73%, debido a la preponderancia de los combustibles fósiles en el mix energético (carbón, petróleo y gas), ya que nuestro país no cuenta con volúmenes apreciables de producción nacional de estos combustibles».
Además, el plan de energía deja claro que «esta dependencia en energía primaria tiene importantes repercusiones económicas. Así, en el año 2019, el saldo del comercio exterior de energía fue desfavorable para nuestro país por valor de más de 26.000 millones de euros». Aseguraba el plan que se iba a reducir «la ratio de dependencia energética por medio de la disminución de la importación de combustibles fósiles, en especial el carbón y el petróleo». La ratio puede haberse moldeado por el impacto de la electrificación, pero el consumo de productos petrolíferos se ha mantenido inalterable.
Gran preocupación española
En el contexto de esta nueva crisis ha quedado claro que la cuestión de la dependencia energética en materia de combustibles fósiles preocupa –y mucho– al Gobierno. De hecho, la responsable política del ramo se ha pronunciado estos días sobre el asunto.
En concreto, la vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, ha asegurado que la dependencia de los combustibles fósiles hace «más vulnerable» al país.
Para el Gobierno ha sido una prioridad aumentar el parque renovable, pero la reducción de emisiones no ha llegado de la misma manera
Aagesen ha llamado a «aprender» y extraer «lecciones» de las situaciones vividas, como el apagón del pasado abril o el conflicto de Oriente Próximo, para reforzar la apuesta por la energía renovable. «La dependencia de combustibles fósiles, la dependencia de aquello donde no tenemos autonomía, es lo que nos hace más vulnerables», aseguraba en un evento público.
Sin embargo, la tasa de dependencia de las importaciones de energía, medida como la proporción de las compras netas en el consumo interno bruto de energía se mantiene elevada. La tasa alcanzó el 68% en España en 2024, por encima de la media de la UE, el 57%. Es decir, la estrategia del Gobierno se ha basado en el aumento del desarrollo de energías renovables, pero ha fallado en desprenderse de dicha dependencia.
Qué falla y por qué
Bien es cierto que el Gobierno ha puesto de su parte. Pero, por el momento, algunas cuestiones no cuajan. En el año 2018 el consumo de gasolinas era de 5 millones de toneladas, una cifra que ahora mismo llega hasta los 7 millones. Esto demuestra que, en parte, la apuesta por el vehículo eléctrico por el momento no consigue reducir esa dependencia de los hidrocarburos.
Desde hace años ha estado activo del Plan Moves, que ha resultado ser un dinamizador para la venta de coches eléctricos, pero de igual modo se han seguido vendiendo automóviles con motores de combustión interna, aunque sean de carácter híbrido. De hecho, según los últimos datos del sector se trata de la tipología más vendida. En todo caso, son vehículos que necesitan de productos petrolíferos, por eso no se llega a notar el descenso.
Pero no ha sido el único condicionante para que el petróleo y sus derivados sigan fluyendo en España. Entre 2018 y 2019, la economía española creció moderadamente, lo que aumentó el transporte de mercancías y el uso del transporte privado. Asimismo, el turismo y los desplazamientos internos también crecieron, incrementando la demanda de gasolina y diésel, a pesar de la promoción de vehículos eléctricos y transporte público.
Y hay más cuestiones que perjudican los intereses de España pese al avance las energías renovables. La penetración de vehículos eléctricos y del transporte ferroviario sigue siendo baja frente al parque automovilístico. Gran parte de la industria y del transporte pesado aún depende casi exclusivamente de combustibles fósiles. Entre 2018 y 2021, la volatilidad del petróleo influyó en el consumo, y al no producirlo, España depende de importaciones.
Aunque los vehículos sean más eficientes, el ‘efecto rebote’ limita la reducción de consumo. Sectores como la aviación, el transporte marítimo, la agricultura intensiva y la industria química son difíciles de descarbonizar y continúan siendo los principales consumidores de petróleo.
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