El catalanismo cristiano ha buscado históricamente en el Vaticano lo que se le negaba por la vía de la autoridad civil o militar. Jaume Vicens Vives en su Notícia de Catalunya apunta que, cuando Cataluña se segregó del reino de los francos, la Santa Sede, “a finales del siglo XII, reconoció la independencia eclesiástica de Cataluña, que era tanto como afirmarle la política”.
La visita de León XIV tomará el pulso a ese catalanismo que respiró con el pontificado de Francisco y que busca reconocimiento eclesial para Cataluña
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
La visita de León XIV tomará el pulso a ese catalanismo que respiró con el pontificado de Francisco y que busca reconocimiento eclesial para Cataluña

El catalanismo cristiano ha buscado históricamente en el Vaticano lo que se le negaba por la vía de la autoridad civil o militar. Jaume Vicens Vives en su Notícia de Catalunya apunta que, cuando Cataluña se segregó del reino de los francos, la Santa Sede, “a finales del siglo XII, reconoció la independencia eclesiástica de Cataluña, que era tanto como afirmarle la política”.
La visita de León XIV a Cataluña en junio próximo evidenciará el respaldo del Vaticano a ese catolicismo nacionalista nacido en el siglo XIX, que creció en la oposición al franquismo, cristalizó en la campaña volem bisbes catalans y fue un reducto para mantener las señas de identidad catalanas, singularmente la lengua. Lo cierto es que, desde el advenimiento de la democracia, las iglesias se han vaciado y ese movimiento nacionalista no ha logrado de la Santa Sede el reconocimiento de Cataluña como región eclesiástica o el derecho a disponer de conferencia episcopal propia.
Este periodista pudo comprobar en 1987 cómo el entonces secretario general del episcopado, el desaparecido cardenal Fernando Sebastián, ante la mención de la conferencia tarraconense y su documento Raíces Cristianas de Cataluña, se preguntaba en voz alta y con cierta sorna: “¿Qué es eso de la conferencia episcopal tarraconense?”. Entre hermanos en el episcopado parece que no abunda la misericordia y el Vaticano suele rehuir meterse en jardines.
Cataluña ha dado cardenales como Francesc Vidal i Barraquer, presionado durante la dictadura de Primo de Rivera por la campaña de persecución del catalán en la Iglesia, que murió en el exilio en 1943, tras la victoria de Franco, al negarse a firmar la Carta Colectiva en apoyo a la sublevación militar. Huyó de Cataluña gracias a la Generalitat republicana cuando los anarquistas de la FAI lo buscaban para matarlo. Pero hubo otros obispos catalanes entusiastas del golpe militar, como Isidro Gomà —redactor de la Carta Colectiva a instancias de Franco— o Enrique Pla i Deniel, procurador en las Cortes franquistas. También ahora hay prelados catalanes muy distintos, como el de Vic —que ha entregado la diócesis a un movimiento de ultraderecha nacido al calor de la dictadura militar en Argentina— o los de Tarragona o Girona.
La historia es terca y tiende a repetirse. Entre los años 1995 y 2000, Lajos Kada —nuncio de azarosa vida en el mundo de los negocios y en el sentimental— enviaba informes a la secretaria de Estado vaticana asegurando que los fieles no podían oír misa en castellano en Cataluña y oponiéndose a la existencia no solo de la conferencia episcopal tarraconense, sino a que se creara región eclesiástica. Era como retrotraerse a la dictadura de Primo de Rivera, cuando su antecesor, el nuncio Federico Tedeschini, le preguntaba al obispo Miralles si el clero catalán “era un peligro para la unidad de España”. O se prohibía que se ordenaran sacerdotes “a quienes se encuentren contagiados de catalanismo”.
Con esas experiencias, cada pontificado que abre ventanas supone un respiro para la Iglesia arrinconada por Juan Pablo II, desde la izquierda hasta el nacionalismo. Afrontar la crisis de vocaciones, la pederastia, el acceso de la mujer al sacerdocio o el crecimiento del integrismo en una sociedad secularizada con los templos vacíos —como ha hecho el Papa Francisco y parece que también lo hará León XIV— es tarea hercúlea.
¿Qué gestos hará el Papa Prevost en su viaje a Cataluña? Aunque la visita a Montserrat esté cargada de simbología, la cosa no irá muy allá. Tampoco en la Sagrada Familia se esperan grandes señales. El aggiornamento requiere mucha mano izquierda para una Iglesia exultante con la altura de la torre de un templo que comenzó el siervo venerable Antoni Gaudí. El arquitecto del modernismo (hijo de una época) colocó en el Portal del Roser la escultura de un demonio entregando una bomba Orsini a un obrero anarquista. La historia es poliédrica.
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