Fugitivos del parque infantil

Los parques infantiles de Madrid no tienen árboles ni césped. Tienen toboganes de hierro incandescente y un pavimento gomoso con el que, en verano, se puede jugar a “el suelo es lava” de una forma casi literal. Sospecho que es una estrategia municipal para darnos a los padres cierto alivio y alejarnos de estos lugares donde pasamos buena parte del curso.

Seguir leyendo

 Busco un nuevo lugar de ocio donde empezar de cero  

Los parques infantiles de Madrid no tienen árboles ni césped. Tienen toboganes de hierro incandescente y un pavimento gomoso con el que, en verano, se puede jugar a “el suelo es lava” de una forma casi literal. Sospecho que es una estrategia municipal para darnos a los padres cierto alivio y alejarnos de estos lugares donde pasamos buena parte del curso.

Lo cierto es que, en el último año, he pasado casi más horas en el parque que en mi propia casa. Lo he hecho obligado, rehén de un infante espídico que solo en este lugar puede dar rienda suelta a su joie de vivre. Hasta hace poco paseaba por la ciudad a mi hijo, libre de decidir nuestro destino; y hoy es él quien me pasea a mí. Da igual dónde arranquen los pasos, sea en el colegio, en casa propia o en la de mis padres. Siempre acabamos en un parque, corriendo, saltando y bordeando el desastre. Ser padre consiste en perseguir a tu hijo e intentar evitar a toda costa que se mate.

Los parques se crearon con esto en mente, por eso están vallados, acolchados y tienen aparatejos que simulan cierta sensación de peligro, para conciliar la querencia por el desastre de los menores con esta insistencia en que sobrevivan de sus padres. La verdad es que no me había fijado en ellos hasta que mi hijo empezó a exigir un régimen de visita diaria. Aparecieron entonces como por arte de magia, como si alguien hubiera plantado durante la madrugada las habichuelas mágicas del ocio infantil.

Me fijé entonces en que parecían una cárcel de papás, con sus vallitas coloridas y sus bancos al sol. Los niños juegan en sus columpios pendulantes, corretean por el suelo mullido con una inestabilidad etílica. Pero lo realmente interesante es observar a los adultos. Señores enterrados en sus teléfonos, disociados hasta rozar la proyección astral. Señoras seriamente involucradas en el juego infantil, gritando con una desmesura de dibujos animados. Empujando, persiguiendo o aplaudiendo como maníacas. Es un lugar terrorífico.

Soy una persona tímida. Por lo tanto, el parque (un lugar en el que estás encerrado de una forma literal, con un puñado de desconocidos que acaban siendo conocidos, que igual hasta quieren ser amigos) me generaba cierta ansiedad. Pero tratar con padres y madres, descubrí pronto, es bastante fácil.

La paternidad es un poco como el odio al trabajo o la climatología, una de esas experiencias comunes capaces de generar conversación y rellenar los vacíos del desconocimiento. En ese sentido, un parque infantil es como un ascensor, pero con más espacio. La conversación fluye con la naturalidad de los lugares comunes, va con el piloto automático. Y si no sabes de qué hablar, basta con que le preguntes al padre más cercano si su hijo tiene altas capacidades para verte atrapado en una perorata interminable.

Me resultó más complicado relacionarme con los niños. Mi hijo apenas habla, así que soy yo quien tiene que gestionar en cierta medida sus relaciones. Hago de intérprete y contesto, solicito, las preguntas que otros le lanzan, como un secretario personal o un mal ventrílocuo. A veces vienen niños a trastear con sus palas y cubos, y soy yo quien coordina la conversación y el juego; me convierto en el capataz de una cuadrilla de bebés.

Ya aprendí a gestionar la construcción de castillos, pero aún me cuesta la resolución de conflictos. La primera vez que un niño le robó la pala a mi hijo, no supe muy bien cómo gestionar la situación. ¿Debería denunciarle ante la policía? ¿Intentar razonar? ¿Pegarme con su padre? No estoy acostumbrado a tratar con niños, más allá de mi hijo, con el que ya tengo cierta confianza, así que no sabía cómo reaccionar.

Casi iba a optar por hacerme el loco, pero entonces vi la tremenda decepción dibujada en el rostro de mi hijo: la cara crispada, como agua a punto de romper a hervir. Y yo podía pagarle otra pala, pero no años de psicólogo, así que me decidí a actuar. Recuperé el juguete con un gesto suave pero firme y le dije al niño con voz de peluche que las cosas se piden, no se quitan. Fue la imitación perfecta de un adulto funcional.

Lo malo es que el chaval siguió yendo al parque con una insistencia obsesiva, solo comparable con la de mi hijo. Y cada vez que nos veíamos, creo que podía leer en mi rostro el miedo a un nuevo enfrentamiento. Igual debería hablar con su padre, comentarle que su vástago tiene altas capacidades para el crimen. O quizá lo más fácil sea cambiar de parque, convertirnos en fugitivos del ocio infantil. Aprovechar este largo parón estival para buscar nuevos parques donde los padres no me saluden y los niños no me roben. Un lugar donde empezar de nuevo en septiembre.

Me despido hasta entonces de esta columna. Estaré muy ocupado buscando espacios de ocio infantil, formando una nueva cuadrilla de bebés con la que empezar pozos y castillos. Adulando a otros grupos de padres, asegurando que sus niños son los más listos que he visto jamás. Construyendo una agradable rutina nueva en otro parque, a ser posible con árboles. Nos vemos a la vuelta.

 Feed MRSS-S Noticias

Noticias Relacionadas