Ignacio Goitia, el dandi de las jirafas: «En el arte contemporáneo hay mucho relato y poca sensibilidad»

<p>Hay algo revolucionario en intentar ser buena persona en un mundo cada día más abocado al odio. Hay algo rebelde en sublimar lo popular en un mundo cada día más desigual, más elitista, clasista hasta la paradoja. Hay una cierta subversión en ser, simplemente, uno mismo en un mundo cada día más homogéneo. Hay una profunda contestación en la obra del pintor Ignacio Goitia, pero como la viste de colores y de imágenes oníricas, esa crítica social se infiltra sin que los espectadores de sus composiciones apenas se den cuenta de ello.</p>

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 El pintor bilbaíno empezó a hacer arte a partir del rechazo: «Era el marica de clase. La gente me insultaba y yo no entendía ese odio. Por eso mis cuadros hablan del respeto». Hoy, sus imágenes de girafas, arquitecturas megalómanas y mujeres en burka son inconfundibles  

Hay algo revolucionario en intentar ser buena persona en un mundo cada día más abocado al odio. Hay algo rebelde en sublimar lo popular en un mundo cada día más desigual, más elitista, clasista hasta la paradoja. Hay una cierta subversión en ser, simplemente, uno mismo en un mundo cada día más homogéneo. Hay una profunda contestación en la obra del pintor Ignacio Goitia, pero como la viste de colores y de imágenes oníricas, esa crítica social se infiltra sin que los espectadores de sus composiciones apenas se den cuenta de ello.

Habla el artista bilbaíno del pasado y del presente, de lo cotidiano y de lo excepcional, de lo local y de lo universal y lo hace en imponentes cuadros de tres metros y en un fresco espectacular en un castillo del valle del Loira, pero también en los objetos cotidianos que aparecen a la venta en una boutique en el Barrio de las Letras de Madrid o en el papel pintado sobre las paredes de un restaurante o desde una exposición en la Biblioteca Nacional.

Todo es contradictorio en el universo de Ignacio Goitia, pero es una contradicción armónica, si es que eso es posible.

Entrar en el art store del pintor vasco es sumergirse de lleno en su imaginario. De suelo a techo, todo es él. Columnas monumentales y blanquísimas, cúpulas abiertas a cielos despejados, edificios enormes, gigantescos atravesados por inesperados animales salvajes. Policías, mujeres cubiertas por completo con burkas, humanos diminutos frente a la monumentalidad de algunas arquitecturas creadas para epatar. Todo es colosal aquí. «Mi obra siempre ha sido de gran formato porque hablo de arquitectura para relacionarla con el poder. Los cuadros tienen que ser grandes para que sientas que te metes dentro», explica Goitia, mientras pasea por sus dominios inmersivos con sus maneras de dandi inglés, sus patillas marca de la casa y una corbata corbata al cuello adornada con sus famosas jirafas.

Una de las jirafas de Goitia.
Una de las jirafas de Goitia.

«No me libro de la pregunta de las jirafas, ¿eh?», bromea. «Desde esa fascinación que he sentido siempre por el urbanismo, por ese juego de escalas de poder, la jirafa es mi elemento irónico: parece que estas construcciones están más pensadas para ellas que para las personas. Así que las puse a viajar, a conocer mundo y se convirtieron en un sello personal. A la gente, mira, la pinto chiquitita para que apreciemos la escala real». Y asoma esa contradicción.

La pulsión artística de Ignacio Goitia nació del rechazo. «Era el marica de clase, el marica del pueblo, era el marica. La gente me insultaba y yo no entendía por qué, por qué ese odio que me dirigían. Hay quien una vivencia así la convierte en venganza. Yo opté por hacer todo lo contrario. Por eso mis cuadros hablan del respeto hacia el diferente. Con cierta ironía pero siempre con humor», explica. Entonces, ¿puede el arte cambiar el mundo o, al menos, el mundo del niño rechazado por no encajar en los cánones? «Dibujar te da libertad, la libertad de construir tu propio universo a través de tus obras. Soy un gran soñador, diría, incluso, que soy idealista, pero a la vez, creo que no soy un ingenuo. Soy consciente de cómo funcionan las cosas, pero también de lo que podemos hacer cada uno desde lo cotidiano. Podemos hacer cosas sencillas como ser amable, ser buenas persona»s.

Decíamos que entre colores y animales exóticos sacados de contexto colaba Goitia una cruda crítica social. Asoma sin ningún género de dudas entre la decena de mujeres con burka que se arremolina alrededor del Fauno Barberini, la inmensa escultura romana de un hombre saciado que se encuentra en la Gliptoteca de Múnich. Ellas, cubiertas de pies a cabeza. Él, desnudo e impúdico, recostado con las piernas abiertas.

El Fauno Barberini y las mujeres con burka de Goitia.
El Fauno Barberini y las mujeres con burka de Goitia.

«Es una reflexión en torno a la anulación de la identidad», analiza. «Yo tomo partido, claro, pero intento dejar la imagen abierta para que cada uno piense lo que considere». En otros casos la metáfora visual es menos evidente, como en el contraste, otra vez el contraste, entre los policías que aparecen desalojando a los camellos de la Puerta de Alcalá y escoltando lujosos elefantes bajo los Guichets del Louvre. También en el costumbrismo de los hombres ataviados con suspensorios y diminutos chalecos de cuero que se toman un selfi durante el Folsom Street Fair de San Francisco, ajenos a su propia extrañeza.

El arte de Ignacio Goitia viaja en el tiempo y en el espacio para reflexionar sobre lo que la experiencia nos enseña. O quizá no. «Vivimos en ciudades históricas en las que el presente y el pasado están dialogando constantemente y debemos escuchar las fachadas, las columnas, las ciudades. Todo habla si sabemos observar. La cultura es un lenguaje universal y, además, es lo único que queda de las civilizaciones, pero hay que estar abierto a entender para no repetir errores. Últimamente, por desgracia, se nos olvida a menudo».

Con estos mimbres ha compuesto el bilbaíno un imaginario que no sabe bien ubicar en el universo del arte contemporáneo. «Voy un poco por libre, siempre lo he hecho», asume. «En [la facultad] de Bellas Artes era un raro porque pintaba y en los años 80 la pintura figurativa era una cosa como rancia. Y ya como profesional, una galería me llevó a Arco y me dejó en el almacén porque tampoco encajaba ahí. Al principio, el rechazo duele. Pero después, simplemente, he seguido a lo mío».

Lo suyo ha sido, fundamentalmente, bajar la cultura de su atalaya para ponerla a disposición del pueblo, y lo ha hecho, incluso, trasladando sus imágenes a pañuelos, vajillas, corbatas o lámparas. Incluso le ha puesto nombre: lo goitiesco. «En el arte contemporáneo hay mucho relato y poca sensibilidad. Yo creo en un arte que te entre por los ojos sin que el artista necesite cinco páginas para explicarte lo que ha querido decir. Creo en mirar con conciencia pero sin olvidar la belleza. Quizá mi obra, con sus colores y su ironía suave, te provoque más reflexión que un artefacto muy serio y complicado», asegura.

¿Dónde viajarán en el futuro las jirafas de Ignacio Goitia? ¿Qué destino les aguarda? «Pues mire, volverán a su casa, a África, para que sean felices y coman de los árboles. De los árboles que están plantados fuera del asfalto».

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