<p>Leslie y Martin son ancianos y se quieren. La primera parte de la frase no admite dudas. Es un hecho comprobado por el pelo blanco, los movimientos cada vez más torpes, los miles de dolores pequeños y grandes y, en efecto, la edad de pasaporte. La segunda parte de la sentencia, en cambio, cuesta más. En apariencia no presenta más problema que la primera. Viven juntos, pasean, se echan de menos si uno de los dos no está y se desorientan sin remedio si al levantar la cabeza no encuentran la mirada del otro. Sin embargo, ella padece demencia. Y entonces empiezan los problemas, las dudas y lo insoportable incluso. <strong>No está claro que ella sepa quién tiene delante, no está claro que sus recuerdos sigan ahí, no está claro que la memoria de toda una vida compartida sea ahora nada más que nada. </strong>No está claro siquiera que ella sepa quién es ni qué es. Y mucho menos quién sea esa persona con la que vive, a la que parece extrañar si no está, a la que busca con la mirada quizá ya solo por un acto reflejo.</p>
El director estadounidense Lance Hammer, primer candidato solvente al Oso de Oro. A su lado, el cine metafísico, hermético y duro de Angela Schanelec se despliega en My Wife Cries (***) con la misma consistencia que el código oculto del western brilla en Wolfram (****), del australiano Warwick Thornton
Leslie y Martin son ancianos y se quieren. La primera parte de la frase no admite dudas. Es un hecho comprobado por el pelo blanco, los movimientos cada vez más torpes, los miles de dolores pequeños y grandes y, en efecto, la edad de pasaporte. La segunda parte de la sentencia, en cambio, cuesta más. En apariencia no presenta más problema que la primera. Viven juntos, pasean, se echan de menos si uno de los dos no está y se desorientan sin remedio si al levantar la cabeza no encuentran la mirada del otro. Sin embargo, ella padece demencia. Y entonces empiezan los problemas, las dudas y lo insoportable incluso. No está claro que ella sepa quién tiene delante, no está claro que sus recuerdos sigan ahí, no está claro que la memoria de toda una vida compartida sea ahora nada más que nada. No está claro siquiera que ella sepa quién es ni qué es. Y mucho menos quién sea esa persona con la que vive, a la que parece extrañar si no está, a la que busca con la mirada quizá ya solo por un acto reflejo.
Queen at Sea se coloca exactamente ahí, en ese lugar incómodo por incomprensible, molesto por indeseable, turbio por profundamente humano. Y desde ese espacio rara vez tratado ni en el cine ni en ningún otro lugar, el director Lance Hammer levanta en la que es su segunda película un auténtico monumento de granito que, de repente, se nos viene encima. No es una película para admirar porque, sencillamente, nos aplasta. Digamos que tenía que pasar. Llevaba unos días haciendo un frío de no creer y, al final, nevó. Arrastrábamos unas jornada anodinas de cine sin lugar en mapa alguno y, de repente, se acabaron las cartografías, los planos y los vademécums. Sin duda, una película desproporcionada.
La primera escena coloca al borde mismo del precipicio. La hija a la que interpreta Juliette Binoche acude a visitar a la madre que vive con su pareja y les encuentra a los dos como un hijo jamás quiere encontrar a sus padres. Tratándose como se trata de una mujer sin identidad casi y sin voluntad enteramente, ¿es eso un acto de amor o simplemente una violación? Como no es un hecho aislado, la hija decide denunciar al padrastro. Lo que sigue es la puntual descripción de un laberinto burocrático que es también existencial. No hay forma de dar con la salida sin perder todos y cada uno de los salvavidas morales, éticos o simbólicos a los que nos abrazamos por aquello de no perder el equilibrio y caer al precipicio.
Hammer avanza en línea recta sin saltarse nada, sin obviar ni lo más insufrible ni lo más entrañable; tan atento a la conmoción como, en pareado, la emoción (que es lo mismo, pero el sabor agrio de la adrenalina). La cámara siempre de frente se maneja con una rara y majestuosa maestría en los espacios cerrados de la casa, del cuerpo y, apurando, de nuestra capacidad de entendimiento. Pocas veces, la puesta en escena sigue de manera tan cabal, inteligente y precisa el mecanismo de desorientación de todos, incluido el del propio espectador. Qué raro es ya encontrar a un director preocupado por el encuadre con significado.
Las finísimas interpretaciones de Binoche, de un Tom Courtenay siempre en su sitio y siempre de cara y de una Anna Calder-Marshall completamente descarnada duelen con la misma energía y sinceridad que iluminan. Por momentos, la película se acerca a la crudeza de Amor, de Michael Haneke; a ratos, se aventura por los terrenos mucho más escarpados, escabrosos y hasta abisales del díptico de Angélica Liddel Madre/Padre, y, cuando se relaja, de la mano del amor adolescente de la nieta que también es hija (Florence Hunt), Queen of Sea ofrece incluso la posibilidad de redención.
Bien es cierto que, llegado a un punto, el director duda y no sabe muy bien cómo cerrar la historia. En realidad, uno tiene la impresión de que Hammer se resiste a lo más evidente: hay historias que no admite ni conclusión ni cierre ni mucho menos enseñanza moral edificante. Hay historias que están ahí para recordarnos algo turbio, misterioso y casi sagrado que ni siquiera tiene nombre. Esta es una de ellas. Y, sin embargo, hay cierre, un cierre plagado de dudas, pero cierre al fin y al cabo. Sea como sea, lo que queda es la certeza de una película tan sincera y transparente en sus oscuridades que no queda otra que rendirse y dejarse aplastar. Son ancianos y se quieren.
Por lo demás, la sección oficial cumplió con lo que los dos directores más que se presentaron prometían cumplir. En primer lugar, la alemana Angela Schanelec presentaba en My Wife Cries, probablemente el trabajo más recio y hermético en una filmogtrafía incomparablemente recia y hermética. Intentar una definición del cine de la alemana Angela Schanelec tiene algo de alpinismo de altura. A medida que se escala por una filmografía que arrancó cerca del nuevo siglo con títulos como Mein langsames Leben (2001) hasta llegar a obras mayores como Marseille (2004) o las recientes Estaba en casa, pero… (2019) y Música (2023), uno nota que el aire se purifica, el tiempo se amansa y las formas que creíamos fugaces, quizá prescindibles e inútiles, alcanzan la dureza de lo imperecedero, de lo justo, de lo necesario. Suena poético y, en efecto, lo es. En el más amplio y profundo de los sentidos.
Su último trabajo está a la altura de lo más puro, siempre un paso más arriba. Se cuenta la historia de una hombre que, de repente, recibe una llamada. Su mujer ha tenido un accidente. Acude a recogerla. Luego ella le habla a él de sus clases de baile. Y de David, su compañero en esas clases. Y bailan. Y ella le cuenta más cosas. Sin parar. Y, mientras, caminan. Y ella luego acude a la guardería de su hija. Y luego habla con un escritor. Y luego se desnuda y acaricia el sexo de su marido. Y luego luego. Schanelec confecciona un grueso muro de palabras y palabras y palabras soportadas por unos planos limpios donde, poco a poco, a un ritmo exasperante y terrorífico, se adivina, se intuye, se ve que la comunicación es un acto reflejo inutil, exasperante y terrorífico. Esto último es una conclusión que rechazaría sin duda la propia directora por la sencilla razón de que ni la inutilidad de la comunicación es comunicable. Y así. Cine hermético, decíamos, cine pleno, cine de pedernal. Por cierto, acaba en las islas Cies.
El caso de Wolfram es distinto por su empeño en diferenciarse de lo igual. Suena raro y, en verdad, tiene explicación. El australiano Warwick Thornton insiste en releer las reglas del western como ya hiciera en películas tan notables como Sweet Country. En el corazón del desierto de Australia la idea es recuperar los mitos de la frontera, pero al revés. El western no es sólo ese lugar de los mapas en el que los mapas acaban. El western, de hecho, es lo contrario a un espacio geográfico. En el Oeste no hay coordenadas ni leyes ni gramáticas. La frontera está justo en el límite de los últimos pasos que da el forastero. El western es, por tanto, un lugar esencial y existencialmente violento; un sitio de dominio y humillación donde el hombre (siempre él) conquista lo que extermina, comprende lo que aniquila. Pero también es un espacio mítico.
Digamos que Warwick se hace cargo de lo anterior para contar la historia de tres hermanos (un joven y dos niñas) secuestrados, condenados a trabajar en la mina y siempre víctimas. La película plantea de manera tan desordenada como voraz la historia del regreso que también es reencuentro. La idea no es otra que discutirle al género su mitología para refundarla justo al contrario y desde el otro extremo del planeta. Por eso lo de diferenciarse de lo igual de más arriba. El resultado se antoja tan vibrante como épico. Incluso, hípico.
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