La tokenización también ha llegado a la música. Primero lo hizo en territorios más visibles para el gran público, como los fan tokens o los NFT asociados a experiencias digitales. Ahora empieza a entrar en una zona menos evidente de la industria. En 2025, Aria lanzó $APL , un activo de propiedad intelectual tokenizada vinculado a royalties parciales sobre canciones interpretadas por artistas como Justin Bieber, Miley Cyrus y BLACKPINK.El movimiento encaja en una industria que Goldman Sachs ve crecer desde los 105.000 millones de dólares de ingresos globales en 2024 hasta casi 200.000 millones en 2035.Esa transformación puede cambiar también la relación entre artistas y comunidades de seguidores, explica María Parga, consejera de The Muxic y Token City y presidenta de honor de Alastria. Para los creadores, la tokenización abre una vía de financiación sin depender solo de los intermediarios tradicionales y permite monetizar parte del valor económico futuro de sus obras.Noticia relacionada No No Industria cultural / La partitura de la innovación Las startups traen la melodía del cambio al negocio musical Laura Montero CarreteroPara los fans, introduce una forma más activa de participar en proyectos que admiran, mientras las plataformas actúan como punto de encuentro entre quienes ofrecen esos activos y quienes quieren entrar en ellos. Spotify, por ejemplo, afirma en su informe Loud & Clear que pagó más de 11.000 millones de dólares a titulares de derechos musicales en 2025, el mayor pago anual de su historia.La definición más clara de lo que es tokenizar la da Javier Pastor, director de formación institucional de Bit2Me. Consiste en convertir en un token digital un derecho económico recogido en un contrato . Un artista podría ofrecer, por ejemplo, el derecho a recibir una parte de los royalties futuros de una obra o de un catálogo. Ese mecanismo añade una vía de financiación y acerca al fan a los proyectos que apoya, aunque Pastor advierte de que no hay rentabilidad asegurada ni liquidez automática.Más teoría que prácticaAlberto Blanco, profesor experto en bolsa, mercados financieros y tokenización de activos del IEB, considera que la promesa de un mercado secundario para tokens ligados a derechos económicos musicales sigue siendo más teórica que práctica. Una bolsa o exchange donde los fans pudieran acudir como inversores sería, dice, un «win-win». Los artistas podrían listar participaciones sobre ingresos derivados de su actividad musical, sin poner en circulación la propiedad intelectual desnuda de sus obras, y los seguidores accederían a un activo que hoy suele quedar en manos de grandes vehículos de inversión.El token no debería confundirse con la obra, explica Celina Homps, encargada de soluciones empresariales en Brickken. La emisión puede adoptar la forma de un equity token, un royalty token o un utility token. Antes habría que identificar y valorar el activo, definir el tipo de derecho, estimar flujos esperados y atender al registro ante entidades de gestión colectiva. Según el diseño y la jurisdicción, el encaje puede moverse entre MiFID II y MiCA.En el momento actual, la conexión entre el token y el dinero real que produce una canción sigue descansando sobre contratos. Las plataformas de streaming o las entidades de gestión pagan a los titulares de derechos o a una entidad administradora en una cuenta bancaria, y desde ahí los ingresos pueden distribuirse a los tenedores mediante smart contracts , señala Homps, de Brickken. Los extractos servirían como prueba. La siguiente fase, comenta, será una integración más directa entre fuentes de ingresos y blockchain, con pagos en stablecoins a un contrato inteligente que reparta automáticamente según cada participación.Complicación rápidaEn música, la parte jurídica se complica pronto. En una misma obra pueden confluir autores, compositores, editoriales, productores fonográficos, sellos, intérpretes y entidades de gestión, recuerda Joaquim Matinero, counsel bancario-financiero, fintech y blockchain en Ceca Magán Abogados. Los derechos morales quedan fuera del comercio y algunos derechos económicos pueden estar cedidos, limitados o administrados colectivamente. Antes de emitir tokens hay que verificar quién puede hacerlo, qué ingresos se asignan, cómo se auditan y qué sucede si hay conflictos o cambios de explotación.La Unión Europea, Suiza, Luxemburgo, Singapur y Dubái ofrecen referencias distintas para la tokenización de activos intangibles o infraestructuras blockchain, apunta Matinero, de Ceca Magán Abogados. La Unión Europea cuenta con MiCA y el Régimen Piloto DLT ; otros mercados han avanzado en reconocimiento jurídico, custodia, sandboxes o autoridades específicas. España, sostiene, no debería copiar sin más esos modelos, pero sí ganar claridad práctica. La posibilidad de que algunos tokens sean considerados instrumentos financieros complica el proceso y obliga a diseñar cada emisión con cuidado desde el inicio.La gran barreraJavier Pastor, director de formación institucional de Bit2Me, considera que la barrera principal está menos en la tecnología que en la comprensión del usuario. Quien compra debe entender qué adquiere . Un token puede dar derecho a parte de los royalties, pero esos ingresos dependen de escuchas, licencias, territorios, plataformas y contratos que pueden cambiar. Para conseguir llegar al gran público habría que explicar qué porcentaje representa, durante cuánto tiempo, cómo se cobran y auditan los royalties y qué ocurre si hay un conflicto sobre la titularidad. Sin información transparente y mercado suficiente, el riesgo es crear propuestas atractivas sobre el papel pero difíciles de valorar y vender.La demanda potencial existe, cree María Parga, consejera de The Muxic y Token City y presidenta de honor de Alastria, porque la música atraviesa edades, públicos y geografías. El desafío principal sobre la mesa está en la estructuración del producto, la experiencia de usuario y el encaje regulatorio. La tokenización, remarca, pretende añadir nuevas formas de financiación, participación y transparencia a la industria musical tradicional. Si producto, regulación y experiencia avanzan al mismo ritmo, puede acercar los mercados de financiación a la economía creativa.La promesa, por ahora, convive con una advertencia. Los derechos musicales generan ingresos suficientes para despertar el interés de artistas, plataformas, inversores y seguidores, pero convertirlos en activos líquidos exige resolver la titularidad, el reparto, la supervisión y la comprensión del producto. La relación entre artista y fan puede hacerse más participativa si el token representa con precisión lo que promete. Es en ese terreno en el que se juega la diferencia entre una nueva vía de financiación para la música y otro producto difícil de explicar cuando se apaga el ruido inicial. La tokenización también ha llegado a la música. Primero lo hizo en territorios más visibles para el gran público, como los fan tokens o los NFT asociados a experiencias digitales. Ahora empieza a entrar en una zona menos evidente de la industria. En 2025, Aria lanzó $APL , un activo de propiedad intelectual tokenizada vinculado a royalties parciales sobre canciones interpretadas por artistas como Justin Bieber, Miley Cyrus y BLACKPINK.El movimiento encaja en una industria que Goldman Sachs ve crecer desde los 105.000 millones de dólares de ingresos globales en 2024 hasta casi 200.000 millones en 2035.Esa transformación puede cambiar también la relación entre artistas y comunidades de seguidores, explica María Parga, consejera de The Muxic y Token City y presidenta de honor de Alastria. Para los creadores, la tokenización abre una vía de financiación sin depender solo de los intermediarios tradicionales y permite monetizar parte del valor económico futuro de sus obras.Noticia relacionada No No Industria cultural / La partitura de la innovación Las startups traen la melodía del cambio al negocio musical Laura Montero CarreteroPara los fans, introduce una forma más activa de participar en proyectos que admiran, mientras las plataformas actúan como punto de encuentro entre quienes ofrecen esos activos y quienes quieren entrar en ellos. Spotify, por ejemplo, afirma en su informe Loud & Clear que pagó más de 11.000 millones de dólares a titulares de derechos musicales en 2025, el mayor pago anual de su historia.La definición más clara de lo que es tokenizar la da Javier Pastor, director de formación institucional de Bit2Me. Consiste en convertir en un token digital un derecho económico recogido en un contrato . Un artista podría ofrecer, por ejemplo, el derecho a recibir una parte de los royalties futuros de una obra o de un catálogo. Ese mecanismo añade una vía de financiación y acerca al fan a los proyectos que apoya, aunque Pastor advierte de que no hay rentabilidad asegurada ni liquidez automática.Más teoría que prácticaAlberto Blanco, profesor experto en bolsa, mercados financieros y tokenización de activos del IEB, considera que la promesa de un mercado secundario para tokens ligados a derechos económicos musicales sigue siendo más teórica que práctica. Una bolsa o exchange donde los fans pudieran acudir como inversores sería, dice, un «win-win». Los artistas podrían listar participaciones sobre ingresos derivados de su actividad musical, sin poner en circulación la propiedad intelectual desnuda de sus obras, y los seguidores accederían a un activo que hoy suele quedar en manos de grandes vehículos de inversión.El token no debería confundirse con la obra, explica Celina Homps, encargada de soluciones empresariales en Brickken. La emisión puede adoptar la forma de un equity token, un royalty token o un utility token. Antes habría que identificar y valorar el activo, definir el tipo de derecho, estimar flujos esperados y atender al registro ante entidades de gestión colectiva. Según el diseño y la jurisdicción, el encaje puede moverse entre MiFID II y MiCA.En el momento actual, la conexión entre el token y el dinero real que produce una canción sigue descansando sobre contratos. Las plataformas de streaming o las entidades de gestión pagan a los titulares de derechos o a una entidad administradora en una cuenta bancaria, y desde ahí los ingresos pueden distribuirse a los tenedores mediante smart contracts , señala Homps, de Brickken. Los extractos servirían como prueba. La siguiente fase, comenta, será una integración más directa entre fuentes de ingresos y blockchain, con pagos en stablecoins a un contrato inteligente que reparta automáticamente según cada participación.Complicación rápidaEn música, la parte jurídica se complica pronto. En una misma obra pueden confluir autores, compositores, editoriales, productores fonográficos, sellos, intérpretes y entidades de gestión, recuerda Joaquim Matinero, counsel bancario-financiero, fintech y blockchain en Ceca Magán Abogados. Los derechos morales quedan fuera del comercio y algunos derechos económicos pueden estar cedidos, limitados o administrados colectivamente. Antes de emitir tokens hay que verificar quién puede hacerlo, qué ingresos se asignan, cómo se auditan y qué sucede si hay conflictos o cambios de explotación.La Unión Europea, Suiza, Luxemburgo, Singapur y Dubái ofrecen referencias distintas para la tokenización de activos intangibles o infraestructuras blockchain, apunta Matinero, de Ceca Magán Abogados. La Unión Europea cuenta con MiCA y el Régimen Piloto DLT ; otros mercados han avanzado en reconocimiento jurídico, custodia, sandboxes o autoridades específicas. España, sostiene, no debería copiar sin más esos modelos, pero sí ganar claridad práctica. La posibilidad de que algunos tokens sean considerados instrumentos financieros complica el proceso y obliga a diseñar cada emisión con cuidado desde el inicio.La gran barreraJavier Pastor, director de formación institucional de Bit2Me, considera que la barrera principal está menos en la tecnología que en la comprensión del usuario. Quien compra debe entender qué adquiere . Un token puede dar derecho a parte de los royalties, pero esos ingresos dependen de escuchas, licencias, territorios, plataformas y contratos que pueden cambiar. Para conseguir llegar al gran público habría que explicar qué porcentaje representa, durante cuánto tiempo, cómo se cobran y auditan los royalties y qué ocurre si hay un conflicto sobre la titularidad. Sin información transparente y mercado suficiente, el riesgo es crear propuestas atractivas sobre el papel pero difíciles de valorar y vender.La demanda potencial existe, cree María Parga, consejera de The Muxic y Token City y presidenta de honor de Alastria, porque la música atraviesa edades, públicos y geografías. El desafío principal sobre la mesa está en la estructuración del producto, la experiencia de usuario y el encaje regulatorio. La tokenización, remarca, pretende añadir nuevas formas de financiación, participación y transparencia a la industria musical tradicional. Si producto, regulación y experiencia avanzan al mismo ritmo, puede acercar los mercados de financiación a la economía creativa.La promesa, por ahora, convive con una advertencia. Los derechos musicales generan ingresos suficientes para despertar el interés de artistas, plataformas, inversores y seguidores, pero convertirlos en activos líquidos exige resolver la titularidad, el reparto, la supervisión y la comprensión del producto. La relación entre artista y fan puede hacerse más participativa si el token representa con precisión lo que promete. Es en ese terreno en el que se juega la diferencia entre una nueva vía de financiación para la música y otro producto difícil de explicar cuando se apaga el ruido inicial.
La tokenización también ha llegado a la música. Primero lo hizo en territorios más visibles para el gran público, como los fan tokens o los NFT asociados a experiencias digitales. Ahora empieza a entrar en una zona menos evidente de la industria. En 2025, Aria … lanzó $APL, un activo de propiedad intelectual tokenizada vinculado a royalties parciales sobre canciones interpretadas por artistas como Justin Bieber, Miley Cyrus y BLACKPINK.
El movimiento encaja en una industria que Goldman Sachs ve crecer desde los 105.000 millones de dólares de ingresos globales en 2024 hasta casi 200.000 millones en 2035.
Esa transformación puede cambiar también la relación entre artistas y comunidades de seguidores, explica María Parga, consejera de The Muxic y Token City y presidenta de honor de Alastria. Para los creadores, la tokenización abre una vía de financiación sin depender solo de los intermediarios tradicionales y permite monetizar parte del valor económico futuro de sus obras.
Para los fans, introduce una forma más activa de participar en proyectos que admiran, mientras las plataformas actúan como punto de encuentro entre quienes ofrecen esos activos y quienes quieren entrar en ellos. Spotify, por ejemplo, afirma en su informe Loud & Clear que pagó más de 11.000 millones de dólares a titulares de derechos musicales en 2025, el mayor pago anual de su historia.
La definición más clara de lo que es tokenizar la da Javier Pastor, director de formación institucional de Bit2Me. Consiste en convertir en un token digital un derecho económico recogido en un contrato. Un artista podría ofrecer, por ejemplo, el derecho a recibir una parte de los royalties futuros de una obra o de un catálogo. Ese mecanismo añade una vía de financiación y acerca al fan a los proyectos que apoya, aunque Pastor advierte de que no hay rentabilidad asegurada ni liquidez automática.
Más teoría que práctica
Alberto Blanco, profesor experto en bolsa, mercados financieros y tokenización de activos del IEB, considera que la promesa de un mercado secundario para tokens ligados a derechos económicos musicales sigue siendo más teórica que práctica. Una bolsa o exchange donde los fans pudieran acudir como inversores sería, dice, un «win-win». Los artistas podrían listar participaciones sobre ingresos derivados de su actividad musical, sin poner en circulación la propiedad intelectual desnuda de sus obras, y los seguidores accederían a un activo que hoy suele quedar en manos de grandes vehículos de inversión.
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El token no debería confundirse con la obra, explica Celina Homps, encargada de soluciones empresariales en Brickken. La emisión puede adoptar la forma de un equity token, un royalty token o un utility token. Antes habría que identificar y valorar el activo, definir el tipo de derecho, estimar flujos esperados y atender al registro ante entidades de gestión colectiva. Según el diseño y la jurisdicción, el encaje puede moverse entre MiFID II y MiCA.
En el momento actual, la conexión entre el token y el dinero real que produce una canción sigue descansando sobre contratos. Las plataformas de streaming o las entidades de gestión pagan a los titulares de derechos o a una entidad administradora en una cuenta bancaria, y desde ahí los ingresos pueden distribuirse a los tenedores mediante smart contracts, señala Homps, de Brickken. Los extractos servirían como prueba. La siguiente fase, comenta, será una integración más directa entre fuentes de ingresos y blockchain, con pagos en stablecoins a un contrato inteligente que reparta automáticamente según cada participación.
Complicación rápida
En música, la parte jurídica se complica pronto. En una misma obra pueden confluir autores, compositores, editoriales, productores fonográficos, sellos, intérpretes y entidades de gestión, recuerda Joaquim Matinero, counsel bancario-financiero, fintech y blockchain en Ceca Magán Abogados. Los derechos morales quedan fuera del comercio y algunos derechos económicos pueden estar cedidos, limitados o administrados colectivamente. Antes de emitir tokens hay que verificar quién puede hacerlo, qué ingresos se asignan, cómo se auditan y qué sucede si hay conflictos o cambios de explotación.
La Unión Europea, Suiza, Luxemburgo, Singapur y Dubái ofrecen referencias distintas para la tokenización de activos intangibles o infraestructuras blockchain, apunta Matinero, de Ceca Magán Abogados. La Unión Europea cuenta con MiCA y el Régimen Piloto DLT; otros mercados han avanzado en reconocimiento jurídico, custodia, sandboxes o autoridades específicas. España, sostiene, no debería copiar sin más esos modelos, pero sí ganar claridad práctica. La posibilidad de que algunos tokens sean considerados instrumentos financieros complica el proceso y obliga a diseñar cada emisión con cuidado desde el inicio.
La gran barrera
Javier Pastor, director de formación institucional de Bit2Me, considera que la barrera principal está menos en la tecnología que en la comprensión del usuario. Quien compra debe entender qué adquiere. Un token puede dar derecho a parte de los royalties, pero esos ingresos dependen de escuchas, licencias, territorios, plataformas y contratos que pueden cambiar. Para conseguir llegar al gran público habría que explicar qué porcentaje representa, durante cuánto tiempo, cómo se cobran y auditan los royalties y qué ocurre si hay un conflicto sobre la titularidad. Sin información transparente y mercado suficiente, el riesgo es crear propuestas atractivas sobre el papel pero difíciles de valorar y vender.
La demanda potencial existe, cree María Parga, consejera de The Muxic y Token City y presidenta de honor de Alastria, porque la música atraviesa edades, públicos y geografías. El desafío principal sobre la mesa está en la estructuración del producto, la experiencia de usuario y el encaje regulatorio. La tokenización, remarca, pretende añadir nuevas formas de financiación, participación y transparencia a la industria musical tradicional. Si producto, regulación y experiencia avanzan al mismo ritmo, puede acercar los mercados de financiación a la economía creativa.
La promesa, por ahora, convive con una advertencia. Los derechos musicales generan ingresos suficientes para despertar el interés de artistas, plataformas, inversores y seguidores, pero convertirlos en activos líquidos exige resolver la titularidad, el reparto, la supervisión y la comprensión del producto. La relación entre artista y fan puede hacerse más participativa si el token representa con precisión lo que promete. Es en ese terreno en el que se juega la diferencia entre una nueva vía de financiación para la música y otro producto difícil de explicar cuando se apaga el ruido inicial.
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