Barcelona comparte un color global en primavera. Una mancha lavanda, con un punto frío y luminoso, salpica la ciudad coincidiendo con el tramo final de la estación. Detrás de ello está la flor de la jacaranda, un árbol de origen suramericano de la que hay 5.631 ejemplares contabilizados por Parcs y Jardins. Las postales que ofrecen cierta nubosidad que dan sus flores en racimo o las delicadas alfombras que forman al caer son típicas de ciudades como México, Buenos Aires o Pretoria. Y también es una imagen barcelonesa, al menos, desde hace más de siglo.
Los 5.631 ejemplares del árbol contabilizados por Parcs i Jardins crean la mancha lavanda que salpica Barcelona cada primavera
Barcelona comparte un color global en primavera. Una mancha lavanda, con un punto frío y luminoso, salpica la ciudad coincidiendo con el tramo final de la estación. Detrás de ello está la flor de la jacaranda, un árbol de origen suramericano de la que hay 5.631 ejemplares contabilizados por Parcs y Jardins. Las postales que ofrecen cierta nubosidad que dan sus flores en racimo o las delicadas alfombras que forman al caer son típicas de ciudades como México, Buenos Aires o Pretoria. Y también es una imagen barcelonesa, al menos, desde hace más de siglo.
Su nombre científico, Jacaranda mimosifolia, da pistas de su origen lejano: para denominarla se recurrió al término guaraní yacarandá, que significa madera dura, una cualidad que poco se aprecia en su rol de árbol urbano pero útil para los habitantes del norte de Argentina, Paraguay y Bolivia de donde es originaria. Pero fueron sus posibilidades estéticas las que le llevaron a otras latitudes, después de que viveristas anónimos o conocidos paisajistas quedaran prendados con su florescencia azulada.
El género de su nombre común también habla mucho de ella. Según el Diccionario panhispánico de dudas, la forma aguda jacaradá es masculina, y es propia de su lugar de origen. La variante grave, usada en México y algunos países del área centroamericana, es femenina, como también es la de la lengua catalana.
Barcelona no es la única ciudad donde la introducción del árbol tiene fecha y responsable más o menos claro. El urbanista Jean-Claude Nicolas Forestier plantó algunos de los primeros ejemplares en la capital catalana dentro de su plan para remozar la ciudad de cara a la Exposición Universal de 1929. En Ciudad de México, pocos años después, el japonés Tatsugorō Matsumoto propuso utilizarlo, en lugar del cerezo, dentro del encargo presidencial de embellecer la ciudad, con un ojo puesto en Washington. En Pretoria (Sudáfrica), otra de las capitales mundiales de la jacaranda, una placa del Consistorio que data de 1936 recuerda cómo en 1.889 un tal Jacob Daniël Celliers plantó los primeros ejemplares.
“Es un árbol que funciona muy bien”, explica Pere de Mas, jefe de Arbolado en Parcs i Jardins para argumentar su éxito. Sus virtudes van más allá de lo estético, continúa el experto en espacios verdes: de partida, el clima de Barcelona le aseguraba librarse de las heladas que le dañarían, pero además ha mostrado resistente a la sequía, le va bien en los suelos compactos y su tamaño razonable encaja bien en la aceras medianas.
Es un inmigrante modelo e integrado que incluso se ha metido en la lista las especies por las que se ha ido apostando para el cambio en el mix de especies de la ciudad. La idea del Ayuntamiento es que ninguna de las 170 identificadas en la trama urbana y parques supere la cuota del 15% (los plátanos están en un 20%) para asegurar la resistencia de todo el ecosistema ante posibles plagas o incluso las consecuencias del cambio climático.
Las jacarandas solo superan el 2% del total, de ahí que aún haya margen de crecimiento. De hecho, el efecto mancha de la primavera tiene que ver más con su distribución por todos los distritos de la ciudad. Una tercera parte de las registradas están entre Nou Barris y Sant Andreu, aunque si miramos solo las del arbolado alineado con las calles, el Eixample se lleva la palma. En el Catálogo de Árboles de Interés Local figura en cuatro entradas. Entre ellos está el ejemplar más antiguo, que data de 1904 y está en un jardín privado de un domicilio en la calle Alfonso XII de Gràcia. También el conjunto conformado por los nueve ejemplares de la plaza de Sagrada Família.
Se podría decir que la jacaranda es un ejemplo más de que nadie es profeta en su tierra. Tras 32 años de debate, en 1942 el Gobierno argentino descartó su flor acampanada como emblema nacional, en favor de la más exótica del ceibo, justificándose en una encuesta que hizo el diario La Razón entre 20.000 lectores. Ese mano a mano ha tenido en la capital catalana una segunda entrega. Hay ceibos en Barcelona, como el inmenso que se puede ver en Aragó con Enamorats, pero aún en números testimoniales. Los dos, eso sí, argentinos muy bien integrados.
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