Laura Poitras, ganadora del Oscar: «La política imperialista de sometimiento, secuestro y extorsión que EEUU ha practicado en el mundo ahora la aplica sobre sus propios ciudadanos con el ICE»

Si hacemos caso a la etimología en su sentido más miope, una distopia no es nada más que un mal (dys) lugar (topos); un sitio que convendría evitar. Sin embargo, el cine de terror, como el de fantasía y hasta la ciencia-ficción, está plagado de espacios indeseables a los que, contra todo pronóstico, acudimos con devoción. No es que nos guste pasarlo mal, es el propio sentido de la ficción terrorífica. La atracción por lo pavoroso tiene algo de catártico, de salvífico incluso. Como la propia religión, el terror en sus múltiples formas de consumo coloca al creyente, o al espectador, en la aceptación orgullosa de su desamparo. Somos vulnerables cuando admitimos el secreto de la fe y cuando nos abandonamos a la certeza sobrecogedora de lo desconocido, de lo que nos hace sufrir. Y es esa placentera indefensión bajo control en una sala de cine (o una iglesia) la que nos tranquiliza y, a costa incluso de cualquier atisbo de racionalidad, nos hace fuertes.

 La documentalista ganadora del Oscar y el Pulitzer presenta junto a Rachel Lauren Mueller They’re Here, un subyugante cuento de terror real sobre la resistencia en Mineápolis a la actuación de la policía de inmigración, ICE  

Si hacemos caso a la etimología en su sentido más miope, una distopia no es nada más que un mal (dys) lugar (topos); un sitio que convendría evitar. Sin embargo, el cine de terror, como el de fantasía y hasta la ciencia-ficción, está plagado de espacios indeseables a los que, contra todo pronóstico, acudimos con devoción. No es que nos guste pasarlo mal, es el propio sentido de la ficción terrorífica. La atracción por lo pavoroso tiene algo de catártico, de salvífico incluso. Como la propia religión, el terror en sus múltiples formas de consumo coloca al creyente, o al espectador, en la aceptación orgullosa de su desamparo. Somos vulnerables cuando admitimos el secreto de la fe y cuando nos abandonamos a la certeza sobrecogedora de lo desconocido, de lo que nos hace sufrir. Y es esa placentera indefensión bajo control en una sala de cine (o una iglesia) la que nos tranquiliza y, a costa incluso de cualquier atisbo de racionalidad, nos hace fuertes.

Otra cosa es cuando el terror está en la calle. Y lo está día a día en cada esquina. Otra cosa es cuando el terror lo promueve el propio Gobierno. Entonces, solo entonces, la distopía deja de ser un bonito tropo para convertirse en realidad. Pongamos Mineápolis. Pongamos una calle tomada por una policía de inmigración que no respeta los derechos más básicos y con un presupuesto estimado de unos 10.000 millones al año. Presupuesto que pagan los mismos ciudadanos que sufren su actuación.

«La idea de la película», cuenta la directora Laura Poitras, «nos vino de una publicación en Instagram de apenas 10 segundos. La cámara registra un paisaje invernal idílico. De repente, se oye: ‘Cierren las puertas, quédense dentro. Ya están aquí’. Era el prólogo de, en efecto, una película de terror. Pero era real». Con este instante de miedo arranca They’re Here (Están aquí), el documental de apenas 25 minutos de duración que cuenta con un detalle y precisión desusados lo que ahora mismo sucede en las calles de la ciudad de Minnesota que tiempo atrás vio las muertes de Renee Good y Alex Pretti. Y mucho más atrás, en otras circunstancias y con otros agentes implicados, la de George Floyd. La firma de esta soberbia pieza de terror corre a cargo de la documentalista ganadora del Oscar en 2015 por Citizenfour (además de León de Oro por La belleza y el dolor) y de Rachel Lauren Mueller.

«Nuestra idea», habla ahora Mueller, «nunca fue contar de nuevo lo que sabemos por los medios, sino mirar donde normalmente los medios no miran». En verdad, They’re Here es tanto la distopía que promete su esmerada realización, tan cerca del suspense como del simple estupor, como justo lo contrario. No digamos utopía, pero si, cuanto menos, esperanza. El foco no está puesto ni en las brutalidades de los perpetradores con la cara siempre cubierta, ni en la sensación de derrota que todo lo inunda ante los estamentos inermes de una democracia agónica incapaces de responder a los 90.000 secuestros registrados en los últimos meses. Ahora, los protagonistas son los que resisten. Que los hay. «Hay que entender que Mineápolis es una ciudad en la que todo el mundo se conoce y que, tras el asesinato de Floyd, supo cómo organizarse para reivindicar y hacer valer sus derechos», aclara Poitras.

Sobre los acordes de cristales rotos de Alessandro Cortini, la película discurre por la pantalla como un mal sueño del que, de repente, y con una puntualidad inesperada, surge la esperanza. «Toda mi filmografía vive de la necesidad de dar voz a los que no se dejan vencer por un poder injusto. El caso Snowden o el de la fotógrafa Nan Goldin a brazo partido contra la farmacéutica de los Sackler, responsables de la mayor epidemia de opioides de la historia de Estados Unidos, son solo dos ejemplos. De alguna manera, contra los que dicen que no hay nada que hacer, sentía la necesidad de hacer ver justo lo contrario. Lo vemos en Nueva York con el triunfo de Mamdani y lo vemos día a día en Mineápolis. Los que dicen que no se puede hacer nada contra el ICE y contra Trump, se rinden al statu quo. Y eso es inaceptable», afirma tajante Poitras.

Para la directora lo que sucede con el ICE es algo tan rechazable y anticivilizatorio como admitir que la violencia pueda formar parte de una democracia. «El único logro de la Administración Trump ha sido normalizar la violencia. A nadie se le escapa que el problema viene de mucho más atrás. Estados Unidos es un país fundado sobre una violencia que ahora se mistifica. La historia de mi país es una historia de violencia contra los pueblos indígenas; un país que creció gracias a la esclavitud. Pero lo que nunca nadie imaginó es ver fuerzas paramilitares ocupando ciudades enteras. La política imperialista de sometimiento, secuestro y extorsión que EEUU ha practicado en el mundo, ahora, con el ICE, la aplica sobre sus propios ciudadanos», añade Poitras con los ojos perfectamente abiertos.

La película no habla de futuro. Su final queda abierto. Se sabe que «la resistencia ha logrado que el ICE reduzca en un 80% su presencia en la ciudad», apunta Mueller. «Pero», sigue la directora, «nada parece indicar que vayan a cejar en su empeño de deportar a un millón de personas al año». En un momento dado, el documental da la palabra y la imagen a un habitante de Mineápolis desde hace 30 años. Todos los días va al trabajo, pero oculto en el maletero de un coche. El miedo está ahí y a todos incumbe.

Ha mencionado a Mamdani, ¿cree que el Partido Demócrata puede haber entendido el mensaje?
Para nada. El Partido Demócrata es un partido corrupto. Cuando bloqueó la elección de Bernie Sanders dio el poder a Trump. Por eso, ellos son también responsables. Y está volviendo a pasar. Llega un momento en que solo confías en el poder del pueblo para organizarse.

La respuesta es de Poitras y deja muy pocas opciones. Las dos directoras llevan sendas camisetas donde se lee alto y claro y en letras mayúsculas: FUCK FASCISM y FUCK ICE. Hay distopía sí, pero también la posibilidad de su contrario, que no es tanto utopía, como tal vez la esperanza.

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