Ojalá llegue el fin del mundo

No sé vosotros, pero yo me quedo colgada cuando encuentro una incógnita horrible pisando fuerte en la habitación; se convierte en el elefante capaz de desvelarme en la noche, aunque, como decía el poeta Paul Éluard, siempre vendrá el alba para disolver a los monstruos. La incertidumbre es tan incómoda como una señorita de compañía no solicitada. Ha llegado una nueva versión remasterizada del fin del mundo, una advertencia de que todo va muy deprisa y que chocaremos si no se toman las medidas pertinentes. Desde el Pantocrátor atemorizando con sus deditos al alza a los fieles, poca cosa ha cambiado: guerra fría o nuclear, el efecto 2000, la vuelta a los escenarios de Il Divo… La Humanidad ya no sabe cómo rubricar cada cierto tiempo un final reciclado con suficiente épica, aunque yo lo imagino bajo las órdenes cipotudas de Christopher Nolan.

 La incertidumbre es tan incómoda como una señorita de compañía no solicitada  

No sé vosotros, pero yo me quedo colgada cuando encuentro una incógnita horrible pisando fuerte en la habitación; se convierte en el elefante capaz de desvelarme en la noche, aunque, como decía el poeta Paul Éluard, siempre vendrá el alba para disolver a los monstruos. La incertidumbre es tan incómoda como una señorita de compañía no solicitada. Ha llegado una nueva versión remasterizada del fin del mundo, una advertencia de que todo va muy deprisa y que chocaremos si no se toman las medidas pertinentes. Desde el Pantocrátor atemorizando con sus deditos al alza a los fieles, poca cosa ha cambiado: guerra fría o nuclear, el efecto 2000, la vuelta a los escenarios de Il Divo… La Humanidad ya no sabe cómo rubricar cada cierto tiempo un final reciclado con suficiente épica, aunque yo lo imagino bajo las órdenes cipotudas de Christopher Nolan.

No sería, desde luego, la primera vez que anunciamos un cierre. Me he acordado de que en 1968, el artista Ad Reinhardt pintó una serie de lienzos negros, las Black Paintings, «las últimas pinturas que cualquiera puede hacer», según sus palabras. Se había alcanzado el límite evolutivo, ¿qué podía haber más allá? El crítico Arthur C. Danto emitió la defunción del arte y, sin embargo, por supuesto que hubo algo después, es lo que se llamó el arte después del fin del arte.

Si alguien fue capaz de decretarlo, quizá no resulte raro que imaginemos el nuestro. Sabemos que el objetivo de la especie animal es reproducirse como chinches, pero es posible que el de la humana, desviados ya del sentido original, sea morder nuestra extinción, construir nuestro desenlace, the mortal combat. No será el fin del mundo, sino tan solo el comienzo de uno mucho peor, eso que llama Naomi Klein y Astra Taylor el «fascismo de los tiempos finales», es decir, más nos vale que asumamos la fantasía del cataclismo venidero y vivamos con las consecuencias de sobrevivir a ello, sean cuales sean estas. Y tiene todo el sentido, entonces, esperar plácidamente debajo de un árbol a que eso suceda.

Y mientras, que madruguen las máquinas por nosotros, ¿quién las necesita? En todo caso, solo habría que desenchufarlas. Adiós internet, fuera Instagram, dejaría de necesitar dinero, volver al pueblo, la España vaciada se petaría, podría volver a aplastar frutitos rojos entre las yemas de mis dedos, comería orugas verdes. Me parece un final fantástico. Es curioso, no siento miedo, más bien el alivio de tener una alternativa rústica.

Quizá el final del mundo tan solo sea, precisamente, el principio de otro.

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