«Juntos hemos conseguido lo que todo el mundo decía que era imposible: por fin tenemos paz en Oriente Próximo». Donald Trump dijo estas palabras el pasado 13 de octubre en Egipto, en la cumbre en la que convocó a países de la región y aliados de EE.UU. para celebrar el acuerdo alcanzado en Gaza. La declaración es parte de la hipérbole en la que opera Trump: fue un acuerdo importante, pero provisional y limitado, de alto el fuego e intercambio de rehenes, que no acababa con el polvorín de Oriente Próximo. Medio año después, ha sido Trump quien ha decidido que no es el tiempo para la paz, sino para la guerra: de manera conjunta con Israel, estamos en la sexta semana de campaña militar contra Irán , un conflicto decretado por el presidente de EE.UU., con ramificaciones en una docena de países de la región y que ha convulsionado la economía mundial por el bloqueo del estrecho de Ormuz.Pese a la paradoja, el fin de las hostilidades en Gaza y la guerra desatada contra Irán forman parte de una misma estrategia de Trump: la idea de un Oriente Próximo estabilizado, enfocado en la prosperidad y el intercambio comercial regional, con una presencia normalizada de Israel y con EE.UU. como aliado en los negocios y en el combate de quienes no persigan esta idea. Irán y la guerra que está en marcha son la pieza clave para conseguir o desbaratar este legado.Si Trump hubiera perdido contra Kamala Harris en las presidenciales de 2024, no habría duda de que su gran legado en política exterior hubieran sido los llamados Acuerdos de Abraham . Cerrados en el final de su primer mandato, supusieron la normalización de relaciones de Israel con media docena de países musulmanes. En septiembre de 2020, Emiratos Árabes Unidos y Baréin fueron los primeros países árabes en reconocer formalmente a Israel desde que lo hiciera Jordania en 1994. Poco después se sumaron Marruecos y Sudán. Otras incorporaciones -Kazajstán, Somaliandia- se han hecho de forma más reciente.Noticia relacionada general No No Cuba indulta a 2.000 reos por la Semana Santa, pero no a presos políticos Camila AcostaEn mayo del año pasado, Trump dio un discurso de gran calado en Riad, la capital de Arabia Saudí. En él, abogó con más fuerza que nunca por la incorporación de sus anfitriones a los Acuerdos de Abraham. «Es mi sueño», dijo. Eso sería un catalizador de esa idea del Oriente Próximo estable y próspero. Lo dijo en un discurso de gran calado, que quedó enturbiado por las polémicas -escándalos de conflicto de interés- que acompañan siempre al presidente de EE.UU.«Nuestra tarea es unirnos contra los pocos agentes de caos y terror que quedan y que han secuestrado los sueños de millones y millones de personas extraordinarias», dijo. Hablaba, claro, de Irán y de los grupos y milicias que Teherán apoya y financia en la región, desde Hizbolá en Líbano a los hutíes de Yemén o, por supuesto, Hamás, que echó el freno a los esfuerzos diplomáticos de EE.UU. con Israel con los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023. En esa estrategia de Trump sobre Oriente Próximo, Irán es el obstáculo clave. El multimillonario neoyorquino ha tomado maniobras de agresividad creciente para acabar con la amenaza que representa: el asesinato en 2020 de Qasem Soleimani , el comandante clave de la Guardia Revolucionaria de Irán, los bombardeos contra instalaciones nucleares iraníes en junio del año pasado y, finalmente, la guerra actual.El lugar de Trump en la historiaLa política exterior -en especial, sus esfuerzos en Oriente Próximo- podrían ser la principal herencia de Trump tras su segundo mandato. El rupturismo y la agresividad de su política doméstica ha tenido un paralelo fuera de casa: la ambición de anexión de Canadá y Groenlandia, la fractura con la OTAN, la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, la creciente presión a Cuba… Y la guerra en Irán, donde se lo juega casi todo.«El curso de la guerra de Irán definirá el lugar de Trump en la historia», han defendido hace unos días los consultores políticos Douglas Schoen y Saul Mangel en ‘The Hill’. Ese curso de la guerra es, de momento, incierto. El conflicto aparenta estar enquistado, sin una salida clara. La superioridad militar de EE.UU. e Israel sobre Irán es evidente y pueden golpear objetivos a placer. Ha eliminado a parte de la cúpula de la República Islámica -empezando por su Líder Supremo, Alí Jamenei-, ha hundido la Armada iraní y puede seguir deteriorando su industria militar. Pero la justificación esencial de la guerra contra Irán -la amenaza nuclear- no ha desaparecido e Irán mantiene la suficiente capacidad militar para bloquear Ormuz, atacar a sus vecinos e incluso derribar aviones de guerra estadounidense, como acabamos de ver.Trump respondió esta semana a este ‘impasse’ sin ofrecer claridad ni explicar qué condiciones supondrán que considera que los objetivos de la guerra se han cumplido. Solo confirmó que seguirá adelante y reconoció de manera implícita que la guerra se alarga más de lo que él preveía: de una campaña de entre cuatro y seis semanas pasamos a otra de, por lo menos, entre siete y ocho semanas, según sus palabras.Seguir con el conflicto es una decisión que algunos ven necesaria. «Ahora que la guerra de Irán está aquí, EE.UU. debe completar su misión», ha defendido Frederick Kempe, presidente del ‘think tank’ Atlantic Council. Defiende que los países del Golfo, aunque de forma menos abierta que Israel, exigen a EE.UU. que siga con los ataques contra Irán.«Hay muchos análisis pesimistas sobre la guerra en estos momentos, pero dejan de lado una oportunidad histórica», ha asegurado Kempe. La guerra podría «neutralizar al gran desestabilizador de Oriente Próximo en las últimas cuatro décadas y crear nuevas oportunidades para la prosperidad y la seguridad regional».Es evidente que hay una tensión entre la perspectiva de la guerra desde de EE.UU. -donde abundan esos análisis pesimistas- y la de quienes anhelan un Irán que no sea una amenaza. La guerra ha llevado la gasolina en EE.UU. por encima del umbral psicológico de los cuatro dólares por galón y el mordisco a los bolsillos de los estadounidenses seguirá creciendo si la guerra se alarga. Esto es material político tóxico, en especial en un año electoral como este, donde los republicanos se juegan en otoño sus mayorías escasas en las dos cámaras del Congreso.La subida del galón de gasolina es material político tóxico, en especial en un año electoral, donde los republicanos se juegan sus mayorías escasas en las dos cámaras del CongresoAlgunos piden a Trump que eso no pese en su estrategia en Irán. Zineb Riboua, investigadora del ‘think tank’ conservador Hudson Institute, considera que la guerra supone una «rara oportunidad estratégica» para solidificar y ampliar los Acuerdos de Abraham, para llevarlos del «simbolismo diplomático a una arquitectura de seguridad integrada». Una oportunidad, también, para que China no le coma terreno a EE.UU. en esta región, como ha hecho en los últimos años.Ese resultado, sin embargo, no está garantizado. El rumbo de la guerra sigue abierto. Los caminos que podría tomar Trump van desde una operación terrestre llena de riesgos a una traca final de ataques a extraer una solución negociada de lo que queda de la teocracia iraní. Lo único seguro es que sus errores y aciertos definirán el tiempo que le queda en la Casa Blanca y su legado. «Juntos hemos conseguido lo que todo el mundo decía que era imposible: por fin tenemos paz en Oriente Próximo». Donald Trump dijo estas palabras el pasado 13 de octubre en Egipto, en la cumbre en la que convocó a países de la región y aliados de EE.UU. para celebrar el acuerdo alcanzado en Gaza. La declaración es parte de la hipérbole en la que opera Trump: fue un acuerdo importante, pero provisional y limitado, de alto el fuego e intercambio de rehenes, que no acababa con el polvorín de Oriente Próximo. Medio año después, ha sido Trump quien ha decidido que no es el tiempo para la paz, sino para la guerra: de manera conjunta con Israel, estamos en la sexta semana de campaña militar contra Irán , un conflicto decretado por el presidente de EE.UU., con ramificaciones en una docena de países de la región y que ha convulsionado la economía mundial por el bloqueo del estrecho de Ormuz.Pese a la paradoja, el fin de las hostilidades en Gaza y la guerra desatada contra Irán forman parte de una misma estrategia de Trump: la idea de un Oriente Próximo estabilizado, enfocado en la prosperidad y el intercambio comercial regional, con una presencia normalizada de Israel y con EE.UU. como aliado en los negocios y en el combate de quienes no persigan esta idea. Irán y la guerra que está en marcha son la pieza clave para conseguir o desbaratar este legado.Si Trump hubiera perdido contra Kamala Harris en las presidenciales de 2024, no habría duda de que su gran legado en política exterior hubieran sido los llamados Acuerdos de Abraham . Cerrados en el final de su primer mandato, supusieron la normalización de relaciones de Israel con media docena de países musulmanes. En septiembre de 2020, Emiratos Árabes Unidos y Baréin fueron los primeros países árabes en reconocer formalmente a Israel desde que lo hiciera Jordania en 1994. Poco después se sumaron Marruecos y Sudán. Otras incorporaciones -Kazajstán, Somaliandia- se han hecho de forma más reciente.Noticia relacionada general No No Cuba indulta a 2.000 reos por la Semana Santa, pero no a presos políticos Camila AcostaEn mayo del año pasado, Trump dio un discurso de gran calado en Riad, la capital de Arabia Saudí. En él, abogó con más fuerza que nunca por la incorporación de sus anfitriones a los Acuerdos de Abraham. «Es mi sueño», dijo. Eso sería un catalizador de esa idea del Oriente Próximo estable y próspero. Lo dijo en un discurso de gran calado, que quedó enturbiado por las polémicas -escándalos de conflicto de interés- que acompañan siempre al presidente de EE.UU.«Nuestra tarea es unirnos contra los pocos agentes de caos y terror que quedan y que han secuestrado los sueños de millones y millones de personas extraordinarias», dijo. Hablaba, claro, de Irán y de los grupos y milicias que Teherán apoya y financia en la región, desde Hizbolá en Líbano a los hutíes de Yemén o, por supuesto, Hamás, que echó el freno a los esfuerzos diplomáticos de EE.UU. con Israel con los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023. En esa estrategia de Trump sobre Oriente Próximo, Irán es el obstáculo clave. El multimillonario neoyorquino ha tomado maniobras de agresividad creciente para acabar con la amenaza que representa: el asesinato en 2020 de Qasem Soleimani , el comandante clave de la Guardia Revolucionaria de Irán, los bombardeos contra instalaciones nucleares iraníes en junio del año pasado y, finalmente, la guerra actual.El lugar de Trump en la historiaLa política exterior -en especial, sus esfuerzos en Oriente Próximo- podrían ser la principal herencia de Trump tras su segundo mandato. El rupturismo y la agresividad de su política doméstica ha tenido un paralelo fuera de casa: la ambición de anexión de Canadá y Groenlandia, la fractura con la OTAN, la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, la creciente presión a Cuba… Y la guerra en Irán, donde se lo juega casi todo.«El curso de la guerra de Irán definirá el lugar de Trump en la historia», han defendido hace unos días los consultores políticos Douglas Schoen y Saul Mangel en ‘The Hill’. Ese curso de la guerra es, de momento, incierto. El conflicto aparenta estar enquistado, sin una salida clara. La superioridad militar de EE.UU. e Israel sobre Irán es evidente y pueden golpear objetivos a placer. Ha eliminado a parte de la cúpula de la República Islámica -empezando por su Líder Supremo, Alí Jamenei-, ha hundido la Armada iraní y puede seguir deteriorando su industria militar. Pero la justificación esencial de la guerra contra Irán -la amenaza nuclear- no ha desaparecido e Irán mantiene la suficiente capacidad militar para bloquear Ormuz, atacar a sus vecinos e incluso derribar aviones de guerra estadounidense, como acabamos de ver.Trump respondió esta semana a este ‘impasse’ sin ofrecer claridad ni explicar qué condiciones supondrán que considera que los objetivos de la guerra se han cumplido. Solo confirmó que seguirá adelante y reconoció de manera implícita que la guerra se alarga más de lo que él preveía: de una campaña de entre cuatro y seis semanas pasamos a otra de, por lo menos, entre siete y ocho semanas, según sus palabras.Seguir con el conflicto es una decisión que algunos ven necesaria. «Ahora que la guerra de Irán está aquí, EE.UU. debe completar su misión», ha defendido Frederick Kempe, presidente del ‘think tank’ Atlantic Council. Defiende que los países del Golfo, aunque de forma menos abierta que Israel, exigen a EE.UU. que siga con los ataques contra Irán.«Hay muchos análisis pesimistas sobre la guerra en estos momentos, pero dejan de lado una oportunidad histórica», ha asegurado Kempe. La guerra podría «neutralizar al gran desestabilizador de Oriente Próximo en las últimas cuatro décadas y crear nuevas oportunidades para la prosperidad y la seguridad regional».Es evidente que hay una tensión entre la perspectiva de la guerra desde de EE.UU. -donde abundan esos análisis pesimistas- y la de quienes anhelan un Irán que no sea una amenaza. La guerra ha llevado la gasolina en EE.UU. por encima del umbral psicológico de los cuatro dólares por galón y el mordisco a los bolsillos de los estadounidenses seguirá creciendo si la guerra se alarga. Esto es material político tóxico, en especial en un año electoral como este, donde los republicanos se juegan en otoño sus mayorías escasas en las dos cámaras del Congreso.La subida del galón de gasolina es material político tóxico, en especial en un año electoral, donde los republicanos se juegan sus mayorías escasas en las dos cámaras del CongresoAlgunos piden a Trump que eso no pese en su estrategia en Irán. Zineb Riboua, investigadora del ‘think tank’ conservador Hudson Institute, considera que la guerra supone una «rara oportunidad estratégica» para solidificar y ampliar los Acuerdos de Abraham, para llevarlos del «simbolismo diplomático a una arquitectura de seguridad integrada». Una oportunidad, también, para que China no le coma terreno a EE.UU. en esta región, como ha hecho en los últimos años.Ese resultado, sin embargo, no está garantizado. El rumbo de la guerra sigue abierto. Los caminos que podría tomar Trump van desde una operación terrestre llena de riesgos a una traca final de ataques a extraer una solución negociada de lo que queda de la teocracia iraní. Lo único seguro es que sus errores y aciertos definirán el tiempo que le queda en la Casa Blanca y su legado.
«Juntos hemos conseguido lo que todo el mundo decía que era imposible: por fin tenemos paz en Oriente Próximo». Donald Trump dijo estas palabras el pasado 13 de octubre en Egipto, en la cumbre en la que convocó a países de la región y … aliados de EE.UU. para celebrar el acuerdo alcanzado en Gaza. La declaración es parte de la hipérbole en la que opera Trump: fue un acuerdo importante, pero provisional y limitado, de alto el fuego e intercambio de rehenes, que no acababa con el polvorín de Oriente Próximo. Medio año después, ha sido Trump quien ha decidido que no es el tiempo para la paz, sino para la guerra: de manera conjunta con Israel, estamos en la sexta semana de campaña militar contra Irán, un conflicto decretado por el presidente de EE.UU., con ramificaciones en una docena de países de la región y que ha convulsionado la economía mundial por el bloqueo del estrecho de Ormuz.
Pese a la paradoja, el fin de las hostilidades en Gaza y la guerra desatada contra Irán forman parte de una misma estrategia de Trump: la idea de un Oriente Próximo estabilizado, enfocado en la prosperidad y el intercambio comercial regional, con una presencia normalizada de Israel y con EE.UU. como aliado en los negocios y en el combate de quienes no persigan esta idea. Irán y la guerra que está en marcha son la pieza clave para conseguir o desbaratar este legado.
Si Trump hubiera perdido contra Kamala Harris en las presidenciales de 2024, no habría duda de que su gran legado en política exterior hubieran sido los llamados Acuerdos de Abraham. Cerrados en el final de su primer mandato, supusieron la normalización de relaciones de Israel con media docena de países musulmanes. En septiembre de 2020, Emiratos Árabes Unidos y Baréin fueron los primeros países árabes en reconocer formalmente a Israel desde que lo hiciera Jordania en 1994. Poco después se sumaron Marruecos y Sudán. Otras incorporaciones -Kazajstán, Somaliandia- se han hecho de forma más reciente.
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En mayo del año pasado, Trump dio un discurso de gran calado en Riad, la capital de Arabia Saudí. En él, abogó con más fuerza que nunca por la incorporación de sus anfitriones a los Acuerdos de Abraham. «Es mi sueño», dijo. Eso sería un catalizador de esa idea del Oriente Próximo estable y próspero. Lo dijo en un discurso de gran calado, que quedó enturbiado por las polémicas -escándalos de conflicto de interés- que acompañan siempre al presidente de EE.UU.
«Nuestra tarea es unirnos contra los pocos agentes de caos y terror que quedan y que han secuestrado los sueños de millones y millones de personas extraordinarias», dijo. Hablaba, claro, de Irán y de los grupos y milicias que Teherán apoya y financia en la región, desde Hizbolá en Líbano a los hutíes de Yemén o, por supuesto, Hamás, que echó el freno a los esfuerzos diplomáticos de EE.UU. con Israel con los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023.
En esa estrategia de Trump sobre Oriente Próximo, Irán es el obstáculo clave. El multimillonario neoyorquino ha tomado maniobras de agresividad creciente para acabar con la amenaza que representa: el asesinato en 2020 de Qasem Soleimani, el comandante clave de la Guardia Revolucionaria de Irán, los bombardeos contra instalaciones nucleares iraníes en junio del año pasado y, finalmente, la guerra actual.
El lugar de Trump en la historia
La política exterior -en especial, sus esfuerzos en Oriente Próximo- podrían ser la principal herencia de Trump tras su segundo mandato. El rupturismo y la agresividad de su política doméstica ha tenido un paralelo fuera de casa: la ambición de anexión de Canadá y Groenlandia, la fractura con la OTAN, la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, la creciente presión a Cuba… Y la guerra en Irán, donde se lo juega casi todo.
«El curso de la guerra de Irán definirá el lugar de Trump en la historia», han defendido hace unos días los consultores políticos Douglas Schoen y Saul Mangel en ‘The Hill’. Ese curso de la guerra es, de momento, incierto. El conflicto aparenta estar enquistado, sin una salida clara. La superioridad militar de EE.UU. e Israel sobre Irán es evidente y pueden golpear objetivos a placer. Ha eliminado a parte de la cúpula de la República Islámica -empezando por su Líder Supremo, Alí Jamenei-, ha hundido la Armada iraní y puede seguir deteriorando su industria militar. Pero la justificación esencial de la guerra contra Irán -la amenaza nuclear- no ha desaparecido e Irán mantiene la suficiente capacidad militar para bloquear Ormuz, atacar a sus vecinos e incluso derribar aviones de guerra estadounidense, como acabamos de ver.
Trump respondió esta semana a este ‘impasse’ sin ofrecer claridad ni explicar qué condiciones supondrán que considera que los objetivos de la guerra se han cumplido. Solo confirmó que seguirá adelante y reconoció de manera implícita que la guerra se alarga más de lo que él preveía: de una campaña de entre cuatro y seis semanas pasamos a otra de, por lo menos, entre siete y ocho semanas, según sus palabras.
Seguir con el conflicto es una decisión que algunos ven necesaria. «Ahora que la guerra de Irán está aquí, EE.UU. debe completar su misión», ha defendido Frederick Kempe, presidente del ‘think tank’ Atlantic Council. Defiende que los países del Golfo, aunque de forma menos abierta que Israel, exigen a EE.UU. que siga con los ataques contra Irán.
«Hay muchos análisis pesimistas sobre la guerra en estos momentos, pero dejan de lado una oportunidad histórica», ha asegurado Kempe. La guerra podría «neutralizar al gran desestabilizador de Oriente Próximo en las últimas cuatro décadas y crear nuevas oportunidades para la prosperidad y la seguridad regional».
Es evidente que hay una tensión entre la perspectiva de la guerra desde de EE.UU. -donde abundan esos análisis pesimistas- y la de quienes anhelan un Irán que no sea una amenaza. La guerra ha llevado la gasolina en EE.UU. por encima del umbral psicológico de los cuatro dólares por galón y el mordisco a los bolsillos de los estadounidenses seguirá creciendo si la guerra se alarga. Esto es material político tóxico, en especial en un año electoral como este, donde los republicanos se juegan en otoño sus mayorías escasas en las dos cámaras del Congreso.
La subida del galón de gasolina es material político tóxico, en especial en un año electoral, donde los republicanos se juegan sus mayorías escasas en las dos cámaras del Congreso
Algunos piden a Trump que eso no pese en su estrategia en Irán. Zineb Riboua, investigadora del ‘think tank’ conservador Hudson Institute, considera que la guerra supone una «rara oportunidad estratégica» para solidificar y ampliar los Acuerdos de Abraham, para llevarlos del «simbolismo diplomático a una arquitectura de seguridad integrada». Una oportunidad, también, para que China no le coma terreno a EE.UU. en esta región, como ha hecho en los últimos años.
Ese resultado, sin embargo, no está garantizado. El rumbo de la guerra sigue abierto. Los caminos que podría tomar Trump van desde una operación terrestre llena de riesgos a una traca final de ataques a extraer una solución negociada de lo que queda de la teocracia iraní. Lo único seguro es que sus errores y aciertos definirán el tiempo que le queda en la Casa Blanca y su legado.
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