Por qué aún no hay un consenso científico en torno a las redes y la salud mental: «Los estudios robustos son de las compañías»

El principal obstáculo de este debate es que la mayoría de los trabajos que se han realizado hasta el momento son correlacionales.
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Las claves

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No existe un consenso científico claro sobre el impacto de las redes sociales en la salud mental de los menores.

La mayoría de los estudios son observacionales y no pueden establecer una relación causa-efecto entre redes sociales y problemas de salud mental.

Algunos estudios indican que los síntomas depresivos previos pueden llevar a un mayor uso de redes sociales, no al revés.

El uso problemático de las redes sociales afecta más a la salud mental de los menores que el tiempo de uso, pero las pruebas experimentales no son concluyentes.

La sentencia pionera en Estados Unidos contra Meta y YouTube por dañar la salud mental de los menores reabre un polémico debate sobre el que aún no hay una respuesta clara desde el ámbito científico.

Los estudios realizados han demostrado que el uso problemático de las redes sociales puede llegar a aumentar los síntomas depresivos entre los menores. Otros también lo han asociado a cambios en el neurodesarrollo de los menores.

Sin embargo, buena parte de ellos son observacionales, como se conoce a los trabajos en los que los investigadores no alteran el entorno de los participantes, sino que simplemente miden determinadas variables sin intervención alguna.

Las investigaciones que mejores datos ofrecen son aquellas en las que se recurre a un diseño experimental, señala a EL ESPAÑOL Daniel Lloret, doctor en Psicología especializado en adicciones y profesor en la Universidad Miguel Hernández (UMH).

Sin relación causa-efecto

Lo que sucede es que, por razones éticas, no se pueden hacer en muchas ocasiones. Pero «las que sí que tienen estos estudios más robustos son las propias compañías, a las que les interesa saber cómo conseguir un mayor tiempo de permanencia».

Con estos resultados han llegado a la conclusión de que cuanto peor se siente la persona, más tiempo permanece en las redes sociales: «Es una relación mórbida que plantea el dilema ético de ganar dinero a costa de la salud mental».

En España, se calcula que al menos uno de cada ocho menores tiene un problema de salud mental, mientras que un 34% presenta síntomas en niveles que pueden evolucionar de forma negativa si no se detectan y abordan a tiempo.

Más allá del tiempo de utilización de las redes sociales que puedan hacer, lo que resulta más relevante para los expertos son los aspectos emocionales que aparecen, como la ansiedad cuando no se les permite conectarse.

«El menor puede tener un perfil de vulnerabilidad y, como ha quedado demostrado, lo que buscan las redes sociales es una mayor implicación a costa de su salud mental«, comenta Lloret, quien conoce bien de qué forma les puede afectar un uso problemático.

Y es que ha dirigido un estudio, publicado recientemente en la revista Scientific Reports, en el que han demostrado que el uso intensivo de las redes sociales aumenta los síntomas depresivos en menores de 16 años (a partir de esta edad no se observan como en etapas más tempranas).

Las consecuencias negativas llegan cuando la falta de autorregulación en las redes les impide cumplir sus objetivos. Además, enfatizan en que el uso problemático impacta más en la salud mental de los menores que el número de horas que puedan pasar delante de la pantalla.

Sin embargo, la variable más estudiada suele ser el tiempo de uso; ignorando otros aspectos importantes como la plataforma que se utiliza, el contenido que consumen o si el uso es activo. Lloret aclara, eso sí, que en su estudio no han demostrado una relación causa-efecto.

Algunos estudios establecen incluso que la dirección causal puede ser la opuesta a la que se asume habitualmente; es decir, que el uso de las redes no predice los síntomas depresivos posteriores.

En cambio, los síntomas depresivos previos sí que predicen un aumento en el uso de las redes, tal y como se ha comprobado en investigaciones que han realizado seguimientos de hasta seis años.

Ni diferencias significativas

Hay algunos autores que incluso han advertido que los resultados guardan una estrecha relación con la metodología que se utiliza: eligiendo distintas variables, se pueden obtener conclusiones distintas.

A la traba del tipo de estudio que se realiza en la mayoría de los casos se le suma que en aquellos en los que sí que se aplica una metodología experimental los resultados no terminan de ser concluyentes.

Es lo que sucedió, por ejemplo, con este trabajo de la Universidad de Gante (Bélgica). En él, limitaron el uso de redes sociales a 30 minutos diarios durante dos semanas, mientras que el otro grupo las utilizaba como solía hacerlo normalmente.

Entre ambos casos no hubo ninguna diferencia significativa en aspectos como la ansiedad, la depresión o la autoestima. Un reciente metaanálisis con datos de más de 4.000 participantes en experimentos similares llegó a esta misma conclusión.

Como apuntó en este artículo de EL ESPAÑOL José C. Perales, catedrático del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada, nunca se va a saber a qué se deben los cambios, en el caso de que se produzca.

Lloret, por su parte, entiende que los legisladores no pueden mirar para otro lado porque estamos hablando de la salud mental de los menores: «Aunque sea como ponerle puertas al campo, es necesario. Otra cuestión es el efecto que tendrá», concluye.

 El Español – Salud

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