Rachel Szor y Yuval Abraham, directores del documental en el que los militares israelíes confiesan sus crímenes: «Matan desde la deshumanización y después se van a comer una hamburguesa»

Yuval Abraham y Rachel Szor se sientan uno al lado del otro. Visten de negro y responden serios a una protocolaria felicitación por su trabajo. NAZA, el documental que les hace dar entrevistas juntos, de negro y serios, es un relato que, en verdad, admite pocos o ningún gesto de alegría. Ellos son dos de los cuatro directores que en 2024 firmaron No Other Land, sobre el acoso de Israel a los palestinos en Cisjordania, ganadora del Oscar a mejor documental.

 Los responsables de la película ganadora del Premio Especial en el Festival en Venecia y en la que los militares israelíes confiesan su plan sistemático para eliminar a la población gazatí analizan la situación en su país ante las próximas elecciones. El gobierno israelí ha pedido que se les retire la nacionalidad y los padres de ella han sido acosados en su vivienda  

Yuval Abraham y Rachel Szor se sientan uno al lado del otro. Visten de negro y responden serios a una protocolaria felicitación por su trabajo. NAZA, el documental que les hace dar entrevistas juntos, de negro y serios, es un relato que, en verdad, admite pocos o ningún gesto de alegría. Ellos son dos de los cuatro directores que en 2024 firmaron No Other Land, sobre el acoso de Israel a los palestinos en Cisjordania, ganadora del Oscar a mejor documental.

La película que acaban de presentar es, en esencia, una sucesión de entrevistas en las que 24 militares, expertos en inteligencia y empleados del Estado israelí cuentan a cámara con el rostro velado lo que han hecho. Todas las conversaciones discurren desde una azotea en Tel Aviv, de noche. Al fondo, una ciudad entera duerme. Se les escucha hablar y también se escuchan los silencios crudos e insoportables entre el ruido de las atrocidades cometidas en Gaza que relatan.

NAZA es el acrónimo que el ejército israelí utiliza para referirse a los «daños colaterales». Cuentan cómo para dar con el objetivo buscado llegaron a asesinar hasta a 500 personas. Familias enteras exterminadas. Edificios demolidos desde los cimientos. Cuentan las muertes y las muertes que cuentan les cuentan a ellos. Apenas un día después de esta entrevista, la película se hizo con el Premio Especial del Jurado en el Festival de Venecia y acto seguido, el ministro de Cultura Israelí pidió que se les retirará la nacionalidad a los dos cineastas y la casa de los padres de Rachel fue acosada por manifestantes de extrema derecha. Serios. De negro.

P. Las entrevistas para NAZA arrancaron un año antes de presentar No Other Land en 2024. ¿Cómo se relacionan ambas películas?

Y.A. En verdad, el trabajo previo para NAZA lo iniciamos incluso antes. Tras la masacre del 7 de octubre de 2023 vimos que tanto en nuestro Gobierno como en la sociedad israelí se extendió la idea de que en Gaza no había inocentes, de que todos los palestinos merecían morir. Nos pareció un lenguaje genocida y pensamos que debíamos hacer algo al respecto, aprovechar nuestras investigaciones para hacer una película que explorara los sistemas que el ejercito israelí utiliza para sus ataques en Gaza. La palabra clave, por responder a la pregunta, es sistema. Eso es lo que conecta a las dos producciones. No Other Land analiza un sistema que opera destruyendo viviendas para expulsar a los palestinos de Cisjordania. NAZA describe un sistema de exterminio que, a mi juicio, persigue el mismo objetivo. Es un sistema que ha acabado con la vida de 73.000 personas.

P. ¿Por qué accedieron a hablar los militares israelíes?

R.S. Había un vínculo previo que muchos de ellos ya habían establecido con Yuval como periodista. Conocían sus textos. Pero además llevamos muchos años examinando la inteligencia israelí, que es algo de lo que apenas se habla ni entre la sociedad israelí no en el resto del mundo. El acceso a estas unidades secretas que representan la élite de la sociedad israelí es muy limitado. Fue un largo proceso y llevó mucho tiempo convencerlos. Pero, a veces, todo se reduce a formular las preguntas adecuadas y a aprovechar nuestros privilegios como israelíes: estamos allí y hablamos hebreo.

P. ¿Cuánto de lo escuchado es nuevo para la sociedad israelí? Quiero decir, ¿es consciente el pueblo de lo que cuenta la película?

Y.A. En mi opinión, no se trata de un planteamiento binario del tipo: eres consciente o no. Hasta cierto punto, todo el mundo en Israel es consciente, no hay excusa posible. Muchos israelíes -y cuando digo «muchos» me refiero a más del 60 o 70 %, según las encuestas- están de acuerdo con la afirmación de que no hay civiles inocentes en Gaza. Así que, si piensas eso y ves nuestra película -en la que los soldados admiten haber matado a muchos civiles inocentes- obviamente eres consciente de ello, porque es, en gran medida, lo que tú crees que debe suceder.

P. Antes mencionaban que es la élite de Israel quien deciden a quién matar…

R.S. Sí, y además es interesante analizar con qué espectro político se identifican. Quienes se incorporan a los servicios de inteligencia suelen ser israelíes que se consideran de centroizquierda, liberales y contrarios a Netanyahu. Es decir, las personas que perpetran algunas de las matanzas y crímenes más atroces no son necesariamente el tipo de israelíes que sostienen que todos los palestinos deben morir. Para mí, esto plantea interrogantes inquietantes sobre el acto de matar, ya que a menudo imaginamos a los asesinos como personas que actúan impulsadas por algún tipo de odio visceral. Y no es así. Aquí tenemos un tipo de asesinato diferente que nace de un racismo y una deshumanización atroces. Es un asesinato que ocurre en una sala con aire acondicionado, a distancia, donde puedes lanzar un ataque y seguir a la tuyo. Como se escucha decir a alguien: «Terminamos el ataque y luego salí a Tel Aviv y me comí una hamburguesa en la calle de al lado». Hablamos del barrio, digamos, liberal.

P. Imagino que ese modelo de conducta podría ser extensivo a todo Occidente.

Y.A. Sí, es la forma como Occidente suele matar. Lo hemos visto a lo largo del siglo XX y en toda la historia del colonialismo. Ha sido bastante común ver a gente cometer crímenes terribles, pero aferrándose a una idea propia de la Ilustración y a una especie de superioridad moral.

«Tras el 7 de octubre en la sociedad israelí se extendió la idea de que no había inocentes en Gaza, que todos merecían morir»

P. ¿Cuánto de problemático o de moralmente dudoso es dar voz a los perpetradores de crímenes?

R.S. Lo que nos motivó siempre es conocer cómo sucede lo que sucede de la manera más precisa y clara posible. Lo que pedíamos a los entrevistados no era un juicio moral de lo que hacían, sino que explicaran con detalle lo que hacían. Nada más. La lógica de la película, su objetivo es describir lo que sucedió, aportar un testimonio desde dentro. Por supuesto, podemos saber qué pasó hablando con los palestinos y viendo las imágenes que llegan de Gaza. Pero estamos convencidos del valor de que un testimonio provenga también del ejército que llevó a cabo las acciones, de las propias personas que las ejecutaron. En cierto sentido, esto dificulta la negación de los hechos.

Y.A. Al mismo tiempo queríamos poner un espejo a Netanyahu. Hablamos de alguien que terminó la secundaria en Estados Unidos, que se convirtió en una especie de celebridad allí. Construyó su carrera a mediados de los años 80 como embajador ante la ONU en Nueva York y pasó a ser un experto en terrorismo. Y gran parte de su retórica -resulta llamativo ver cómo se mantiene inalterada desde los años 80 hasta hoy- se basa en esa idea de una guerra entre civilización y barbarie, de la luz contra la oscuridad. Existe esa noción de que cuando matamos a alguien inocente es solo por accidente, por error. Eso o que se trata de daños colaterales. Sin embargo, al examinar a fondo estos sistemas, esas distinciones entre el bien y el mal, entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad, revelan su falsedad y su superficialidad. Hay un momento en la película en el que Netanyahu, a mediados de los 80, da su definición de terrorismo: el asesinato intencionado de civiles con fines políticos. Bueno, eso es lo que ocurre en Gaza.

P. ¿Creen que todo forma parte de un proyecto político que viene de mucho antes del 7 de octubre?

Y.A. Se trata de un hombre que, para impedir la creación de un Estado palestino o para lograr que los palestinos abandonen Gaza, ha cometido crímenes graves contra civiles. Todo lo que ha hecho Netayanhu lo ha hecho con el apoyo de países occidentales bajo ese presupuesto de contraponer civilización y barbarie. Eso supone aceptar que la vida de un grupo de personas tiene más valor que la de otro, y es muy relevante para comprender lo que sucedió y por qué el mundo permitió que ocurriera.

P. Mostraron los militares, aunque fuera con la cámara apagada, alguna forma de arrepentimiento?

R.S. Todos los entrevistados sabían lo que iban a hacer. No hubo cámaras ocultas o engaños. Todos firmaron un consentimiento. Conocían los riesgos. Los motivos de cada uno son diferentes. Algunos tenían una motivación ética: sentían que lo que hicieron estuvo mal y querían hacerlo público. Pero para otros, al no reconocer el crimen, les resultó fácil participar en la matanza y luego hablar de ella. No lo percibían como algo trascendental. La absoluta deshumanización de su trabajo les hizo fácil hablar.

P. ¿Cómo imaginan el futuro de su país después de las elecciones del 26 de octubre?

R.S. Es una pregunta difícil porque han pasado muchas cosas en los últimos tres años y, al menos para mí, viviendo en la sociedad israelí, da la sensación de que no se reconoce nada de lo ocurrido. Nadie habla de los crímenes que hemos cometido en Gaza. Es muy extraño. Es terrible que haya elecciones y que la masacre de Gaza ni siquiera sea un tema de conversación. Personalmente, sigo esperando que se reemplace al primer ministro y que haya un nuevo gobierno, pero, siendo sinceros, para los palestinos un nuevo gobierno, sea el que sea, no va a ofrecer nada nuevo.

«El asesinato sistemático de palestinos nace de una deshumanización atroz. Matan desde una sala con aire acondicionado y después se van a cenar una hamburguesa»

P. Sea como sea, No Other Land demostró que una película puede cambiar cosas y cambiar la presión de sitio. ¿Creen que NAZA puede lograr algo parecido?

Y.A. Lo más importante para nosotros es que No Other Land colocó la comunidad de Masafer Yata en el mapa. Ahora hay más activistas allí y Basel Adra y Hamden Bailal [los dos directores palestinos] sintieron que se les daba poder a ellos y a los que les rodeaban. Pero en cuanto vuelves al terreno te das cuenta que la situación es muy decepcionante. Esta misma semana se han demolido dos casa allí, en Masafer Yatta. Resulta muy duro ver cómo la situación no hace más que empeorar. La misión de los periodistas es documentar lo que pasa y eso hacemos. Pero la sensación es que todos estamos fracasando.

P. ¿Cómo está Basel (el protagonista de No Other Land)?

Y.A. Esta semana ha sido realmente dura para él porque en la comunidad existe el temor de que el gobierno de extrema derecha de Israel aproveche el mes y medio previo a las elecciones para cosechar tantos logros como pueda para su sector, y para ellos, destruir aldeas palestinas se considera un logro. Él está allí documentándolo todo e intentando hablar del asunto para que la gente vea lo que está ocurriendo. Ahora tiene familia. Tiene una hija pequeña.

P. ¿Temen represalias por la película?

R.S. Israel tiene un gobierno de extrema derecha. Nunca se sabe. Pero sentimos que no hemos hecho nada malo. Hicimos lo que consideramos nuestra responsabilidad como periodistas, como seres humanos y como cineastas. Estamos convencidos de que es lo correcto.

Un día después de esta entrevista, tras el premio en Venecia, el ministro de Cultura Israelí pidió que se les retirara la nacionalidad a los dos cineastas. La casa de los padres de Rachel ha sido acosada por manifestantes de extrema derecha.

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