«Lo que en verdad alimenta llamas de dimensiones colosales es el estado de abandono en el que se encuentra la masa forestal española, no solo la de propiedad pública sino también la de dominio privado.» «Lo que en verdad alimenta llamas de dimensiones colosales es el estado de abandono en el que se encuentra la masa forestal española, no solo la de propiedad pública sino también la de dominio privado.»
Compareció ayer don Pedro (Sánchez) para poner de chupa de domine a los “negacionistas del cambio climático”. Los incendios que asolan varios territorios de España y con especial saña el de Castilla y León son culpa del clima, Sánchez dixit. Para la ocasión mostró un mechón de blanco cabello en su flequillo, con demasiado “visual” de maquillaje capilar “black & white”. Don Pedro impostó carita inocente, como la dálmata Perdy de la película “Ciento un dálmatas”. Para la oposición política trueca su papel y se convierte en la furiosa “Cruella de Vil”.
Los maquilladores de don Pedro y el figurinista apostaron una vez más por dar el pego. Es incompatible encarnar el papel de víctima – del que tanto gusta el presidente del gobierno de España – y lucir un look impecable y recién “planchao”. Los asesores monclovitas se esmeraron para presentar a Sánchez como un empático líder, ante una ciudadanía que contempla como arde el país por varios de sus costados como la Roma de Nerón.
No procedía que “mister president” saliera en la tele como un chulapo de Madrid. El traje desbocaba por el cuello y carecía de aplomo en los hombros. Notoriamente su talla era mayor de la que exige un correcto vestuario. Sánchez necesita cambiar el patronaje de sus trajes. Si desea que no “quiebre” la solapa y lucir los “hombros limpios” su figurinista debiera vestir al “cap” con trajes Emidio Tucci by El Corte Inglés, el calce más impecable de todo el retail español.
Culpar al “cambio climático” y al negacionismo de la pira que flamea en Castilla y León y otros lugares de España – de forma simultánea– es solo un mero recurso retórico del inquilino de Moncloa. El relato es falaz, culpar de los incendios a una crisis climática planetaria es más fácil que rehuir las responsabilidades de gobierno.
Los fuegos que se suceden en Castilla y León, la sierra de Madrid, Castellón o Castilla-La Mancha no solo pueden achacarse a las altas temperaturas y al viento – que contribuyen a agravarlos- sino a la enorme biomasa acumulada en el suelo. Un conato de incendio se transforma en una gran catástrofe por el abandono del medio rural. Durante siglos los “guardianes del monte” – no otros que los ganaderos, los agricultores y los propios vecinos de miles de municipios españoles – practicaban el pastoreo y la corta de leña para la gloria o las cocinas “bilbaínas”.
El monte no arde por el clima adverso. No se puede ignorar que la mayoría de las llamas surgen por negligencias fatales o intencionalidades de la mano humana. La elevación de las temperaturas que subyace en el discurso de los teóricos del cambio climático, no es la causa determinante de las catástrofes forestales que aquejan a España cada verano de forma pertinaz.
Lo que en verdad alimenta llamas de dimensiones colosales es el estado de abandono en el que se encuentra la masa forestal española, no solo la de propiedad pública sino también la de dominio privado. Según datos oficiales del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico en España, alrededor del 28% de la superficie forestal es de titularidad pública, mientras que el 72% restante es propiedad privada. Ojito al dato.
Hace tan solo unas décadas en Castilla y León existía una combinación tradicional de la ganadería extensiva – hoy en día estabulada y no trotando campos o montes en busca de pastos- con el aprovechamiento maderero, resinado o de recogida de leña que funcionaba como cortafuegos natural. El monte se gestionaba por los propietarios privados por su valor económico directo. El abandono casi absoluto de sus usos tradicionales convierte laderas, umbrías, faldas, cimas y rodales en un inmenso alfombrado de matorrales y maleza seca, que arde como la yesca. Los montes han perdido su valor como lícita explotación económica.
El “ecologismo de moqueta” está notoriamente alejado de la realidad rural. Preconiza enfoques de conservación pasiva de bosques y montes e hiper regula toda actividad en el campo. So pretexto de proteger el medio natural se “criminaliza” la acción humana. Su efecto es el contrario al perseguido: la acumulación de polvorines naturales que arden como una tea y devoran la propia diversidad ya sea botánica o de fauna animal-especialmente la salvaje- que se pretendía tutelar.
Los grandes incendios forestales que nos aquejan son un desafío estructural complejo. Sánchez actúa de forma reduccionista cuando los vincula directa y únicamente con la teoría del cambio climático – ciertamente con un respetable consenso científico – y no asume que las acciones de gobierno deben orientarse hacia la abierta necesidad de ordenar el territorio de España, cuya población está cada vez más asentada en las fachadas litorales. El modelo poblacional de nuestro país y el abandono del mundo agrario y ganadero son ya incompatibles con la eficaz conservación del medio natural.
Sánchez desea que los incendios sean de derechas y el agua redentora de izquierdas. Ya no cuela, el monte no arde por el clima. Eso es un cuento, un ardid, un señuelo, una trampa. A otro perro con ese hueso.
El Español – Castilla y León
