Durante el resto del año viven en grandes ciudades, pero cuando llegan las vacaciones vuelven al pueblo. Algunos lo hacen durante unos días; otros permanecen varias semanas. Y el fenómeno está cambiando.Más información: La clave contra la despoblación está en Canadá: “El Gobierno de Castilla y León debería hablar con Saskatchewan y tomar nota” Durante el resto del año viven en grandes ciudades, pero cuando llegan las vacaciones vuelven al pueblo. Algunos lo hacen durante unos días; otros permanecen varias semanas. Y el fenómeno está cambiando.Más información: La clave contra la despoblación está en Canadá: “El Gobierno de Castilla y León debería hablar con Saskatchewan y tomar nota”
Algunos pueblos de Castilla y León tienen dos vidas. Una transcurre durante buena parte del año, sobre todo el duro invierno, cuando se dice eso de “estamos cuatro en el pueblo”.
La otra comienza con la llegada del verano, cuando regresan las familias que conservan la casa de sus padres o de sus abuelos, se llenan las terrazas, aumentan las compras y las fiestas del pueblo.
Durante unas semanas, algunos de estos pequeños municipios dejan de parecerse al pueblo que son durante el invierno.
Sus habitantes se multiplican y con ellos también lo hace la actividad. En los bares se vuelven a jugar las partidas, en el campo de fútbol los jóvenes disfrutan y por las noches se escuchan las risas de los niños jugando en la plaza.
El fenómeno se ha visto reforzado por el creciente interés por los espacios abiertos.
Tras la famosa pandemia, la naturaleza, las actividades al aire libre, la gastronomía, los pueblos y los destinos con temperaturas más moderadas han ganado atractivo.
En Castilla y León estos territorios especialmente beneficiados han sido zonas como Picos de Europa, la montaña burgalesa y Las Merindades, Sanabria, Arribes del Duero, Gredos o los entornos de embalses como Riaño y Luna.
También las riberas del Esla y el Porma y villas históricas como Pedraza forman parte de ese mapa.
No solo turismo
Ahora bien, no se trata únicamente de turismo. En muchos casos, quienes llegan conocen perfectamente el territorio porque proceden de él o porque sus familias llevan generaciones vinculadas al municipio.
Son antiguos residentes, hijos y nietos de quienes emigraron a las ciudades y que mantienen una vivienda familiar.
Patricia Diez, profesora de EAE Business School, define este fenómeno como “diáspora”: personas que se marcharon y que regresan temporalmente, junto a sus descendientes y familias que mantienen la casa familiar.
“En muchos pequeños municipios de Castilla y León tienen más peso las segundas residencias y el regreso temporal de personas vinculadas al territorio que el turismo convencional”, explica Diez a EL ESPAÑOL Castilla y León.
Madrid, Valladolid, el País Vasco, Asturias, Cataluña o la Comunidad Valenciana son algunos de los principales lugares de procedencia de estas familias.
Durante el resto del año viven en grandes ciudades, pero cuando llegan las vacaciones vuelven al pueblo. Algunos lo hacen durante unos días; otros permanecen varias semanas. Y el fenómeno está cambiando.
El teletrabajo, el interés renovado por los espacios rurales y la búsqueda de temperaturas más moderadas han permitido alargar algunas estancias.
Ya no siempre se trata de pasar quince días en agosto. Hay quienes pueden trabajar desde el pueblo durante parte del verano y combinar así vacaciones y actividad laboral.
A esta población vinculada al territorio se suma el turismo rural convencional. Las montañas, los embalses, las riberas, los espacios naturales y el patrimonio histórico atraen a familias, senderistas, cicloturistas y viajeros interesados por la gastronomía o la cultura.
El resultado es una población flotante que puede transformar durante semanas la dimensión real de un municipio.
Y ahí aparece una de las grandes paradojas ya que un pueblo puede estar lleno en agosto y, sin embargo, no destacar especialmente en las estadísticas turísticas.
La explicación está en la manera tradicional de medir el turismo. La ocupación hotelera y de otros alojamientos reglados permite conocer una parte de los movimientos, pero deja fuera a quienes duermen en su propia casa, en la vivienda familiar o en una segunda residencia.
“Es fácilmente observable la diferencia entre la población empadronada, el volumen de turistas contabilizado y la población que realmente habita el municipio durante determinados periodos”, señala la profesora.
Para conocer realmente la dimensión de este fenómeno habría que mirar más allá del padrón y de las plazas turísticas.
El consumo de agua, la generación de residuos, la movilidad, las transacciones comerciales, las conexiones móviles o el uso de determinados servicios pueden ofrecer una fotografía mucho más precisa de cuántas personas están realmente en un municipio durante el verano.
Las visitas se notan
Esa llegada de los ‘forasteros’ a los pueblos se nota. Se nota en los contenedores, que se llenan antes. En las carreteras y las calles, donde aumenta el tráfico.
En los centros de salud, que reciben más visitas. En el consumo de agua y en la necesidad de reforzar la recogida de residuos. También en la demanda de actividades públicas, seguridad o servicios destinados a los niños.
“Muchos servicios se planifican teniendo como referencia la población empadronada, pero durante el verano deben atender a una población que supera en mucho la cantidad de personas empadronadas”, advierte Diez.
Para un ayuntamiento pequeño, esa situación no resulta sencilla.
Necesita aumentar su capacidad de respuesta durante unas pocas semanas, pero no puede mantener durante todo el año una estructura dimensionada para la población máxima del verano. Y, además, los municipios pequeños suelen contar precisamente con presupuestos y plantillas limitados.
El agua puede ser uno de los primeros puntos de tensión. También los residuos, el estacionamiento o la atención sanitaria.
El verano añade, además, otros riesgos, como los incendios forestales, en territorios donde la despoblación ha dejado muchas hectáreas de monte en condiciones de abandono.
La paradoja es evidente: el pueblo necesita más recursos justo cuando su población real se dispara, pero buena parte de su planificación administrativa continúa vinculada a la población censada.
El lado económico
El fenómeno también tiene una cara económica.
La llegada de población durante el verano supone un balón de oxígeno para negocios que durante el invierno tienen dificultades para mantener su actividad.
Restaurantes, bares, comercios, empresas de transporte, establecimientos turísticos, profesionales de la construcción o actividades culturales reciben una demanda adicional que en algunos casos resulta esencial para sobrevivir.
“Para muchos negocios, los ingresos derivados del periodo estival, la Semana Santa y determinados puentes es esencial para su supervivencia”, apunta la profesora de EAE Business School.
Con el buen tiempo también regresan algunas actividades que parecían reservadas al pasado: fiestas patronales, mercados artesanales, establecimientos de temporada, heladerías o determinados servicios vinculados al ocio.
El pueblo recupera durante unas semanas una vida comunitaria que durante el invierno resulta mucho más difícil de mantener.
Una parte del gasto puede acabar fuera del municipio si los visitantes compran en grandes superficies o se desplazan a núcleos urbanos próximos.
Por eso, Diez considera fundamental “fomentar el consumo de proximidad” y conectar a esa población estacional con pequeños productores, comerciantes, restaurantes, artesanos, guías y empresas locales.
También la vivienda refleja las dos caras del fenómeno.
El mantenimiento de las casas familiares permite conservar y rehabilitar inmuebles que de otro modo podrían quedar abandonados. Además, mantiene el vínculo de las nuevas generaciones con el pueblo y genera actividad para el sector de la construcción.
Pero existe otra realidad. En algunos municipios hay muchas viviendas y, al mismo tiempo, muy pocas disponibles para quienes quieren vivir allí todo el año.
“Puede darse la paradoja de que un pueblo tenga muchas viviendas, pero muy pocas disponibles para quienes quieren vivir allí todo el año”, explica Diez.
En las localidades con mayor atractivo turístico, la presión puede traducirse además en un aumento de los precios o de los alquileres de corta duración.
El resultado es una situación aparentemente contradictoria: casas cerradas durante buena parte del año mientras trabajadores o potenciales nuevos residentes encuentran dificultades para acceder a una vivienda.
Por eso, la población que regresa en verano no debe entenderse simplemente como una sucesión de turistas.
“No son residentes permanentes, pero tampoco simples turistas”, resume Diez.
Son, en realidad, una especie de comunidad ampliada. Personas que conocen las calles, conservan relaciones familiares y vecinales, participan en las fiestas, mantienen viviendas, pueden tener tierras y, en algunos casos, colaboran con asociaciones locales.
Su aportación va más allá del gasto de unas vacaciones. Aportan consumo, pero también inversión, conocimientos, contactos y capacidad para impulsar proyectos.
El visitante, además, se ha diversificado. Familias, senderistas, cicloturistas, viajeros culturales, aficionados a la gastronomía y antiguos residentes que teletrabajan comparten ahora espacios que durante años habían permanecido más vinculados a la población local.
El problema llega cuando septiembre devuelve al pueblo a su tamaño habitual.
La estacionalidad genera ingresos, pero no garantiza continuidad. Los negocios pueden facturar mucho durante unas semanas y tener dificultades durante el resto del año. Esa irregularidad afecta al empleo, dificulta retener trabajadores cualificados y limita la capacidad de inversión de las empresas.
“El principal reto reside en la desestacionalización de la demanda”, insiste Diez.
Una estancia prolongada puede llevar a rehabilitar una vivienda, teletrabajar desde el pueblo, poner en marcha un negocio o incluso plantearse una residencia permanente. Pero para que eso ocurra hacen falta condiciones: vivienda disponible, conectividad, transporte, atención sanitaria, educación y servicios cotidianos.
“Una afluencia sostenida de visitantes permite generar oportunidades empresariales, puede animar a algunas personas a prolongar sus estancias, rehabilitar una vivienda, teletrabajar o emprender”, sostiene Diez.
El verano, por sí solo, no va a solucionar la despoblación. La propia experta advierte de que el turismo no ha demostrado capacidad suficiente para generar por sí mismo una revitalización territorial sostenida.
Pero sí puede convertirse en una pieza de una estrategia más amplia.
La cuestión está en aprovechar lo que ya ocurre.
Porque cada verano, mientras el padrón sigue mostrando pueblos pequeños y envejecidos, las calles cuentan otra historia. Llegan coches, se abren casas, se llenan las terrazas, regresan las fiestas y las familias vuelven a encontrarse.
Durante unas semanas, esos municipios recuperan una población que nunca terminó de marcharse del todo. Hasta que como decía aquella mítica canción: «el final del verano llegó…»
El Español – Castilla y León
