Epéntesis es en fonología un tipo de intrusión, de transformación, de cambio, de revolución. La epéntesis la define la RAE como «una adición de algún sonido en una palabra, especialmente en posición interior, como en tendré, del antiguo tenré». Para Lorca era algo más. Era una broma, una especie de lenguaje cifrado para referirse a la homosexualidad. A su obra inacabada La bola negra la llamó drama epéntico. Y el epentismo y los epentes eran las palabras derivadas de lo que, al decir del poeta, sucedía cuando una letra cambia de posición para «dar por culo» a otra.
Javier Ambrossi y Javier Calvo reescriben la pasión y muerte de Lorca de la mano de un drama en tres actos tan emocionante y fuera de sí como convulso, provocador, arrogante, enfático e inagotable
Epéntesis es en fonología un tipo de intrusión, de transformación, de cambio, de revolución. La epéntesis la define la RAE como «una adición de algún sonido en una palabra, especialmente en posición interior, como en tendré, del antiguo tenré«. Para Lorca era algo más. Era una broma, una especie de lenguaje cifrado para referirse a la homosexualidad. A su obra inacabada La bola negra la llamó drama epéntico. Y el epentismo y los epentes eran las palabras derivadas de lo que, al decir del poeta, sucedía cuando una letra cambia de posición para «dar por culo» a otra.
La bola negra, la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo por estricto orden alfabético, es una película, como toca, epéntica. Y lo es no solo por ocuparse de lo que se ocupa desde mucho antes de la muerte del poeta hasta ahora mismo y por convertir la homosexualidad (o el epentismo) en la excusa desde la que trazar las industrias, andanzas y pesares de una historia de amor que atraviesa generaciones y, apurando, un país entero; también lo es por su voluntad, que también es capacidad probada y virtud contrastada, de, sin necesidad esta vez de pedir disculpas, dar por culo. Y eso que, sobre el papel puro y blanco, puede sonar brusco, algo torpe o extremadamente vulgar, en verdad, es lo que tiene que ser: una reivindicación, un aviso y, a su modo, hasta una revelación. O revolución incluso. Conviene repetirlo para irse acostumbrando: La bola negra es magistral por epéntica, por furiosamente lorquiana, por pura pasión, por estar en el lugar exacto en el momento oportuno, porque, todos juntos, da por culo con una pasión que agita, revuelve y, también, ofende.
Si algo define a la película que tras su triunfo en Cannes y su reválida en Toronto, está ahora mismo en el vórtice del cine mundial es la conmoción. Conmoción es el término que utiliza Heidegger para nombrar la crítica radical a la lógica, a la tradición metafísica y al concepto clásico de la verdad. Y conmoción es la palabra a la que recurre Adorno para designar la experiencia estética fundamental ante la obra de arte; el instante en que el sujeto se siente desbordado y pierde sus límites frente a lo infinito. Ellos, como filósofos alemanes que son, hablan en verdad de Erschütterung. Es decir, de estremecimiento o, incluso, temblor. Los Javis, que no son alemanes, en cambio simplemente conmocionan. Epénticamente incluso.
Ahí es exactamente donde se quiere una película que desde el clasicismo asumido grita desde la pantalla sin miedo a nada, ni a lo sublime ni al mismísimo ridículo. Sin bridas y hasta sin aliento. Una película que a medida que avanza levanta polvaredas de emoción, de memoria, de reconocimiento. Y para que no falte de nada, Penélope Cruz se exhibe en una escena que desde este preciso momento, como la propia película, es parte de la historia del cine español y de la propia historia de todas las conmociones.
Para situarnos, la película cuenta en tres periodos, cada uno con su propia caligrafía, tres historias, tres personajes, pero siempre la misma herida. En la primera, un joven (Guitarricadelafuente) asiste alucinado en 1937 a la destrucción de su pueblo por la aviación italiana. Estamos en plena Guerra Civil española. Las circunstancias le llevarán al ejército. Como soldado del bando sublevado recibirá la misión de custodiar a un prisionero; un prisionero que tiempo atrás perdió de la manera más trágica imaginable a su amante, a su amante epéntico. Este último se llama Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau) y sí, fue compañero del Lorca. En la segunda, otro joven (Milo Quifes) es sometido a un juicio. Corre el año 1932. Para entrar en el casino de Granada, los socios deben decidir si es merecedor o no de tan alto honor. Votan con bolas negras para el No y blancas para el Sí. Se dice de él que en su deseo más profundo quiere el cuerpo caliente de un amante dormido (que no dormida). Y ese rumor le condena, le condena a callar, a esconderse y, claro está, a la bola negra. En la tercera historia, que discurre en el presente, un tercer joven (un enorme Carlos González) hereda de su abuelo, que no es otro que el protagonista de la primera historia, un secreto. Pero no uno cualquiera. Es un secreto que determinó la vida de su antepasado, la de su madre (descomunal Lola Dueñas) y la de él mismo. Es un secreto que cuenta punto por punto lo que sucede en la segunda historia. Es un secreto, da lo mismo la época, siempre oculto y, por ello, epéntico.
La bola negra entrelaza con una solvencia y gravedad desusada cada uno de los relatos, pero siempre atenta a las voces y universos por fuerza distintos de todos ellos, siempre pendiente del pulso interior de una imagen que constantemente se contradice, muta y brilla. Y emociona. Por ese orden. Ambrossi y Calvo aciertan a mantener la tensión a pesar de la naturaleza heterogénea y hasta contraria de las historias. La primera, muy cerca de la obra de Alberto Conejero La piedra oscura, es una recreación entre descarnada y homoerótica (jamás nadie se había atrevido a tanto) de la Guerra Civil; una nueva lectura tan pendiente de la sangre como de los mismos cuerpos. La segunda, de aliento lorquiano hasta la exasperación, es sencillamente la imposible traducción a la pantalla del drama epéntico titulado como la propia película del que el poeta dejó tan solo cuatro páginas. Y la tercera, la contemporánea, es un drama realista trazado en crudo. Este último segmento de la película, pese a lo que pueda parecer, es el más comprometido pues, a su manera, rebate a los otros dos. Y, sin embargo, gracias a las dos actuaciones modélicas de González y Dueñas acaba por ser la pieza clave, la mejor y más brillante.
Lo que trae La bola negra a nuestro tiempo, a ese presente que ocupa el tercer tercio de la cinta, es esencialmente nuevo. Es, antes que nada, una sacudida, una sacudida de emoción barroca y melodramática que en su gesto arrollador se muestra orgullosa y feliz hasta de sus errores. La bola negra se desequilibra ligeramente a fuerza de quererlo todo en cada plano. La bola negra se deja llevar por la tentación del diálogo perfecto y demasiado explícito. La bola negra se niega a acabar y tras cada posible final aventura otro más. Pero todo ello, lejos de jugar en contra, alimenta el mito, porque La bola negra no obedece a nada más que a la voluntad terca y diáfana de acercar el deseo al simple arrebato, a la conmoción de antes; de cambiar el orden de las letras dentro de las palabras como las conocíamos hasta ahora. La bola negra es una película esencialmente epéntica y lo es por, todos juntos, dar por culo a las conciencias, a la cursilería, a la homofobia (sobre todo a ella), a los ofendidos de las tres de la tarde y a los de las cinco menos cuarto también. Es decir, a los putrefactos que decía Dalí. Y lo hace de manera magistral, inolvidable, exagerada y única.
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Directores: Javier Ambrossi y Javier Calvo. Intérpretes: Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Carlos González, Lola Dueñas, Penélope Cruz. Duración: 155 minutos. Nacionalidad: España.
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