La semana pasada supimos que Isabel Schnabel , representante alemana en el Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, dejará el cargo antes de tiempo para asumir una importante responsabilidad en el Fondo Monetario Internacional . Su salida del BCE la descarta como posible candidata a la presidencia del Banco, una decisión que deberá tomarse en poco tiempo. No era la candidatura con mayores probabilidades —los alemanes presiden actualmente la Comisión Europea —, pero tampoco era en absoluto descartable en un momento como el actual, en el que Alemania está recuperando el liderazgo dentro de la Unión Europea .La presidencia del BCE es uno de los puestos clave de la Unión. Y, por primera vez en la ya no tan corta historia del proyecto europeo, un español tiene serias opciones de ocuparlo. Pablo Hernández de Cos concita un amplio apoyo. Su paso por Fráncfort dejó muy buen sabor de boca. Con una trayectoria técnica impecable y un prestigio personal incuestionable, se encuentra en el lugar adecuado en el momento oportuno.Hasta hace poco parecía despertar más apoyo fuera que dentro de España, pero eso parece haber cambiado en los últimos tiempos. La duda es si, en el habitual reparto de equilibrios institucionales que se producirá en las próximas semanas, Hernández de Cos acabará siendo una pieza que nuestro Gobierno entregue a cambio de otra cosa. Desde el punto de vista del interés general, tendría poco sentido. Hay pocos puestos con mayor responsabilidad y visibilidad que la presidencia del Banco Central Europeo. Además, toca. España no ha presidido nunca esta importante institución y cuenta con un candidato extraordinariamente sólido. Conviene recordar también que, en los últimos repartos de cargos, nuestro país no se ha llevado posiciones especialmente relevantes. La presidencia del BEI en manos de Calviño es, comparativamente, una pieza menor frente al BCE.Con todos los factores alineados, lo único que podría hacer descarrilar la candidatura española serían consideraciones políticas ajenas al interés general. Visto lo visto, no puede descartarse nada. Solo cabe esperar que prevalezca el sentido común.Definición de transitorioLos responsables de la política monetaria de las principales economías desarrolladas se enfrentan a otra situación decisiva. Tras el repunte de los precios durante el verano, se están quedando sin excusas para no subir los tipos de interés. Hasta ahora han remoloneado porque son conscientes de que no está el horno para bollos. La deuda pública que arrastran las grandes economías desarrolladas desde la pandemia es difícil de ignorar.El comodín de la transitoriedad, al que se aferraron la última vez, empieza a quemarles en las manos. Hasta cierto punto, y como no podía ser de otra forma, son prisioneros de sus errores pasados. Tenemos muy reciente el hecho de no haber reaccionado a tiempo tras el fuerte repunte de los precios provocado por la invasión de Ucrania , y eso les obliga a afrontar esta nueva situación con una mano atada a la espalda.Sin embargo, el repunte de la inflación de los últimos meses encaja bastante bien en la definición de transitorio. La reciente aceleración de los precios responde fundamentalmente al encarecimiento del petróleo, que, por otra parte, ni ha sido tan intenso ni tan prolongado como cabía esperar tras el cierre de Ormuz. En el momento en que esa situación se normalice —y es probable que lo haga—, la presión sobre los precios debería remitir.Con independencia de lo que ocurra en las próximas semanas, el mercado ya ha incorporado a sus expectativas una subida de los tipos de interés. Tendremos, y de hecho ya estamos teniendo, titulares grandilocuentes, pero probablemente sin grandes consecuencias para el crecimiento económico.Los banqueros centrales, aunque por momentos haya podido parecer lo contrario, también son humanos. Y sobre sus decisiones, como sobre las de todos, pesa el pasado. Si no hubieran cometido errores hace tres años, hoy tendrían más margen para hacer probablemente lo correcto. En cualquier caso, tampoco parece que su cambio de rumbo vaya a tener consecuencias especialmente relevantes, sobre todo si, como todo indica, los precios no tardan en volver a moderarse.Otra de arbitrariedadEl nuevo decreto conocido a finales del verano para limitar el desarrollo de los centros de datos en España resulta difícil de justificar desde un punto de vista económico e industrial. Se trata de una nueva arbitrariedad surgida sin demasiada explicación. Quienes conocen bien el asunto sostienen que podría tratarse de una contrapartida que el principal partido del Gobierno ha tenido que conceder a su socio tras la decisión de prolongar la vida de la central nuclear de Almaraz .Como hemos tenido que mantener abierta Almaraz porque no queremos arriesgarnos a un nuevo apagón —a la gente, por extraño que parezca, no le entusiasma pasar horas sin electricidad—, ahora nos disponemos a dificultar una de las grandes palancas de crecimiento futuro de la economía española. Muy sensato todo.El planteamiento resulta difícilmente defendible. Y más allá de su arbitrariedad, contradice los postulados que hasta hace apenas unos meses sostenía este mismo Gobierno. Por un lado, aspira a que España atraiga algunas de las grandes gigafactorías europeas; por otro, impulsa medidas que dificultan precisamente el desarrollo de las infraestructuras necesarias para hacerlo posible. Se utiliza un argumento y su contrario sin solución de continuidad.Aunque tiene pocas probabilidades de salir adelante —parece que la realidad acabará imponiéndose, como también está ocurriendo con la energía nuclear—, su mera presentación constituye un síntoma revelador de la forma de actuar del Gobierno en esta fase terminal de la legislatura. Se plantean iniciativas extemporáneas y con escasas posibilidades de prosperar sin que resulte evidente cuál es su objetivo último.En cualquier caso, esta penúltima arbitrariedad sirve para reflexionar sobre la oportunidad que tiene actualmente España en el desarrollo de la capacidad de computación en Europa. Se dan prácticamente todas las condiciones para convertirnos en uno de los principales ‘hubs’ europeos: capacidad instalada, precio de la electricidad, mix de generación, posición geográfica y disponibilidad de suelo. Sin embargo, nadie parece dispuesto a plantear una verdadera política de Estado, atrapados como están en consignas y proclamas.Hasta ahora se había impuesto la realidad y las inversiones, con algo de retraso respecto al calendario previsto, seguían llegando. Sin embargo, este último e inesperado giro constituye un buen indicador de la escasa prioridad que el interés general parece tener para el Gobierno. Una oportunidad estratégica de primer orden merece algo más que improvisación y arbitrariedad. La semana pasada supimos que Isabel Schnabel , representante alemana en el Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, dejará el cargo antes de tiempo para asumir una importante responsabilidad en el Fondo Monetario Internacional . Su salida del BCE la descarta como posible candidata a la presidencia del Banco, una decisión que deberá tomarse en poco tiempo. No era la candidatura con mayores probabilidades —los alemanes presiden actualmente la Comisión Europea —, pero tampoco era en absoluto descartable en un momento como el actual, en el que Alemania está recuperando el liderazgo dentro de la Unión Europea .La presidencia del BCE es uno de los puestos clave de la Unión. Y, por primera vez en la ya no tan corta historia del proyecto europeo, un español tiene serias opciones de ocuparlo. Pablo Hernández de Cos concita un amplio apoyo. Su paso por Fráncfort dejó muy buen sabor de boca. Con una trayectoria técnica impecable y un prestigio personal incuestionable, se encuentra en el lugar adecuado en el momento oportuno.Hasta hace poco parecía despertar más apoyo fuera que dentro de España, pero eso parece haber cambiado en los últimos tiempos. La duda es si, en el habitual reparto de equilibrios institucionales que se producirá en las próximas semanas, Hernández de Cos acabará siendo una pieza que nuestro Gobierno entregue a cambio de otra cosa. Desde el punto de vista del interés general, tendría poco sentido. Hay pocos puestos con mayor responsabilidad y visibilidad que la presidencia del Banco Central Europeo. Además, toca. España no ha presidido nunca esta importante institución y cuenta con un candidato extraordinariamente sólido. Conviene recordar también que, en los últimos repartos de cargos, nuestro país no se ha llevado posiciones especialmente relevantes. La presidencia del BEI en manos de Calviño es, comparativamente, una pieza menor frente al BCE.Con todos los factores alineados, lo único que podría hacer descarrilar la candidatura española serían consideraciones políticas ajenas al interés general. Visto lo visto, no puede descartarse nada. Solo cabe esperar que prevalezca el sentido común.Definición de transitorioLos responsables de la política monetaria de las principales economías desarrolladas se enfrentan a otra situación decisiva. Tras el repunte de los precios durante el verano, se están quedando sin excusas para no subir los tipos de interés. Hasta ahora han remoloneado porque son conscientes de que no está el horno para bollos. La deuda pública que arrastran las grandes economías desarrolladas desde la pandemia es difícil de ignorar.El comodín de la transitoriedad, al que se aferraron la última vez, empieza a quemarles en las manos. Hasta cierto punto, y como no podía ser de otra forma, son prisioneros de sus errores pasados. Tenemos muy reciente el hecho de no haber reaccionado a tiempo tras el fuerte repunte de los precios provocado por la invasión de Ucrania , y eso les obliga a afrontar esta nueva situación con una mano atada a la espalda.Sin embargo, el repunte de la inflación de los últimos meses encaja bastante bien en la definición de transitorio. La reciente aceleración de los precios responde fundamentalmente al encarecimiento del petróleo, que, por otra parte, ni ha sido tan intenso ni tan prolongado como cabía esperar tras el cierre de Ormuz. En el momento en que esa situación se normalice —y es probable que lo haga—, la presión sobre los precios debería remitir.Con independencia de lo que ocurra en las próximas semanas, el mercado ya ha incorporado a sus expectativas una subida de los tipos de interés. Tendremos, y de hecho ya estamos teniendo, titulares grandilocuentes, pero probablemente sin grandes consecuencias para el crecimiento económico.Los banqueros centrales, aunque por momentos haya podido parecer lo contrario, también son humanos. Y sobre sus decisiones, como sobre las de todos, pesa el pasado. Si no hubieran cometido errores hace tres años, hoy tendrían más margen para hacer probablemente lo correcto. En cualquier caso, tampoco parece que su cambio de rumbo vaya a tener consecuencias especialmente relevantes, sobre todo si, como todo indica, los precios no tardan en volver a moderarse.Otra de arbitrariedadEl nuevo decreto conocido a finales del verano para limitar el desarrollo de los centros de datos en España resulta difícil de justificar desde un punto de vista económico e industrial. Se trata de una nueva arbitrariedad surgida sin demasiada explicación. Quienes conocen bien el asunto sostienen que podría tratarse de una contrapartida que el principal partido del Gobierno ha tenido que conceder a su socio tras la decisión de prolongar la vida de la central nuclear de Almaraz .Como hemos tenido que mantener abierta Almaraz porque no queremos arriesgarnos a un nuevo apagón —a la gente, por extraño que parezca, no le entusiasma pasar horas sin electricidad—, ahora nos disponemos a dificultar una de las grandes palancas de crecimiento futuro de la economía española. Muy sensato todo.El planteamiento resulta difícilmente defendible. Y más allá de su arbitrariedad, contradice los postulados que hasta hace apenas unos meses sostenía este mismo Gobierno. Por un lado, aspira a que España atraiga algunas de las grandes gigafactorías europeas; por otro, impulsa medidas que dificultan precisamente el desarrollo de las infraestructuras necesarias para hacerlo posible. Se utiliza un argumento y su contrario sin solución de continuidad.Aunque tiene pocas probabilidades de salir adelante —parece que la realidad acabará imponiéndose, como también está ocurriendo con la energía nuclear—, su mera presentación constituye un síntoma revelador de la forma de actuar del Gobierno en esta fase terminal de la legislatura. Se plantean iniciativas extemporáneas y con escasas posibilidades de prosperar sin que resulte evidente cuál es su objetivo último.En cualquier caso, esta penúltima arbitrariedad sirve para reflexionar sobre la oportunidad que tiene actualmente España en el desarrollo de la capacidad de computación en Europa. Se dan prácticamente todas las condiciones para convertirnos en uno de los principales ‘hubs’ europeos: capacidad instalada, precio de la electricidad, mix de generación, posición geográfica y disponibilidad de suelo. Sin embargo, nadie parece dispuesto a plantear una verdadera política de Estado, atrapados como están en consignas y proclamas.Hasta ahora se había impuesto la realidad y las inversiones, con algo de retraso respecto al calendario previsto, seguían llegando. Sin embargo, este último e inesperado giro constituye un buen indicador de la escasa prioridad que el interés general parece tener para el Gobierno. Una oportunidad estratégica de primer orden merece algo más que improvisación y arbitrariedad.
La semana pasada supimos que Isabel Schnabel, representante alemana en el Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, dejará el cargo antes de tiempo para asumir una importante responsabilidad en el Fondo Monetario Internacional. Su salida del BCE la descarta como posible candidata a … la presidencia del Banco, una decisión que deberá tomarse en poco tiempo. No era la candidatura con mayores probabilidades —los alemanes presiden actualmente la Comisión Europea—, pero tampoco era en absoluto descartable en un momento como el actual, en el que Alemania está recuperando el liderazgo dentro de la Unión Europea.
La presidencia del BCE es uno de los puestos clave de la Unión. Y, por primera vez en la ya no tan corta historia del proyecto europeo, un español tiene serias opciones de ocuparlo. Pablo Hernández de Cos concita un amplio apoyo. Su paso por Fráncfort dejó muy buen sabor de boca. Con una trayectoria técnica impecable y un prestigio personal incuestionable, se encuentra en el lugar adecuado en el momento oportuno.
Hasta hace poco parecía despertar más apoyo fuera que dentro de España, pero eso parece haber cambiado en los últimos tiempos. La duda es si, en el habitual reparto de equilibrios institucionales que se producirá en las próximas semanas, Hernández de Cos acabará siendo una pieza que nuestro Gobierno entregue a cambio de otra cosa. Desde el punto de vista del interés general, tendría poco sentido. Hay pocos puestos con mayor responsabilidad y visibilidad que la presidencia del Banco Central Europeo. Además, toca. España no ha presidido nunca esta importante institución y cuenta con un candidato extraordinariamente sólido. Conviene recordar también que, en los últimos repartos de cargos, nuestro país no se ha llevado posiciones especialmente relevantes. La presidencia del BEI en manos de Calviño es, comparativamente, una pieza menor frente al BCE.
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Con todos los factores alineados, lo único que podría hacer descarrilar la candidatura española serían consideraciones políticas ajenas al interés general. Visto lo visto, no puede descartarse nada. Solo cabe esperar que prevalezca el sentido común.
Definición de transitorio
Los responsables de la política monetaria de las principales economías desarrolladas se enfrentan a otra situación decisiva. Tras el repunte de los precios durante el verano, se están quedando sin excusas para no subir los tipos de interés. Hasta ahora han remoloneado porque son conscientes de que no está el horno para bollos. La deuda pública que arrastran las grandes economías desarrolladas desde la pandemia es difícil de ignorar.
El comodín de la transitoriedad, al que se aferraron la última vez, empieza a quemarles en las manos. Hasta cierto punto, y como no podía ser de otra forma, son prisioneros de sus errores pasados. Tenemos muy reciente el hecho de no haber reaccionado a tiempo tras el fuerte repunte de los precios provocado por la invasión de Ucrania, y eso les obliga a afrontar esta nueva situación con una mano atada a la espalda.
Sin embargo, el repunte de la inflación de los últimos meses encaja bastante bien en la definición de transitorio. La reciente aceleración de los precios responde fundamentalmente al encarecimiento del petróleo, que, por otra parte, ni ha sido tan intenso ni tan prolongado como cabía esperar tras el cierre de Ormuz. En el momento en que esa situación se normalice —y es probable que lo haga—, la presión sobre los precios debería remitir.
Con independencia de lo que ocurra en las próximas semanas, el mercado ya ha incorporado a sus expectativas una subida de los tipos de interés. Tendremos, y de hecho ya estamos teniendo, titulares grandilocuentes, pero probablemente sin grandes consecuencias para el crecimiento económico.
Los banqueros centrales, aunque por momentos haya podido parecer lo contrario, también son humanos. Y sobre sus decisiones, como sobre las de todos, pesa el pasado. Si no hubieran cometido errores hace tres años, hoy tendrían más margen para hacer probablemente lo correcto. En cualquier caso, tampoco parece que su cambio de rumbo vaya a tener consecuencias especialmente relevantes, sobre todo si, como todo indica, los precios no tardan en volver a moderarse.
Otra de arbitrariedad
El nuevo decreto conocido a finales del verano para limitar el desarrollo de los centros de datos en España resulta difícil de justificar desde un punto de vista económico e industrial. Se trata de una nueva arbitrariedad surgida sin demasiada explicación. Quienes conocen bien el asunto sostienen que podría tratarse de una contrapartida que el principal partido del Gobierno ha tenido que conceder a su socio tras la decisión de prolongar la vida de la central nuclear de Almaraz.
Como hemos tenido que mantener abierta Almaraz porque no queremos arriesgarnos a un nuevo apagón —a la gente, por extraño que parezca, no le entusiasma pasar horas sin electricidad—, ahora nos disponemos a dificultar una de las grandes palancas de crecimiento futuro de la economía española. Muy sensato todo.
El planteamiento resulta difícilmente defendible. Y más allá de su arbitrariedad, contradice los postulados que hasta hace apenas unos meses sostenía este mismo Gobierno. Por un lado, aspira a que España atraiga algunas de las grandes gigafactorías europeas; por otro, impulsa medidas que dificultan precisamente el desarrollo de las infraestructuras necesarias para hacerlo posible. Se utiliza un argumento y su contrario sin solución de continuidad.
Aunque tiene pocas probabilidades de salir adelante —parece que la realidad acabará imponiéndose, como también está ocurriendo con la energía nuclear—, su mera presentación constituye un síntoma revelador de la forma de actuar del Gobierno en esta fase terminal de la legislatura. Se plantean iniciativas extemporáneas y con escasas posibilidades de prosperar sin que resulte evidente cuál es su objetivo último.
En cualquier caso, esta penúltima arbitrariedad sirve para reflexionar sobre la oportunidad que tiene actualmente España en el desarrollo de la capacidad de computación en Europa. Se dan prácticamente todas las condiciones para convertirnos en uno de los principales ‘hubs’ europeos: capacidad instalada, precio de la electricidad, mix de generación, posición geográfica y disponibilidad de suelo. Sin embargo, nadie parece dispuesto a plantear una verdadera política de Estado, atrapados como están en consignas y proclamas.
Hasta ahora se había impuesto la realidad y las inversiones, con algo de retraso respecto al calendario previsto, seguían llegando. Sin embargo, este último e inesperado giro constituye un buen indicador de la escasa prioridad que el interés general parece tener para el Gobierno. Una oportunidad estratégica de primer orden merece algo más que improvisación y arbitrariedad.
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