Anselm Kiefer, el artista que emerge de entre las ruinas, exhibe en Valencia su monumental obra nunca vista en Europa

Anselm Kiefer (Donaueschingen, Alemania, 1945) nació y jugó entre ruinas. Quien hoy está considerado una de las figuras del arte contemporáneo más influyentes del mundo cuenta siempre que su casa fue bombardeada el mismo día que su madre se puso de parto. Aquel 8 de marzo de 1945, cuando apenas quedaban unos meses para el final de la Segunda Guerra Mundial, Kiefer llegó a un mundo que se desmoronaba. Con aquellas ruinas de la Alemania de posguerra le tocó jugar de niño, de la misma manera que a sus 81 años de edad sigue hurgando en el peso de la herencia alemana. Como en la historia y en su obra, las ruinas no son solo pasado. De las ruinas se renace, porque un vestigio de la historia puede ser el inicio de otra historia.

 El Centro de Arte Hortensia Herrero organiza en España la primera exposición del artista alemán tras la del Guggenheim hace 20 años: «Su obra es un océano inabarcable de tantas capas que tiene»  

Anselm Kiefer (Donaueschingen, Alemania, 1945) nació y jugó entre ruinas. Quien hoy está considerado una de las figuras del arte contemporáneo más influyentes del mundo cuenta siempre que su casa fue bombardeada el mismo día que su madre se puso de parto. Aquel 8 de marzo de 1945, cuando apenas quedaban unos meses para el final de la Segunda Guerra Mundial, Kiefer llegó a un mundo que se desmoronaba. Con aquellas ruinas de la Alemania de posguerra le tocó jugar de niño, de la misma manera que a sus 81 años de edad sigue hurgando en el peso de la herencia alemana. Como en la historia y en su obra, las ruinas no son solo pasado. De las ruinas se renace, porque un vestigio de la historia puede ser el inicio de otra historia.

De esto sabe mucho el Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH) de Valencia, que emergió de entre los escombros de un antiguo palacio hace ahora algo más de dos años. Su impulsora y mecenas, Hortensia Herrero -la mujer del dueño de Mercadona, Juan Roig– quiso por ello que la primera exposición temporal que organiza el centro fuese una dedicada a Kiefer. Casi dos décadas después de que el Guggenheim de Bilbao mostrase en España la obra de este artista monumental, el CAHH vuelve a reunir una selección de piezas de un pintor cuya firma está presente en las colecciones del Centre Pompidou, el MoMA o la Tate. «El único artista vivo con obra expuesta en el Louvre», destaca el comisario de la exposición en Valencia, Javier Molins, para quien la obra de Kiefer -que a sus 81 años no ha podido estar en Valencia por una enfermedad- «es un océano inabarcable de tantas capas que tiene». De la mitología griega y la alquimia a la poesía de Charles Baudelaire o Paul Celan y el pasado nazi alemán.

No en vano, la figura y el trabajo de Kiefer no han estado exentos de controversia. En 1969 firmó una serie de fotografías titulada Ocupaciones. Vestido con el uniforme militar de su padre y realizando el saludo nazi en distintos escenarios, Kiefer fue de los primeros artistas alemanes en confrontar con un pasado terrible sobre el que entonces parecía pesar la amnesia colectiva.

La obra 'Las flores del mal', de Kiefer, en el CAHH.
La obra ‘Las flores del mal’, de Kiefer, en el CAHH.DAVID GONZÁLEZARABA PRESS

Todo en Kiefer es complejo, denso, inmenso. Casi inabarcable. Como la joya de la muestra, la obra titulada Danaë, de 13 metros, que Molins resume como «el Guernica de Kiefer» y que nunca antes se había expuesto en Europa. El alemán, por cierto, le dijo a Molins que tenía el mismo «prejuicio» que veía en mucha gente: «Que el público debe quedar impresionado, subyugado incluso, por la altura o anchura de una de mis obras».

La calidad, según Kiefer, «no tiene nada que ver con metros». Aun así, y con toda una sala reservada para esta obra, en ella se condensa precisamente la historia de Alemania y la mitología griega que tanto obsesionan al artista.

El título de Danaë hace referencia al mito de Dánae, la hija del rey de Argos, a quien el oráculo anunció que ella moriría a manos de su nieto. El presagio convenció al rey de encerrar a la joven en una torre para que no tuviera contacto con ningún hombre y no pudiera dar a luz al niño que estaba llamado a convertirse en su asesino. El dios Zeus, sin embargo, logró traspasar las cuatro paredes del encierro para fecundarla mediante una lluvia de oro que Kiefer dejó caer sobre el aeropuerto de Tempelhof.

La terminal de este aeropuerto que recrea Kiefer fue considerada un símbolo arquitectónico de la Alemania nazi. Convertido hoy en un parque público tras ser también durante la Guerra Fría otro emblema de la resistencia, la transmutación de la infraestructura es la misma que fascina al artista de la alquimia.

De ahí que el plomo sea otra constante en su obra. El plomo que todo lo invade con su gris, que se desparrama por cualquier paisaje para, de nuevo, forzar su transformación. Kiefer, que nunca da por acabada una pieza y considera una obra de arte como algo vivo, logra que sus cuadros con plomo muten con el tiempo. La pintura se altera como se altera el plomo, un material pesado que, a juicio del propio artista, es el único capaz de aguantar el peso de la historia.

Hortensia Herrero, junto a sus hijas Hortensia y Amparo Roig.
Hortensia Herrero, junto a sus hijas Hortensia y Amparo Roig.DAVID GONZÁLEZARABA PRESS

Los lienzos de Anselm Kiefer se construyen no solo vertiendo plomo, sino oxidando, carbonizando y hasta destruyendo materiales. Y, como señala Molins, la historia es para el artista un material más. Igual que se modela la arcilla se modela la historia. Símbolo de esa historia y ese pasado son los bosques y los paisajes, muy presentes en la obra del alemán y en esta exposición.

Aunque plúmbeos, los campos de cenizas de Kiefer son también la imagen de la regeneración. Si para el artista las flores anuncian su muerte en el momento mismo de florecer, para Hortensia Herrero en la oscuridad de su pintura «siempre hay luz en una flor».

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