Digger o el arte del desastre

La premisa de Digger es en sí misma un spoiler, así que no la contaré. Aunque puede que, cuando este texto se publique, la última película de Tom Cruise ya haya sido repudiada oficialmente y sus productores no tengan ningún problema con que su truco sea desvelado. Sólo diré que cuando Digger despliega ante el espectador su potencia real (que la tiene), el espectador lleva casi dos horas soportando lo insoportable. Igual que hay un cine de la crueldad, hay otro de la irritación. El primero te hace un corte afilado en el dedo y te obliga a mirar cómo sangra; el segundo vierte vinagre y sal sobre ese corte, mientras te dice que no te quejes, que no es para tanto. Digger te clava una faca oxidada y sobre la herida sucia te echa purpurina. Mientras Tom Cruise grita a medio metro de tu oído. Al otro lado de la tramoya, el contable de la película suda a mares y el director, Alejandro González Iñárritu, juega con su carísimo juguete.

 Ojalá tener confianza en mí mismo como para gastarme esa millonada en una película que sé que se hundirá. Porque Tom y Alejandro lo sabían. Tenían que saberlo.  

La premisa de Digger es en sí misma un spoiler, así que no la contaré. Aunque puede que, cuando este texto se publique, la última película de Tom Cruise ya haya sido repudiada oficialmente y sus productores no tengan ningún problema con que su truco sea desvelado. Sólo diré que cuando Digger despliega ante el espectador su potencia real (que la tiene), el espectador lleva casi dos horas soportando lo insoportable. Igual que hay un cine de la crueldad, hay otro de la irritación. El primero te hace un corte afilado en el dedo y te obliga a mirar cómo sangra; el segundo vierte vinagre y sal sobre ese corte, mientras te dice que no te quejes, que no es para tanto. Digger te clava una faca oxidada y sobre la herida sucia te echa purpurina. Mientras Tom Cruise grita a medio metro de tu oído. Al otro lado de la tramoya, el contable de la película suda a mares y el director, Alejandro González Iñárritu, juega con su carísimo juguete.

Entre 160 y 180 millones de dólares se supone que ha costado Digger. Y las previsiones de venta de entradas son penosas. Digger nace convertida en una película de culto, en un filme maldito. Bardo, la anterior obra de Iñárritu, no consiguió ni eso. Solo fracasó. Pero luego el mexicano consiguió a Tom Cruise, la estrella de cine por antonomasia. También un señor que, en los últimos años, desafía las convenciones económicas de Hollywood. Sus Misión Imposible, pese a hacer buena taquilla, nacen con la rentabilidad muerta, lastradas por su descontrolado coste. Pero con el megaéxito de Top Gun: Maverick, Cruise salvó el modelo de exhibición cinematográfica tradicional. Hasta Steven Spielberg se lo agradeció públicamente.

Y entonces llega Digger. Y antes de estrenarse fue saludada como una aberración desde todos los puntos de vista: económico, narrativo, estético y conceptual. Me cuesta decir que una película como ésta es simplemente «mala». Mala es la envidia. Lo de Digger es más complejo. Imagino a los admiradores del suicidio creativo maximalista (hola, Nacho Vigalondo) postrándose a los pies de Iñárritu, Cruise y su circo de trescientas pistas. Yo, en cierto modo, también lo hago. Ojalá tener confianza en mí mismo como para gastarme esa millonada en una película que sé que se hundirá. Porque Tom y Alejandro lo sabían. Tenían que saberlo.

Hace tiempo hablé en este mismo espacio y en términos muy parecidos de Megalópolis, el capricho autofinanciado de Coppola. Sigo sosteniendo que prefiero vivir en un mundo en el que existe Megalópolis que en un mundo en el que no. Lo que no sé es si quiero vivir en un mundo en el que una película intolerablemente cara y mala le quita a Hollywood las ganas de apostar por ideas que se salgan un poco de la norma. Dicen que Digger podría ser el canto de cisne del cine personal, grande y loco. Que este disparate divino no se repetirá jamás. Y que ni Tom Cruise puede salvarnos.

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