El mal padre: Eduard Fernández en toda su ‘malvada’ amplitud, que es mucha (***)

Ser padre se está volviendo oficio de alto riesgo. En realidad, siempre lo fue. Lo que ocurre es que en el pasado, cuando el patriarcado reinaba sin que nadie lo nombrase, no había nadie que advirtiese de que aquello era un despropósito. Sobre todo para los otros: las madres, los hijos, las hijos y todo el resto. Los padres estaban ahí con esa mentalidad tan suya, abstraída del mundo y concentrada exclusivamente en sí mismos, y el mundo marchaba. Marchaba mal, pero de eso solo se daba cuentan los que, en efecto, no eran padres. Siempre quedó el recurso de ser hombre sin ser padre, que también tiene ventajas y descuentos en el reparto de puestos directivos, sueldos altos o asientos más anchos para airear la entrepierna, por ejemplo, pero lo de padre siempre fue otra cosa: cabreos gratis, sparring las 24 horas para desahogos y descarga de responsabilidad sin coste. Lo que se dice un chollo psicológico. Los traumas, para los demás.

 Roberto Bueso confecciona una brillante comedia-drama familiar barnizada de nitroglicerina que desnuda con crueldad a la izquierda privilegiada de otros tiempos. Por cada chiste, una muy trágica explosión  

Ser padre se está volviendo oficio de alto riesgo. En realidad, siempre lo fue. Lo que ocurre es que en el pasado, cuando el patriarcado reinaba sin que nadie lo nombrase, no había nadie que advirtiese de que aquello era un despropósito. Sobre todo para los otros: las madres, los hijos, las hijos y todo el resto. Los padres estaban ahí con esa mentalidad tan suya, abstraída del mundo y concentrada exclusivamente en sí mismos, y el mundo marchaba. Marchaba mal, pero de eso solo se daba cuentan los que, en efecto, no eran padres. Siempre quedó el recurso de ser hombre sin ser padre, que también tiene ventajas y descuentos en el reparto de puestos directivos, sueldos altos o asientos más anchos para airear la entrepierna, por ejemplo, pero lo de padre siempre fue otra cosa: cabreos gratis, sparring las 24 horas para desahogos y descarga de responsabilidad sin coste. Lo que se dice un chollo psicológico. Los traumas, para los demás.

Y así hasta que, sin moverse del cine, llegaron películas como Pozos de ambición, Valor sentimental, El ser querido o, sin ir más lejos y de la forma más evidente y cercana posible, El mal padre. Hubo otras antes (pensemos en El desencanto), pero es ahora cuando el tema es de obligado cumplimiento. La última de la lista citada se acaba de presentar en San Sebastián, la firma con renovada energía y voz propia Roberto Bueso (director antes de películas tan competentes como La banda y Llenos de gracia) y la interpreta con un ansia cerca de la simple desproporción Eduard Fernández. Pocos actores pueden tanto con tanto. En su caso, más es más. Y le sobra. Hay un momento en la película en la que el personaje de Fernández finge estar enfermo. Es decir, actúa que actúa. Luego, enferma y, entonces, solo actúa. Entre un instante y otro, cabe un curso entero de interpretación. Es así.

La cinta en efecto no engaña: se ocupa de la puntual descripción de lo que dice su título. Y lo hace de manera tan desangrada, franca y frontal que no queda otra que correr a buscar una mesa debajo de la que meterse. El que más y el que menos, en efecto, es padre. Un célebre y reconocido filósofo, revolucionario de rigor en los sesenta o setenta, congrega a su tres hijos una Navidad con el propósito de reconciliarse con ellos. La muerte le acecha, dice que se siente culpable y, no es que quiera lavar la conciencia, simplemente quiere ganar. Otra vez. Después de haber hecho la vida imposible a su descendencia, es lo suficientemente PADRE (ahora todo en mayúsculas) para obligarles a una última humillación: que le perdonen.

Desde aquí, Bueso confecciona un drama cruel y adictivo con la sana intención de no dejar títere con cabeza. El padre es malo, pero los hijos (atentos a los grandes trabajos de Adam Jezierski, Francesco Carril y Meritxell Calvo) son cobardes, resentidos, pusilánimes y muy tristes. Por supuesto, es culpa del padre, pero algo pusieron ellos de su parte. La película avanza como una comedia barnizada de nitroglicerina. Por cada chiste que encaja, una explosión dramática. Gusta la habilidad para desnudar cada una de las hipocresías de una generación que, oposición a la dictadura mediante, corrió a beatificarse sin, en verdad, arreglar nada. O muy poco. Algunos de ellos, los más selectos, se hicieron llamar gauche divine (que ya hay que ser memo), pero acabaron por ser más gauchos que de izquierdas y más monaguillos que divinos. Y así.

Bien es cierto que la brillante apuesta de Bueso presenta fallas. En su afán por no despistar al espectador, todos los personajes están dibujados a grandes trazos sin más sutilezas que las que arden. Tampoco ayuda esa deriva melodramática que por momentos presenta la película con la subtrama del nieto a punto de llegar. Se nota algo que son concesiones a la idea de público que tiene todo productor, pero concesiones son. Por otro lado, también El mal padre cae en el vicio de cierto cine reciente de torturar o maltratar directamente a los personajes. No es tanto que resulten desagradables, lo cual está en el iderio sobre todo del protagonista, sino que el guion los somete a todo tipo de vejaciones más o menos sangrantes que restan fuerza al argumento central por aquello de subrayar por encima de lo sensato.

Sea como sea, son muchas las victorias de El mal padre. Desde la descomunal y bradoniana interpretación de Fernández ya citada a la originalidad de desnudar hasta los huesos a ese falso aliado que es el patriarcado que jamás se supo culpable ni se imaginó que lo fuera, abundan las buenas noticias que, en realidad, son muy malas. Definitivamente, hay otras formas de ser padre y casi todas (las mejores) están por descubrir.

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