El ambiente tóxico del Congreso ha dejado de ser una metáfora: este miércoles devino literal. Y con esos inevitables aderezos de sainete berlanguiano que lucen como marca distintiva de la política española.
Gran escándalo después de que una diputada del PP exhibiese en el pleno un espray de gas pimienta y su vaciado posterior contaminase el aire de dependencias de la Cámara
El ambiente tóxico del Congreso ha dejado de ser una metáfora: este miércoles devino literal. Y con esos inevitables aderezos de sainete berlanguiano que lucen como marca distintiva de la política española.
El episodio comenzó en el hemiciclo, cuando la diputada del PP Ana Vázquez —una casi ya legendaria fustigadora del ministro del Interior— exhibió un espray de gas pimienta para proclamar que ese es ahora el “material escolar básico” en Ceuta como medio de defensa frente a los “asaltantes”. La presidenta de la Cámara, Francina Armengol, le exigió que abandonase el pleno y entregase la cápsula alegando que tiene la consideración legal de un arma, lógicamente prohibidas en el recinto. El PP respondió con una escandalera fenomenal. Media hora después, cuando la diputada Vázquez andaba ya de televisión en televisión denunciando lo ocurrido como una iniquidad más del sanchismo, varias dependencias del complejo parlamentario fueron clausuradas por la Policía al detectarse un penetrante olor que, según fuentes oficiales, llegó a provocar que una docena de personas tuviesen que recibir asistencia médica. Gran revuelo en toda la casa. Vázquez negaba que ella vaciase el spray. Hasta que un asesor de prensa del Grupo Popular tuvo que reconocer que lo había hecho él por indicación de la diputada. En el patio y los pasillos, los comentarios oscilaron entre la risa, la incredulidad y el bochorno. Un descenso más en ese mefítico pozo sin fondo en que se ha sumergido la vida parlamentaria española.
Sin Pedro Sánchez, tratando de olvidar en Nueva York sus tribulaciones nacionales, se podría esperar una sesión de control al Gobierno más bien anodina. Si no fuera porque para la oposición actual no hay un partido pequeño ni un día de descanso. A los pocos minutos de iniciarse el pleno, las palabras “prostitutas” y “mafia” ya reverberaban por doquier. Pepa Millán, portavoz de Vox, acusó a Sánchez de instaurar un “régimen del terror”, además de preparar el consabido “pucherazo”. El nivel de hipérboles e improperios subió incluso por encima de lo habitual, y eso que el listón ya era estratosférico. En ese desempeño nunca defrauda Miguel Tellado. El secretario general del PP llamó “sicario” al titular de Interior, Fernando Grande-Marlaska, “un ministro de España que odia España”.
Entonces llegó Ana Vázquez a remacharlo: Marlaska se dedica en Ceuta a “defender a los asaltantes” mientras “se ríe de los españoles”. Ya a gritos, la diputada se sacó del bolsillo una especie de cápsula y la exhibió al hemiciclo:
—¿Sabe lo que es esto, señor Marlaska? Este es el símbolo de la falta de libertades que sufren las mujeres ceutíes, este es el material escolar básico, un spray de gas pimienta.
Armengol dejó contestar al ministro antes de reconvenir a Vázquez:
—Tengo que llamarla al orden por exhibir un arma en el Congreso.
A continuación, le ordenó que abandonase el hemiciclo y entregase el spray a la policía. Los escaños del PP estallaron de indignación. La diputada quiso intervenir de nuevo, pero la presidenta no se lo permitió. Vázquez, de pie, protestaba entre aspavientos mientras algunos de sus compañeros le hacían gestos inequívocos de que desobedeciese la orden. La bancada popular estalló en un coro: “¡Fuera! ¡fuera!”.
—¡Compórtense, señores diputados!- instó Armengol, mucho más enojada que de costumbre.
Uno de los más veteranos en la bancada del PP, Agustín Conde, ex secretario de Estado y ex alcalde de Toledo, la viva imagen de un señor de orden, vociferó furioso desde su escaño:
—¡Compórtate tú!
Ante la amenaza de ser expulsada del resto del pleno, Vázquez abandonó a regañadientes. Casi todo el grupo se puso en pie para dedicarle una estruendosa ovación. Apenas media docena de sus compañeros se quedaron sentados, alguno con gesto de incomodidad. El jefe, un hierático Alberto Núñez Feijóo, tampoco se levantó. Minutos después, salió al pasillo, defendió a su diputada y concluyó que “quien inflama el debate es Armengol” con “acusaciones gravísimas”. En el hemiciclo, otro popular, Jaime de Olano, tildaba a la presidenta de “activista del sanchismo”. Armengol le llamó “cobarde” por atacarla sabiendo que ella carece de derecho de réplica.
En los pasillos, Vázquez también cargó contra la presidenta de la Cámara antes de disfrutar de su momento de gloria, reclamada por una televisión tras otra en el set del patio. En esas estaba la protagonista del día cuando, media hora después, exactamente a las 10,26, visitantes de una delegación de Mauritania comunicaron que en un baño del complejo parlamentario, en la zona donde tienen sus despachos los grupos, había un olor insoportable. El rastro tóxico fue extendiéndose, llegó hasta las oficinas de Vox y forzó la clausura de varios espacios, entre ellos una de las cafeterías. Según informó el Congreso, una docena de trabajadores de la Cámara, con vómitos e irritación en los ojos, recibieron asistencia médica. Vázquez negó que ella hubiese vaciado el spray. Tuvieron que pasar dos horas para que un asesor de prensa del grupo popular acabase reconociendo que había sido él porque la diputada le pidió que “lo lavase”.
Más incluso que la situación en Ceuta, la ofensiva opositora estuvo centrada en las declaraciones de un abogado al que se considera próximo a la socialista Leire Díez que asegura que contactó con una banda de narcotraficantes para amedrentar a la jueza de Badajoz instructora del caso contra el hermano de Pedro Sánchez. Eso sirvió de munición para continuar el festival tras el incidente con Vázquez. A Jaime de Olano le brindó calificar al Gobierno de “banda probablemente criminal”.
Y aún faltaba la guinda del siempre arrollador Jaime de los Santos. Contrincante habitual de la ministra de Igualdad, el diputado popular volvió sobre lo sucedido con el gas pimienta para denunciar que “las mujeres en Ceuta van armadas para defenderse de las consecuencias de una invasión que Pedro Sánchez no quiso parar”. Luego fue subiendo un poco más. Sostuvo que, por culpa del Gobierno, “España se ha convertido en un paraíso para la trata de mujeres”. Y ya definitivamente sin frenos, espetó a la ministra Ana Redondo: “Mientras ustedes, criminales, siguen en sus poltronas, no hay frontera ni ley de trata que les pare”. Pese al grosor de esas palabras, De los Santos negó que puedan interpretarse como odio a sus adversarios políticos: “No odiamos, les tenemos miedo, porque todo lo que hacen es terrorífico”.
Tras más de hora y media de improperios, los socialistas ya no estaban ni para protestar. Las palabras se perdieron como otro chapoteo lejano en ese pozo sin fondo del Congreso de los Diputados.
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