El pueblo que nació de nuevo

En la calle principal de Navalmoral de la Mata permanece, como un toque extemporáneo, antiguo, casi rupestre ideológicamente, aquel sol antinuclear pintado en un muro. En los años ochenta, cuando se construía Almaraz, había quien advertía del peligro de un accidente nuclear. Cuarenta años después, en estos pueblos se ha vivido otra clase de miedo: que la verdadera catástrofe de Almaraz fuera que alguien decidiera apagarla. La central se ha salvado. El Gobierno, acorralado por la lógica, las nuevas políticas pronucleares europeas y el desastre que iba a provocar en la comarca, ha ampliado su autorización hasta 2030.La noticia ha corrido esta mañana por los teléfonos de Navalmoral, Almaraz y los pueblos del Campo Arañuelo. Como si alguien hubiera abierto una ventana después de meses de vivir con el aire contado. «Esta noticia es futuro». Lo dice David Muñoz, del restaurante Portugal, donde trabajan unas 45 personas entre sus dos restaurantes y la gasolinera. Se ha levantado, ha cogido el móvil y ha empezado a mandar la noticia a familiares, amigos y empresas. Durante meses había visto el cierre como algo prácticamente inevitable. «Yo personalmente lo he visto muy, muy, muy mal. A veces nos hacíamos a la idea de que se cerraba».Almaraz no son solamente los trabajadores que entran cada mañana por la puerta de la central. Son los negocios que viven de ellos, los colegios que necesitan niños, las casas que necesitan compradores y los emprendedores que necesitan creer que dentro de diez años habrá alguien al otro lado de la barra. En el pueblo se regalaba un jamón, en Navalmoral hay Zara y venían a cantar superestrellas del pop. De pronto, todo fue perspectiva de miseria. «Mucha gente tiene miedo de emprender en el pueblo, de comprarse una casa, de montar un negocio porque no sabía qué iba a pasar», cuenta Muñoz. «Esto es un empujón para que la zona tenga vida. Si no, estos pueblos pequeñitos desaparecerían con el tiempo».Esta mañana, Manuel Carreño, operador de la central y una de las voces de la heroica plataforma contra el cierre, estaba de vacaciones. Su mujer lo despertó a las ocho. Se iban de viaje a Asturias y, antes de hacer las maletas, llegó la noticia. Se abrazaron con «un poco de desahogo», admite. El ingeniero cree que en este tiempo también ha cambiado el mundo. La guerra de Ucrania puso delante de Europa la dependencia del gas ruso, disparó la preocupación por el precio de la electricidad y recordó que la energía es también una cuestión de seguridad. El apagón del 28 de abril añadió otra lección: una red eléctrica necesita generación, pero también estabilidad. Durante años, la nuclear parecía una tecnología condenada a desaparecer. Ahora vuelve a hablarse de ella en muchos países como parte del futuro energético, al margen de narrativas hiperideológicas que en realidad favorecían a terceros países y que entraron en la opinión pública como un cuchillo en la mantequilla. Hasta ahora.En Navalmoral, Enrique Hueso, su alcalde, celebra una victoria histórica, pero no quiere que la prórroga se convierta en otra manera de aplazar el problema. «Un día cerrará. No sé si dentro de diez, veinte o treinta años», dice. Y precisamente por eso hay que aprovechar el tiempo. Crear industria, empleo y asentamiento de población joven para que, cuando llegue el cierre, no llegue también la ruina de la comarca.Almaraz sostiene cosas que no siempre aparecen en una factura eléctrica. Hueso habla de cultura, de población joven, de empresas, de renta. Habla también del pantano de Arrocampo, cuyo ecosistema está vinculado a la temperatura del agua que mantiene la central. Es decir, que hasta la naturaleza de alrededor ha aprendido a convivir con ella. Hubo un tiempo en que el futuro de Almaraz se escribía como una sentencia: cierre. Hoy se escribe una fecha: 2030. No es la eternidad, ni siquiera es la solución definitiva, pero es tiempo. En la calle principal de Navalmoral de la Mata permanece, como un toque extemporáneo, antiguo, casi rupestre ideológicamente, aquel sol antinuclear pintado en un muro. En los años ochenta, cuando se construía Almaraz, había quien advertía del peligro de un accidente nuclear. Cuarenta años después, en estos pueblos se ha vivido otra clase de miedo: que la verdadera catástrofe de Almaraz fuera que alguien decidiera apagarla. La central se ha salvado. El Gobierno, acorralado por la lógica, las nuevas políticas pronucleares europeas y el desastre que iba a provocar en la comarca, ha ampliado su autorización hasta 2030.La noticia ha corrido esta mañana por los teléfonos de Navalmoral, Almaraz y los pueblos del Campo Arañuelo. Como si alguien hubiera abierto una ventana después de meses de vivir con el aire contado. «Esta noticia es futuro». Lo dice David Muñoz, del restaurante Portugal, donde trabajan unas 45 personas entre sus dos restaurantes y la gasolinera. Se ha levantado, ha cogido el móvil y ha empezado a mandar la noticia a familiares, amigos y empresas. Durante meses había visto el cierre como algo prácticamente inevitable. «Yo personalmente lo he visto muy, muy, muy mal. A veces nos hacíamos a la idea de que se cerraba».Almaraz no son solamente los trabajadores que entran cada mañana por la puerta de la central. Son los negocios que viven de ellos, los colegios que necesitan niños, las casas que necesitan compradores y los emprendedores que necesitan creer que dentro de diez años habrá alguien al otro lado de la barra. En el pueblo se regalaba un jamón, en Navalmoral hay Zara y venían a cantar superestrellas del pop. De pronto, todo fue perspectiva de miseria. «Mucha gente tiene miedo de emprender en el pueblo, de comprarse una casa, de montar un negocio porque no sabía qué iba a pasar», cuenta Muñoz. «Esto es un empujón para que la zona tenga vida. Si no, estos pueblos pequeñitos desaparecerían con el tiempo».Esta mañana, Manuel Carreño, operador de la central y una de las voces de la heroica plataforma contra el cierre, estaba de vacaciones. Su mujer lo despertó a las ocho. Se iban de viaje a Asturias y, antes de hacer las maletas, llegó la noticia. Se abrazaron con «un poco de desahogo», admite. El ingeniero cree que en este tiempo también ha cambiado el mundo. La guerra de Ucrania puso delante de Europa la dependencia del gas ruso, disparó la preocupación por el precio de la electricidad y recordó que la energía es también una cuestión de seguridad. El apagón del 28 de abril añadió otra lección: una red eléctrica necesita generación, pero también estabilidad. Durante años, la nuclear parecía una tecnología condenada a desaparecer. Ahora vuelve a hablarse de ella en muchos países como parte del futuro energético, al margen de narrativas hiperideológicas que en realidad favorecían a terceros países y que entraron en la opinión pública como un cuchillo en la mantequilla. Hasta ahora.En Navalmoral, Enrique Hueso, su alcalde, celebra una victoria histórica, pero no quiere que la prórroga se convierta en otra manera de aplazar el problema. «Un día cerrará. No sé si dentro de diez, veinte o treinta años», dice. Y precisamente por eso hay que aprovechar el tiempo. Crear industria, empleo y asentamiento de población joven para que, cuando llegue el cierre, no llegue también la ruina de la comarca.Almaraz sostiene cosas que no siempre aparecen en una factura eléctrica. Hueso habla de cultura, de población joven, de empresas, de renta. Habla también del pantano de Arrocampo, cuyo ecosistema está vinculado a la temperatura del agua que mantiene la central. Es decir, que hasta la naturaleza de alrededor ha aprendido a convivir con ella. Hubo un tiempo en que el futuro de Almaraz se escribía como una sentencia: cierre. Hoy se escribe una fecha: 2030. No es la eternidad, ni siquiera es la solución definitiva, pero es tiempo.  

En la calle principal de Navalmoral de la Mata permanece, como un toque extemporáneo, antiguo, casi rupestre ideológicamente, aquel sol antinuclear pintado en un muro. En los años ochenta, cuando se construía Almaraz, había quien advertía del peligro de un accidente nuclear. Cuarenta años después, … en estos pueblos se ha vivido otra clase de miedo: que la verdadera catástrofe de Almaraz fuera que alguien decidiera apagarla. La central se ha salvado. El Gobierno, acorralado por la lógica, las nuevas políticas pronucleares europeas y el desastre que iba a provocar en la comarca, ha ampliado su autorización hasta 2030.

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