La dignidad no exige desconfiar de lo privado

Hay textos religiosos que interesan incluso a quienes no hablan desde la fe. No porque obliguen a aceptar su marco doctrinal, sino porque plantean preguntas que la política y la economía no deberían despachar con suficiencia. La encíclica ‘Magnifica humanitas’ pertenece a esa categoría: puede leerse desde una sensibilidad liberal como una advertencia sobre los riesgos de reducir al individuo a dato, coste o pieza productiva, sin convertir esa advertencia en una enmienda global al mercado.James Martin, jesuita y antiguo alumno de Wharton, la ha definido como «la crítica católica más convincente del capitalismo» que ha leído. O Martin ha leído poco o exagera. A lo largo de su historia, la Iglesia Católica ha sido muy crítica del capitalismo y el liberalismo cuando significan codicia o individualismo . El problema es cuando la crítica se extiende al libre mercado, la propiedad privada o la competencia.Conviene recordar algo elemental: el mercado no es una religión, sino una institución. No promete redención, pero allí donde se han respetado la propiedad privada, la competencia, la seguridad jurídica y la apertura al comercio, las sociedades han sido, por regla general, más prósperas y más libres que las sometidas al dirigismo. Eso no significa negar límites ni responsabilidades. Pero donde la encíclica resulta más discutible es cuando desliza, en su párrafo quinto , una sospecha particular hacia el hecho de que ciertas tecnologías estén hoy en manos «privadas». ¿Por qué habrían de ser los estados una garantía moral superior? La historia del siglo XX enseña más bien lo contrario: los proyectos totalitarios no empezaron por el exceso de mercado , sino por la captura del Estado, el monopolio de la información y la subordinación de la sociedad civil al poder político. El abuso corporativo existe y debe ser limitado; pero el abuso estatal, cuando se desboca, no compite: oprime.Tampoco ayuda la presencia de Christopher Olah, cofundador de Anthropic, en el acto de presentación. Por muchos escrúpulos éticos que proclame, Anthropic es una empresa que busca beneficios en un sector donde la virtud pública cotiza muy bien. Sus gestos pueden ser convicción, pero también marketing. Escuchar a un empresario agradecer al Papa sus críticas, casi como si fuera el control de calidad de la posventa de un coche, es una escena difícil de digerir .Ahí está el punto decisivo. El riesgo no procede sólo de las grandes tecnológicas. También procede de los gobiernos que utilizan la regulación como coartada para vigilar, intervenir o condicionar la esfera privada. Una sociedad libre debe desconfiar tanto del monopolio corporativo como del paternalismo político. La dignidad humana se protege mejor con derechos exigibles, competencia abierta y límites claros al poder que con sermones económicos o planificaciones redentoras.Leída así, ‘Magnifica humanitas’ no obliga a renunciar al libre mercado. Al contrario, puede servir para depurarlo de ingenuidades. El mercado necesita ética, pero la ética no exige estatismo. La empresa debe responder ante la sociedad, pero también debe ser libre para innovar, arriesgar y crear riqueza. Allí donde el individuo deja de ser fin y se convierte en instrumento –del Estado, de la empresa, de la masa o del algoritmo– empieza siempre la misma derrota: la de la libertad. Hay textos religiosos que interesan incluso a quienes no hablan desde la fe. No porque obliguen a aceptar su marco doctrinal, sino porque plantean preguntas que la política y la economía no deberían despachar con suficiencia. La encíclica ‘Magnifica humanitas’ pertenece a esa categoría: puede leerse desde una sensibilidad liberal como una advertencia sobre los riesgos de reducir al individuo a dato, coste o pieza productiva, sin convertir esa advertencia en una enmienda global al mercado.James Martin, jesuita y antiguo alumno de Wharton, la ha definido como «la crítica católica más convincente del capitalismo» que ha leído. O Martin ha leído poco o exagera. A lo largo de su historia, la Iglesia Católica ha sido muy crítica del capitalismo y el liberalismo cuando significan codicia o individualismo . El problema es cuando la crítica se extiende al libre mercado, la propiedad privada o la competencia.Conviene recordar algo elemental: el mercado no es una religión, sino una institución. No promete redención, pero allí donde se han respetado la propiedad privada, la competencia, la seguridad jurídica y la apertura al comercio, las sociedades han sido, por regla general, más prósperas y más libres que las sometidas al dirigismo. Eso no significa negar límites ni responsabilidades. Pero donde la encíclica resulta más discutible es cuando desliza, en su párrafo quinto , una sospecha particular hacia el hecho de que ciertas tecnologías estén hoy en manos «privadas». ¿Por qué habrían de ser los estados una garantía moral superior? La historia del siglo XX enseña más bien lo contrario: los proyectos totalitarios no empezaron por el exceso de mercado , sino por la captura del Estado, el monopolio de la información y la subordinación de la sociedad civil al poder político. El abuso corporativo existe y debe ser limitado; pero el abuso estatal, cuando se desboca, no compite: oprime.Tampoco ayuda la presencia de Christopher Olah, cofundador de Anthropic, en el acto de presentación. Por muchos escrúpulos éticos que proclame, Anthropic es una empresa que busca beneficios en un sector donde la virtud pública cotiza muy bien. Sus gestos pueden ser convicción, pero también marketing. Escuchar a un empresario agradecer al Papa sus críticas, casi como si fuera el control de calidad de la posventa de un coche, es una escena difícil de digerir .Ahí está el punto decisivo. El riesgo no procede sólo de las grandes tecnológicas. También procede de los gobiernos que utilizan la regulación como coartada para vigilar, intervenir o condicionar la esfera privada. Una sociedad libre debe desconfiar tanto del monopolio corporativo como del paternalismo político. La dignidad humana se protege mejor con derechos exigibles, competencia abierta y límites claros al poder que con sermones económicos o planificaciones redentoras.Leída así, ‘Magnifica humanitas’ no obliga a renunciar al libre mercado. Al contrario, puede servir para depurarlo de ingenuidades. El mercado necesita ética, pero la ética no exige estatismo. La empresa debe responder ante la sociedad, pero también debe ser libre para innovar, arriesgar y crear riqueza. Allí donde el individuo deja de ser fin y se convierte en instrumento –del Estado, de la empresa, de la masa o del algoritmo– empieza siempre la misma derrota: la de la libertad.  

Hay textos religiosos que interesan incluso a quienes no hablan desde la fe. No porque obliguen a aceptar su marco doctrinal, sino porque plantean preguntas que la política y la economía no deberían despachar con suficiencia. La encíclica ‘Magnifica humanitas’ pertenece a esa categoría: puede … leerse desde una sensibilidad liberal como una advertencia sobre los riesgos de reducir al individuo a dato, coste o pieza productiva, sin convertir esa advertencia en una enmienda global al mercado.

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