Hay momentos en los mercados en los que el consenso deja de ser una opinión para convertirse en una fe. Hoy ocurre con la inteligencia artificial. La narrativa dominante sostiene que el gran negocio está en tener en cartera a los gigantes tecnológicos que lideran la revolución y financian la construcción de centros de datos, chips y redes eléctricas. Sin embargo, la historia económica aconseja desconfiar cuando todos parecen estar de acuerdo.La tesis que desarrolla la firma de análisis de inversiones y gestión de activos Pernas Research en su última carta trimestral merece atención porque va a contracorriente. No cuestiona el potencial transformador de la inteligencia artificial. Al contrario, lo que pone en duda es que el grueso de la rentabilidad futura vaya a quedarse en estas empresas que hoy monopolizan los índices bursátiles y de las que todo el mundo está pendiente esta semana de presentación de resultados.Nunca el S&P 500 había estado tan concentrado en un reducido grupo de compañías con valoraciones tan altas. Al mismo tiempo, esas empresas están inmersas en una carrera de inversión de dimensiones inéditas. Decenas de miles de millones de dólares en centros de datos, semiconductores, energía y capacidad de computación deberán seguir financiándose durante años. Es un esfuerzo colosal que inevitablemente presionará márgenes, flujos de caja y, en algunos casos, está obligando a recurrir al mercado para reclutar capital fresco.La historia ofrece un precedente ilustrativo. Durante la electrificación de la industria, el verdadero salto de productividad no llegó cuando las fábricas sustituyeron la máquina de vapor por motores eléctricos. Llegó después, cuando reorganizaron completamente sus procesos para aprovechar las posibilidades de aquella nueva tecnología. La electricidad no creó riqueza por sí sola; la creó la capacidad empresarial para utilizarla de forma distinta.Con la IA puede ocurrir exactamente lo mismo. El valor no residirá únicamente en fabricar los «picos y palas» de esta nueva fiebre del oro digital. También aparecerá en miles de compañías que la integren en logística, ingeniería, atención al cliente, prevención del fraude, desarrollo de software o procesos administrativos. Es decir, en empresas menos visibles, más pequeñas y mucho menos presentes en los grandes índices.Paradójicamente, el extraordinario éxito de los llamados Siete Magníficos puede convertirse en la mejor noticia para los gestores. Cuanto mayor sea la concentración de los índices y más elevadas sean las expectativas incorporadas en sus cotizaciones, mayor será también el margen para encontrar valor fuera de ellos . Eso no significa que las grandes tecnológicas estén condenadas al fracaso. Seguirán siendo compañías extraordinarias. Pero una empresa excelente no siempre constituye una excelente inversión cuando su precio ya descuenta casi todo el futuro.Los mercados suelen confundir liderazgo tecnológico con liderazgo bursátil. Son dos conceptos distintos. La IA cambiará la economía mundial. La cuestión verdaderamente relevante para el inversor es otra: quién capturará finalmente esa riqueza. La respuesta, probablemente, será distinta de lo que hoy descuenta Wall Street. ● Hay momentos en los mercados en los que el consenso deja de ser una opinión para convertirse en una fe. Hoy ocurre con la inteligencia artificial. La narrativa dominante sostiene que el gran negocio está en tener en cartera a los gigantes tecnológicos que lideran la revolución y financian la construcción de centros de datos, chips y redes eléctricas. Sin embargo, la historia económica aconseja desconfiar cuando todos parecen estar de acuerdo.La tesis que desarrolla la firma de análisis de inversiones y gestión de activos Pernas Research en su última carta trimestral merece atención porque va a contracorriente. No cuestiona el potencial transformador de la inteligencia artificial. Al contrario, lo que pone en duda es que el grueso de la rentabilidad futura vaya a quedarse en estas empresas que hoy monopolizan los índices bursátiles y de las que todo el mundo está pendiente esta semana de presentación de resultados.Nunca el S&P 500 había estado tan concentrado en un reducido grupo de compañías con valoraciones tan altas. Al mismo tiempo, esas empresas están inmersas en una carrera de inversión de dimensiones inéditas. Decenas de miles de millones de dólares en centros de datos, semiconductores, energía y capacidad de computación deberán seguir financiándose durante años. Es un esfuerzo colosal que inevitablemente presionará márgenes, flujos de caja y, en algunos casos, está obligando a recurrir al mercado para reclutar capital fresco.La historia ofrece un precedente ilustrativo. Durante la electrificación de la industria, el verdadero salto de productividad no llegó cuando las fábricas sustituyeron la máquina de vapor por motores eléctricos. Llegó después, cuando reorganizaron completamente sus procesos para aprovechar las posibilidades de aquella nueva tecnología. La electricidad no creó riqueza por sí sola; la creó la capacidad empresarial para utilizarla de forma distinta.Con la IA puede ocurrir exactamente lo mismo. El valor no residirá únicamente en fabricar los «picos y palas» de esta nueva fiebre del oro digital. También aparecerá en miles de compañías que la integren en logística, ingeniería, atención al cliente, prevención del fraude, desarrollo de software o procesos administrativos. Es decir, en empresas menos visibles, más pequeñas y mucho menos presentes en los grandes índices.Paradójicamente, el extraordinario éxito de los llamados Siete Magníficos puede convertirse en la mejor noticia para los gestores. Cuanto mayor sea la concentración de los índices y más elevadas sean las expectativas incorporadas en sus cotizaciones, mayor será también el margen para encontrar valor fuera de ellos . Eso no significa que las grandes tecnológicas estén condenadas al fracaso. Seguirán siendo compañías extraordinarias. Pero una empresa excelente no siempre constituye una excelente inversión cuando su precio ya descuenta casi todo el futuro.Los mercados suelen confundir liderazgo tecnológico con liderazgo bursátil. Son dos conceptos distintos. La IA cambiará la economía mundial. La cuestión verdaderamente relevante para el inversor es otra: quién capturará finalmente esa riqueza. La respuesta, probablemente, será distinta de lo que hoy descuenta Wall Street. ●
Hay momentos en los mercados en los que el consenso deja de ser una opinión para convertirse en una fe. Hoy ocurre con la inteligencia artificial. La narrativa dominante sostiene que el gran negocio está en tener en cartera a los gigantes tecnológicos que lideran … la revolución y financian la construcción de centros de datos, chips y redes eléctricas. Sin embargo, la historia económica aconseja desconfiar cuando todos parecen estar de acuerdo.
La tesis que desarrolla la firma de análisis de inversiones y gestión de activos Pernas Research en su última carta trimestral merece atención porque va a contracorriente. No cuestiona el potencial transformador de la inteligencia artificial. Al contrario, lo que pone en duda es que el grueso de la rentabilidad futura vaya a quedarse en estas empresas que hoy monopolizan los índices bursátiles y de las que todo el mundo está pendiente esta semana de presentación de resultados.
Nunca el S&P 500 había estado tan concentrado en un reducido grupo de compañías con valoraciones tan altas. Al mismo tiempo, esas empresas están inmersas en una carrera de inversión de dimensiones inéditas. Decenas de miles de millones de dólares en centros de datos, semiconductores, energía y capacidad de computación deberán seguir financiándose durante años. Es un esfuerzo colosal que inevitablemente presionará márgenes, flujos de caja y, en algunos casos, está obligando a recurrir al mercado para reclutar capital fresco.
La historia ofrece un precedente ilustrativo. Durante la electrificación de la industria, el verdadero salto de productividad no llegó cuando las fábricas sustituyeron la máquina de vapor por motores eléctricos. Llegó después, cuando reorganizaron completamente sus procesos para aprovechar las posibilidades de aquella nueva tecnología. La electricidad no creó riqueza por sí sola; la creó la capacidad empresarial para utilizarla de forma distinta.
Con la IA puede ocurrir exactamente lo mismo. El valor no residirá únicamente en fabricar los «picos y palas» de esta nueva fiebre del oro digital. También aparecerá en miles de compañías que la integren en logística, ingeniería, atención al cliente, prevención del fraude, desarrollo de software o procesos administrativos. Es decir, en empresas menos visibles, más pequeñas y mucho menos presentes en los grandes índices.
Paradójicamente, el extraordinario éxito de los llamados Siete Magníficos puede convertirse en la mejor noticia para los gestores. Cuanto mayor sea la concentración de los índices y más elevadas sean las expectativas incorporadas en sus cotizaciones, mayor será también el margen para encontrar valor fuera de ellos. Eso no significa que las grandes tecnológicas estén condenadas al fracaso. Seguirán siendo compañías extraordinarias. Pero una empresa excelente no siempre constituye una excelente inversión cuando su precio ya descuenta casi todo el futuro.
Los mercados suelen confundir liderazgo tecnológico con liderazgo bursátil. Son dos conceptos distintos. La IA cambiará la economía mundial. La cuestión verdaderamente relevante para el inversor es otra: quién capturará finalmente esa riqueza. La respuesta, probablemente, será distinta de lo que hoy descuenta Wall Street. ●
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