Lee Chang-dong, Andrea Pallaoro y May el-Toukhy completan una de jornada para el recuerdo en la Mostra

Venecia ofrece muchas actividades. No es que sea un parque temático, aunque un poco sí, pero la oferta es tan variada y, sobre todo, intensa que incluye hasta la misma muerte. O la nada. Ya lo escribió Thomas Mann en una de las citas más repetidas (tampoco tanto, la verdad) de, efectivamente, Muerte en Venecia. A saber: «Reposar en la perfección es el anhelo de todo el que se esfuerza por alcanzar lo sublime; y ¿no es acaso la nada una forma de perfección?». Lo dijo el autor alemán y no dudarían en subscribirlo hasta los propios peces plátanos de Salinger, siempre empeñados en dar con ese día perfecto en el que morir, ahítos de plátanos (¿de qué si no?), entre las convulsiones de las fiebres plataníferas. Digamos que el del domingo fue un día perfecto en la Mostra y en Venecia; un día perfecto para los espectadores de cine y para, otra vez, los peces plátanos. No murió nadie, pero el esfuerzo por alcanzar lo sublime y reposar en la perfección quedó patente de la mano, por estricto orden de llegada a lo más alto, de Un amor posible, del coreano Lee Chang-dong; The Echo Chamber, del italiano Andrea Pallaoro, y Woman Unknown, de la danesa May el-Toukhy.

 El drama sobre conflictos de clase en Corea Un amor posible (*****), la tragedia desgarrada de deseo y dependencia The Echo Chamber (****) y el retrato de la culpabilidad colectiva tras la Segunda Guerra Mundial en Dinamarca Woman Unknown (****) colocan el Festival de Venecia en su mejor e inolvidable momento  

Venecia ofrece muchas actividades. No es que sea un parque temático, aunque un poco sí, pero la oferta es tan variada y, sobre todo, intensa que incluye hasta la misma muerte. O la nada. Ya lo escribió Thomas Mann en una de las citas más repetidas (tampoco tanto, la verdad) de, efectivamente, Muerte en Venecia. A saber: «Reposar en la perfección es el anhelo de todo el que se esfuerza por alcanzar lo sublime; y ¿no es acaso la nada una forma de perfección?». Lo dijo el autor alemán y no dudarían en subscribirlo hasta los propios peces plátanos de Salinger, siempre empeñados en dar con ese día perfecto en el que morir, ahítos de plátanos (¿de qué si no?), entre las convulsiones de las fiebres plataníferas. Digamos que el del domingo fue un día perfecto en la Mostra y en Venecia; un día perfecto para los espectadores de cine y para, otra vez, los peces plátanos. No murió nadie, pero el esfuerzo por alcanzar lo sublime y reposar en la perfección quedó patente de la mano, por estricto orden de llegada a lo más alto, de Un amor posible, del coreano Lee Chang-dong; The Echo Chamber, del italiano Andrea Pallaoro, y Woman Unknown, de la danesa May el-Toukhy.

El primero en aspirar a todo fue el director de milagros como Poesía (2010) o Burning (2018). Lo que propone ahora Lee Chang-dong es una historia de apariencia sencilla. Una directora de cine se acerca a los despedidos de una fábrica para rodar lo que quiere ser un documental. Nada más. El propio director confiesa que el origen de la película fue la urgencia de intervenir en el debate social que se produjo cuando la huelga de los trabajadores de una fábrica se zanjó con una violentísima acción policial. De entrada, todo discurre de la mano del socorrido trámite del cine dentro del cine. El espectador es invitado a presenciar la construcción misma de una película que quiere ser a la ver la reconstrucción –construcción sobre construcción– de un hecho muy determinado. Nada más.

Lo que ocurre es que rara vez las cosas son simplemente lo que parecen. Se diría que las cosas se acercan más a lo que «aparecen». En efecto, poco a poco, Un amor posible se va complicando hasta convertirse en una agudísima y muy sangrante reflexión sobre la misma representación, sobre su mecanismo a la vez emancipador y de sumisión, sobre la jerarquía que coloca a un lado al creador y del otro al objeto de estudio. El delicado y emocionante artefacto diseñado por el coreano no solo discute desde la política la legitimidad de un sistema que convierte a buena parte de los ciudadanos en carne de explotación; también pone en tela de juicio ese entretenimiento para burgueses ociosos que es el cine en su arrogante desempeño de hablar por otros, de dar voz a los que supuestamente no la tienen.

Y todo ello, y esto es lo relevante, de la mano de una narración emotiva hasta la exasperación, tensa, deslumbrante y con una sensibilidad para el detalle inaudita. En la trama, la familia rica que se dedica a retratar el sufrimiento de los obreros ahora sin trabajo, y la familia pobre que arrastra todos los traumas de dedicar sus noches y sus días a algo tan inútil, raro y alienante como el propio trabajo fingen una amistad demasiado parecida a una nueva forma de sometimiento. Lo que se discute es la esencia misma de una sociedad arrojada al consumo de sí misma desigual, clasista, esquizofrénica y sometida a un orden violento algo más que solo caprichoso. Y eso a la vez que se desnudan las estrategias, digamos, culturales de representación que mantienen en pie un panorama esencialmente injusto. Bienvenidos al capitalismo, le falta añadir.

Pese a todo, el humanismo certero de Chang-dong no busca tanto la denuncia por la denuncia o la proclama a voz en cuello como la posibilidad de resistencia y, de su mano, la obligación del amor. Un amor posible es en su raíz una película sobre el mismo deseo, sobre la libertad, sobre los ojos de un niño que, de repente, se abren, sobre el anhelo de todo el que se esfuerza por alcanzar lo sublime. Tal cual.

Lee Chang-dong y Sul Kyung-gu en la presentación de Un posible amor.
Lee Chang-dong y Sul Kyung-gu en la presentación de Un posible amor.Alessandra TarantinoAP Photo/Alessandra Tarantino

No lejos, en esta carrera por la perfección, Pallaoro, al que le debemos una película tan cruda y desproporcionada como Hannah (2017), quiso presentar la más bella, contradictoria e imperfecta de las películas. Lo hizo de la mano del que es el último guion al que Bertolucci prestó una historia propia. The Echo Chamber es una historia de amor y dolor. Nada más. La idea es reconstruir la relación de pasión y dependencia, de sexo y charlas con vino, de presencia y ausencia, de libertad y simple esclavitud entre los personajes interpretados por Luca Marinelli y Alicia Vikander. El primero es productor de música y la segunda enfermera. El primero sufre y la segunda calma. Y así. Y en medio, Susan Sarandon que da vida a una cantante con gesto y apostura de mito eterno en el cine y en la canción; una viuda que poco a poco aprende a servirse del sufrimiento para crear, que es como se calma (que no se cura) una herida de las insondables.

Con estos elementos, el director encierra a sus personajes en un apartamento. Nada más. A veces, aparecen juntos y otras, por separado. En ocasiones, se habla del presente y, por momentos, se viaja al pasado. Se buscan y se rechazan. Se echan de menos y se ignoran. La idea es construir un laberinto de espejos y tiempos en el que se refleja un mundo de contradicciones donde la gracia por fuerza grácil del amor descansa al lado de lo que más duele; donde la libertad pura exige, como diría el poeta, «estar preso en alguien cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío».

De la mano de unos actores entonadísimos y profundos, lo que queda es una película honda, desconcertante y plena. A Pallaoro no le gusta el travelling como a Bertolucci, pero su virtuosismo a la hora de dar con continuidades donde todo parece ruptura desarma como en su momento lo hizo el responsable de La luna, la película a la que más se parece. Y qué bellísimo y dolorosísimo final, por dios.

May el-Toukhy en la presentación de Woman Unknown.
May el-Toukhy en la presentación de Woman Unknown.EFE

Por último, en este día perfecto de peces, plátanos, peces plátanos y muertes en Venecia le tocó el turno a la danesa May el-Toukhy. A ella le corresponde el raro y cruel honor de ser la única mujer que firma una película en solitario en la sección competitiva. Y por aquello quizá de continuar la conversación, no dejó pasar la oportunidad de hacer honor al honor. Woman Unknown es, como avisa el título, una historia de mujeres. Y lo es no solo porque la protagonista sea mujer, ni porque se ocupe de lo que les pasó a las mujeres en Dinamarca acabada la Segunda Guerra Mundial y ni mucho menos porque proponga como argumento el propio cuerpo de la mujer como campo de batalla y objeto de sometimiento.

No, es esencialmente una historia de mujeres porque es una historia que nos faltaba. La pregunta es: ¿Por qué, y pese a tanta película sobre días D, horas H y héroes alfa, jamás nadie se había detenido en uno de los mayores dramas que sufrió la humanidad, toda ella, como fue el convertir el comportamiento sexual de las mujeres en una afrenta a la identidad nacional? Si no tienen respuesta es que la respuesta es demasiado evidente. Tan evidente como el disparate culpable de que un festival de cine discrimine a la mitad de la población por criterios, dice, «de calidad». Por lo demás, aunque se hable de Dinamarca, vale igual cualquier país del mundo.

Se cuenta la historia de una criada que, por azares del azar, pronto será señora. Se casará con el patrón. Todo discurre en plena algarabía tras la victoria al nazismo donde la impunidad es la única ley a la que responde eso llamado patriotismo. Las mujeres a las que se conoció (o se sospechó) amante alemán son vejadas en plaza pública. Sobre este punto de partida, El-Toukhy compone un melodrama histórico de apariencia clásico, pero en verdad y a su modo revolucionario. La estrategia consiste en desmontar la gramática tradicional para adaptarla al sentir, obrar, moverse y lavarse de esa gran desconocida sin pene entre las piernas.

Lo que sigue es un relato tan febril y encendido como rigurosamente nuevo pese al artificio, digamos, exageradamente ortodoxo. La directora alcanza así lo más complicado de todo: imponer su voz en escenario plagado de ecos ajenos. El cuerpo y el deseo de la mujer, por primera vez. Ya hemos tardado. «Reposar en la perfección es el anhelo de todo el que se esfuerza por alcanzar lo sublime», dijo Mann y así le responde Woman, Woman Unknown.

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