Una nueva lección de magisterio, pureza y arte de Morante de la Puebla en Aranjuez

En una época de proliferación de las corridas goyescas -y otras temáticas que no conviene mencionar-, la del Motín de Aranjuez ha conseguido el lujo que Ronda dejó vacío en los dos últimos años pese a su larga tradición. En la edición de este fin de semana han convivido ambas, en 48 horas, como las más señeras.

 El maestro sale a hombros en la prestigiada goyesca de Aranjuez tras cortar tres orejas en tarde de inspiración y precisión técnica; Aguado, muy firme, se hace con un trofeo ante un toro a contraestilo; Ortega, sin suerte  

En una época de proliferación de las corridas goyescas -y otras temáticas que no conviene mencionar-, la del Motín de Aranjuez ha conseguido el lujo que Ronda dejó vacío en los dos últimos años pese a su larga tradición. En la edición de este fin de semana han convivido ambas, en 48 horas, como las más señeras.

A la corrida de Cuvillo le venía faltando vida. Unas veces en clave de celo; otras, en movilidad. El cuarto, engatillado, no remató ni una vez de salida. Otra vez la suerte de espaldas para el genio, pensamos. Tres verónicas monumentales, volcando el alma en el embroque y siguiendo con el pecho la embestida hasta el final. Máxima expresión rematada con una media minimalista, como racionalizando la exigencia. El inicio tuvo el toreo añejo, la pureza eterna y el gusto personal.

Echó el freno de mano el toro, dolido por haberse empleado en ese arranque. Los acordes de la excelsa banda de Añover no conseguían animar la embestida, pero Morante se creció vislumbrando algo en el toro. La interpretación del natural fue una locura. Pura naturalidad, de vertical compás. Más ceñido, imposible. ¡Por ahí es imposible que pase! ¡Pues pasa con la atronadora verdad asentada de La Puebla! La plaza en pie. El final de la obra fue de una belleza incomparable. Variedad y compás. Giraldillas, pases de la firma, molinetes invertidos y el remate del abaniqueo con el cuerpo por delante.

Una faena inventada, con los recursos del magisterio, pero después de haberlo cuajado como nadie con el toreo fundamental. La estocada, hasta los gavilanes. La felicidad en el rostro de expresión cansada al elevar el doble trofeo.

La calurosa tarde ribereña venía con el viento echado. Las banderas inertes en el mástil; los abanicos, incesantes toda la tarde. Como una bocanada de aire fresco fueron las verónicas del quite de Morante al primero. Compás semicerrado, muñecas vivas para embarcar. Toro desfondado desde entonces, con el que se gustó en unos ayudados por alto que fueron carteles de toros. La actitud de querer con un toro que quería más que podía. Un trofeo agradeció la actitud de querer.

Templado derechazo de Pablo Aguado a su primero
Templado derechazo de Pablo Aguado a su primeroEmilio MéndezCircuitos Taurinos

Sorprendió Aguado al pedir la blanca capa de raso de seda natural con la que había recorrido Aranjuez desde una calesa y con la que había hecho el paseíllo en el bicentenario coso para quitar por airosas chicuelinas al sexto. Un brote de inspiración en el ruedo donde meses atrás cortó los máximos trofeos en una de las tardes de su temporada. Iván García sacó galones en un tercio de banderillas superior. Le faltaron finales a un toro con mejor embroque. La disposición de Aguado fue total. Muy metido toda la tarde. El cuvillo, cambiante, reponía por dentro cuando ganaba la acción. El sevillano se hizo con él con un poder silencioso, sin estridencias. Ya había hecho un esfuerzo con un tercero sin ritmo ni humillación que le probó siempre que pudo. Con una firmeza deslumbrante, retó al toro en cada cite aguantándole la agria mirada al pecho. No solo no se aflojó ante el toro tan a contraestilo, sino que se creció. Se fue detrás de la espada y cortó una oreja de peso.

Juan Ortega venía de haber soñado el toreo en Ronda. Voló los flecos del capote para recibir casi en el estribo al segundo en una torera estampa. Recuperada la vertical, el encaje de la verónica alcanzó cotas de ole ronco al reducir la velocidad del toro. Morante ejerció en banderillas de director de lidia al estar presto al quite, quitándole a Perico el toro encelado que venía buscando tablas. Aquella condición tan desrazada no fue fácil de hilvanar. Ortega apostó por el toreo al natural con una colocación intachable y un trazo que pasó de lo académico a lo arrebatado. Se arrepujó con el toro poniéndole mucho sabor. Perdió en el final de faena el estoque ayudado e hilvanó unos afarolados que tuvieron el arte de la bulería. Un pinchazo enfrió la posibilidad del trofeo, pero no la sensación térmica, que era aplastante. Cuando aprieta el calor en Aranjuez dicen que «no se mueven ni las luciérnagas». Y con aquella sensación salió el quinto, un jabonero sucio que pegó taponazos a su paso por los diferentes capotes. Ortega sacó su versión más poderosa para no verse desbordado. Cuando quiso hacer el toreo de gusto no hubo forma. Venía mejor que se iba, descompuesto, sin entregarse de verdad. Se dobló con él y ya.

Morante fue paseado a hombros como síntesis de una nueva lección de magisterio, pureza y arte.

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