La exitosa primera edición del programa de la Comunidad de Madrid concluye tras casi dos semanas entre el Nilo, Luxor, El Fayoum, el mar Rojo y el Sinaí con un grupo que llegó seleccionado por sus notas y regresó unido por una experiencia compartidaMás información: Madrid Xplora echa a navegar por el Nilo con unos primeros días «frenéticos»: «Pensábamos que no nos iban a seleccionar» La exitosa primera edición del programa de la Comunidad de Madrid concluye tras casi dos semanas entre el Nilo, Luxor, El Fayoum, el mar Rojo y el Sinaí con un grupo que llegó seleccionado por sus notas y regresó unido por una experiencia compartidaMás información: Madrid Xplora echa a navegar por el Nilo con unos primeros días «frenéticos»: «Pensábamos que no nos iban a seleccionar»
Las claves
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La terminal 2 del aeropuerto de El Cairo tenía algo de final de curso y de madrugada interminable. Los veinte alumnos de Madrid Xplora esperaban el embarque hacia España con las mismas mochilas, las mismas sudaderas y las mismas credenciales con las que habían salido de Barajas doce días antes, pero ya no eran exactamente los mismos.
Venían de subir el monte Sinaí sin dormir, de atravesar de noche una montaña que, según repetían al bajar, quizá no se habrían atrevido a afrontar si la hubieran visto con luz, y de cerrar el viaje con esa tristeza rara que aparece no tanto cuando una excursión acaba pero sí cuando una convivencia se rompe.
Había sueño, ojeras, silencios, alguna risa suelta y una melancolía todavía contenida. MaríaCruz decía que aún no estaba triste, que lo estaría después. Pero en las últimas horas ya había ocurrido todo: las lágrimas en la playa, los abrazos antes de la despedida, las palabras de Ihab —el guía egipcio que terminó diciéndoles que los sentía como hijos— y la sensación compartida de que Egipto había empezado siendo un premio académico y había terminado siendo otra cosa.
Los veinte alumnos de Madrid Xplora posan frente a una de las pirámides de Giza durante la visita al recinto arqueológico de El Cairo, una de las últimas grandes paradas de la expedición por Egipto.
Laura Antelo.
Habían llegado con los deberes hechos. No solo los escolares, que eran la razón por la que estaban allí, sino también los humanos. Ya se habían conocido antes de viajar, habían hablado por un grupo de WhatsApp, y habían convivido durante la semana institucional de presentación del programa.
Carla Valera lo explicaba al final, cuando todo estaba a punto de terminar: «Desde el primer momento que nos vimos en persona conectamos todos». Lorena Santos iba incluso más atrás: al primer encuentro, antes de pisar Egipto. «No nos ha costado nada conectar», decía.
Lo atribuía a una mezcla de sorpresa y humildad: todos estaban allí porque habían ganado un viaje por sus notas, todos sabían que aquello no era lo normal y ninguno parecía querer convertirlo en una competición. Habían sido seleccionados por expedientes brillantes, pero durante doce días se comportaron menos como una lista de los mejores alumnos de Madrid que como una pandilla improvisada que aprendía a funcionar lejos de sus casas.
Un grupo ‘excelente’
Madrid Xplora, el programa de la Comunidad de Madrid que premia el esfuerzo académico de estudiantes con un viaje formativo, no había planteado un recorrido sencillo. La expedición salió de Madrid el 19 de junio, voló a El Cairo, enlazó de madrugada con Asuán y comenzó allí una ruta que, en menos de dos semanas, cruzó buena parte del imaginario egipcio.
El Nilo, Philae, Kom Ombo, Edfú, Luxor, Karnak, el Valle de los Reyes, el Valle de los Artesanos, la casa de Howard Carter, el templo de Hatshepsut, las pirámides de Giza, la Esfinge, el Gran Museo Egipcio, el oasis de El Fayoum, el mar Rojo y, al final, el Sinaí. Sobre el papel era un itinerario de monumentos. En la práctica, fue una prueba de convivencia, cansancio, curiosidad, calor, madrugones y mucho asombro.
El primer Egipto fue el del Nilo. El barco Royal Beau Rivage se convirtió durante los primeros días en una casa flotante desde la que los alumnos comenzaron a mirar un país que casi ninguno reconocía del todo. Habían imaginado desierto y se encontraron orillas verdes, barcas, pueblos con niños que se acercaban cantando, animales delgados en la calle y una pobreza que les golpeó antes incluso que los templos.
En una primera conversación a bordo, varios reconocían que el contraste con Madrid era lo que más les había impresionado. No hablaban todavía como viajeros expertos, sino como simples adolescentes enfrentados por primera vez a una realidad que no cabía en los vídeos previos ni en las explicaciones de clase. La sorpresa fue el primer aprendizaje.
Después llegaron las piedras. Y con ellas, la constatación de que estudiar Egipto no se parece demasiado a caminarlo. El templo de Philae, la navegación hacia Kom Ombo, la visita a Edfú al amanecer, la esclusa de Esna y la llegada a Luxor fueron construyendo una secuencia de nombres que hasta entonces pertenecían a libros, documentales o apuntes.
En Luxor, la expedición dejó el barco, pasó al hotel y entró en el tramo más denso del viaje: necrópolis, tumbas, avenidas sagradas, patios monumentales, columnas, relieves, colores y una cantidad de historia difícil de procesar cuando se duerme poco y se camina mucho.
Los alumnos de Madrid Xplora, durante la visita al templo de Luxor, donde participaron en una dinámica para descubrir la historia del recinto a través de una especie de búsqueda del tesoro.
Laura Antelo.
El Valle de los Reyes estaba llamado a ser uno de los grandes momentos, pero no fue el único ni necesariamente el que más sorprendió. Lo inesperado apareció en el Valle de los Artesanos. Allí, en tumbas más pequeñas y menos conocidas para ellos, los colores conservados en las paredes produjeron un impacto distinto.
La monumentalidad transicionó a la intimidad. No era únicamente la tumba de un faraón, sino la huella de quienes levantaron, pintaron, tallaron y sostuvieron la civilización que estaban recorriendo. Aquello descolocó a más de uno. En un viaje preparado para ver lo enorme, acabaron impresionados también por lo minucioso.
Karnak y Luxor aportaron la escala. El templo de Karnak les colocó frente a una arquitectura que parece pensada para empequeñecer al visitante incluso miles de años después. El templo de Luxor, iluminado de noche, ofreció una escena distinta: una búsqueda del tesoro organizada entre columnas, estatuas y relieves, una forma de obligar a mirar con atención donde el turista suele pasar deprisa.
Los alumnos corrían, buscaban pistas, comparaban respuestas, se reían y aprendían sin el gesto solemne que a veces se espera en estos lugares. Esa fue una de las claves del viaje: no se les pidió que fingieran una madurez impostada ante cada monumento. Se les permitió mirar Egipto con dieciséis años.
La combinación entre madurez y niñez fue precisamente lo que más llamó la atención a Enrique González, responsable de logística de la expedición, decía que aquello había sido «como un máster en la adolescencia» y que cualquier padre habría querido tener la oportunidad de observar tan de cerca a veinte chicos «modelos en cuanto a comportamiento y respeto».
Lo que más le sorprendió fue esa frontera móvil: «Al final, cuando les escuchas hablar y reflexionar, su discurso es muy adulto, pero cuando los ves en una piscina o en un 4×4 son niños. Eso te hace reflexionar». La frase servía para explicar casi todo.
Los mismos que hablaban con una seriedad poco común sobre el esfuerzo, la suerte o la pobreza eran los que unas horas después gritaban en el desierto con las manos fuera de la ventanilla mientras los coches subían y bajaban dunas a toda velocidad.
Un paisaje sobrecogedor
Antes del desierto llegó El Cairo. El grupo visitó el recinto de las pirámides de Giza, la Esfinge y el interior de la pirámide de Kefrén. Habían visto fotos toda la vida, pero nada prepara del todo para la extrañeza de estar allí, con la ciudad al fondo, los turistas alrededor y la geometría imposible de las pirámides imponiéndose sobre cualquier explicación.
Después llegó el Gran Museo Egipcio. Allí, lo que más les impresionó no fue solo una pieza, sino la acumulación: entender que tantos objetos, tantas formas de oro, madera, piedra, joyas, símbolos y vida cotidiana hubieran salido de la tumba de Tutankamón. La historia dejaba de ser una narración lineal y se convertía en inventario material de una obsesión por permanecer.
Pero el viaje no se sostuvo únicamente en lo que vieron. Se sostuvo también en lo que escribieron. A los alumnos se les entregaron diarios de expedición y esos cuadernos se convirtieron en protagonistas de los tiempos libres. Mientras otros grupos habrían llenado los huecos solo con móviles, ellos escribían, pegaban recuerdos, resumían jornadas, recogían frases, dibujaban o intentaban fijar algo de lo que estaba pasando antes de que el cansancio lo borrara.
Los periodistas que acompañaban la expedición acabaron premiando los mejores diarios: Ana Alcalá recibió el primer premio; Silvia Pérez, el segundo; Jimena Maaria, el tercero. Más allá del gesto, los cuadernos terminaron funcionando como una segunda memoria del viaje. En ellos cabían los templos, pero también las bromas, los compañeros, las despedidas y los momentos que no salen en las fotografías oficiales.
El diario de Ana Alcalá, ganador del primer premio de la expedición, donde fue guardando entradas, billetes, recuerdos y anotaciones de cada jornada por Egipto.
Julio César R. A.
El Fayoum marcó el cambio de dimensión. Después de días de templos, tumbas y museos, el grupo llegó de noche a Kom El Dikka, una finca privada de agroturismo orgánico en el oasis. Allí el viaje salió del Egipto faraónico y entró en otro Egipto: rural, agrícola, más lento.
Hubo ordeño de vacas, talleres de cerámica, elaboración de queso y mantequilla, piscina, comidas, desierto y una hoguera alrededor de la cual ocurrieron cosas que pertenecen a la intimidad del grupo. Marta y Mateo, monitores de la expedición, habían preparado dinámicas en las que los chicos se abrían, hablaban, agradecían y se escuchaban. Hubo cantos, lágrimas y una forma de confianza que difícilmente se fabrica si antes no ha ocurrido algo real.
El safari por las dunas rompió cualquier solemnidad. Los alumnos subieron a vehículos 4×4 y el desierto se convirtió durante unas horas en una montaña rusa de arena. Gritaban, sacaban las manos por la ventana, se miraban incrédulos. Un coche quedó atrapado y hubo que sacarlo.
La escena tenía algo de descontrol controlado: la arena entrando por todas partes, los motores forzados, los monitores pendientes, los chicos riéndose y el paisaje abriéndose hasta el atardecer. Si el Valle de los Artesanos había representado el descubrimiento de lo delicado, El Fayoum fue la irrupción de lo físico: el cuerpo dentro del viaje, el cansancio, la velocidad, el polvo, el miedo breve y la euforia inmediata.
Laura Antelo, responsable de redes sociales de la expedición, y autora de las imágenes que ilustran este reportaje, lo describe como un momento único. «He intentado que todos se sintieran cómodos hablando a la cámara y que no sólo salieran las personas más extrovertidas. Creo que eso se ve muy reflejado en el día en el que fuimos al safari por el desierto».
Una ‘nueva familia’
Lo cierto es que, a esas alturas, el grupo ya era otra cosa. Los alumnos que al principio hablaban menos empezaban a sonreír más, a intervenir, a estar presentes. A algunos les había costado entrar, pero la evolución fue visible. Lo que al comienzo podía parecer un grupo formado por perfiles distintos, cada uno de su madre y de su padre, terminó convertido en una unidad compacta.
Seguían existiendo afinidades, grupos pequeños, amistades más fuertes, pero la sensación general era de pertenencia. Carla lo resumió al hablar de la despedida: «Ayer por la tarde, cuando nos sentamos en círculo y dijimos qué nos había aportado el viaje, todos dijimos que las personas, porque ha sido nuestra familia durante doce días».
Lorena Santos intentó resistirse al llanto. «Yo sabía que no iba a llorar porque lo quería llevar en positivo, pero cuando escuchas a la gente hablar de lo que hemos obtenido es imposible evitar emocionarte». El vínculo no fue solo entre alumnos. También alcanzó a quienes los acompañaban.
Ihab, el guía local, se hizo amigo de los chicos durante la ruta. Les explicó Egipto, les ayudó, bromeó con ellos, los acompañó en los traslados y terminó convertido en una figura afectiva dentro del viaje. Cuando los dejó en el aeropuerto de El Cairo para que el grupo volara hacia Sharm el Sheikh, la despedida fue una de las escenas más emocionantes de la expedición.
Los alumnos de Madrid Xplora posan junto al guía egipcio Ihab (centro) y el director de la expedición, Rubén Villalobos (izquierda), durante la visita al templo de Edfú, una de las paradas del recorrido por el Alto Egipto.
Laura Antelo.
Les dijo que los sentía como sus hijos, que había sido un placer y que los llevaría siempre en el corazón. Hubo lágrimas. No eran lágrimas por una pirámide ni por un templo, sino por una persona que había entrado en la memoria del viaje.
Marta Prado, jefa de proyecto, lo observó desde otra perspectiva. Para ella, viajar con chicos de esa edad obliga a mirar de nuevo. «Cuando vas de viaje y vives una experiencia con chicos más jóvenes, todo lo ves con sus ojos, porque todo les sorprende mucho más. Esa inocencia te hace el viaje mucho más fácil y te hace regresar a la magia de los 16 años».
Rubén Villalobos, director de la expedición y egiptólogo, fue todavía más lejos. Había viajado muchas veces a Egipto, pero esta vez decía haberlo visto de otra manera. «Esto ha hecho que no vuelva a ver Egipto con los mismos ojos», explicaba, porque lo había recorrido a través de veinte expedicionarios que vivieron la experiencia «con muchísimo entusiasmo y curiosidad» y «con muchísima alegría».
Para él, la formación en Egipto no era lo mismo que llevar a veinte adolescentes a Egipto. En este caso, la diferencia estaba en la mirada.
Últimos sentimientos
Sharm el Sheikh introdujo el último cambio de paisaje. Después del Nilo, Luxor, El Cairo y El Fayoum, el mar Rojo ofreció una tregua de agua y coral antes del ascenso final. Hubo playa, snorkel en Ras Mohamed y una sensación engañosa de descanso, porque la noche siguiente aguardaba el Sinaí. A las ocho y media de la tarde, el grupo salió por carretera hacia la zona de Santa Catalina.
La caminata comenzaría a medianoche. No era una actividad más. Llegaba después de muchos días de madrugones y justo antes del regreso a España, previsto para la madrugada siguiente. El cuerpo ya no estaba fresco. El viaje pesaba. La subida al Sinaí fue una paliza. No hizo frío, pero la oscuridad atrapó al grupo desde el principio. Caminaban con linternas, guiados por beduinos, avanzando por una montaña que no terminaba de mostrarse. Ese desconocimiento ayudó.
Al bajar, muchos repetían lo mismo: si hubieran visto con luz lo que estaban subiendo, no se habrían creído capaces. La noche, que podía parecer un obstáculo, fue también una protección. Les permitió avanzar sin medir del todo la dificultad. Los últimos 750 escalones fueron brutales. El sueño, el cansancio y la pendiente pusieron a prueba al grupo, pero nadie quiso romperlo. Intentaron mantenerse compactos, no separarse demasiado, llegar juntos.
En la cima hubo fotografías, emoción, silencio y alguna oración. Algunos lloraron. Otros se apartaron a reflexionar. El amanecer convirtió la montaña en cierre natural del viaje. No hacía falta subrayar demasiado la carga simbólica del Sinaí. Estaba ahí: la oscuridad, el ascenso, el esfuerzo común, la llegada arriba después de creer que quizá no podrían.
Durante doce días habían recorrido una civilización obsesionada con la permanencia. En la última noche, lo que permanecía para ellos era otra cosa: la prueba compartida de haber llegado juntos.
La última noche antes del cierre había ocurrido en un enclave de Sharm el Sheikh, con luna llena y reflejo sobre el desierto. Allí las lágrimas se hicieron protagonistas. No fue una escena impostada. Era el resultado acumulado de los días anteriores: el barco por el Nilo, las tumbas, las pirámides, los diarios, el safari, las conversaciones, las dinámicas, los madrugones, los vínculos nuevos y las despedidas que se acercaban.
Lo difícil del viaje no había sido solo caminar, madrugar o subir el Sinaí. Lo difícil, decía Carla Valera, era «decir adiós». Lo que más iba a echar de menos al llegar a Madrid no era un monumento, sino «a todos los compañeros, no comer con ellos, tener ratos de tiempo libre». Hasta las pequeñas anécdotas, como la pérdida del pasaporte de Yicheng en el aeropuerto de El Cairo, pasaban ya a formar parte de una memoria común.
La expedición de Madrid Xplora posa junto al acceso a la tumba de Tutankamón, descubierta por Howard Carter en 1922 y una de las más visitadas del Valle de los Reyes.
Laura Antelo.
La primera edición internacional de Madrid Xplora terminó así: no con una foto perfecta ante las pirámides, sino con un grupo de adolescentes agotados en un aeropuerto, tratando de ordenar lo vivido antes de volver a casa. Habían entrado en tumbas de más de tres mil años, habían navegado por el Nilo, habían visto de cerca los tesoros de Tutankamón, habían cruzado dunas en 4×4, habían hecho snorkel en el mar Rojo y habían subido de noche al Sinaí.
Pero cuando se les preguntaba qué se llevaban, casi ninguno respondía con una piedra, un templo o una estatua. Respondían con nombres. Carla Valera, preguntada en el aeropuerto, escribió mentalmente la última frase de su diario antes de regresar: «Ha sido una experiencia increíble que jamás podría haber imaginado que me ocurriera a mí y espero que estas 19 personas que han venido conmigo sigan formando parte de mí cuando regresemos».
La frase resumía mejor que cualquier itinerario el sentido del viaje. Veinte estudiantes salieron de Madrid por sus notas. Doce días después, volvían con un cuaderno lleno, una montaña a la espalda y una familia provisional que ya formaba parte de la historia que algún día contarían cuando alguien les preguntara qué ocurrió en Egipto.
Participantes de Madrid Xplora Egipto 2026
- María Cristina Parejo, 16 años, Colegio San Agustín.
- Natalia Domínguez, 16 años, FEM School.
- Martina Salas, 17 años, IES San Agustín de Guadalix.
- Yicheng Zheng, 17 años, IES San Mateo.
- Silvia Pérez, 17 años, IES Altair.
- Andrea Esteban, 17 años, Colegio Montesclaros.
- Beatriz Valladolid, 17 años, Colegio Nazaret-Oporto.
- Miriam Fernández, 16 años, IES José Saramago.
- Adriana Sánchez-Castro, 17 años, Colegio Aldeafuente.
- Lorena Santos, 17 años, IES de Guadarrama.
- Ana Alcalá, 17 años, Colegio Montpellier.
- Iván Calleja, 17 años, Colegio San Luis de los Franceses.
- Carla Valera, 17 años, Colegio Nuestra Señora de la Providencia.
- María Cruz Calderón, 16 años, Colegio Arenales Carabanchel.
- Amaya Eugenia Gómez, 16 años, IES Las Encinas.
- Jimena Maaria Suleman-Khan, 16 años, IES Antares.
- Eva Babiano, 17 años, IES La Estrella.
- Julia Ortega, 17 años, IES Nicolás Copérnico.
- Claudia Colubi, 17 años, IES Cardenal Cisneros.
- Nicolás Benito, 17 años, Colegio Arturo Soria.
El Español – Sociedad
