— Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoTauekel se toca el hombro mientras rememora aquel día en el que tuvo que tomar la decisión de liberar a su águila, convencido de que nunca más podría volver a cazar. Explica, de paso, que es mejor soltarlas en verano, época en la que los valles están a rebosar de orondas marmotas, presas fáciles, comida que hará que la rapaz no piense en volver a la casa de cazador. También cuenta mientras tomamos té que, tiempo después, acompañó a un amigo y ese día su águila atrapó un zorro, un hecho que para Tauekel supuso una señal inequívoca de que algún día podría volver a cabalgar con una en su brazo. Así que, como tantas otras veces en su vida, subió a la montaña, a uno de las decenas de nidos que tiene localizados, en busca de un polluelo. Siempre ha de ser una hembra, más grandes y fuertes, mejores cazadoras, que se diferencian de los machos, ya de crías, por el mayor tamaño de sus garras y de sus ojos. Koke posa orgulloso con su águila Txema Rodríguez Un niño juega con su camión mientras su padre siega la hierba que almacenará para el invierno Txema Rodríguez Un águila real vigila el valle Txema RodríguezSalimos a buscarla, está atada en una jaula pegada a la yurta. Es joven, pesa unos cinco kilos (podrá llegar a los diez), pero el hombre, vestido con pieles de potro y zorro, tiene puestas muchas esperanzas en ella. Dice que es muy rápida y responde bien a su voz. Lo demuestra subiendo a su caballo y llamándola mientras le muestra un trozo de carne de conejo, el animal alza el vuelo y se lanza con su aleteo armonioso a la mano del cazador. Hombres como Tauekel, protagonistas de un imaginario poderoso, centauros galopando con águilas reales en la mano, poderosos cazadores de lobos y zorros, son la puerta de entrada al mundo de los kazajos que viven en la parte de Mongolia del imponente macizo del Altái, nómadas que residen en yurtas, a las que llaman ger, y constituyen el último reducto de un modo de entender la existencia libre de ataduras.El día de la migraciónEsta historia comienza en la frontera sur, cerca de China, no muy lejos del lago Khurgan, donde la familia de Koke se prepara para desmontar la yurta y emprender con el ganado (cabras, ovejas y vacas) el camino hacia otra residencia donde los animales tienen comida durante el otoño. Aunque es un proceso rápido, desmontar el ger es un trabajo colectivo que requiere de técnica y conocimiento. Estas viviendas, sin piezas metálicas, están formadas por un enrejado de madera y unos postes largos y curvados que le dan forma de cúpula; esa estructura se recubre con fieltro de lana como aislante, y se decora por dentro con telas, alfombras y cintas de colores vistosos. La parte más importante es el Shanyrak, el anillo circular de madera ubicado en la parte alta, hace las veces de claraboya, permite la salida del humo de la cocina y es el elemento más sagrado de la casa, su dibujo, un círculo atravesado por una cruz formada por tres líneas de madera, representa el hogar y la unidad de la familia. Toda esa estructura cabe en el viejo camión ruso de Koke, que se va llenando con las piezas de tela dobladas. También se aprovecha al camello como transporte y aunque en la actualidad no se emplean mucho, algunas familias los tienen como capricho. Finalmente hay que transportar también al águila, que viaja en la moto, envuelta como un rollito de primavera en una vieja chaqueta del cazador. Entretanto se pone en marcha la caravana de animales con destino al valle en el que la familia tiene una humilde casa permanente de madera; algunos, los que pueden, lo hacen para afrontar mejor la dureza del invierno. Todo el mundo colabora, a pie o a caballo, con la migración. En este espacio que parece infinito el ganado se dispersa y se distrae mordisqueando los brotes verdes de los pastos y orientar sus pasos en la dirección correcta requiere de cierta pericia. Dejamos las montañas atrás y caminamos por un terreno pedregoso y duro. Aprieta el calor y el polvo. Sólo se escucha el sonido de pezuñas y la interminable sinfonía de pedos de cabras y ovejas.El paisaje que dejamos atrás, un valle con un pequeño río y, al fondo, las montañas que marcan la frontera con China Txema RodríguezLa familia de Koke es un paradigma de la transición que ha ido mermando la vida nómada en esta comunidad. Sus hijas mayores, Aishuah y Aimoldir, cursan estudios universitarios en Ulan Bator, que concentra la mitad de la población de Mongolia. Entre miles de edificios en construcción por la pujanza migratoria que proviene del campo, unos niveles de contaminación muy elevados y las influencias culturales de Japón y Corea, los jóvenes ven en la capital un lugar donde aspirar a una vida menos dura. Pero mientras en las ciudades miles de vehículos hacen colas incluso de días para lograr llenar el depósito de gasolina, el suministro depende de Rusia y no llega con regularidad, en la cocina de los nómadas es suficiente con echar al fuego bosta seca de las vacas para calentar la yurta y cocinar. Incluso Koke se ha abierto una cuenta en Instagram. Por ahora se mantienen todos unidos y se sacrifica un cordero para hacer beshbarmak, cordero cocido que todos comen con las manos de una misma fuente.Koke envuelve su águila en una vieja chaqueta y luego se la lleva en la moto Txema Rodríguez La familia de Koke desmonta la yurta para comenzar la migración Txema Rodríguez Todo se carga en un antiguo camión para el traslado, un trabajo que antes hacían los camellos Txema Rodríguez Koka bromea con una escopeta Txema Rodríguez Para alimentar a las águilas hay que cazar otros animales, en este caso ardillas de tierra Txema RodríguezTambién ha llegado a recibir a la familia un tío de Koke, una especie de patriarca de los kazajos de esta zona cuyo nombre no recuerdo dónde anoté. En mi honor realiza un ceremonioso brindis con vodka en el que habla de la importancia de la hospitalidad y al que hay que responder, con otro chupito de un trago seco y rápido, todas las veces que alguien quiera decir algo. Para todo son generosos y hospitalarios, en las yurtas kazajas siempre hay una mesa con pan, té, quesos de todo tipo, dulces, mantequilla y mermelada para los viajeros.La tierra de los guerrerosMás al norte, en una zona pegada a las montañas y poblada por coníferas, vive la familia de Ulykhpan y su esposa Didar. Llego allí con escasas fuerzas porque mi estómago se resiente de vete a saber qué, paso un día entero tirado en la yurta tiritando de frío y Didar entra de vez en cuando a calentarme las manos con las suyas, que son grandes y ásperas. Poco a poco comienzo a recuperar la energía y a jugar con los críos, a dar paseos por este paisaje espléndido en el que conviven todas las fuerzas de la naturaleza. A veces llueve y hay que buscar refugio, algunos alerces comienzan a mostrar un tono amarillo impropio de finales de agosto. El ganado recorre montañas y valles bajo un sol abrasador hasta llegar a los pastos del otoño Txema RodríguezCerca, en el valle del Tsagaan Salaa se halla el conjunto de petroglifos más importante de Asia, hay decenas de miles de ellos en una zona de unos 15 kilómetros cuadrados y los más antiguos tienen once mil años de antigüedad. Por el camino también es fácil hallar túmulos funerarios (kurganes) de los escitas, los pueblos nómadas de origen indoeuropeo que dominaron la estepa entre los siglos IX A.C. y el IV D.C. Magníficos guerreros especializados en el uso del arco desde sus caballos que llegaron a derrotar al imperio persa. Pienso en eso mientras contemplo a una anciana agachada entre las rocas cantar una nana a un niño que no quiere dormir y, a lo lejos, veo a Didar ordeñar una vaca. Siempre anda de un lado para otro con los animales. Menos los caballos, que son cosa de los hombres, o eso parece. Algo que ha cambiado con el tiempo, las escitas parece que fueron grandes guerreras y que su fiereza inspiró el mito de las amazonas griegas. Difícil de saber.A los pies del glaciarLa familia de Lam y su esposa Kulimktan vive no muy lejos de un hermoso lago azul y del Valle del Oso. Todavía no han iniciado la migración. Forman un grupo unido y simpático. Bajo el techo circular de la yurta conviven ellos con su hija, Narkumis, casada con Bakha, y sus cuatro hijos. Se ocupan de un rebaño compuesto en su mayor parte por cabras negras, aunque también tienen algunas ovejas y vacas. Narkumis siempre se está riendo y, junto a su hija Aisoule (nombre que en kazajo significa «luz de luna»), no paran de hacer masa para pasta, pan, té o quesos. También el mejor ayran (bebida láctea fermentada de leche, agua y sal) que he probado nunca, efervescente y ácido. Arriba, comida familiar con invitados en la yurta: beshbarmak, cordero cocido y pasta que todos comen con las manos de una misma fuente. En la foto inferior, Narkumis elabora queso con la ayuda de su hija Txema RodríguezA Lam le gusta que me tumbe en la cama a su lado, dice que los viejos hemos de estar juntos y que con mi gorro, un kufi islámico, parezco uno de ellos. Las jornadas aquí siguen el ritmo del ganado. El segundo de los hijos, Domalai, es un jinete excepcional al que los vecinos del valle piden que ponga a sus caballos a galopar. En ocasiones, cuentan, desaparece a lomos de su animal y está dos días solo por las montañas. Todo es posible en este valle impresionante, en un recodo donde el río se hace más lento con las aguas frías que bajan de las montañas nevadas y del glaciar Potanin que permanece oculto tras ellas, ya en la frontera con Rusia. Aisoule ordeñando las cabras Txema RodríguezPara entender a estos seres humanos también hay que comprender este paisaje, tan sobrecogedor en su belleza como duro en sus límites. Arriba, a unos 3.000 metros de altura, nieva y en un momento mágico se puede escuchar el crujido lastimoso del hielo al deslizarse por la pendiente. Luego, el cielo se vuelve gris, avanza sobre el valle una noche gélida, y eso que todavía no hemos llegado a septiembre. Abajo, el pequeño de la familia, Tastam, ata con pericia las cabras a la valla para que Aisoule las ordeñe. Cada vez que acaba de extraer la leche de una le da un beso. Lam afeita la cabeza a un vecino Txema Rodríguez Domalai se dirige a la montaña a lomos de su caballo Txema Rodríguez Una cabra pasa sobre algunos petroglifos de la Edad de Hierro Txema Rodríguez Al final, tras horas de ventisca y nieve, el esplendoroso glaciar Potanin asoma bajo las nubes junto a los picos más altos de Mongolia, en la frontera con Rusia Txema RodríguezEn este mundo sin tecnología basta con una placa solar enchufada a una batería de coche para alimentar una bombilla y cargar un rústico teléfono móvil. Podrían sobrevivir a un colapso tecnológico mundial sin enterarse, pero en esta tierra de hombres libres, de águilas y guerreros, el joven jinete Domalai a veces cabalga a lomos de su caballo pinto hasta lo alto de la montaña. Busca cobertura.La subida al glaciar es complicada Txema RodríguezCréditos Coordinación y edición: Hugo Garrido Formato e ilustración: Rafael Höhr Dirección de arte: Fernando Hernández Diseño: Rodrigo Parrado Desarrollo: Jorge García Gómez Edición de vídeo: J. Nadales — Componente galeria-lead arrastrado. Para configurarlo, seleccionar cmp-galeria-lead del desplegable de visualizaciones — automaticoTauekel se toca el hombro mientras rememora aquel día en el que tuvo que tomar la decisión de liberar a su águila, convencido de que nunca más podría volver a cazar. Explica, de paso, que es mejor soltarlas en verano, época en la que los valles están a rebosar de orondas marmotas, presas fáciles, comida que hará que la rapaz no piense en volver a la casa de cazador. También cuenta mientras tomamos té que, tiempo después, acompañó a un amigo y ese día su águila atrapó un zorro, un hecho que para Tauekel supuso una señal inequívoca de que algún día podría volver a cabalgar con una en su brazo. Así que, como tantas otras veces en su vida, subió a la montaña, a uno de las decenas de nidos que tiene localizados, en busca de un polluelo. Siempre ha de ser una hembra, más grandes y fuertes, mejores cazadoras, que se diferencian de los machos, ya de crías, por el mayor tamaño de sus garras y de sus ojos. Koke posa orgulloso con su águila Txema Rodríguez Un niño juega con su camión mientras su padre siega la hierba que almacenará para el invierno Txema Rodríguez Un águila real vigila el valle Txema RodríguezSalimos a buscarla, está atada en una jaula pegada a la yurta. Es joven, pesa unos cinco kilos (podrá llegar a los diez), pero el hombre, vestido con pieles de potro y zorro, tiene puestas muchas esperanzas en ella. Dice que es muy rápida y responde bien a su voz. Lo demuestra subiendo a su caballo y llamándola mientras le muestra un trozo de carne de conejo, el animal alza el vuelo y se lanza con su aleteo armonioso a la mano del cazador. Hombres como Tauekel, protagonistas de un imaginario poderoso, centauros galopando con águilas reales en la mano, poderosos cazadores de lobos y zorros, son la puerta de entrada al mundo de los kazajos que viven en la parte de Mongolia del imponente macizo del Altái, nómadas que residen en yurtas, a las que llaman ger, y constituyen el último reducto de un modo de entender la existencia libre de ataduras.El día de la migraciónEsta historia comienza en la frontera sur, cerca de China, no muy lejos del lago Khurgan, donde la familia de Koke se prepara para desmontar la yurta y emprender con el ganado (cabras, ovejas y vacas) el camino hacia otra residencia donde los animales tienen comida durante el otoño. Aunque es un proceso rápido, desmontar el ger es un trabajo colectivo que requiere de técnica y conocimiento. Estas viviendas, sin piezas metálicas, están formadas por un enrejado de madera y unos postes largos y curvados que le dan forma de cúpula; esa estructura se recubre con fieltro de lana como aislante, y se decora por dentro con telas, alfombras y cintas de colores vistosos. La parte más importante es el Shanyrak, el anillo circular de madera ubicado en la parte alta, hace las veces de claraboya, permite la salida del humo de la cocina y es el elemento más sagrado de la casa, su dibujo, un círculo atravesado por una cruz formada por tres líneas de madera, representa el hogar y la unidad de la familia. Toda esa estructura cabe en el viejo camión ruso de Koke, que se va llenando con las piezas de tela dobladas. También se aprovecha al camello como transporte y aunque en la actualidad no se emplean mucho, algunas familias los tienen como capricho. Finalmente hay que transportar también al águila, que viaja en la moto, envuelta como un rollito de primavera en una vieja chaqueta del cazador. Entretanto se pone en marcha la caravana de animales con destino al valle en el que la familia tiene una humilde casa permanente de madera; algunos, los que pueden, lo hacen para afrontar mejor la dureza del invierno. Todo el mundo colabora, a pie o a caballo, con la migración. En este espacio que parece infinito el ganado se dispersa y se distrae mordisqueando los brotes verdes de los pastos y orientar sus pasos en la dirección correcta requiere de cierta pericia. Dejamos las montañas atrás y caminamos por un terreno pedregoso y duro. Aprieta el calor y el polvo. Sólo se escucha el sonido de pezuñas y la interminable sinfonía de pedos de cabras y ovejas.El paisaje que dejamos atrás, un valle con un pequeño río y, al fondo, las montañas que marcan la frontera con China Txema RodríguezLa familia de Koke es un paradigma de la transición que ha ido mermando la vida nómada en esta comunidad. Sus hijas mayores, Aishuah y Aimoldir, cursan estudios universitarios en Ulan Bator, que concentra la mitad de la población de Mongolia. Entre miles de edificios en construcción por la pujanza migratoria que proviene del campo, unos niveles de contaminación muy elevados y las influencias culturales de Japón y Corea, los jóvenes ven en la capital un lugar donde aspirar a una vida menos dura. Pero mientras en las ciudades miles de vehículos hacen colas incluso de días para lograr llenar el depósito de gasolina, el suministro depende de Rusia y no llega con regularidad, en la cocina de los nómadas es suficiente con echar al fuego bosta seca de las vacas para calentar la yurta y cocinar. Incluso Koke se ha abierto una cuenta en Instagram. Por ahora se mantienen todos unidos y se sacrifica un cordero para hacer beshbarmak, cordero cocido que todos comen con las manos de una misma fuente.Koke envuelve su águila en una vieja chaqueta y luego se la lleva en la moto Txema Rodríguez La familia de Koke desmonta la yurta para comenzar la migración Txema Rodríguez Todo se carga en un antiguo camión para el traslado, un trabajo que antes hacían los camellos Txema Rodríguez Koka bromea con una escopeta Txema Rodríguez Para alimentar a las águilas hay que cazar otros animales, en este caso ardillas de tierra Txema RodríguezTambién ha llegado a recibir a la familia un tío de Koke, una especie de patriarca de los kazajos de esta zona cuyo nombre no recuerdo dónde anoté. En mi honor realiza un ceremonioso brindis con vodka en el que habla de la importancia de la hospitalidad y al que hay que responder, con otro chupito de un trago seco y rápido, todas las veces que alguien quiera decir algo. Para todo son generosos y hospitalarios, en las yurtas kazajas siempre hay una mesa con pan, té, quesos de todo tipo, dulces, mantequilla y mermelada para los viajeros.La tierra de los guerrerosMás al norte, en una zona pegada a las montañas y poblada por coníferas, vive la familia de Ulykhpan y su esposa Didar. Llego allí con escasas fuerzas porque mi estómago se resiente de vete a saber qué, paso un día entero tirado en la yurta tiritando de frío y Didar entra de vez en cuando a calentarme las manos con las suyas, que son grandes y ásperas. Poco a poco comienzo a recuperar la energía y a jugar con los críos, a dar paseos por este paisaje espléndido en el que conviven todas las fuerzas de la naturaleza. A veces llueve y hay que buscar refugio, algunos alerces comienzan a mostrar un tono amarillo impropio de finales de agosto. El ganado recorre montañas y valles bajo un sol abrasador hasta llegar a los pastos del otoño Txema RodríguezCerca, en el valle del Tsagaan Salaa se halla el conjunto de petroglifos más importante de Asia, hay decenas de miles de ellos en una zona de unos 15 kilómetros cuadrados y los más antiguos tienen once mil años de antigüedad. Por el camino también es fácil hallar túmulos funerarios (kurganes) de los escitas, los pueblos nómadas de origen indoeuropeo que dominaron la estepa entre los siglos IX A.C. y el IV D.C. Magníficos guerreros especializados en el uso del arco desde sus caballos que llegaron a derrotar al imperio persa. Pienso en eso mientras contemplo a una anciana agachada entre las rocas cantar una nana a un niño que no quiere dormir y, a lo lejos, veo a Didar ordeñar una vaca. Siempre anda de un lado para otro con los animales. Menos los caballos, que son cosa de los hombres, o eso parece. Algo que ha cambiado con el tiempo, las escitas parece que fueron grandes guerreras y que su fiereza inspiró el mito de las amazonas griegas. Difícil de saber.A los pies del glaciarLa familia de Lam y su esposa Kulimktan vive no muy lejos de un hermoso lago azul y del Valle del Oso. Todavía no han iniciado la migración. Forman un grupo unido y simpático. Bajo el techo circular de la yurta conviven ellos con su hija, Narkumis, casada con Bakha, y sus cuatro hijos. Se ocupan de un rebaño compuesto en su mayor parte por cabras negras, aunque también tienen algunas ovejas y vacas. Narkumis siempre se está riendo y, junto a su hija Aisoule (nombre que en kazajo significa «luz de luna»), no paran de hacer masa para pasta, pan, té o quesos. También el mejor ayran (bebida láctea fermentada de leche, agua y sal) que he probado nunca, efervescente y ácido. Arriba, comida familiar con invitados en la yurta: beshbarmak, cordero cocido y pasta que todos comen con las manos de una misma fuente. En la foto inferior, Narkumis elabora queso con la ayuda de su hija Txema RodríguezA Lam le gusta que me tumbe en la cama a su lado, dice que los viejos hemos de estar juntos y que con mi gorro, un kufi islámico, parezco uno de ellos. Las jornadas aquí siguen el ritmo del ganado. El segundo de los hijos, Domalai, es un jinete excepcional al que los vecinos del valle piden que ponga a sus caballos a galopar. En ocasiones, cuentan, desaparece a lomos de su animal y está dos días solo por las montañas. Todo es posible en este valle impresionante, en un recodo donde el río se hace más lento con las aguas frías que bajan de las montañas nevadas y del glaciar Potanin que permanece oculto tras ellas, ya en la frontera con Rusia. Aisoule ordeñando las cabras Txema RodríguezPara entender a estos seres humanos también hay que comprender este paisaje, tan sobrecogedor en su belleza como duro en sus límites. Arriba, a unos 3.000 metros de altura, nieva y en un momento mágico se puede escuchar el crujido lastimoso del hielo al deslizarse por la pendiente. Luego, el cielo se vuelve gris, avanza sobre el valle una noche gélida, y eso que todavía no hemos llegado a septiembre. Abajo, el pequeño de la familia, Tastam, ata con pericia las cabras a la valla para que Aisoule las ordeñe. Cada vez que acaba de extraer la leche de una le da un beso. Lam afeita la cabeza a un vecino Txema Rodríguez Domalai se dirige a la montaña a lomos de su caballo Txema Rodríguez Una cabra pasa sobre algunos petroglifos de la Edad de Hierro Txema Rodríguez Al final, tras horas de ventisca y nieve, el esplendoroso glaciar Potanin asoma bajo las nubes junto a los picos más altos de Mongolia, en la frontera con Rusia Txema RodríguezEn este mundo sin tecnología basta con una placa solar enchufada a una batería de coche para alimentar una bombilla y cargar un rústico teléfono móvil. Podrían sobrevivir a un colapso tecnológico mundial sin enterarse, pero en esta tierra de hombres libres, de águilas y guerreros, el joven jinete Domalai a veces cabalga a lomos de su caballo pinto hasta lo alto de la montaña. Busca cobertura.La subida al glaciar es complicada Txema RodríguezCréditos Coordinación y edición: Hugo Garrido Formato e ilustración: Rafael Höhr Dirección de arte: Fernando Hernández Diseño: Rodrigo Parrado Desarrollo: Jorge García Gómez Edición de vídeo: J. Nadales
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Tauekel se toca el hombro mientras rememora aquel día en el que tuvo que tomar la decisión de liberar a su águila, convencido de que nunca más podría volver a cazar. Explica, de paso, que es mejor soltarlas en verano, época en la que los valles están a rebosar de orondas marmotas, presas fáciles, comida que hará que la rapaz no piense en volver a la casa de cazador. También cuenta mientras tomamos té que, tiempo después, acompañó a un amigo y ese día su águila atrapó un zorro, un hecho que para Tauekel supuso una señal inequívoca de que algún día podría volver a cabalgar con una en su brazo.
Así que, como tantas otras veces en su vida, subió a la montaña, a uno de las decenas de nidos que tiene localizados, en busca de un polluelo. Siempre ha de ser una hembra, más grandes y fuertes, mejores cazadoras, que se diferencian de los machos, ya de crías, por el mayor tamaño de sus garras y de sus ojos.
(Txema Rodríguez)
(Txema Rodríguez)
Salimos a buscarla, está atada en una jaula pegada a la yurta. Es joven, pesa unos cinco kilos (podrá llegar a los diez), pero el hombre, vestido con pieles de potro y zorro, tiene puestas muchas esperanzas en ella. Dice que es muy rápida y responde bien a su voz. Lo demuestra subiendo a su caballo y llamándola mientras le muestra un trozo de carne de conejo, el animal alza el vuelo y se lanza con su aleteo armonioso a la mano del cazador.

Hombres como Tauekel, protagonistas de un imaginario poderoso, centauros galopando con águilas reales en la mano, poderosos cazadores de lobos y zorros, son la puerta de entrada al mundo de los kazajos que viven en la parte de Mongolia del imponente macizo del Altái, nómadas que residen en yurtas, a las que llaman ger, y constituyen el último reducto de un modo de entender la existencia libre de ataduras.
El día de la migración
Esta historia comienza en la frontera sur, cerca de China, no muy lejos del lago Khurgan, donde la familia de Koke se prepara para desmontar la yurta y emprender con el ganado (cabras, ovejas y vacas) el camino hacia otra residencia donde los animales tienen comida durante el otoño. Aunque es un proceso rápido, desmontar el ger es un trabajo colectivo que requiere de técnica y conocimiento.
Estas viviendas, sin piezas metálicas, están formadas por un enrejado de madera y unos postes largos y curvados que le dan forma de cúpula; esa estructura se recubre con fieltro de lana como aislante, y se decora por dentro con telas, alfombras y cintas de colores vistosos. La parte más importante es el Shanyrak, el anillo circular de madera ubicado en la parte alta, hace las veces de claraboya, permite la salida del humo de la cocina y es el elemento más sagrado de la casa, su dibujo, un círculo atravesado por una cruz formada por tres líneas de madera, representa el hogar y la unidad de la familia.

Toda esa estructura cabe en el viejo camión ruso de Koke, que se va llenando con las piezas de tela dobladas. También se aprovecha al camello como transporte y aunque en la actualidad no se emplean mucho, algunas familias los tienen como capricho. Finalmente hay que transportar también al águila, que viaja en la moto, envuelta como un rollito de primavera en una vieja chaqueta del cazador.
Entretanto se pone en marcha la caravana de animales con destino al valle en el que la familia tiene una humilde casa permanente de madera; algunos, los que pueden, lo hacen para afrontar mejor la dureza del invierno. Todo el mundo colabora, a pie o a caballo, con la migración.
En este espacio que parece infinito el ganado se dispersa y se distrae mordisqueando los brotes verdes de los pastos y orientar sus pasos en la dirección correcta requiere de cierta pericia. Dejamos las montañas atrás y caminamos por un terreno pedregoso y duro. Aprieta el calor y el polvo. Sólo se escucha el sonido de pezuñas y la interminable sinfonía de pedos de cabras y ovejas.


(Txema Rodríguez)
La familia de Koke es un paradigma de la transición que ha ido mermando la vida nómada en esta comunidad. Sus hijas mayores, Aishuah y Aimoldir, cursan estudios universitarios en Ulan Bator, que concentra la mitad de la población de Mongolia. Entre miles de edificios en construcción por la pujanza migratoria que proviene del campo, unos niveles de contaminación muy elevados y las influencias culturales de Japón y Corea, los jóvenes ven en la capital un lugar donde aspirar a una vida menos dura.

Pero mientras en las ciudades miles de vehículos hacen colas incluso de días para lograr llenar el depósito de gasolina, el suministro depende de Rusia y no llega con regularidad, en la cocina de los nómadas es suficiente con echar al fuego bosta seca de las vacas para calentar la yurta y cocinar. Incluso Koke se ha abierto una cuenta en Instagram. Por ahora se mantienen todos unidos y se sacrifica un cordero para hacer beshbarmak, cordero cocido que todos comen con las manos de una misma fuente.
(Txema Rodríguez)
(Txema Rodríguez)
(Txema Rodríguez)
(Txema Rodríguez)
También ha llegado a recibir a la familia un tío de Koke, una especie de patriarca de los kazajos de esta zona cuyo nombre no recuerdo dónde anoté. En mi honor realiza un ceremonioso brindis con vodka en el que habla de la importancia de la hospitalidad y al que hay que responder, con otro chupito de un trago seco y rápido, todas las veces que alguien quiera decir algo. Para todo son generosos y hospitalarios, en las yurtas kazajas siempre hay una mesa con pan, té, quesos de todo tipo, dulces, mantequilla y mermelada para los viajeros.
La tierra de los guerreros
Más al norte, en una zona pegada a las montañas y poblada por coníferas, vive la familia de Ulykhpan y su esposa Didar. Llego allí con escasas fuerzas porque mi estómago se resiente de vete a saber qué, paso un día entero tirado en la yurta tiritando de frío y Didar entra de vez en cuando a calentarme las manos con las suyas, que son grandes y ásperas. Poco a poco comienzo a recuperar la energía y a jugar con los críos, a dar paseos por este paisaje espléndido en el que conviven todas las fuerzas de la naturaleza. A veces llueve y hay que buscar refugio, algunos alerces comienzan a mostrar un tono amarillo impropio de finales de agosto.

(Txema Rodríguez)
Cerca, en el valle del Tsagaan Salaa se halla el conjunto de petroglifos más importante de Asia, hay decenas de miles de ellos en una zona de unos 15 kilómetros cuadrados y los más antiguos tienen once mil años de antigüedad. Por el camino también es fácil hallar túmulos funerarios (kurganes) de los escitas, los pueblos nómadas de origen indoeuropeo que dominaron la estepa entre los siglos IX A.C. y el IV D.C. Magníficos guerreros especializados en el uso del arco desde sus caballos que llegaron a derrotar al imperio persa.
Pienso en eso mientras contemplo a una anciana agachada entre las rocas cantar una nana a un niño que no quiere dormir y, a lo lejos, veo a Didar ordeñar una vaca. Siempre anda de un lado para otro con los animales. Menos los caballos, que son cosa de los hombres, o eso parece. Algo que ha cambiado con el tiempo, las escitas parece que fueron grandes guerreras y que su fiereza inspiró el mito de las amazonas griegas. Difícil de saber.
A los pies del glaciar
La familia de Lam y su esposa Kulimktan vive no muy lejos de un hermoso lago azul y del Valle del Oso. Todavía no han iniciado la migración. Forman un grupo unido y simpático. Bajo el techo circular de la yurta conviven ellos con su hija, Narkumis, casada con Bakha, y sus cuatro hijos. Se ocupan de un rebaño compuesto en su mayor parte por cabras negras, aunque también tienen algunas ovejas y vacas.
Narkumis siempre se está riendo y, junto a su hija Aisoule (nombre que en kazajo significa «luz de luna»), no paran de hacer masa para pasta, pan, té o quesos. También el mejor ayran (bebida láctea fermentada de leche, agua y sal) que he probado nunca, efervescente y ácido.


(Txema Rodríguez)
A Lam le gusta que me tumbe en la cama a su lado, dice que los viejos hemos de estar juntos y que con mi gorro, un kufi islámico, parezco uno de ellos. Las jornadas aquí siguen el ritmo del ganado. El segundo de los hijos, Domalai, es un jinete excepcional al que los vecinos del valle piden que ponga a sus caballos a galopar. En ocasiones, cuentan, desaparece a lomos de su animal y está dos días solo por las montañas. Todo es posible en este valle impresionante, en un recodo donde el río se hace más lento con las aguas frías que bajan de las montañas nevadas y del glaciar Potanin que permanece oculto tras ellas, ya en la frontera con Rusia.


(Txema Rodríguez)
Para entender a estos seres humanos también hay que comprender este paisaje, tan sobrecogedor en su belleza como duro en sus límites. Arriba, a unos 3.000 metros de altura, nieva y en un momento mágico se puede escuchar el crujido lastimoso del hielo al deslizarse por la pendiente. Luego, el cielo se vuelve gris, avanza sobre el valle una noche gélida, y eso que todavía no hemos llegado a septiembre. Abajo, el pequeño de la familia, Tastam, ata con pericia las cabras a la valla para que Aisoule las ordeñe. Cada vez que acaba de extraer la leche de una le da un beso.
(Txema Rodríguez)
(Txema Rodríguez)
(Txema Rodríguez)
En este mundo sin tecnología basta con una placa solar enchufada a una batería de coche para alimentar una bombilla y cargar un rústico teléfono móvil. Podrían sobrevivir a un colapso tecnológico mundial sin enterarse, pero en esta tierra de hombres libres, de águilas y guerreros, el joven jinete Domalai a veces cabalga a lomos de su caballo pinto hasta lo alto de la montaña. Busca cobertura.

(Txema Rodríguez)
Créditos
-
Coordinación y edición:
Hugo Garrido -
Formato e ilustración:
Rafael Höhr -
Dirección de arte:
Fernando Hernández -
Diseño:
Rodrigo Parrado -
Desarrollo:
Jorge García Gómez -
Edición de vídeo:
J. Nadales
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