El mundo del espectáculo ha recibido con tristeza la noticia del fallecimiento de Sam Neill, el actor neozelandés cuya mirada cálida y talento versátil conquistaron a generaciones de cinéfilos. Neill murió este lunes a los 78 años en Australia. Su familia informó a través de un comunicado que, aunque su partida fue «repentina e inesperada», el actor tuvo la fortuna de morir libre del cáncer que lo había aquejado en los últimos años.
El mundo del espectáculo ha recibido con tristeza la noticia del fallecimiento de Sam Neill, el actor neozelandés cuya mirada cálida y talento versátil conquist
El mundo del espectáculo ha recibido con tristeza la noticia del fallecimiento de Sam Neill, el actor neozelandés cuya mirada cálida y talento versátil conquistaron a generaciones de cinéfilos. Neill murió este lunes a los 78 años en Australia. Su familia informó a través de un comunicado que, aunque su partida fue «repentina e inesperada», el actor tuvo la fortuna de morir libre del cáncer que lo había aquejado en los últimos años.
La vida de Neill estuvo definida por constantes giros del destino. Nacido en Irlanda del Norte en 1947 bajo el nombre de Nigel John Dermot, decidió apodarse «Sam» desde muy joven en la escuela para distinguirse de otros compañeros con su mismo nombre. Su familia regresó a Nueva Zelanda antes de que cumpliera diez años, país que se convirtió en su residencia definitiva y donde desarrolló su otra gran pasión: la viticultura en su explotación Two Paddocks, en la región de Central Otago.
Su consagración internacional llegó con Jurassic Park en 1993, aunque el icónico papel del Dr. Alan Grant originalmente estaba destinado a Harrison Ford, quien lo rechazó. Este éxito comercial se vio equilibrado ese mismo año con su aclamada interpretación en El piano de Jane Campion, consolidando una carrera extremadamente versátil que abarcó desde el cine de terror en Omen III hasta el papel del implacable inspector Chester Campbell en la exitosa serie Peaky Blinders. A pesar de su estatus de estrella, Neill siempre fue un hombre tímido que jamás aceptó vivir en Hollywood, prefiriendo la tranquilidad de sus viñedos de Pinot Noir y el cuidado de sus animales.
En 2022, tras ser diagnosticado con un raro linfoma de células T angioinmunoblástico, Neill decidió no esconderse; publicó sus memorias y afrontó la enfermedad con un característico humor negro. Aunque los tratamientos experimentales lo mantuvieron limpio de la enfermedad durante sus últimos meses, su vida se apagó este lunes. En una de sus últimas entrevistas, confesó que no temía a la muerte, aunque admitió que le «fastidiaría» no estar presente para ver madurar los olivos que con tanto esmero había plantado. Hoy, el cine pierde a una de sus estrellas más humanas y singulares.
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