Tanto el colonialismo como su moderna declinación, el neocolonialismo, están de moda. Trump lo práctica como si todo fuera Venezuela, Dinamarca o Canadá. La cuestión alimenta el discurso académico más ‘wokista’. En África sirve incluso de excusa «liberadora» para la serie de golpes militares que, con respaldo de Moscú, han arrasado con incipientes democracias. El Gobierno de España también aspira a «descolonizar» los museos públicos. En los intensos debates en curso, desde Gaza hasta Ceuta, resucitar el pasado colonial se ha convertido en una carga de profundidad, hábilmente utilizada por aquellos que buscan un orden global alternativo a Occidente. De ahí el empeño de interpretar la historia como una lucha permanente entre Norte y Sur. Un pulso brutal en el que no cabe ninguna noción civilizadora y se olvida incluso la marcha hacia la libertad iniciada por las revoluciones americana y francesa. Lo único relevante son las diferentes formas de dominación y prejuicios –ya sea por motivos de raza, clase social, género o religión– que se entrelazan para seguir oprimiendo a minorías. El gran problema de esta saga geopolítica es que el viejo colonialismo se ha convertido en un hipócrita comodín para justificar el nuevo imperialismo. Ante el repudio de la invasión de Ucrania, que tanto se parece a una guerra imperialista, Serguéi V. Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, se ha atrevido a decir: «Estamos siendo testigos de instintos neocoloniales en Occidente. Existe el deseo de seguir viviendo a costa de los demás, tal y como llevan haciendo desde hace más de 500 años». Algo similar ocurre con Marruecos, que ha reintroducido el cliché colonial para justificar su invasión, ocupación y destrucción de una parte del territorio de España. En el expansionismo del ‘Gran Marruecos’ figuran el Sahara Occidental, la totalidad de Mauritania, partes del oeste de Argelia y el norte de Malí. Además de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, junto a varias plazas de soberanía española en el norte de África. Eso sí, todo con un supuesto afán descolonizador. Tanto el colonialismo como su moderna declinación, el neocolonialismo, están de moda. Trump lo práctica como si todo fuera Venezuela, Dinamarca o Canadá. La cuestión alimenta el discurso académico más ‘wokista’. En África sirve incluso de excusa «liberadora» para la serie de golpes militares que, con respaldo de Moscú, han arrasado con incipientes democracias. El Gobierno de España también aspira a «descolonizar» los museos públicos. En los intensos debates en curso, desde Gaza hasta Ceuta, resucitar el pasado colonial se ha convertido en una carga de profundidad, hábilmente utilizada por aquellos que buscan un orden global alternativo a Occidente. De ahí el empeño de interpretar la historia como una lucha permanente entre Norte y Sur. Un pulso brutal en el que no cabe ninguna noción civilizadora y se olvida incluso la marcha hacia la libertad iniciada por las revoluciones americana y francesa. Lo único relevante son las diferentes formas de dominación y prejuicios –ya sea por motivos de raza, clase social, género o religión– que se entrelazan para seguir oprimiendo a minorías. El gran problema de esta saga geopolítica es que el viejo colonialismo se ha convertido en un hipócrita comodín para justificar el nuevo imperialismo. Ante el repudio de la invasión de Ucrania, que tanto se parece a una guerra imperialista, Serguéi V. Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, se ha atrevido a decir: «Estamos siendo testigos de instintos neocoloniales en Occidente. Existe el deseo de seguir viviendo a costa de los demás, tal y como llevan haciendo desde hace más de 500 años». Algo similar ocurre con Marruecos, que ha reintroducido el cliché colonial para justificar su invasión, ocupación y destrucción de una parte del territorio de España. En el expansionismo del ‘Gran Marruecos’ figuran el Sahara Occidental, la totalidad de Mauritania, partes del oeste de Argelia y el norte de Malí. Además de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, junto a varias plazas de soberanía española en el norte de África. Eso sí, todo con un supuesto afán descolonizador.
Tanto el colonialismo como su moderna declinación, el neocolonialismo, están de moda. Trump lo práctica como si todo fuera Venezuela, Dinamarca o Canadá. La cuestión alimenta el discurso académico más ‘wokista’. En África sirve incluso de excusa «liberadora» para la serie de golpes militares que, … con respaldo de Moscú, han arrasado con incipientes democracias. El Gobierno de España también aspira a «descolonizar» los museos públicos.
En los intensos debates en curso, desde Gaza hasta Ceuta, resucitar el pasado colonial se ha convertido en una carga de profundidad, hábilmente utilizada por aquellos que buscan un orden global alternativo a Occidente. De ahí el empeño de interpretar la historia como una lucha permanente entre Norte y Sur. Un pulso brutal en el que no cabe ninguna noción civilizadora y se olvida incluso la marcha hacia la libertad iniciada por las revoluciones americana y francesa. Lo único relevante son las diferentes formas de dominación y prejuicios –ya sea por motivos de raza, clase social, género o religión– que se entrelazan para seguir oprimiendo a minorías.
El gran problema de esta saga geopolítica es que el viejo colonialismo se ha convertido en un hipócrita comodín para justificar el nuevo imperialismo. Ante el repudio de la invasión de Ucrania, que tanto se parece a una guerra imperialista, Serguéi V. Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, se ha atrevido a decir: «Estamos siendo testigos de instintos neocoloniales en Occidente. Existe el deseo de seguir viviendo a costa de los demás, tal y como llevan haciendo desde hace más de 500 años».
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Algo similar ocurre con Marruecos, que ha reintroducido el cliché colonial para justificar su invasión, ocupación y destrucción de una parte del territorio de España. En el expansionismo del ‘Gran Marruecos’ figuran el Sahara Occidental, la totalidad de Mauritania, partes del oeste de Argelia y el norte de Malí. Además de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, junto a varias plazas de soberanía española en el norte de África. Eso sí, todo con un supuesto afán descolonizador.
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