Renoir: La soledad también era esto otro (****)

La soledad se puede entender como un destino (el de los espíritus excelentes, que decía Shopenhauer) o como una enfermedad (el del resto de los mortales no criados en una universidad de Alemania). En cualquier caso, hay consenso, y así lo dicen los titulares de prensa, que a estas alturas la soledad es más una pandemia asociada a los males de una sociedad desnortada que ha confundido el individualismo con el narcisismo crónico que una aspiración sublime. Digamos que Renoir está ahí para insistir en la idea y dejar claro que lo esencial es distinguir entre la soledad buscada y la impuesta por simple desistimiento, por dejadez social.

 La directora Chie Hayakawa compone una obra mínima únicamente pendiente de la mirada abierta de par en par de su protagonista infantil  

La soledad se puede entender como un destino (el de los espíritus excelentes, que decía Shopenhauer) o como una enfermedad (el del resto de los mortales no criados en una universidad de Alemania). En cualquier caso, hay consenso, y así lo dicen los titulares de prensa, que a estas alturas la soledad es más una pandemia asociada a los males de una sociedad desnortada que ha confundido el individualismo con el narcisismo crónico que una aspiración sublime. Digamos que Renoir está ahí para insistir en la idea y dejar claro que lo esencial es distinguir entre la soledad buscada y la impuesta por simple desistimiento, por dejadez social.

De la japonesa Chie Hayakawa conocíamos su primera película que fue uno de los éxitos inesperados pospandemia. Plan 75 proponía una sociedad semidistópica y, de nuevo, cada vez más abocada a la soledad en la que la eutanasia se ejercía por decreto. El mundo viejo de viejos al que caminamos era descrito, analizado y diseccionado con una claridad sin miedo. Renoir cambia el punto de vista de manera radical, aunque el poso de desolación se mantiene. La que mira el mundo ahora es una niña de 11 años; una cría cuyo padre agoniza por cáncer en el hospital y cuya madre vive en ese estado tan común de la ocupación perpetua de, otra vez, la soledad aturullada en el tráfago del día a día. Es decir, la cría está sola.

Cuenta la directora que lo narrado tiene mucho de su vida y de su experiencia de niña, que todavía hoy no solo recuerda, sino que siente con nitidez el olor a papilla y desinfectante de los hospitales de su infancia. Y, en efecto, Renoir está no solo rodada sino que se diría arrancada de la propia piel vivida de su autora.

La protagonista, como los héroes diminutos y descamisados de Hirokazu Koreeda en Nadie sabe, se mueve por la pantalla con los ojos abiertos. Y por momentos uno diría que toda la fuerza interpretativa de la joven actriz Yui Suzuki consiste en exclusivamente eso: mantener las pupilas encendidas en estado de alarma. El relato navega a su manera sin rumbo por una vida que se organiza y desorganiza delante de la mirada de la protagonista. Renoir respira por la herida del sufrimiento callado de cada personaje y por la sensación de hondo abandono que todo lo puede. El resultado es un ejercicio de cine sorprendente y triste, pleno y profundo. Y muy solo.

Directora: Chie Hayakawa. Intérpretes: Yui Suzuki, Hikari Ishida, Ayumu Nakajima. Duración: 116 minutos. Nacionalidad: Japón.

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