Camila Delgadillo advierte que esta combinación está convirtiendo la piel en un órgano cada vez más vulnerable, especialmente en verano.Más información: El pueblo medieval perfecto para visitar en verano: 2 kilómetros de muralla, 16 torres y Patrimonio Mundial Camila Delgadillo advierte que esta combinación está convirtiendo la piel en un órgano cada vez más vulnerable, especialmente en verano.Más información: El pueblo medieval perfecto para visitar en verano: 2 kilómetros de muralla, 16 torres y Patrimonio Mundial
Las claves
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La llegada del verano trae consigo temperaturas extremas que transforman nuestra rutina diaria por completo. Para combatir este calor sofocante, el uso continuo del aire acondicionado se vuelve indispensable en interiores, afectando directamente la salud de nuestra piel sensible.
La dermatóloga Camila Delgadillo advierte, en una reciente entrevista, que el vaivén constante entre el calor exterior y los ambientes hiporrefrigerados de aire acondicionado está convirtiendo la piel en un órgano cada vez más reactivo y vulnerable, especialmente en verano, cuando la exposición se intensifica.
En consulta, Delgadillo describe un patrón que se repite: pacientes que alternan la calle abrasadora con oficinas, transporte y hogares excesivamente fríos refieren tirantez, rojeces difusas, escozor e incluso brotes de eccema en zonas que antes toleraban bien cualquier cambio de temperatura ambiental.
El mecanismo es doble, explica la especialista: por un lado, el aire acondicionado reduce de forma drástica la humedad ambiental y favorece la pérdida de agua transepidérmica; por otro, el contraste térmico intenso genera microinflamaciones que debilitan progresivamente la barrera cutánea protectora.
Replantear la rutina
Este contexto hace que incluso pieles inicialmente sanas se comporten como sensibles o reactivas, mientras que quienes ya arrastran dermatitis, rosácea o alergias cutáneas ven agravados sus síntomas con más picor, descamación, sensación de quemazón y peor respuesta a los cosméticos habituales.
Ante esta realidad, Delgadillo insiste en replantear la rutina de verano con la misma seriedad que se revisa la fotoprotección: la prioridad pasa por reforzar la barrera cutánea y asegurar una hidratación sostenida que compense el efecto secante de la climatización continua.
En la práctica, la dermatóloga aconseja una rutina sencilla, pero constante: limpieza suave con tensioactivos poco agresivos, sérums y cremas enriquecidos con ceramidas, ácidos grasos y humectantes como glicerina o ácido hialurónico de distintos pesos moleculares.
A ello suma una pauta clara en fotoprotección, con filtros de amplio espectro reaplicados cada dos horas y texturas ligeras tipo gel-crema que permitan superponer hidratantes sin sensación pesada, pero manteniendo el agua dentro de la piel incluso en ambientes muy secos.
Delgadillo recomienda, además, ajustar hábitos cotidianos: evitar situarse directamente bajo las salidas de aire, moderar la potencia de los aparatos, ventilar cuando cae el sol y priorizar duchas templadas seguidas de emolientes para restaurar la película hidrolipídica.
La dermatóloga sugiere prestar atención a la señal temprana de malestar cutáneo, porque una tirantez persistente o pequeñas rojeces tras horas en espacios refrigerados pueden ser el primer aviso de una piel que ha dejado de tolerar bien esos cambios bruscos de microclima.
En su opinión, el reto para los próximos veranos no será solo protegerse del sol, sino aprender a convivir con la climatización sin cronificar la irritación: escuchar a la piel, simplificar la cosmética y asumir que el frío artificial también es una agresión ambiental.
El Español – Salud
