Xi Jinping se erige como el nuevo oráculo de la geopolítica mundial

Podría reclamar Xi Jinping el título de hombre más poderoso del mundo. No en vano dirige de manera vitalicia y sin oposición, elecciones ni cortapisa alguna la segunda economía y el segundo Ejército del mundo. Sin embargo, el hombre más poderoso del mundo no era el líder global más importante. Al menos hasta ahora. Xi recibió la semana pasada a Donald Trump y esta hace lo propio con Vladímir Putin. Hoy el ruso, como antes el estadounidense, encuentra en Pekín la plaza más exigente, pues el chino se ha posicionado en el centro del tablero geopolítico, encarnando el augurio del auge chino advertido desde hace décadas.La doctrina en materia de política exterior fijada en los años noventa por Deng Xiaoping llamaba a «taoguang yanghui», «esconde tu fuerza y aguarda tu momento». A la vista está que, para Xi, ese momento ha llegado. Pero quizá lo más extraordinario es cuanto ha maniobrado para conseguirlo: apenas nada.Noticia relacionada general No No Putin aterriza en Pekín para reunirse con Xi Jinping: la crisis energética acerca aún más a Rusia y China Jaime SantirsoAnte un orden mundial en descomposición por la acción efervescente de Trump, el líder chino se ha limitado a permanecer firme, en apariencia siguiendo otra máxima, esta occidental por napoleónica: «Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». Todo ello estaba recogido en la frase que viene empleando una y otra vez en cada intervención pública desde hace años, los «cambios nunca vistos en un siglo», la cual anticipa a modo de letanía un mundo nuevo en un tiempo nuevo, configurado a partir de la pretendida supremacía china. Unas palabras que pronunció de nuevo a los pocos segundos de tomar asiento frente a Trump en el Gran Palacio del Pueblo. «¿Pueden China y Estados Unidos superar la llamada ‘trampa de Tucídides’ y crear un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias? ¿Podemos afrontar juntos los desafíos globales y aportar mayor estabilidad al mundo? […] Estas son las preguntas de la historia», planteó Xi en su intervención inicial. «Las respuestas, usted y yo, como líderes de grandes potencias, debemos escribirlas juntos».La doctrina en política exterior, fijada por Deng Xiaoping, llamaba a «taoguang yanghui», «esconde tu fuerza y aguarda tu momento»La invocación de esta teoría está cargada de significado. Esta, desarrollada en 2012 por el académico Graham T. Allison, plantea cómo los escenarios de transición de poder entre el declive de una potencia establecida y la pujanza de otra emergente acostumbran a desencadenar un conflicto violento. Un modelo teórico creado a partir de la ‘Historia de la guerra del Peloponeso’ del historiador griego y sintetizado en una cita: «Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra».Declive aceleradoSu ratificación en boca de Xi, por tanto, lleva implícita la noción de que EE.UU. es una fuerza en decadencia, insinuación que no pasó desapercibida para la comitiva estadounidense. De ahí que Trump comenzara el día posterior asegurando que «cuando el presidente Xi se refirió con gran elegancia a Estados Unidos como una nación quizá en declive, aludía al tremendo daño que sufrimos durante los cuatro años del somnoliento Joe Biden y la Administración Biden, y en ese punto tenía toda la razón», según publicó recién amanecido el día en su plataforma Truth Social. Al fin y al cabo, la historia recoge múltiples auges y caídas de imperios, pero no abundan los precedentes de una potencia dominante que haya renunciado voluntariamente a sus ventajas estructurales. En este segundo mandato, la Administración Trump ha acelerado la desvinculación de EE.UU. de su red de alianzas y del orden global que creó y durante décadas ha liderado, movimiento que expertos como Evan Feigenbaum –vicepresidente académico de Carnegie Endowment for International Peace y antiguo asesor de los secretarios de Estado Colin Powell y Condoleezza Rice– ha caracterizado como un «seppuku estratégico». «El presidente Xi no se refería al increíble ascenso que Estados Unidos ha mostrado al mundo durante los 16 espectaculares meses de la Administración Trump», insistía el presidente, halagos autoconcedidos que contrastan con la actitud al otro lado. El pasado mes de enero, el Instituto Chongyang de Estudios Financieros, dependiente de la Universidad Renmin, publicaba un informe titulado «Gracias, Trump». Este presentaba al estadounidense como un «acelerador de la decadencia política de Estados Unidos».«El aparato burocrático ha sido purgado y la separación de poderes existe solo en nombre, la fractura social se ha profundizado hasta convertirse en una guerra identitaria de ‘Un país, dos sistemas’ [en referencia a la extinta fórmula que antaño garantizaba las libertades en Hong Kong]. Las elecciones de medio mandato podrían incluso detonar una crisis constitucional y empujar a Estados Unidos hacia la inestabilidad de una ‘latinoamericanización’», señalaba el documento. «Quizá convenga ‘agradecer’ esta imagen del ‘crepúsculo imperial’, pues se ha convertido en el espejo más fiel de las dificultades de la democracia estadounidense».Nada manifiesta la emergencia de un nuevo orden global como la apurada procesión por la capital de los más íntimos aliados de EE.UU. Los aranceles universales, reconvertidos en guerra comercial con China, y la guerra con Irán constituyen dos tropiezos y sendas manifestaciones de esta dinámica. Hace dos semanas el ministro de Exteriores iraní, Seyed Abbas Araghchi, también acudió a Pekín en busca de amparo.Sin embargo, nada manifiesta la emergencia de un nuevo orden global como la apurada procesión por la capital de los más íntimos aliados de EE.UU. Tanto el canadiense Mark Carney como el británico Keir Starmer acudieron, solícitos, el pasado mes de enero, protagonizando las primeras visitas de un jefe de Gobierno canadiense o británico en ocho años. Un proceso que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez , también ha tratado de explotar, liderando la disidencia en el seno de la Unión Europea con cuatro visitas en apenas tres años. Podría reclamar Xi Jinping el título de hombre más poderoso del mundo. No en vano dirige de manera vitalicia y sin oposición, elecciones ni cortapisa alguna la segunda economía y el segundo Ejército del mundo. Sin embargo, el hombre más poderoso del mundo no era el líder global más importante. Al menos hasta ahora. Xi recibió la semana pasada a Donald Trump y esta hace lo propio con Vladímir Putin. Hoy el ruso, como antes el estadounidense, encuentra en Pekín la plaza más exigente, pues el chino se ha posicionado en el centro del tablero geopolítico, encarnando el augurio del auge chino advertido desde hace décadas.La doctrina en materia de política exterior fijada en los años noventa por Deng Xiaoping llamaba a «taoguang yanghui», «esconde tu fuerza y aguarda tu momento». A la vista está que, para Xi, ese momento ha llegado. Pero quizá lo más extraordinario es cuanto ha maniobrado para conseguirlo: apenas nada.Noticia relacionada general No No Putin aterriza en Pekín para reunirse con Xi Jinping: la crisis energética acerca aún más a Rusia y China Jaime SantirsoAnte un orden mundial en descomposición por la acción efervescente de Trump, el líder chino se ha limitado a permanecer firme, en apariencia siguiendo otra máxima, esta occidental por napoleónica: «Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error». Todo ello estaba recogido en la frase que viene empleando una y otra vez en cada intervención pública desde hace años, los «cambios nunca vistos en un siglo», la cual anticipa a modo de letanía un mundo nuevo en un tiempo nuevo, configurado a partir de la pretendida supremacía china. Unas palabras que pronunció de nuevo a los pocos segundos de tomar asiento frente a Trump en el Gran Palacio del Pueblo. «¿Pueden China y Estados Unidos superar la llamada ‘trampa de Tucídides’ y crear un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias? ¿Podemos afrontar juntos los desafíos globales y aportar mayor estabilidad al mundo? Estas son las preguntas de la historia», planteó Xi en su intervención inicial. «Las respuestas, usted y yo, como líderes de grandes potencias, debemos escribirlas juntos».La doctrina en política exterior, fijada por Deng Xiaoping, llamaba a «taoguang yanghui», «esconde tu fuerza y aguarda tu momento»La invocación de esta teoría está cargada de significado. Esta, desarrollada en 2012 por el académico Graham T. Allison, plantea cómo los escenarios de transición de poder entre el declive de una potencia establecida y la pujanza de otra emergente acostumbran a desencadenar un conflicto violento. Un modelo teórico creado a partir de la ‘Historia de la guerra del Peloponeso’ del historiador griego y sintetizado en una cita: «Fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra».Declive aceleradoSu ratificación en boca de Xi, por tanto, lleva implícita la noción de que EE.UU. es una fuerza en decadencia, insinuación que no pasó desapercibida para la comitiva estadounidense. De ahí que Trump comenzara el día posterior asegurando que «cuando el presidente Xi se refirió con gran elegancia a Estados Unidos como una nación quizá en declive, aludía al tremendo daño que sufrimos durante los cuatro años del somnoliento Joe Biden y la Administración Biden, y en ese punto tenía toda la razón», según publicó recién amanecido el día en su plataforma Truth Social. Al fin y al cabo, la historia recoge múltiples auges y caídas de imperios, pero no abundan los precedentes de una potencia dominante que haya renunciado voluntariamente a sus ventajas estructurales. En este segundo mandato, la Administración Trump ha acelerado la desvinculación de EE.UU. de su red de alianzas y del orden global que creó y durante décadas ha liderado, movimiento que expertos como Evan Feigenbaum –vicepresidente académico de Carnegie Endowment for International Peace y antiguo asesor de los secretarios de Estado Colin Powell y Condoleezza Rice– ha caracterizado como un «seppuku estratégico». «El presidente Xi no se refería al increíble ascenso que Estados Unidos ha mostrado al mundo durante los 16 espectaculares meses de la Administración Trump», insistía el presidente, halagos autoconcedidos que contrastan con la actitud al otro lado. El pasado mes de enero, el Instituto Chongyang de Estudios Financieros, dependiente de la Universidad Renmin, publicaba un informe titulado «Gracias, Trump». Este presentaba al estadounidense como un «acelerador de la decadencia política de Estados Unidos».«El aparato burocrático ha sido purgado y la separación de poderes existe solo en nombre, la fractura social se ha profundizado hasta convertirse en una guerra identitaria de ‘Un país, dos sistemas’ [en referencia a la extinta fórmula que antaño garantizaba las libertades en Hong Kong]. Las elecciones de medio mandato podrían incluso detonar una crisis constitucional y empujar a Estados Unidos hacia la inestabilidad de una ‘latinoamericanización’», señalaba el documento. «Quizá convenga ‘agradecer’ esta imagen del ‘crepúsculo imperial’, pues se ha convertido en el espejo más fiel de las dificultades de la democracia estadounidense».Nada manifiesta la emergencia de un nuevo orden global como la apurada procesión por la capital de los más íntimos aliados de EE.UU. Los aranceles universales, reconvertidos en guerra comercial con China, y la guerra con Irán constituyen dos tropiezos y sendas manifestaciones de esta dinámica. Hace dos semanas el ministro de Exteriores iraní, Seyed Abbas Araghchi, también acudió a Pekín en busca de amparo.Sin embargo, nada manifiesta la emergencia de un nuevo orden global como la apurada procesión por la capital de los más íntimos aliados de EE.UU. Tanto el canadiense Mark Carney como el británico Keir Starmer acudieron, solícitos, el pasado mes de enero, protagonizando las primeras visitas de un jefe de Gobierno canadiense o británico en ocho años. Un proceso que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez , también ha tratado de explotar, liderando la disidencia en el seno de la Unión Europea con cuatro visitas en apenas tres años.  

Podría reclamar Xi Jinping el título de hombre más poderoso del mundo. No en vano dirige de manera vitalicia y sin oposición, elecciones ni cortapisa alguna la segunda economía y el segundo Ejército del mundo. Sin embargo, el hombre más poderoso del mundo no era … el líder global más importante. Al menos hasta ahora.

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