Cuatro de cada 10 españoles ponen a Óscar Puente la peor nota

El CIS evalúa trimestralmente a los ministros y en los cinco barómetros que hay de julio de 2025 a julio de 2026, se dibuja un retrato inusualmente estable de Óscar Puente: notoriedad al alza –del 74% al 79,5% de reconocimiento– y una nota media que oscila poco, siempre entre el 3,9 y el 4,3. En la oleada de julio de este año , el «1, muy mal» fue la calificación más repetida: un 40% de quienes conocen a Puente le pone la nota mínima. Es el nivel de rechazo más alto de los 21 miembros del Gobierno, por delante de Grande-Marlaska (39,4%). Solo un 6,1% le da un diez. Lo llamativo no es el dato de un mes (en julio de 2025, también alcanzó la misma cota de rechazo), sino que ese perfil no se ha movido ni con el accidente ferroviario de Adamuz, que dejó 46 muertos en enero. En el barómetro de abril –el primero hecho íntegramente después de la tragedia–, su nota media fue de 4,23, más alta que la de enero, antes del accidente. Si algo tenía que ocultar Puente con su actividad en redes, los números dicen que no hizo falta.Eso descarta la lectura más sencilla –el ministro pararrayos que provoca para tender una cortina de humo sobre su propia gestión— y que el mismo Puente ha defendido ante todo el que quiera oírle como su estrategia personal: «el ataque es la mejor defensa». Por eso dispara a todo lo que se mueve. Pero su perfil apunta a algo menos conspirativo y más malo para el país: Puente no gestiona crisis con ruido, es que su marca pública funciona con una lógica distinta a la de la gestión. Él no busca ser bien evaluado o ser percibido como eficaz, pese a que tiene a su cargo uno de los ministerios con más presupuesto de España, aunque debería decir ‘que más gasta’ porque en esta Legislatura no se han aprobado presupuestos. La «campaña negativa» moviliza al propio electorado aunque no persuada al ajeno, como muestra desde hace décadas la ciencia política; es el cálculo de quien ya no busca ampliar apoyos sino intensificarlos. Y la polarización afectiva –en España, la referencia es Mariano Torcal, ‘De votantes a hooligans’– describe la misma dinámica: el rival no es un adversario sino un enemigo, y esa lógica de bloque premia a quien más ruido hace dentro de su trinchera, al margen de lo que ocurra fuera de ella.El contraste con Carlos Cuerpo es evidente. El vicepresidente primero tiene la media general más alta del Gobierno pese a partir de una base ideológica igual de hostil, porque consigue notas «aprobadas» incluso entre votantes del PP (3,45) y del PNV (7,23, más que entre ERC o Junts) –perfil técnico que se lee como gestión, no como trinchera–. Puente apenas roza el 1,6 entre el electorado del PP y el 1,3 entre el de Vox: rechazo casi unánime, sostenido un año entero con independencia de lo que haga bien o mal.Esto no es un problema de imagen coyuntural que se cure con tiempo, es la marca de fábrica de un ministro que ha decidido –o ha terminado por asumir– que la intensidad dentro del bloque propio vale más que la amplitud fuera de él. Funciona mientras el Gobierno solo necesite mantener prietas las filas. Deja de funcionar en el momento en que necesite, como ha necesitado tantas veces en esta legislatura de mayorías estrechas, sumar un voto más allá de ella. El CIS evalúa trimestralmente a los ministros y en los cinco barómetros que hay de julio de 2025 a julio de 2026, se dibuja un retrato inusualmente estable de Óscar Puente: notoriedad al alza –del 74% al 79,5% de reconocimiento– y una nota media que oscila poco, siempre entre el 3,9 y el 4,3. En la oleada de julio de este año , el «1, muy mal» fue la calificación más repetida: un 40% de quienes conocen a Puente le pone la nota mínima. Es el nivel de rechazo más alto de los 21 miembros del Gobierno, por delante de Grande-Marlaska (39,4%). Solo un 6,1% le da un diez. Lo llamativo no es el dato de un mes (en julio de 2025, también alcanzó la misma cota de rechazo), sino que ese perfil no se ha movido ni con el accidente ferroviario de Adamuz, que dejó 46 muertos en enero. En el barómetro de abril –el primero hecho íntegramente después de la tragedia–, su nota media fue de 4,23, más alta que la de enero, antes del accidente. Si algo tenía que ocultar Puente con su actividad en redes, los números dicen que no hizo falta.Eso descarta la lectura más sencilla –el ministro pararrayos que provoca para tender una cortina de humo sobre su propia gestión— y que el mismo Puente ha defendido ante todo el que quiera oírle como su estrategia personal: «el ataque es la mejor defensa». Por eso dispara a todo lo que se mueve. Pero su perfil apunta a algo menos conspirativo y más malo para el país: Puente no gestiona crisis con ruido, es que su marca pública funciona con una lógica distinta a la de la gestión. Él no busca ser bien evaluado o ser percibido como eficaz, pese a que tiene a su cargo uno de los ministerios con más presupuesto de España, aunque debería decir ‘que más gasta’ porque en esta Legislatura no se han aprobado presupuestos. La «campaña negativa» moviliza al propio electorado aunque no persuada al ajeno, como muestra desde hace décadas la ciencia política; es el cálculo de quien ya no busca ampliar apoyos sino intensificarlos. Y la polarización afectiva –en España, la referencia es Mariano Torcal, ‘De votantes a hooligans’– describe la misma dinámica: el rival no es un adversario sino un enemigo, y esa lógica de bloque premia a quien más ruido hace dentro de su trinchera, al margen de lo que ocurra fuera de ella.El contraste con Carlos Cuerpo es evidente. El vicepresidente primero tiene la media general más alta del Gobierno pese a partir de una base ideológica igual de hostil, porque consigue notas «aprobadas» incluso entre votantes del PP (3,45) y del PNV (7,23, más que entre ERC o Junts) –perfil técnico que se lee como gestión, no como trinchera–. Puente apenas roza el 1,6 entre el electorado del PP y el 1,3 entre el de Vox: rechazo casi unánime, sostenido un año entero con independencia de lo que haga bien o mal.Esto no es un problema de imagen coyuntural que se cure con tiempo, es la marca de fábrica de un ministro que ha decidido –o ha terminado por asumir– que la intensidad dentro del bloque propio vale más que la amplitud fuera de él. Funciona mientras el Gobierno solo necesite mantener prietas las filas. Deja de funcionar en el momento en que necesite, como ha necesitado tantas veces en esta legislatura de mayorías estrechas, sumar un voto más allá de ella.  

El CIS evalúa trimestralmente a los ministros y en los cinco barómetros que hay de julio de 2025 a julio de 2026, se dibuja un retrato inusualmente estable de Óscar Puente: notoriedad al alza –del 74% al 79,5% de reconocimiento– y una nota media … que oscila poco, siempre entre el 3,9 y el 4,3. En la oleada de julio de este año, el «1, muy mal» fue la calificación más repetida: un 40% de quienes conocen a Puente le pone la nota mínima. Es el nivel de rechazo más alto de los 21 miembros del Gobierno, por delante de Grande-Marlaska (39,4%). Solo un 6,1% le da un diez. Lo llamativo no es el dato de un mes (en julio de 2025, también alcanzó la misma cota de rechazo), sino que ese perfil no se ha movido ni con el accidente ferroviario de Adamuz, que dejó 46 muertos en enero. En el barómetro de abril –el primero hecho íntegramente después de la tragedia–, su nota media fue de 4,23, más alta que la de enero, antes del accidente. Si algo tenía que ocultar Puente con su actividad en redes, los números dicen que no hizo falta.

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