El debate sobre los límites de los nuevos modelos de lenguaje de la mano de la inteligencia artificial (IA) está ahí desde el principio, pero, ahora, tras los enormes avances que se han producido en poco tiempo, la duda es si en algún momento llegará a tener consciencia de sus actos. El debate no es en absoluto baladí; estamos hablando de una última frontera.A este tema le dedicaba hace unos meses un número la Revista de Occidente y, últimamente, también el semanario británico The Economist. El debate es apasionante y los enfoques que se pueden adoptar muy distintos.Lo primero es definir qué entendemos por consciencia. En su primera acepción, la Real Academia Española la define como el conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Pero para este debate quizá resulte más útil la tercera: conocimiento reflexivo de las cosas. La pregunta sería si los modelos avanzados de lenguaje tienen o pueden llegar a tener un conocimiento reflexivo de algo. Esta es la clave. En tanto que el conocimiento reflexivo es un acto físico, estas herramientas no pueden llegar nunca a ser conscientes. La consciencia interpreta conceptos, mientras que la computación no es un proceso intrínseco, sino una mera descripción de la física. Intentar generar consciencia desde la computación es circular: estás intentando crear al creador del mapa utilizando el mapa mismo.Frente a las interpretaciones ‘wittgensteinianas’ de que la inteligencia es el lenguaje, parece imponerse que el lenguaje no es el motor de la razón, sino su resultado. La razón viene antes que el lenguaje. Los distintos modelos o herramientas de la IA describen mejor que la mayoría, y probablemente todavía tengan mucho campo de mejora, pero no razonan. Describen mejor que nadie ese razonamiento, pero no son capaces de llevarlo a cabo. La limitación es física.Esta conclusión, a la que todavía no hemos llegado pero a la que acabaremos llegando en cuanto se desinflen las expectativas sobre los límites de la IA, no es inocua. Es la diferencia entre humanizar o no las máquinas. Se trata de la última frontera.Guerra contra los tiposEn la guerra que el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha declarado al mercado para tratar de controlar los tipos de interés a los que se financia, ha terciado la semana pasada el presidente de la Reserva Federal. En la reunión anual de banqueros centrales de Jackson Hole, en las montañas de Wyoming, Kevin Warsh, el hombre que Trump ha puesto al frente de la Fed, hizo contra pronóstico un discurso más duro de lo esperado. Frente a lo que se interpretaba de sus palabras hasta ahora, Warsh enfatizó que no se pueden relativizar los riesgos inflacionarios. La inflación en EE.UU. no está controlada, todo lo contrario. Lleva muchos meses por encima del objetivo y no hay razones para pensar que se vaya a embridar en las circunstancias actuales. Insistió, además, en que no se puede considerar que la política monetaria actual sea restrictiva. Entiende, por tanto, que hay margen para subir los tipos, como en la última reunión ya señalaron tres miembros del comité de la Fed que decide sobre los tipos de interés.Sus declaraciones cogieron al mercado con el pie cambiado y los tipos repuntaron en todos los plazos. Sin embargo, y más allá de la reacción de los mercados -ya saben, nunca hay que tratar de sacar conclusiones de los movimientos a corto plazo de los mercados porque puede resultar engañosa-, la declaración de intenciones de Warsh es la correcta. La credibilidad de un banquero central es su activo más importante y la del nuevo presidente de la Fed está en entredicho desde su nombramiento. Que Trump le ungiera y que le siga apoyando como uno de los suyos es su peor tarjeta de presentación.Así las cosas, Warsh ha hecho lo correcto con independencia de cómo hayan reaccionado los mercados y de que su planteamiento choque de lleno con la cruzada de la Administración Trump. No se matan las moscas a cañonazos. Si quieren embridar los tipos, que toquen donde pueden: déficit público y precios. Esto no pasa por una política monetaria servil y el flamante nuevo presidente de la Fed parece que lo sabe.Dicotomía en los mercadosUna de las ideas que sobrevuela el mercado en este arranque de curso es que la renta fija y la variable están interpretando la realidad de forma distinta y que eso resulta incompatible. Tanto los tipos de interés como los principales índices bursátiles están en máximos y eso es algo que a unos pocos no les termina de cuadrar. De hecho, la correlación histórica suele ser la inversa: los tipos de interés bajos suelen dar alas a las bolsas. No quiero caer en la tentación de decir que esta vez es distinto, pero puede ser que la bolsa y los bonos estén reflejando realidades distintas, que, por lo menos de momento, son compatibles. El problema de la deuda pública es algo que lleva tiempo con nosotros y que no tiene ni fácil ni pronta solución. Los volúmenes de deuda pública son muy altos, pero, y este pero es lo que puede marcar la diferencia, los protagonistas de ese endeudamiento no son los sospechosos habituales sino las mayores economías del mundo. Además, cada caso es distinto. No se pueden meter en el mismo saco a EE.UU., Japón, China o Francia. El origen del problema no es el mismo y la posible solución tampoco.Mientras, la renta variable sigue haciéndolo muy bien porque los beneficios empresariales, como comprobamos en cada publicación de resultados, siguen siendo extraordinarios. Aquí también hay que distinguir entre los sectores y entre las valoraciones, pero lo que es indiscutible es la evolución de los beneficios y de las perspectivas a día de hoy.De momento, por lo tanto, no se ha roto nada. Y hay un gran colchón de seguridad que es el endeudamiento del sector privado, que continúa en general a niveles extraordinariamente bajos. La historia nos demuestra que el origen de las crisis no viene por el exceso de deuda pública, sino cuando las familias y las empresas se han pasado de frenada. Ese no es el caso. El margen de actuación de los estados es mayor y, normalmente, con altos endeudamientos, tienen menos margen para inventar, lo que en sí mismo es una buena noticia.Veremos cómo termina la fiesta, pero de momento la música va a seguir sonando. El debate sobre los límites de los nuevos modelos de lenguaje de la mano de la inteligencia artificial (IA) está ahí desde el principio, pero, ahora, tras los enormes avances que se han producido en poco tiempo, la duda es si en algún momento llegará a tener consciencia de sus actos. El debate no es en absoluto baladí; estamos hablando de una última frontera.A este tema le dedicaba hace unos meses un número la Revista de Occidente y, últimamente, también el semanario británico The Economist. El debate es apasionante y los enfoques que se pueden adoptar muy distintos.Lo primero es definir qué entendemos por consciencia. En su primera acepción, la Real Academia Española la define como el conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Pero para este debate quizá resulte más útil la tercera: conocimiento reflexivo de las cosas. La pregunta sería si los modelos avanzados de lenguaje tienen o pueden llegar a tener un conocimiento reflexivo de algo. Esta es la clave. En tanto que el conocimiento reflexivo es un acto físico, estas herramientas no pueden llegar nunca a ser conscientes. La consciencia interpreta conceptos, mientras que la computación no es un proceso intrínseco, sino una mera descripción de la física. Intentar generar consciencia desde la computación es circular: estás intentando crear al creador del mapa utilizando el mapa mismo.Frente a las interpretaciones ‘wittgensteinianas’ de que la inteligencia es el lenguaje, parece imponerse que el lenguaje no es el motor de la razón, sino su resultado. La razón viene antes que el lenguaje. Los distintos modelos o herramientas de la IA describen mejor que la mayoría, y probablemente todavía tengan mucho campo de mejora, pero no razonan. Describen mejor que nadie ese razonamiento, pero no son capaces de llevarlo a cabo. La limitación es física.Esta conclusión, a la que todavía no hemos llegado pero a la que acabaremos llegando en cuanto se desinflen las expectativas sobre los límites de la IA, no es inocua. Es la diferencia entre humanizar o no las máquinas. Se trata de la última frontera.Guerra contra los tiposEn la guerra que el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha declarado al mercado para tratar de controlar los tipos de interés a los que se financia, ha terciado la semana pasada el presidente de la Reserva Federal. En la reunión anual de banqueros centrales de Jackson Hole, en las montañas de Wyoming, Kevin Warsh, el hombre que Trump ha puesto al frente de la Fed, hizo contra pronóstico un discurso más duro de lo esperado. Frente a lo que se interpretaba de sus palabras hasta ahora, Warsh enfatizó que no se pueden relativizar los riesgos inflacionarios. La inflación en EE.UU. no está controlada, todo lo contrario. Lleva muchos meses por encima del objetivo y no hay razones para pensar que se vaya a embridar en las circunstancias actuales. Insistió, además, en que no se puede considerar que la política monetaria actual sea restrictiva. Entiende, por tanto, que hay margen para subir los tipos, como en la última reunión ya señalaron tres miembros del comité de la Fed que decide sobre los tipos de interés.Sus declaraciones cogieron al mercado con el pie cambiado y los tipos repuntaron en todos los plazos. Sin embargo, y más allá de la reacción de los mercados -ya saben, nunca hay que tratar de sacar conclusiones de los movimientos a corto plazo de los mercados porque puede resultar engañosa-, la declaración de intenciones de Warsh es la correcta. La credibilidad de un banquero central es su activo más importante y la del nuevo presidente de la Fed está en entredicho desde su nombramiento. Que Trump le ungiera y que le siga apoyando como uno de los suyos es su peor tarjeta de presentación.Así las cosas, Warsh ha hecho lo correcto con independencia de cómo hayan reaccionado los mercados y de que su planteamiento choque de lleno con la cruzada de la Administración Trump. No se matan las moscas a cañonazos. Si quieren embridar los tipos, que toquen donde pueden: déficit público y precios. Esto no pasa por una política monetaria servil y el flamante nuevo presidente de la Fed parece que lo sabe.Dicotomía en los mercadosUna de las ideas que sobrevuela el mercado en este arranque de curso es que la renta fija y la variable están interpretando la realidad de forma distinta y que eso resulta incompatible. Tanto los tipos de interés como los principales índices bursátiles están en máximos y eso es algo que a unos pocos no les termina de cuadrar. De hecho, la correlación histórica suele ser la inversa: los tipos de interés bajos suelen dar alas a las bolsas. No quiero caer en la tentación de decir que esta vez es distinto, pero puede ser que la bolsa y los bonos estén reflejando realidades distintas, que, por lo menos de momento, son compatibles. El problema de la deuda pública es algo que lleva tiempo con nosotros y que no tiene ni fácil ni pronta solución. Los volúmenes de deuda pública son muy altos, pero, y este pero es lo que puede marcar la diferencia, los protagonistas de ese endeudamiento no son los sospechosos habituales sino las mayores economías del mundo. Además, cada caso es distinto. No se pueden meter en el mismo saco a EE.UU., Japón, China o Francia. El origen del problema no es el mismo y la posible solución tampoco.Mientras, la renta variable sigue haciéndolo muy bien porque los beneficios empresariales, como comprobamos en cada publicación de resultados, siguen siendo extraordinarios. Aquí también hay que distinguir entre los sectores y entre las valoraciones, pero lo que es indiscutible es la evolución de los beneficios y de las perspectivas a día de hoy.De momento, por lo tanto, no se ha roto nada. Y hay un gran colchón de seguridad que es el endeudamiento del sector privado, que continúa en general a niveles extraordinariamente bajos. La historia nos demuestra que el origen de las crisis no viene por el exceso de deuda pública, sino cuando las familias y las empresas se han pasado de frenada. Ese no es el caso. El margen de actuación de los estados es mayor y, normalmente, con altos endeudamientos, tienen menos margen para inventar, lo que en sí mismo es una buena noticia.Veremos cómo termina la fiesta, pero de momento la música va a seguir sonando.
El debate sobre los límites de los nuevos modelos de lenguaje de la mano de la inteligencia artificial (IA) está ahí desde el principio, pero, ahora, tras los enormes avances que se han producido en poco tiempo, la duda es si en algún momento … llegará a tener consciencia de sus actos. El debate no es en absoluto baladí; estamos hablando de una última frontera.
A este tema le dedicaba hace unos meses un número la Revista de Occidente y, últimamente, también el semanario británico The Economist. El debate es apasionante y los enfoques que se pueden adoptar muy distintos.
Lo primero es definir qué entendemos por consciencia. En su primera acepción, la Real Academia Española la define como el conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. Pero para este debate quizá resulte más útil la tercera: conocimiento reflexivo de las cosas. La pregunta sería si los modelos avanzados de lenguaje tienen o pueden llegar a tener un conocimiento reflexivo de algo. Esta es la clave. En tanto que el conocimiento reflexivo es un acto físico, estas herramientas no pueden llegar nunca a ser conscientes. La consciencia interpreta conceptos, mientras que la computación no es un proceso intrínseco, sino una mera descripción de la física. Intentar generar consciencia desde la computación es circular: estás intentando crear al creador del mapa utilizando el mapa mismo.
Frente a las interpretaciones ‘wittgensteinianas’ de que la inteligencia es el lenguaje, parece imponerse que el lenguaje no es el motor de la razón, sino su resultado. La razón viene antes que el lenguaje. Los distintos modelos o herramientas de la IA describen mejor que la mayoría, y probablemente todavía tengan mucho campo de mejora, pero no razonan. Describen mejor que nadie ese razonamiento, pero no son capaces de llevarlo a cabo. La limitación es física.
Esta conclusión, a la que todavía no hemos llegado pero a la que acabaremos llegando en cuanto se desinflen las expectativas sobre los límites de la IA, no es inocua. Es la diferencia entre humanizar o no las máquinas. Se trata de la última frontera.
Guerra contra los tipos
En la guerra que el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ha declarado al mercado para tratar de controlar los tipos de interés a los que se financia, ha terciado la semana pasada el presidente de la Reserva Federal. En la reunión anual de banqueros centrales de Jackson Hole, en las montañas de Wyoming, Kevin Warsh, el hombre que Trump ha puesto al frente de la Fed, hizo contra pronóstico un discurso más duro de lo esperado. Frente a lo que se interpretaba de sus palabras hasta ahora, Warsh enfatizó que no se pueden relativizar los riesgos inflacionarios. La inflación en EE.UU. no está controlada, todo lo contrario. Lleva muchos meses por encima del objetivo y no hay razones para pensar que se vaya a embridar en las circunstancias actuales. Insistió, además, en que no se puede considerar que la política monetaria actual sea restrictiva. Entiende, por tanto, que hay margen para subir los tipos, como en la última reunión ya señalaron tres miembros del comité de la Fed que decide sobre los tipos de interés.
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Sus declaraciones cogieron al mercado con el pie cambiado y los tipos repuntaron en todos los plazos. Sin embargo, y más allá de la reacción de los mercados -ya saben, nunca hay que tratar de sacar conclusiones de los movimientos a corto plazo de los mercados porque puede resultar engañosa-, la declaración de intenciones de Warsh es la correcta. La credibilidad de un banquero central es su activo más importante y la del nuevo presidente de la Fed está en entredicho desde su nombramiento. Que Trump le ungiera y que le siga apoyando como uno de los suyos es su peor tarjeta de presentación.
Así las cosas, Warsh ha hecho lo correcto con independencia de cómo hayan reaccionado los mercados y de que su planteamiento choque de lleno con la cruzada de la Administración Trump. No se matan las moscas a cañonazos. Si quieren embridar los tipos, que toquen donde pueden: déficit público y precios. Esto no pasa por una política monetaria servil y el flamante nuevo presidente de la Fed parece que lo sabe.
Dicotomía en los mercados
Una de las ideas que sobrevuela el mercado en este arranque de curso es que la renta fija y la variable están interpretando la realidad de forma distinta y que eso resulta incompatible. Tanto los tipos de interés como los principales índices bursátiles están en máximos y eso es algo que a unos pocos no les termina de cuadrar. De hecho, la correlación histórica suele ser la inversa: los tipos de interés bajos suelen dar alas a las bolsas.
No quiero caer en la tentación de decir que esta vez es distinto, pero puede ser que la bolsa y los bonos estén reflejando realidades distintas, que, por lo menos de momento, son compatibles. El problema de la deuda pública es algo que lleva tiempo con nosotros y que no tiene ni fácil ni pronta solución. Los volúmenes de deuda pública son muy altos, pero, y este pero es lo que puede marcar la diferencia, los protagonistas de ese endeudamiento no son los sospechosos habituales sino las mayores economías del mundo. Además, cada caso es distinto. No se pueden meter en el mismo saco a EE.UU., Japón, China o Francia. El origen del problema no es el mismo y la posible solución tampoco.
Mientras, la renta variable sigue haciéndolo muy bien porque los beneficios empresariales, como comprobamos en cada publicación de resultados, siguen siendo extraordinarios. Aquí también hay que distinguir entre los sectores y entre las valoraciones, pero lo que es indiscutible es la evolución de los beneficios y de las perspectivas a día de hoy.
De momento, por lo tanto, no se ha roto nada. Y hay un gran colchón de seguridad que es el endeudamiento del sector privado, que continúa en general a niveles extraordinariamente bajos. La historia nos demuestra que el origen de las crisis no viene por el exceso de deuda pública, sino cuando las familias y las empresas se han pasado de frenada. Ese no es el caso. El margen de actuación de los estados es mayor y, normalmente, con altos endeudamientos, tienen menos margen para inventar, lo que en sí mismo es una buena noticia.
Veremos cómo termina la fiesta, pero de momento la música va a seguir sonando.
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