Viladrau, tres años después de la gran sequía: “Las hadas de las fuentes no han hecho las maletas, pero no podemos bajar la guardia”

La riera de Viladrau, el miércoles pasado.

En el año 3 d. s. (después de la sequía) Viladrau vuelve a estar verde, baja agua por la riera mayor y hasta hay remansos en los que puedes observar como siempre truchas, larvas de salamandra y culebras de agua —y si le echas imaginación incluso hadas y gnomos— en un ambiente de bosque encantado y feérico. Es cierto que este verano, tras una primavera maravillosa gracias a las lluvias y las nevadas, el intensísimo calor ha malbaratado algunos efectos de esas dádivas y la montaña no está como solía a finales del estío en los años normales, esos años que nutren la memoria y la melancolía acunados en musgo, brisa, meriendas y el canto del cuco. ¡Pero qué cambio!

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El Montseny desde un prado de Viladrau, el miércoles pasado. Una imagen de la riera de Viladrau, con agua y verdor, el miércoles.DVD 1333 26/08/2026 - Viladrau - En la imagen la Plaza Mayor de Viladrau. Foto: Massimiliano MinocriEl famoso Castanyer de les Nou Branques, que ha sido recompuesto después de que se partiera. Bosque en Viladrau.  El bosque del emblemático municipio del Montseny está verde y húmedo pero aún padece efectos de la crisis mientras el pueblo se plantea cómo afrontar el cambio climático  

En el año 3 d. s. (después de la sequía) Viladrau vuelve a estar verde, baja agua por la riera mayor y hasta hay remansos en los que puedes observar como siempre truchas, larvas de salamandra y culebras de agua —y si le echas imaginación incluso hadas y gnomos— en un ambiente de bosque encantado y feérico. Es cierto que este verano, tras una primavera maravillosa gracias a las lluvias y las nevadas, el intensísimo calor ha malbaratado algunos efectos de esas dádivas y la montaña no está como solía a finales del estío en los años normales, esos años que nutren la memoria y la melancolía acunados en musgo, brisa, meriendas y el canto del cuco. ¡Pero qué cambio!

En 2023 un recorrido por los lugares más hermosos del municipio, una de las perlas del Montseny y pueblo sinónimo de agua, era un verdadero viacrucis en el que cada árbol sufría como un crucificado, la vegetación seca crujía a la manera de cristal roto y el paisaje todo parecía consumido por una lepra extraña. En una crónica desolada entonces comparamos el pesadillesco escenario de un entorno devastado por la sed con uno de los mundos apocalípticos surgidos de la imaginación de J. G. Ballard, maestro de la ciencia ficción, escritor visionario y tenido por el último surrealista. Concretamente con La sequía (Minotauro, 1966), una de sus grandes novelas de catástrofes y en la que la civilización humana se derrumba por falta de agua mientras ríos y mares se secan y una playa infinita se extiende hasta el horizonte.

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Tras esa experiencia de paseo literario lo suyo era ahora regresar, tras la vuelta de las lluvias y el verdor (con el trasfondo de las dramáticas oscilaciones del cambio climático y el espectáculo del eclipse), con otra gran novela cataclísmica de Ballard (el autor de El imperio del sol y Crash), El mundo sumergido (Minotauro-Edhasa, 1977), en la que, al revés que en La sequía, el mundo se enfrenta al anegamiento catastrófico causado por violentas tormentas solares, la expansión del astro rey, el ascenso de las temperaturas y el derretimiento de los casquetes polares. Con las regiones del sur inhabitables, en un Londres inundado con solo la parte superior de los edificios en ruinas sobresaliendo de un inmenso pantano en la que medran insectos gigantes, caimanes e iguanas como gárgolas, los personajes de la historia sufren una regresión mental y onírica a las lagunas del Triásico, cuando surgieron los primeros mamíferos.

Viladrau no está anegado ni mucho menos, ni hay iguanas en el icónico campanario de su iglesia, pero es sugestivo cuando paseas por el bosque bajo el Mas La Vila intoxicado de verdor entre grandes helechos y rumores de vida anfibia, sentirte como el biólogo Robert Kerans de la novela, obsesionado con los cuadros de Delvaux y Max Ernst, experimentando una metamorfosis espiritual e instalado en una zona de tránsito hacia nuevas realidades: los futuros a los que nos lleva el cambio climático en un mundo que podrá regenerarse puntualmente pero que, según todos los indicios, no será ya como el que conocimos.

“Parece estar todo igual que antes de la sequía”, reflexiona la alcaldesa de Viladrau, Margarida Feliu, de Sumem per Viladrau y diputada en el Parlament de Catalunya por ERC, “pero lo cierto es que este año vivimos de la nieve, que ha dejado mucha agua, y seguiremos sufriendo incertidumbre y dependiendo del clima mientras no tengamos pozos de reserva”. La alcaldesa explica que están haciendo prospecciones para encontrar agua subterránea a fin de no depender de la del cielo pues las dos balsas del municipio son insuficientes para garantizar el suministro si vuelve la sequía con el rigor de 2023, cuando Viladrau estuvo a 18 días de quedarse sin agua y tener que echar mano de cubas (cabe imaginar el sufrimiento de las salamandras en esas circunstancias). De momento han encontrado agua en la zona de aparcamiento de autocaravanas. “Hablamos de pozos de 200 o 300 metros de profundidad y hallar otro más sería muy bueno. El nuevo aún no está empalmado a la red y el agua no será potable por falta de tratamiento pero sí muy útil para riego y limpieza”.

Vamos, que aunque el paisaje se vea bien no hay que fiarse. “La primavera ha sido muy chula pero tras cuatro meses maravillosos ha seguido un verano de mucho calor que ha pegado fuerte en el entorno”, apunta la alcaldesa. “Necesitamos esos pozos que garanticen el agua si vuelven años malos”.

¿Cómo ve el futuro a medio plazo? “Habrá más gente, porque tenemos un pueblo muy agradable y tenemos vivienda, y más gente significa más consumo”. ¿Y la evolución del clima? “Será complicado, con fenómenos extremos como estamos viendo. No nos inundaremos como en otros lugares, pero ya estamos sufriendo episodios de vientos, lluvias fuertes y corrimientos de tierra; hemos tenido dos graves, en el campo de fútbol y en el camino de la antigua fábrica, que estamos pendientes de arreglar, algo muy costoso para un municipio pequeño como el nuestro, necesitamos ayudas”.

Feliu recalca que el cambio climático es un hecho, “hay suficientes evidencias en el mundo y aquí, que lo vemos muy claro porque estamos muy cerca de la naturaleza. No soy tan alarmista como el Tomás Molina que ha dicho que tendremos que acostumbrarnos a vivir como en el parking de El Corte Inglés, pero es innegable que el clima está alterado por la acción humana, que va a llover poco y mal en general y que va a hacer mucho calor. Este año la piscina municipal estaba caliente desde el inicio del verano, cuando todo el mundo recuerda que en las piscinas pasabas mucho frío hasta mediados de verano”.

Los árboles ya están sufriendo cantidad. “Caen más, como bien sabes, muchos no han podido aguantar la sequía y están pagando aún los efectos. El haya de la Font de Montserrat ha muerto. La gente está cortando los árboles grandes de al lado de sus casas. El bosque parece estar chulo, pero hay zonas que no se han acabado de reponer”.

Margarida Feliu anima a su interlocutor al verlo cabizbajo. “Tranquilo, el Montseny seguirá verde, la vegetación aguantará, hay mucha encina y roble, los castaños sufrirán, cierto, porque necesitan mucha agua, pero las hayas lo sobrellevarán”.

La alcaldesa añade que otro de los sucesos por los que fue noticia Viladrau (aparte del tiroteo en 2024 por una redada contra narcotraficantes ocultos en el pueblo), la caída el mismo año de parte del venerable Castanyer de les Nou Branques, al que se le atribuyen 700 años y está registrado como árbol monumental de Cataluña, se ha solucionado. “Se le ha colocado una prótesis y ha quedado estupendo, digno de verse”. En una segunda vuelta al lugar de los hechos (dos por una), este diario, que informó del desperfecto arborícola, confirma que el gran castaño ha quedado de perlas, con unas varillas metálicas de unión y la colocación alrededor de retoños. Por introducir otra nota de optimismo, a casa han regresado puntualmente las oropéndolas como cada verano por estas fechas, al madurar los higos de la gran higuera del jardín. “¿Ves?, ese es un símbolo de buena calidad medioambiental”.

¿Y las fuentes?, ¿fluyen? “Manan mejor, muchas ya están muy bien, pero alguna no se ha recuperado totalmente tampoco de la sequía. Y tenemos un asunto raro en la Font de l’Oreneta, cuyo 90 º aniversario celebramos el pasado mayo por todo lo alto” (algún análisis ha dado restos fecales, lo que desazonaría sin duda a Guerau de Liost). “Sin embargo, de nuevo, no te preocupes, no podemos bajar la guardia pero el agua brota, y las dones d’aigua, las paitides, las encantades, las hadas de nuestras hermosas fuentes, no han hecho las maletas: siguen aquí con toda su belleza y su misterio, y aquí seguirán”.

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